
Las enseñanzas del Gabo
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García Márquez murió, pero su literatura y su ejemplo humano quedarán para siempre como un patrimonio colombiano. Apenas ahora comienza la tarea de entender su legado y cumplir sus enseñanzas.
Nicolás Pernett*
Gabo en el corazón
Es difícil resumir en un artículo el gigantesco legado literario y humano que dejó Gabriel García Márquez, o recoger en unas pocas líneas el dolor que ha causado su muerte. Pero así como su obra es infinita y todavía nos quedan muchos años para entenderla, también tendremos mucho tiempo para ahondar en algunos de los puntos sueltos que trataré en este breve texto.
Para empezar puede decirse que el dolor por su partida es sentido por millones en Colombia y en el mundo, como demuestran las multitudinarias muestras de duelo de los últimos días. Este dolor es paradójico porque tal vez muchos lo sienten sin haber leído sus novelas o cuentos ni haber sido sus amigos, simplemente movidos por simpatía humana hacia un hombre que se hizo querer de todos.
Por primera vez en Colombia, un hombre de letras fue igualmente reverenciado por poderosos, críticos literarios, escritores y, sobre todo, por el pueblo raso, que siempre vio en él a una persona común y corriente.
Ese fue uno de sus principales aportes a nuestra cultura: reinventar la figura del letrado colombiano, que durante siglos estuvo en nuestro imaginario como un hombre distante que dominaba el universo desconocido de las palabras y por eso mismo estaba por encima de los demás mortales. Abogados, filólogos, poetas y demás prestidigitadores de la palabra siempre habían sido en Colombia una especie de sacerdotes, y por lo mismo, siempre habían actuado de espaldas al pueblo y habían disertado en cónclaves vedados.
García Márquez cambió drásticamente esa costumbre. Por primera vez en Colombia, un hombre de letras fue igualmente reverenciado por poderosos, críticos literarios, escritores y, sobre todo, por el pueblo raso, que siempre vio en él a una persona común y corriente, cercana y familiar, un juglar de plaza pública en vez de un poeta del Parnaso, algo así como un igual superior.
El propio García Márquez desempeñó sinceramente ese papel. Con su insistencia en que no era más que uno de los hijos de un telegrafista de pueblo y con sus burlas a los fastos de la gloria que lo rodeó, dejó claro que se podía ser un intelectual sin mirar por encima del hombro.
![]() Estación de tren en Aracataca, Magdalena. Foto: Haceme un 14 |
Un costeño en Bogotá
García Márquez también fue un revolucionario cultural en tanto rompió la distancia entre el centro de Colombia y el Caribe, entre la supuesta “Atenas suramericana” y el mundo caníbal y bárbaro de la zona tórrida. Aunque al comienzo, especialmente cuando llegó a Bogotá como reportero de El Espectador, su figura despertó toda suerte de rechazos por sus maneras descomplicadas y sus camisas estridentes, Gabo acabó por imponerse como faro de la cultura colombiana, esa que se maneja, hoy como ayer, desde la capital.
Con su simpatía sin límites, sus extraordinarios reportajes y sus novelas aclamadas, García Márquez se ganó el respeto y afecto de la capital, y en parte gracias a él, los cachacos de levita y paraguas se hicieron a la idea de que su ciudad quedaba en un país más grande, donde los llanos, las selvas y la playas daban hijos tan sorprendentes como este genio inesperado.
Si bien Gabriel García llegó muy joven a la capital y en ella obtuvo parte fundamental de su educación literaria, nunca aceptó adaptar su estirpe caribe a las formas cortesanas del páramo, sino que logró darle un aire costeño a la capital. Solo un brujo de las relaciones humanas como él pudo hacerlo sin hacerlo sentir como una irrupción violenta sino como una alegre seducción que acabó por encantar a la fría Bogotá.
Al final, los intelectuales afrancesados de facciones muiscas, los poetas que eran parlamentarios en sus tiempos libres, los caballeros ingleses untados del barro de Chapinero y todos los demás representantes del poder cultural bogotano tuvieron que aceptar que un costeño viniera a civilizarlos en el arte de la escritura y en el conocimiento de su país, y fueron los primeros en arrastrarse en desbandada turbulenta detrás de la gloria del nobel de liqui-liqui.
Un hombre universal
Su labor literaria y política reorganizó la geografía y mostró a Colombia como lo que es: un país de dos costas inmensas que lo conectan con el mundo, en lugar de un Virreinato perdido entre montañas.
Pero García Márquez no solo le mostró a la capital que hacía parte de un país más grande, sino que mostró a toda Colombia que estaba incrustada en un continente cuya historia había ignorado y cuyo destino poco le había importado. Su labor literaria y política reorganizó la geografía y mostró a Colombia como lo que es: un país de dos costas inmensas que lo conectan con el mundo, en lugar de un Virreinato perdido entre montañas.
Se puede decir que fue un provinciano que le enseñó a Colombia a dejar de ser provinciana, a mirar con interés el ancho mundo que ignoraba y del cual dependía, a caminar sin miramientos ni complejos por entre sus congéneres, sean monarcas suecos o presidentes estadounidenses. También les mostró a los colombianos que toda clase de revoluciones estaban sucediendo allí, al otro lado del río, mientras nosotros seguíamos viviendo como los burros, atados a tradiciones medievales importadas y obedientes a un poder político hereditario.
Surgida en un momento cuando las comunicaciones progresaron aceleradamente y las ideas políticas se alinearon en América Latina, su obra literaria se convirtió en un faro poético que apuntaba hacia el sur, y desde los barbudos de Sierra Maestra hasta los porteños de la Boca, los latinoamericanos se vieron reflejados y celebrados en los personajes sufridos y entrañables del autor de Cien años de soledad. Mas tarde habrían de hacerlo todos los desheredados del mundo, aquellos a los que el tren del progreso no había recogido en ninguna estación: desde los campos de la China, hasta los desiertos de Irán.
![]() Gabo en los años ochenta, poco antes de su exilio en México. Foto: Rear Window |
Un lector y un escritor
Y todo eso lo hizo con la fuerza de sus dos dedos índices y el bagaje inmenso de su conocimiento literario. Porque García Márquez no solo dictó cátedra de escritura en Colombia; también se puede decir que, junto con otros destacados de su generación, enseñó a leer a un país que seguía enfrascado en las sosas lecturas que ofrecía la “cultura de viñeta” dominante hasta ese momento.
Con él y su generación entraron al establecimiento cultural nacional las novelas norteamericanas, el nuevo periodismo, la literatura latinoamericana, y también los poemas del vallenato y las tradiciones orales del campo.
Como escritor, en un país en el que dedicarse profesionalmente a la escritura fue poco menos que un imposible antes de él, García Márquez desafió igualmente las posiciones cómodas que habían hecho de la literatura un pasatiempo de hombres cansados o un sustituto del poder para aspirantes a presidentes, y convirtió a las letras en un oficio y en un negocio del que hoy viven y aprenden millones.
Les enseñó a los periodistas a perseguir todos los posibles colores de una noticia hasta convertirla en una historia humana de repercusiones universales, y les enseñó a los novelistas que veinte años son pocos para pulir la narración de los complejos mundos que pueden construirse en una cabeza.
Enseñó a los poetas colombianos a dejar de perseguir las musas librescas y a sentir la poesía que recorre las acciones más corrientes de la vida cotidiana, y a los hombres y mujeres del común les demostró que esa maravilla que sienten todos los días por la vida que les rodea es el mismo material del que están hechos los sonetos de Quevedo y los dramas de Shakespeare.
El universo literario creado por García Márquez está apenas por descubrirse. Pese a que sus docenas de cuentos y novelas han sido banalizados o empobrecidos por la farándula hasta reducirlas a unas pocas escenas de fantasía y exotismo, todavía quedan muchos años para que las nuevas generaciones se aproximen a sus letras sin el estorbo de tantas mariposas amarillas que los medios han puesto a revolotear alrededor de su imagen.
Además de sus escritos, García Márquez deja una extensa cantidad de entrevistas (a pesar de ser un hombre que siempre dijo detestarlas) que también están por leerse para hacerse una idea de lo que pensó este filósofo de la sencillez, y que quedarán como las enseñanzas de un padre para todos los que todavía tienen por delante la delicia de conocerlo por primera vez. En todas ellas hay una lectura informada y políticamente consciente de la realidad del país y del mundo y, además, un llamado al trabajo continuo y a establecer un pacto sagrado con la vocación que nos llama (en cualquiera que sea la profesión escogida).
Un visionario
Sus mujeres incansables e indescifrables, sus legendarios mamadores de gallo, sus revolucionarios derrotados y desengañados, sus eternos enamorados aprendices de poetas, sus ancianos alucinados (a quienes acabó por parecerse él mismo) y toda su miríada de personajes, más humanos y reales que muchas personas de la vida real.
Como todo gran artista, García Márquez fue un catalizador del alma; un escritor que le permitió a todos los que lo leyeron ponerse en contacto y de alguna manera reconciliarse con su propia vida. Por eso, cuando ya no queden recuerdos de los fastos de sus funerales y cuando América Latina ya no sea el eterno Macondo, atrapado en guerras civiles eternas y gobiernos absurdos, quedarán de García Márquez sus personajes imperecederos.
Sus mujeres incansables e indescifrables, sus legendarios mamadores de gallo, sus revolucionarios derrotados y desengañados, sus eternos enamorados aprendices de poetas, sus ancianos alucinados (a quienes acabó por parecerse él mismo) y toda su miríada de personajes, más humanos y reales que muchas personas de la vida real, serán siempre testimonio del paso del ser humano por la tierra, y tal vez la única prueba real de esa existencia.
Pero al mismo tiempo que habló a lo más profundo del alma individual, García Márquez siempre fue un ser político y su literatura también debe ser leída así. No en el sentido de que sus novelas le hagan propaganda al socialismo o estén en contra de este o aquel partido. Más bien, sus obras sirven para tomar consciencia histórica y aprender de los errores de las sociedades que allí se muestran; y ninguna otra puede ser mejor enseñanza política que esa.
Por eso, en el fondo, creo que el deseo de Gabriel García Márquez como escritor fue que Colombia dejara de repetir la historia de la familia Buendía, esa estirpe de hombres y mujeres enceguecidos por espejismos, y dejáramos de rumiar sobre los mismos temores al mundo exterior, las mismas guerras inútiles y la misma idiotez sin pasado que hemos padecido.
En ese sentido debe ser entendido el ventarrón bíblico que termina por destruir al maltrecho Macondo de Cien años de soledad: es la destrucción purificadora de nuestra violenta historia circular. Solo después de que nos libremos de ese lastre, Colombia podrá dar mujeres como Amaranta Úrsula, libres y sabias, que no estarán nunca más para parir Aurelianos o José Arcadios para la guerra o la ignorancia.
Solo cuando aprendamos esa última lección del maestro tendremos una segunda oportunidad sobre la tierra.
* Historiador.
@HistoricaMente
Acerca del autor
Nicolás Pernett
*Historiador. Su más reciente libro es ‘Presidentes sin pedestal. Una historia cínica de los gobernantes de Colombia’, publicado por Ediciones B.
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