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Escobar y la ambigüedad del mal

Escrito por Nicolás Pernett
Nicolas Pernett

Nicolas PernettLa obsesión por estereotipos del mal es propia de una sociedad enferma que pretende escudriñar su propia historia por televisión, porque ya no se enseña en los colegios. La carencia de recursos para juzgar lo estético va de la mano de la falta de criterios para emitir juicios éticos. Un auténtico patrón del mal.

Nicolás Pernett*

Buena o mala?

La serie Escobar: el patrón del mal del Canal Caracol lleva una semana de emisiones y, como era de esperarse, ha levantado polémica. Las posiciones mayoritarias en el debate que ha suscitado pueden resumirse en la discusión sobre si la serie es, como dicen sus defensores, una denuncia del peor narcotraficante de la historia de Colombia y una manera de aprender del pasado para no repetirlo, o si es, como dicen sus detractores, una apología del delito y una invitación a las nuevas generaciones a emular la vida del capo.

Estas dos estrechas miradas nos demuestran que todavía en Colombia alcanzamos apenas a criticar las ficciones narrativas, en este caso una telenovela, como libelos difamatorios o como moralejas infantiles.

Como si la literatura, el cine o la narraciones televisivas sólo pudieran hablarnos de héroes o villanos, y de las cosas que se deben y no se deben hacer. Es decir, todavía tenemos la misma mirada normativa del catecismo del Padre Astete o de la urbanidad de Carreño para juzgar los productos artísticos.

Para los muchos que creen que la producción cultural colombiana debería ser subsidiaria del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, para mostrar las maravillas del paisaje y su gente y no centrarse en lo “feo” del país, el arte solo serviría para edificar el carácter de la población y cantar loas al mejor vividero del mundo.

Por eso muy pocos se fijan en lo que debería ser el centro de un verdadero debate estético, es decir lo bien o mal hechas que están nuestras producciones y los conflictos e interrogantes, muchos de ellos irresolubles, que nos presentan en sus argumentos.

En este sentido creo que la mayoría de narconovelas colombianas son malas, no porque sean una apología del mal — como si se dijera, guardadas las proporciones, que La estrategia del caracol es una apología al desalojo de morosos o Ursúa una apología de la Conquista — sino porque son hechas bajo fórmulas repetitivas y pobres, que solo alcanzan a mostrarnos personajes caricaturescos y conflictos insubstanciales.

Visto así, el problema de la televisión colombiana, que también ha realizado grandes telenovelas, es que se ha convertido en una máquina de producción de obras fácilmente consumibles y fácilmente olvidables, que ni siquiera alcanzan a ser apologías, críticas o reflexiones, sino puro entretenimiento vacío.

La serie Escobar: el patrón del mal lleva muy poco tiempo de emisión como para hacer un juicio coherente sobre ella, pero por ahora se puede decir que — aparte de una desafortunada mezcla de audio que hace que la hostigante música no deje escuchar los diálogos — presenta elementos que la hacen una propuesta interesante dentro del pobre panorama del prime time nacional.

La ambientación de la época descrita, por ejemplo, es acertada y cuidadosa hasta en los más pequeños detalles y la excelente actuación de Andrés Parra nos muestra un Pablo Escobar creíble, humano, y que puede despertar tanto repudio como comprensión, como suelen ser las personas de carne y hueso.

Pero sobre todo, y este sin duda será el punto más delicado de la historia, la novela quiere mostrar sin maniqueísmos el problema ético–cultural subyacente al narcotráfico: el imperativo social de tener éxito y hacer dinero por encima de cualquier restricción moral, en un país violento con pocas oportunidades de superación económica y movilidad social.

Lamentablemente, los años de formación y ascenso del capo fueron despachados rápidamente en unos cuantos capítulos, cuando justamente son los que más se deberían conocer para evitar en el futuro los errores y omisiones que permitieron la instauración de este tipo de empresa criminal en el país. Es previsible que los productores de la telenovela hagan esto para dedicarle el grueso de la producción al posterior período de terror y escándalos, porque es el que más se vende y el que deja más “moraleja”.

Pero, repito, todavía es temprano para juzgar el modo como la telenovela resolverá los nudos temáticos que hasta ahora comienza a plantear.

Sin embargo, y sin haber esperado que la obra audiovisual diga algo para criticar, ya muchos han salido a dar su veredicto sobre lo que la telenovela significa y lo que el personaje retratado representó para Colombia.

Como suele pasar con la mayoría de los juicios estéticos, éstos hablan más de quienes los emiten que del propio objeto criticado. Estas primeras reacciones merecen un comentario.

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La vida de Pablo Escobar ahora está representada
en la televisión.

Foto: Biografías y Vidas.
 

Memoria unidimensional

En primer término, quiero referirme a las voces que aseguran que la representación televisiva del capo colombiano es una manera de que el país adquiera memoria histórica y capacidad de reflexión sobre el pasado.

Esto podría ser cierto, en alguna medida, si hubiera otros espacios de discusión sobre lo que significa nuestra historia reciente, y la telenovela en cuestión fuera una propuesta más entre varias dedicadas a comprender nuestro pasado. Pero si, como es nuestro caso, la más visible manera de conocer la historia del país son las telenovelas, podemos decir que en lugar de memoria, estamos construyendo una versión pobre y unidimensional de ella.

No puede esperarse que la industria televisiva, más propensa al espectáculo y al facilismo que a la investigación seria y a la construcción de sociedad, sea la encargada de consagrar la imagen de nuestra historia como nación.

¿Qué sería de la memoria histórica de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto si solamente la industria de Hollywood fuera la encargada de mantener y prolongar su recuerdo?

Los países que propiciaron o sufrieron esta guerra, la recuerdan porque existe todo un aparato de conocimiento y divulgación al respecto, que incluye la historiografía, la escuela, las producciones artísticas y la transmisión oral de una generación a otra.

En Colombia, la divulgación de la memoria histórica es una parte fundamental de la construcción de nuestro futuro, y existen muchas personas e instituciones dedicadas a trabajar incansablemente en pos de este objetivo.

Para ellas y para nosotros como espectadores sería un despropósito pensar que una telenovela será la encargada de fijar los hechos y transmitir una enseñanza de ellos a las nuevas generaciones. Deberíamos tomarnos más en serio la historia y no dejársela únicamente a producciones televisivas con motivaciones principalmente monetarias.

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El Canal Caracol transmite todas las
noches la serie de ficción que recrea
la vida de Escobar.    
Foto: Caracol.

 

El simplismo moral y el problema del mal

Por otro lado están los que han aprovechado la serie y el personaje para encontrar el chivo expiatorio perfecto que personifique todas las razones de nuestra encrucijada como sociedad.

Apenas se supo que se iniciarían las transmisiones del docudrama basado en Pablo Escobar Gaviria, muchos salieron a recordar cómo el capo fue la principal y casi única causa de nuestra violencia y corrupción moral. En varios artículos se le comparó con Hitler y Osama Bin Laden, como la encarnación misma del mal, como si no fuera un ser humano sino un demonio.

Esta visión es digna heredera de la disyuntiva cristiana o de las películas de superhéroes, donde un personaje suele ser la expresión pura del mal, a secas, sin atenuantes ni explicaciones. El diablo siempre será puramente maldad y Lex Luthor nunca querrá la paz con su némesis.

Si el mundo fuera así de sencillo, y la maldad no fuera más que un gen que se incuba y crece en la mente de ciertos individuos, serían posibles las aspiraciones de aislamiento y exterminio que hemos aprendido a entender como justicia.

Pero si por el contrario, reconocemos que la monstruosidad de Pablo Escobar fue producto de una decisión personal dentro de unas condiciones sociales que la hicieron posible y la exacerbaron, nos enfrentaríamos a un conflicto moral más complejo y menos tranquilizador.

Si en lugar de echarle la culpa de nuestros males a un solo individuo para dormir tranquilos, pensado en lo buenos que somos todos los demás, nos preguntáramos por qué la sociedad colombiana ha producido y sigue produciendo tantos ejemplos de maldad inconcebible, tal vez tendríamos luces para salir algún día de nuestro ciclo macabro.

Es imposible negar la presencia del mal en casi todas las situaciones de nuestra vida cotidiana como colombianos, y mientras el mal esté allí, se reproducirá continuamente. Vivimos en una cultura del mal, del empujón y del insulto, de la agresión fácil por los motivos más insignificantes, de salvar el pellejo propio a costa del de otros.

Desde los presidentes que llaman a dar plomo y más plomo sin compasión contra nuestros enemigos, hasta los infantes que en los colegios golpean una y otra vez sin misericordia a los débiles y diferentes. Desde las figuras de la televisión y del deporte que exhiben orgullosos su trato machista y violento hacia las mujeres, hasta los violadores y empaladores en nuestras calles.

Enfermedad social

Es evidente que debemos conseguir que los culpables individuales de tantas atrocidades que nos rodean paguen sus culpas ante la justicia, pero recordando que el objetivo de un sistema penal es castigar para evitar que los delitos se repitan en el futuro, y no satisfacer los deseos de venganza sangrienta que motivan a los tantos vigilantes y justicieros que dicen defender la sociedad.

Las fantasías de fuertes castigos e insufribles torturas infringidas a los más malos por parte de los más buenos, que pretenden enseñarnos como el mejor modo de alcanzar la paz y la convivencia, no son sino otra manifestación del mismo mal.

Si se piensa la maldad como el producto de la mente de un individuo enfermo, fácilmente podríamos castigar sus excesos en una telenovela que lo representara y le diera su merecido como una anomalía o un caso aislado.

Pero en Colombia los casos aislados se cuentan por millones y eso quiere decir que en nuestro caso la maldad es una enfermedad social, producida y reproducida por condiciones materiales e ideológicas que tenemos que identificar y cambiar.

Mientras no lo hagamos, Escobar seguirá siendo el patrón del mal, pero entendiendo la palabra “patrón” no como el mandamás, sino como un modelo que sirve de muestra para sacar otra cosa igual.

*Historiador de la Universidad Nacional, docente universitario y candidato a la Maestría en Literatura y Cultura del Seminario Andrés Bello. Director de la revista www.detihablalahistoria.com

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