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Un año sin Gabo

Escrito por Nicolás Pernett
Homenaje a Gabo.

Homenaje a Gabo.

Nicolás PernettColombia entera se ha puesto a recordar a García Márquez un año después de su fallecimiento. ¿Para qué sirve y qué puede quedar después de toda esta hojarasca de homenajes y actividades en su honor?  

Nicolás Pernett*

Para todos los gustos

Como era de esperarse, el primer aniversario de la muerte de Gabriel García Márquez ha sido la ocasión de numerosos homenajes, exposiciones y conferencias sobre la vida y obra del escritor colombiano. Entre los eventos con motivo de esta conmemoración hay estrenos de documentales biográficos, encuentros de periodismo centrados en su legado y un pabellón de la Feria del Libro en Bogotá que presenta por primera vez un país ficticio como invitado de honor: Macondo.

Para los “gabófilos” estas actividades sirven para alimentar su nunca saciada adoración por el hijo de Aracataca, mientras que es posible que para los muchos “gabófobos” del país tanta exposición mediática los lleve a decir (como dijo un día el propio Gabo): “estoy de García Márquez hasta los cojones”.

Como en toda conmemoración importante, en esta ha habido cosas buenas, cosas malas y, otras, sencillamente intrascendentes, producidas con la única finalidad de que nadie se quede por fuera de la “celebración” y para que todas las entidades culturales del país pongan por lo menos una mariposita amarilla en algún lugar de sus instalaciones o de su página web.

Este año el país invitado de honor en la FILBO es Macondo. Estación de trenes de Aracataca.
Este año el país invitado de honor en la FILBO es Macondo. Estación de trenes de Aracataca.
Foto: Haceme un 14

García Márquez revisitado

Este último año ha servido para reivindicar muchas facetas de Gabriel García Márquez que habían sido olvidadas.

Entre lo bueno se puede destacar que este último año ha servido para reivindicar muchas facetas de Gabriel García Márquez que habían sido olvidadas por la preponderancia de las dos cosas por las que es conocido por la mayoría de colombianos: por ser el autor de Cien años de soledad y por ser amigo de Fidel Castro.

En los últimos meses, por ejemplo, muchos han tenido ocasión de recordarle como escritor y gestor del cine latinoamericano, un aspecto de su vida al que le dedicó una disciplina y una pasión comparables a las que tenía por la literatura. El pasado Festival de Cine de Cartagena ofreció varias conferencias y proyecciones sobre su vida en el cine, y los canales institucionales han pasado varias de sus producciones para cine y televisión, muchas de ellas desconocidas para la mayoría de espectadores.

Con ellas el público ha podido comprobar que su relación con el cine no fue, como él siempre dijo, “un matrimonio mal avenido”, sino un fructífero trabajo de más de medio siglo del que quedaron más de una veintena de películas basadas en sus guiones o en sus obras literarias, así como una Fundación de Nuevo Cine Latinoamericano para la formación de profesionales del séptimo arte en el continente.

Su otra gran pasión, el periodismo, también ha sido ampliamente reivindicada, especialmente por el trabajo de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano entre los estudiantes que se están formando para ser los futuros informadores y analistas de los medios nacionales.

Es importante que estos jóvenes no vean a García Márquez como una vieja gloria vacía de contenido a la que deben estudiar por imposición sino como un ejemplo de dedicación y creatividad en el campo del periodismo.

El ejemplo de García Márquez debería servir para sacar al periodismo colombiano de su enfermedad crónica: la mediocridad. Apresurados por el afán del cierre, obsesionados por la gloria efímera de la “chiva” y medio atontados por la aparente facilidad de las redes digitales, los periodistas colombianos necesitan más que nunca recordar el trabajo de un hombre que no se cansó de decir que más importante que contar la noticia primero era contarla bien y que la ética debe acompañar al periodismo como el zumbido al moscardón.  

El ejemplo de García Márquez debería servir para sacar al periodismo colombiano de su enfermedad crónica: la mediocridad.

Estas Fundaciones son también ejemplo de otro de los aspectos más valiosos de García Márquez: su profunda vocación pedagógica. Después de haber alcanzado el éxito económico y, sobre todo, la excelencia profesional, García Márquez dedicó las últimas décadas de su vida a trabajar por la formación de una nueva generación de creadores colombianos y latinoamericanos, con empresas que muchas veces le significaron quiebras personales. Sin embargo, para muchos de los que siguen despotricando de él por no haber llevado acueductos o escuelas a las poblaciones que deberían ser atendidas por el Estado y no por particulares, estos esfuerzos parecen no existir o no ser tan importantes.    

Por último, y no menos importante, los muchos conversatorios que se han hecho sobre su vida con amigos y colegas han servido para rememorar aspectos de su personalidad que también son interesantes para quienes quieren acercarse a él. Obviamente, todavía predomina sobre todo la fascinación por “las historias del Gabo” y el público sigue aplaudiendo a rabiar las anécdotas sobre sus parrandas o la rememoración de sus mejores chistes.

Pero estos espacios también han servido para entender elementos de su carácter desconocidos para la mayoría: su justificada soberbia, la enfermedad de olvido de sus últimos años (que nunca debió ser vergonzante) y, sobre todo, su entereza moral. Entre más se conoce la vida privada de García Márquez menos se puede dejar de reconocer algunas cualidades admirables que tenía, como su rigor de hierro para dedicarse al trabajo (en literatura, cine o periodismo) por encima de las veleidades de la fama, su lucha continua por mantener la independencia intelectual, o su compromiso casi maníaco con ser el mejor amigo de sus amigos.

Siempre la política

En las muchas discusiones sobre su vida también se han hecho públicos muchos hechos que ayudan a aclarar los errados lugares comunes sobre su vida, especialmente en su aspecto político. Recordado por la mayoría simplemente como un tipo de izquierda cómplice de Fidel Castro, la figura política de García Márquez se ha complejizado justamente con las revelaciones sobre su trabajo para liberar presos tanto de regímenes democráticos como dictatoriales, o con el descubrimiento de sus amistades con poderosos de derecha y de izquierda, capitalistas o socialistas, colombianos y extranjeros.

Su justificada soberbia, la enfermedad de olvido de sus últimos años (que nunca debió ser vergonzante) y, sobre todo, su entereza moral. 

En resumen, la valoración de las actividades políticas de García Márquez apenas ha empezado a salir de la penosa reducción que se ha hecho de su inclinación de izquierda y se ha empezado a estudiar como la labor de un intelectual involucrado de lleno en los sucesos de su tiempo, como lo suelen estar los escritores de todas las nacionalidades que se han preciado de ser algo más que best-sellers.

En este sentido, no ha dejado de ser una ironía que justamente en el primer año después de su muerte se han dado los avances más importantes en las dos empresas políticas a las que García Márquez dedicó más esfuerzos: el levantamiento del embargo económico a Cuba y los diálogos de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla.

Portada de Cien Años de Soledad.
Portada de Cien Años de Soledad.
Foto: jamelah e.

Menos Macondo, más literatura

Una cosa queda pendiente sin embargo en medio de toda la “fiesta” en torno a García Márquez. La cosa más sencilla y más importante de todas: leerlo. Tanta información circulante sobre su vida y su obra puede también traer un peligro grande: que la gente sienta que ya lo conoce y que no le hace falta leerlo para sentirse orgullosa de su existencia o para hablar de él en alguna reunión en la que se exija un mínimo conocimiento cultural.

Por eso, la esperanza es que después de todos los eventos y celebraciones quede el deseo de los colombianos por leer su obra (o por releerla si ya la conocen). No necesitamos un García Márquez orgullo de la nación o chivo expiatorio para la extrema derecha, sino un escritor que nos ayude a aprender a leer y a formarnos como nación a través de esa lectura.

Esto no se logrará gastando millones y millones en pabellones en su honor o en fotografías a todo color de su cara en medios o edificios públicos. Lo que falta es más investigación sobre su obra y más y mejores condiciones para que los ciudadanos se sienten a leer sus libros.

Si toda la euforia garciamarquiana se queda en un espectáculo de ocasión que se hace pasar por cultura habremos deshonrado tristemente la memoria del escritor más importante (por calidad e impacto social) en la historia de la lengua española.

 

* Editor de Razón Pública.

@Historicamente

  

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