Chocó, la película: nostalgia hecha música - Razón Pública
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Chocó, la película: nostalgia hecha música

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Nicolas_PernettCrónica y apología de una gran película colombiana, compleja en sus historias paralelas y en su simbología, pero sobre todo sobrecogedora al crear una atmósfera neo–costumbrista íntima y universal a la vez.

Nicolás Pernett*

Varias historias, una gran atmósfera

Como toda buena historia, Chocó es varias historias a la vez: Es la sencilla pero conmovedora historia de una mujer y su afán por cumplir su promesa de regalar una torta a su hija en el día de su cumpleaños, a pesar de la precariedad de su vida. Pero igualmente es la historia de la minería contaminante y destructora a la que se ve sometido el departamento del Chocó y las consecuencias que ésta tiene entre la población. 

Es la historia de dos niños que crecen bajo la sombra de un padre abusador y una madre abusada, y cuyos juegos y fantasías prefiguran la repetición del mismo orden social en el futuro. Y también es la historia de un pueblo, embrutecido por el alcohol y abandonado por el Estado, que sigue condenado a la pobreza por vivir rodeado de oro.

Lo más remarcable es que la película cuenta todo esto sin caer en la denuncia fácil o la solidaridad lastimosa de las obras que intentan ser políticamente correctas. Por el contrario, es humana, cálida y hasta divertida, con personajes entrañables y situaciones creíbles.

La narración escapa al efectismo o al chantaje emocional que Hollywood nos ha enseñado a creer sinónimo de calidad, pero a la vez se permite vuelos imaginativos que no se sienten como irrupciones sino como extensiones naturales del universo interior de los personajes.

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Es la historia de dos niños que prefiguran la repetición del mismo orden social en el futuro.

En Chocó todo cuenta una historia y a la vez crea un atmósfera. Y para construir esta atmósfera, su director Jhonny Hendrix se vale de una combinación muy sutil de sonidos de río, marimba de chonta y cantos humanos, así como de imágenes de la exuberante belleza de los paisajes y los actores en planos generales y estáticos que mantienen la atención del espectador sin necesidad de cortes cada cinco segundos.

La película sorprende por su austeridad en el uso de diálogos y música incidental, pero no cae en la monotonía o la inacción, sino que sumerge al espectador en una poética del sonido y la imagen que rara vez se rompe por inconsistencias en el tejido.

Chocó no es porno–miseria, ni mala denuncia social, ni postal paisajística del tipo “vive Colombia, viaja por ella”. Es una gran obra, sencilla y contundente, que demuestra que el cine colombiano ha llegado a grandes picos creativos (nuevamente gracias a una escuela de directores provenientes del occidente) paralelamente a las grandes producciones nacionales de chistes bobos, crímenes macabros y pieles descubiertas.

Costumbrismo necesario y relevante

Además de esto, Chocó rescata en su construcción dos tradiciones literarias que tuvieron su auge en nuestro país en el siglo XIX: el costumbrismo y la alegoría de la mujer como metáfora de la Nación.

Nicolas_pernett_choco_directorEl director Jhonny Hendrix Hinestroza ha asegurado que la película es un homenaje a su madre.

Foto: ebanolatinoamerica.com

Estas dos particulares formas de mirar el país han sido desprestigiadas a lo largo de los años, porque supuestamente representan una instancia inferior del desarrollo estilístico de las artes narrativas. Se les ha acusado de ser aburridoras, sosas y pobres formalmente, y hasta se ha llegado a considerar un insulto decirle a alguna obra o autor “costumbrista”, por el dejo peyorativo que ha tomado la expresión.

Pero el arte no necesita justificarse como la industria de la moda, impresionando en cada colección con formas nuevas, deslumbrantes y nunca antes vistas, y una tradición tan antigua como la costumbrista o la alegórica aún sirven para contar las historias que merecen contarse en nuestro país.

De hecho, se podría decir que estilos como el costumbrismo son hoy más que nunca necesarios, como lo fueron los cuadros de la Comisión Corográfica de hace ciento cincuenta años, para conocer el país que el proyecto cultural blanco y criollo ha ocultado sistemáticamente.

Un espejo más fiel

En la Colombia de hoy, los estereotipos y falseamientos de las comunidades indígenas y afrodescendientes, realizadas por los medios de comunicación centralizados, no están muy lejos de las historias difamatorias sobre posesión demoníaca y perversiones sexuales que los conquistadores españoles inventaban acerca de los aborígenes para justificar su masacre civilizadora.

A doscientos años de la independencia política, el país todavía no conoce al país y el multiculturalismo de estampa que promueven los gobiernos posteriores a la Constitución de 1991 esconde la resistencia a conocer y pensar las condiciones reales de los negros e indígenas que aparecen tan felices e integrados en el video musical del himno nacional de medianoche.

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Es la historia de una mujer y su afán por cumplir una promesa, a pesar de la precariedad de su vida.

Por esto, una película como Chocó nos sirve tanto para reconocernos en nuestras regiones, en nuestras culturas, y en nuestras costumbres. La película logra mostrarnos de frente realidades tan perturbadoras como el incrustado machismo y el rampante ventajismo en nuestras transacciones cotidianas, pero también nos pone en contacto con la alegría irrefrenable de la gente del Chocó y con su música y paisajes.

Sin descuidar su argumento, Chocó logra recrear el contexto en que se desarrolla la historia, mostrando los juegos y los bailes, los ritos y las rutinas, sin caer en el paisajismo o en la alusión innecesaria al carácter de la población. Sus cuadros de costumbre comunican en lugar de decorar.

Mujer y metáfora

La cinta también es heredera de la representación alegórica de la realidad nacional a través de la figura de una mujer. El personaje principal, Chocó, es a la vez metáfora de su región y del país.

Pero ya no se trata, como solía hacerse en las novelas del siglo XIX, de una indígena que necesita blanquearse y unirse a un español para construir la nueva nación, o de una mujer burda que necesita ser civilizada por la mano bienintencionada de un hombre que la lleve a la modernidad.

La Mujer-Nación Chocó es ahora una heroína negra desengañada pero trabajadora, violada pero todavía con capacidad para el amor y la alegría, destrozada pero esperanzada, que saca adelante la vida de sus hijos como puede y alimenta soterradamente un rencor por la figura masculina que la ha utilizado y arruinado.

Se ha pasado de una mirada de la Nación en la que se propone una vía de integración de los sectores populares al proyecto civilizador blanco por medio de la subyugación o el acomodamiento sumiso, a una metáfora de la independencia que se gana con la toma de consciencia y la venganza contra el poder allí donde radica su orgullo e invencibilidad.

Selva, cielo, torta…y madre

Pero la única alegoría en la película no es Chocó la protagonista. La selva también aparece como el lugar donde todavía reposa lo íntimo e infantil que no ha sido contaminado por las dificultades de la vida o el mercurio de la minería, y donde todavía es posible trabajar honorablemente sin destruir la naturaleza.

La selva de Chocó no es el infierno verde donde los hombres se destruyen o el lugar de un primitivismo vergonzoso, sino un espacio donde se puede soñar, trabajar y vivir aún en el siglo XXI. Es en este espacio donde se condensa la mayor parte de la nostalgia y el deseo de vuelta a los orígenes que permean toda la película.

Igualmente, la torta que tanto anhela Candelaria, la pequeña hija de Chocó, se puede interpretar como el apetecido ponqué que tanto se han repartido los poderosos generación tras generación y por cuyas migas nos peleamos y matamos los demás.

El mismo cielo al que constantemente pide la protagonista es el que aparece ominoso y cargado de siniestros vaticinios cada pocos minutos y los fuegos infernales son aquí deseos de purificación sagrada después de la destrucción necesaria.

En resumen, la película abunda en simbologías conscientes o inconscientes que acentúan su cercanía con el mito subyacente a toda historia humana y le confieren una gran fuerza emotiva que hace que impresione profundamente nuestra sensibilidad.

Pero si hay una figura omnipresente a lo largo de la narración es la de la madre. Desde el velorio de la mama de la protagonista al comienzo, hasta la imagen de la virgen María en el último cuadro, la película toda es una búsqueda incesante de la madre que se extraña y se quiere.

El propio director Jhonny Hendrix ha asegurado que su película es un homenaje a su madre, pero se puede decir que a través de su obra se vislumbra la situación general de toda un país que ha perdido su figura materna y la busca sin encontrarla en la tierra que explota y seca, en las fantasías que anhela en las portadas de las revistas, y en los objetos sexuales que viola y mata.

En nuestro país, lo masculino de la guerra y la explotación viril de la riqueza destilan subrepticiamente un deseo profundo de reconciliación con la madre ultrajada, y la película Chocó es la triste rogativa de una Nación que quiere desesperadamente reencontrar esa madre perdida, que se anhela de vuelta en la paz del hogar.

* Historiador de la Universidad Nacional, docente universitario y candidato a la Maestría en Literatura y Cultura del Seminario Andrés Bello. Director de la revista www.detihablalahistoria.com

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Nicolás Pernett

*Historiador. Su más reciente libro es ‘Presidentes sin pedestal. Una historia cínica de los gobernantes de Colombia’, publicado por Ediciones B.

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