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Las hojas que una tras otra son la vida

Escrito por Nicolás Pernett
Nicolas Pernett

Con motivo del día del idioma en tiempos de nuevas cuarentenas, recordamos uno de los formatos más idóneos para registrar la vida y dominar el lenguaje: los diarios personales, una obra maestra de la literatura que cada uno puede escribir.

Nicolás Pernett*

Tan viejo como los días

En una de sus canciones John Lennon dijo que la vida es lo que nos pasa mientras estamos ocupados haciendo planes. Por eso, los que nos termina definiendo es lo que hacemos, mucho más que lo que pensamos o queremos hacer. Mientras las fantasías, temores o proyectos pueden llegar e irse como la brisa, las acciones que emprendemos y tienen efecto sobre el mundo dejan una impronta mucho más duradera.

Como los historiadores no pueden registrar lo que hacen todas las personas, a cada uno nos corresponde evaluar privadamente lo que conseguimos con la vida que nos tocó, así como contar cómo cambiamos secretamente el mundo. Para hacer esto, tal vez no haya nada mejor que llevar un diario.

Desde los antiquísimos registros de la cantidad de piedra que extraía un cantero en Mesopotamia hasta las sucesivas publicaciones en redes sociales que muestran en tiempo real lo que hacen algunos en sus vacaciones, siempre ha habido algún modo de llevar un registro cotidiano y minucioso de lo que le acontece diariamente a una persona (iba a decir del común, pero la verdad es que todos somos del común).

Aunque famosos textos, como las Meditaciones de Marco Aurelio o las Confesiones de San Agustín, se pueden considerar ancestros del género diario en Occidente, fue en los últimos cinco siglos que esta forma de escritura se ha multiplicado y hecho célebre. Después de todo, como dijo Octavio Paz, el rasgo que distingue a la modernidad es la autocrítica.

Mientras escribían sus incidentes y emociones, algunos diaristas famosos le dejaron a la posteridad una fuente primaria invaluable para conocer algunos de los períodos más difíciles de la historia. Por ejemplo, el inglés Samuel Pepys redactó un nutrido diario personal entre 1660 y 1669, una década en la que Londres vivió algunos sucesos inolvidables, como la Gran Peste de 1665, el Gran Incendio de 1666 o la guerra contra Holanda.

Un diario representa el clímax de la intriga: ni siquiera el que lo escribe sabe lo que va a pasar en la siguiente página.

Por el contrario, también hubo casos de diarios de celebridades que ni se enteraron de los cataclismos que sucedieron a su alrededor. Así le pasó al insufrible rey francés Luis 16, quien el 14 de julio de 1789, día de estallido de la Revolución francesa, solo escribió en su diario un lacónico rien (nada), sin darse por enterado de la revuelta que muy pronto lo haría perder la cabeza.

Por supuesto, el otro diario que llega a la mente al hablar de su capacidad para ser testigo de la historia es el de Ann Frank, un relato que va desde que esta niña judía alemana recibe como regalo de cumpleaños el cuaderno donde escribirá el diario hasta poco antes de que fue capturada por los nazis y asesinada en un campo de concentración.

Mucho menos conocido es el diario escrito por Carrie Berry, una niña de diez años que describió en su cuaderno lo que significó para su familia en Atlanta, Georgia, padecer la ocupación de los ejércitos del norte durante la Guerra Civil estadounidense. Como se ha probado en múltiples ocasiones, llevar un diario puede ser la mejor manera de sobrellevar tiempos de trauma y desolación, sobre todo para los más jóvenes.

La costumbre de llevar diario se popularizó durante el romántico e individualista siglo 19, y para el siglo 20 se había hecho común la publicación póstuma de los diarios de escritores célebres: Miguel de Unamuno, Virginia Woolf, León Tolstoi, Franz Kafka, Cesare Pavese, Fernando Pessoa y un largo etcétera.

Para el lector, acercarse a un diario ajeno es uno de los placeres más intensos que puede proporcionar la lectura, no solo por el gozo culposo de acceder a un texto que se escribió para mantenerse en privado, sino porque un diario representa el clímax de la intriga: ni siquiera el que lo escribe sabe lo que va a pasar en la siguiente página.

Foto: Oficina Nacional de Procesos Electorales - Las elecciones se llevaron a cabo el 11 de abril con una abstención importante.

El diario entre nosotros

No hay que olvidar que la literatura hispanoamericana nace precisamente con un diario, el de Cristóbal Colón, que se conserva gracias a una transcripción que hizo el sacerdote Bartolomé de las Casas. El diario de a bordo de Colón (una lectura amena y accesible aún hoy a pesar de las diferencias con el español de nuestro tiempo) muestra toda la expectativa, confusión y frustración del Almirante en su búsqueda de un paso a Oriente, sin saber que había llegado a un nuevo continente.

Este es otro de los goces morbosos del lector de diarios ajenos: contemplar el desconcierto existencial de tantos que han descargado en sus diarios la angustia de no saber cómo dar el siguiente paso en esta vida incomprensible. Acompañar a otros en su confusión íntima es una manera de entendernos mejor a nosotros mismos y de conectarnos con otras almas a través de la literatura.

Otras veces, no es el sufrimiento sino la complacencia de otros la que nos atrae a un diario, como cuando leemos los encuentros sexuales detalladamente reseñados en los diarios de Anaïs Nin o conocemos los viajes y amantes que circulan por el diario del venezolano Francisco de Miranda, ese héroe latinoamericano que parece más un personaje que una persona.

En el caso colombiano, algunos diarios han constituido una ayuda invaluable para entender períodos como la Independencia, como el diario de José María Caballero, o la vida y pensamiento de Simón Bolívar, en el diario que llevó Luis Perú de la Croix en Bucaramanga durante la estadía del Libertador.

En otros casos, el diario ha sido sucedáneo de la confesión o de la confidencia, por lo que se entiende que muchas lo hayan usado para hacer un autoexamen de conciencia, como la madre Francisca Josefa del Castillo, y otras, como Soledad Acosta de Samper, hayan hablado con él como un reemplazo de la amistad ausente.

En 2020 el escritor antioqueño Héctor Abad Faciolince publicó la recopilación de sus diarios privados bajo el nombre de Lo que fue presente. Este es uno de los pocos ejemplos en los que un escritor se anima a publicar sus diarios todavía en vida. En el caso de Abad Faciolince una decisión como esta no es sorprendente pues repite en cierta medida lo hecho con su libro más popular, El olvido que seremos, es decir, presentar al público, sin mayor elaboración poética, las intimidades de una persona o una familia.

Y esta especie de reality del alma está probando ser cada vez más atractivo para un público masivo que compra por miles este tipo de libro, movido por la curiosidad y el chismorreo, impulsos humanos que están ligados a la literatura desde que esta existe.

Escribir a ratos

Un diario personal puede demorarse en crecer más que un árbol. Este año yo mismo celebro dos décadas desde que empecé a escribir mi primer diario personal, y la revisión de los varios cuadernos llenos de letras, números y dibujos que he acumulado a lo largo de los años me ha revelado que el nombre “diario” es demasiado pretencioso para un ejercicio que muchas veces puede ser semanal, mensual y hasta anual.

Pero si se mantiene la constancia y el gusto (más bien el gusto por la constancia) puede llegar a construirse una obra voluminosa que refleja quiénes somos mejor que cualquier sesión de sicoanálisis. Al leer estas páginas muchos años después de empezarlas, uno siente que, aunque hubo una vida fugaz que llegó y se fue, dejando apenas un temblor, hay otra vida profunda que se adivina entre las líneas del diario personal.

Un diario personal puede demorarse en crecer más que un árbol.

Estos tiempos de cuarentenas y soledades sirven para intentar, aunque sea solo por un tiempo, la noble costumbre de llevar un diario: puede ser uno que narre secamente lo que se ha hecho cada día; uno que sea de reflexiones sobre lo que pensamos o descubrimos; uno que enumere las comidas que hemos hecho o el dinero que hemos gastado; uno que intente atrapar la escurridiza materia de los sueños que tenemos cada noche; uno que registre las paradas más memorables de alguno de nuestros viajes; uno que enumere las palabras que aprendemos cada semana; o una agenda con las cosas pendientes por hacer (una especie de diario en tiempo futuro).

Llevar un diario, de cualquier tipo, es un ejercicio inolvidable. Escribir un diario nos permite vivir dos veces.

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