El ocaso de los ídolos: sobre la destrucción de estatuas - Razón Pública
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El ocaso de los ídolos: sobre la destrucción de estatuas

Escrito por Nicolás Pernett
Nicolas Pernett

En los últimos meses ha ganado una nueva fuerza la vieja costumbre de destruir estatuas y monumentos como parte de la protesta social. ¿Cuál es la explicación de esta antigua forma de guerra simbólica y qué tanto puede cambiar la historia?

Nicolás Pernett*

La piedra y las voces

Se ha vuelto algo constante, casi un lugar común: en cada vez más protestas por razones políticas y sociales del mundo se incluye la destrucción total o parcial de estatuas y monumentos históricos en lugares públicos. Ante este tipo de noticias las reacciones suelen variar poco.

Los espíritus conservadores se horrorizan ante lo que consideran una destrucción de la historia y la memoria, representadas en estatuas y monumentos. Sin embargo, uno puede sospechar que detrás de esta condena a lo que ven como barbarie no hay más que el temor de los cambios que pueden traer estas manifestaciones como amenaza a sus privilegios atávicos.

Además, si realmente les importara la historia, reaccionarían con igual indignación ante la destrucción de archivos, la falta de presupuesto para la investigación, la ausencia de debates históricos en los medios masivos, y otros problemas que amenazan de veras la memoria de un país.

Al otro lado del espectro (aunque con similar frecuencia de onda) están los espíritus revolucionarios, que festejan esos derrocamientos simbólicos porque no destruyen vidas humanas sino piedras y al mismo tiempo pueden hacer del futuro un lugar más incluyente.

Pero, como buenos revolucionarios, sus acciones pueden llegar a ser ingenuas e irreflexivas. En lugar de deconstruir el legado histórico, es decir, descomponerlo en sus partes para desactivar su poder, optan por destruirlo con la esperanza de que este acto de furia cambie realmente las cosas. Por este camino se puede llegar, como ha pasado muchas veces en la historia, a una irracional cacería de brujas que la mayoría de veces cambia muy poco la realidad y que en su paso deja un rastro de libros quemados antes de ser leídos.

Y, claro, también hay que mencionar a los que las noticias sobre derribamientos de estatuas los dejan en la absoluta indiferencia o apenas les suscita una pregunta retórica: “¿esa estatua estaba allí?, yo nunca la había visto”.

Cualquier grupo del que se haga parte, como actores o espectadores de este fenómeno deberíamos empezar por entender que es un acto que tiene mucha historia. Levantar y tumbar estatuas es algo tan viejo como la civilización misma. Ambas cosas son acciones de imposición de unos sobre otros, declaraciones políticas, actos de guerra si se quiere.

Si alguien pone una estatua, lo está haciendo para glorificar la memoria de un personaje o una ideología que ha vencido en alguna contienda histórica, y es muy posible que la ponga encima de los restos de los grupos que han salido perdiendo en esta pelea, y que no ven la hora de tumbarla. En la historia, usualmente el ganador recibe la estatua, y el perdedor, la tumba.

Por eso, ya desde los tiempos de los asirios, más de dos mil quinientos años antes de Cristo, estos homenajes en piedra venían acompañados de la leyenda: “el que derribe mi estatua, que tenga dolor por el resto de su vida”. Eran monumentos temerosos de su inminente ruina y por eso traían un sistema de seguridad incorporado.

Foto: Wikimedia Commons - Destruir las estatuas para erigir unas nuevas, o para que ya no sean las estatuas las que hablen de la historia.

Una larga historia

Las destrucciones de íconos y estatuas se han dado en la historia por muchas razones, sobre todo religiosas. Tal vez el período más famoso de iconoclastia religiosa fue durante el siglo octavo en Bizancio, la Roma de Oriente, cuando el emperador León III promulgó la destrucción de todas las representaciones de la divinidad por considerarlas idolatría. Después de todo, la misma Biblia en varias partes ordena no adorar imágenes, ni siquiera si son tan bellas como los íconos bizantinos.

Durante más de un siglo varios emperadores de Bizancio persiguieron estas imágenes y a sus adoradores. Finalmente, la emperatriz Teodora (sí, hubo varias emperatrices bizantinas) levantó el veto en el siglo noveno y desde entonces las imágenes crecieron y se multiplicaron en el cercano oriente.

Esta no sería la última vez que se destruyeran imágenes cristianas en grandes cantidades. En el siglo 16 los protestantes se abalanzaron contra las iglesias del norte de Europa por la misma razón: la reforma luterana quería volver a un cristianismo puro, sin estatuas, grandes pinturas ni otras formas de idolatría. En esa ocasión, los civilizados europeos no dejaron santo con cabeza y una gran parte del arte cristiano medieval se perdió para siempre.

No olvidemos que aquí todos eran cristianos, lo que quiere decir que su intención no era ofender a Dios o a su sagrado hijo. Lo que estaban haciendo era enfrentarse al papa de Roma y a los demás poderes católicos que promulgaban el uso de estas obras. Cuando se destruye una estatua o imagen no solo se ataca lo que esta representa, sino, sobre todo, a los poderes que la pusieron en el sitio de honor que ocupa.

En otros casos la destrucción ha sido por razones políticas: por ejemplo, durante la Revolución Francesa, a finales del siglo 18, los jacobinos no se limitaron a guillotinar al rey Luis 16, sino que se fueron a Notre Dame y decapitaron más de cien estatuas que representaban a los reyes de Francia. En este caso los revolucionarios no solo estaban destruyendo objetos históricos, también estaban haciendo historia al cortar por las malas con la tradición monárquica de su país.

A veces la destrucción de monumentos cumple una función tanto religiosa como política. Por ejemplo, en el siglo 14 antes de Cristo fue memorable la purga que hizo el faraón Akenatón de las estatuas de los viejos dioses egipcios, derribados para imponer encima de ellos la primera religión monoteístas: el culto al sol. También el legado material del propio Akenatón fue destruido poco después de su muerte por sus enemigos. De esta manera se llevó a cabo uno de los atentados más grandes de la historia contra el patrimonio del antiguo Egipto: por parte de los antiguos egipcios.

Pero tal vez el caso más notable de destrucción patrimonial masiva fue la conquista de América, donde los europeos destruyeron casi todo en las grandes ciudades precolombinas. En Norte, Centro y Sudamérica, los invasores demolieron templos, pirámides, estatuas, estatuillas, ídolos, monumentos y hasta quemaron códices con mitos e historias milenarias. Y, a diferencia de las estatuas, los libros y las bibliotecas son imposibles de reconstruir tal y como eran.

Como se ve, aunque las estatuas aspiran a fijarse eternamente en un sitio, nunca se quedan quietas para siempre. En tiempos más recientes hemos visto casos similares: después de la caída de la Unión Soviética, estatuas de Lenin, Stalin y compañía fueron retiradas y vejadas en muchas calles de Europa oriental. En 2003 Estados Unidos invadió Irak y transmitió en vivo y en directo para todo el mundo la demolición de una portentosa estatua de Sadam Hussein. Y en años más reciente, las estatuas de generales esclavistas del sur de Estados Unidos han sido movidas, removidas o destruidas por presión popular en ese país.

Ya sea que la víctima es un monumento reciente o muy antiguo, una gran obra de arte o una sosería lambona, los poderes que aspiran a la inmortalidad de los monumentos siempre se verán amenazados por la violencia iconoclasta, porque justamente fue con violencia que muchos se impusieron en primer lugar. Y el que esté libre de culpa que tire la primera piedra.

¿Qué hacer?

Frente al impulso iconoclasta violento se pueden ensayar varias opciones. Algunos abogan por una contextualización apropiada de los monumentos y estatuas. Es decir, construir lugares de memoria que no solo reivindiquen una figura del pasado, sino que la problematicen e inviten al diálogo sobre ella en los espacios públicos.

En el caso de las estatuas que ya existen, esta labor se podría hacer poniendo placas explicativas no solo de quién es el representado sino, sobre todo, de quién y por qué decidió hacer esa estatua. Este debate con argumentos y ánimo pedagógico podría llevar incluso a que las administraciones decidan retirar monumentos cuestionables sin que tenga que hacerse por una multitud iracunda.

Otros se han emocionado con la idea de derribar los símbolos de la colonización y los poderosos y cambiarlos por los símbolos de la resistencia y de las subalternas de la historia. Por ejemplo, en Colombia se ha propuesto desbancar las estatuas de conquistadores y poner en su lugar símbolos indígenas.

Me parece que, a pesar de sus buenas intenciones de nivelación simbólica, esta posición sigue siendo muestra de una mentalidad colonizada: queriendo despreciar el legado de Occidente se termina reproduciendo uno de sus mecanismos de poder por excelencia: la estatua. Mejor que destruir un ídolo cada semana sería dejar de usar la historia como una producción de ídolos y, si se quiere de verdad cuestionar el legado de Europa, empezar por cuestionar la práctica misma de erigir estatuas.

Esta opción tendría aun más sentido para reivindicar el legado indígena y ecológico de América Latina. Si se suscitara un debate tan indignado por la deforestación de los bosques como se hace por la caída de estatuas, se le podría dar una nueva fuerza a la protección patrimonial y al uso de la historia como una fuerza de futuro. Después de todo, en términos de supervivencia de nuestra especie, no hay estatua que valga lo que vale un árbol.

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