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El Quijote y la divina locura

Escrito por Nicolás Pernett

Retrato de Miguel de Cervantes Saavedra.

Nicolas PernettEn los 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, vale la pena recordar el tema por excelencia de su novela más conocida: la locura, que sirve al tiempo como liberación del pensamiento y combustible de la libertad.

Nicolás Pernett*

Los antecedentes de una locura  

Unos años antes de dar a la imprenta la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra había ensayado el tema del estudioso que se vuelve loco y entra a una nueva forma de conocimiento en una pequeña obra que aparecería varios años después de su escritura en el compendio Novelas ejemplares.

En El licenciado Vidriera se cuenta la historia de un hombre que, después de haber viajado y estudiado mucho, cae en el más grande desquiciamiento debido a un brebaje que le da una mujer enamorada. Tras el desajuste de su cabeza, el licenciado Rodaja empieza a llamarse Vidriera y a creerse que está todo hecho de vidrio. Así se echa a andar por las calles emitiendo todo tipo de juicios sobre diversas profesiones e ideas comunes en el tiempo de Cervantes.

Como también lo sería pocos años después don Quijote, el licenciado Vidriera es la encarnación del hombre que no concibe que se puedan considerar normales ciertos comportamientos y prejuicios que no soportarían la crítica de una mente lúcida. Lo interesante de la obra de Cervantes es que son justamente los personajes locos los que ponen en su lugar el sinsentido del mundo en el que viven. También para el Quijote será evidente que el que está mal es el mundo que lo rodea, y su rebelión contra ese orden es la incansable locura.

Con este recurso narrativo, Cervantes fue capaz de enunciar todo tipo de críticas contra la España de su tiempo, resguardado por la vieja excusa de que, como las decía un loco, no debían tomarse en serio. Y al mismo tiempo, creó un personaje que sería monumento para los siglos y les dio a los locos del mundo una justificación y explicación de la grandeza de su condición.

Se suele decir que ser “un Quijote” es luchar contra enormes molinos de viento o acometer empresas destinadas al fracaso. Creo que cualquiera que lea el libro se puede dar cuenta de que tal vez la virtud más grande del Quijote no sea esa, sino sencillamente la de ser un loco coherente con su locura, aunque esta no tenga más razón de ser que su misma existencia. O como diría en uno de sus diálogos:

“Ahí está el punto -respondió don Quijote-, y ésa es la fineza de mi negocio; que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el toque está en desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto, ¿qué hiciera en mojado?”.

Una novela para enloquecerse

Portada de la primera edición de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”.
Portada de la primera edición de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”.
Foto: Wikimedia Commons

En uno de los capítulos finales de la segunda parte del Quijote, el caballero se pasea por las calles de Barcelona y es increpado por uno de los paseantes que ya ha leído sobre sus aventuras:

“Tú eres loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura, fuera menos mal, pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos a cuantos te tratan y comunican…”.

Este parece ser precisamente el efecto que tiene la lectura de la novela de Cervantes. A medida que el lector avanza en ella pasa de un estado en el que empieza juzgando a don Quijote por sus absurdas acciones a uno en el que le acaba dando la razón a su deschavetada visión del mundo y esperando que logre imponerla a los demás.

El Quijote es un libro que no solo trata sobre un loco sino que parece escrito por uno.

Y no solo eso. La genialidad de Cervantes en esta novela consistió en borrar los límites entre la realidad y la ficción al incluir dentro de la narración numerosas menciones a la escritura y lectura de la propia novela. Don Quijote y Sancho son personajes que saben que son personajes pues encuentran en su deambular numerosas pruebas de que otro ha escrito sobre ellos. Al mismo tiempo, el narrador desconocido le comunica permanentemente al lector su condición de transcriptor de una historia encontrada por él y que en su versión original estaba escrita en árabe. Y el lector conoce a través de su lectura a otros lectores del Quijote que abundan en la segunda parte del libro.

Esta madeja de planos de la realidad y la ficción que se traslapan a lo largo de la novela terminan por desencajar a tal punto las facultades del lector que este termina por creer cualquier cosa que en el libro se cuente y da por normal y real tanto la ficción de los personajes como la suya propia como lector.

El Quijote es un libro que no solo trata sobre un loco sino que parece escrito por uno.      

Locura y libertad

Ilustración de Don Quijote por Miguel Doré.
Ilustración de Don Quijote por Miguel Doré.
Foto: Wikimedia Commons

Pero la locura de don Quijote no solo funciona como estrategia narrativa o enganche con un tema universal. Su locura es, primordialmente, la llave que abre la puerta de la libertad, que es uno de los temas que atraviesa la novela de principio a fin.

En el Quijote la cordura está siempre asociada al cautiverio o a la muerte. Cada una de las salidas del ingenioso caballero termina con la vuelta a su aldea derrotado por las armas de los bienpensantes y racionales. Su primer regreso está marcado por la famosa escena en la que el barbero y el cura seleccionan y destruyen los libros de su biblioteca. En el segundo, son los mismos personajes los que lo traen dentro de una jaula como a un animal de vuelta a los linderos de la razón. Y en el tercer y final regreso es el odioso bachiller Sansón Carrasco el que lo condena a la muerte de los sueños y por ende a la muerte física después de derrotarlo en una playa sin nombre.

La muerte del Quijote ha sido una de las más cuestionadas que ha habido en la historia de la literatura. Desde el propio Sancho Panza, quien suplica a su amo en el lecho de muerte que se levante para encarnar una nueva locura, hasta el filósofo alemán Federico Nietzsche, quien lamentó que después de tan espléndida locura el personaje terminara cuerdo y creyente, muchos hemos estado doblemente apesadumbrados por el triste destino del inolvidable caballero: morir y morir cuerdo.

Yo creo que el final ideal de la novela de Cervantes no está en sus últimas páginas sino en la mitad de la segunda parte, cuando don Quijote decide partir de la casa de los duques que lo han acogido con tantos cuidados después de leer la primera parte de sus aventuras. En su palacio, don Quijote ha encontrado lo que se podría pensar que siempre estuvo buscando: lo tratan como a un prestigioso caballero, los duques organizan todo tipo de montajes para hacer de su locura una realidad, y su escudero es finalmente gobernador de la ínsula que tanto le había prometido.

Sin embargo, en ese momento se da cuenta de que su objetivo no era conseguir la quimera largamente anhelada: ni que el mundo se ajustara a su fantástica imaginación ni que él volviera arrepentido de los campos de la locura, sino seguir en su búsqueda sin final. Por eso decide abandonar la lujosa morada y de nuevo en la montura de su Rocinante pronuncia uno de sus discursos inolvidables:

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve, me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos; que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre”.

Después siguió caminando junto a su escudero, dejando para siempre la imagen con la que todavía lo recordamos: un hidalgo loco que no se transó ni se sosegó en su divina inconformidad con el mundo.  

 

* Historiador.   

@NicoPernett

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