De la política en tiempos de Gaitán a la de hoy - Razón Pública
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De la política en tiempos de Gaitán a la de hoy

Escrito por Nicolás Pernett

Llega otro 9 de abril, y esta ocasión sirve para intentar una comparación entre la política colombiana en los tiempos de Jorge Eliécer Gaitán y la de ahora con Santos y con Petro. ¿Acaso repetimos nuestra historia por no conocerla?

Nicolás Pernett*

Posibles paralelos

Comparar los tiempos presentes con los pasados siempre es una cuestión difícil, pues ninguna época es exactamente igual a una anterior, no obstante la frecuencia de expresiones como “todavía estamos en la patria boba” o “aquí nunca ha cambiado nada”.

Sin embargo, en la política colombiana, como si se tratara del eterno retorno sentenciado por  Nietzsche, o de la repetición insoportable de nombres de Cien años de soledad, los protagonistas de la política se heredan las banderas y los apellidos, y uno parecería estar asistiendo a la constante repetición de lo mismo.

En los meses recientes, el ahora exalcalde de Bogotá, Gustavo Petro, se ha encargado de volver a poner sobre la mesa el tema con sus referencias al líder liberal Jorge Eliécer Gaitán (1898-1948), con quien siente compartir una orientación política y una persecución por parte del establecimiento colombiano.

Ambos sintieron (y con razón) que los motivos de su salida de la Alcaldía fueron más políticos que administrativos y que la persecución que padecieron era una manera de parar su ascenso hacia la Presidencia. 

Si bien hay diferencias que los separan inevitablemente, puede decirse que ambos han repetido una historia más o menos común, pues los dos se hicieron conocidos públicamente por denunciar  los abusos del Estado desde la tribuna parlamentaria, Gaitán con el famoso debate por la masacre de las bananeras, que llevó a cabo como representante a la Cámara en 1929, y Petro, como el senador que no perdió ocasión de denunciar la violencia paramilitar y su ligazón con el gobierno de Uribe.

También ambos fueron alcaldes de Bogotá y adelantaron desde esta posición una serie de reformas que causaron conmoción. Gaitán llegó a la Alcaldía en 1936, y en apenas ocho meses de gobierno alcanzó a remover el quietismo de la vida política capitalina con cambios que incluyeron la masificación de la cultura y la imposición de la higiene, en una ciudad que apenas dejaba de ser un pueblo grande.   


Jorge Eliécer Gaitán.
Foto: Wikimedia Commons

Gustavo Petro hizo lo propio mientras estuvo al frente de la administración capitalina, aunque todavía no sepamos qué alcanzará a quedar de sus reformas ahora que están entrando en proceso de desmonte.

Finalmente, los dos salieron intempestivamente de la Alcaldía por meterse con poderosos gremios económicos y fueron destituidos con la anuencia de presidentes de estirpe liberal. Gaitán se peleó con los trasportadores al anunciar la completa municipalización del trasporte público y el  retiro del tranvía y de los buses de la carrera Séptima en un intento por convertir a esta en un corredor peatonal (una medida que también quiso aplicar Petro). Para completar, una inocua medida que obligaba a los choferes a usar uniforme fue el detonante que llevó a que estos entraran en paro y a que Gaitán fuera destituido (en los tiempos en que los alcaldes eran designados por el Poder Ejecutivo) por orden del presidente López Pumarejo.

Petro, con su decisión de cambiar el sistema de recolección de las basuras en la capital, también se echó la soga al cuello y las consecuencias de este acto son bien conocidas por todos.

En el fondo, ambos sintieron (y con razón) que los motivos de su salida de la Alcaldía fueron más políticos que administrativos y que la persecución que padecieron era una manera de parar su ascenso hacia la Presidencia. Ni Gaitán ni Petro podían ser del agrado de la clase política, no solo por sus antecedentes humildes y su piel oscura (en un país donde la mayoría de presidentes tienen el fenotipo de los virreyes españoles), sino porque los gobernantes colombianos nunca han estado a gusto con aquellos que desde el establecimiento se presentan a sí mismos como revolucionarios.

Por eso, una vez ambos salieron de la Alcaldía buscaron el respaldo en las bases populares. También en las masas ambos pudieron encontrar la relación caudillista directa que se acopla a la perfección con sus caracteres autosuficientes y arrogantes. Primero Gaitán y ahora Petro parecen mirar a los cientos de miles que se agolpan a oírlos en la plaza pública y asumir un aire de “si el pueblo está conmigo, quién puede estar contra mí”, que reduce la democracia a la política de la manifestación.

Lamentablemente, Jorge Eliécer Gaitán fue asesinado y jamás pudo ensayar desde la Presidencia las reformas que anunciaba, en uno de los actos que más hicieron por destruir la posibilidad de la política en Colombia. Ahora la historia se repite con Gustavo Petro, quien enfrenta otra muerte, esta vez en la forma de una inhabilitación por quince años, con lo cual se repite la fórmula política de Colombia (practicada desde la guerrilla hasta la Procuraduría), según la cual la diferencia simplemente se elimina.

De gobiernos liberales y oposición violenta    

Esta “modernización sin modernidad” que vendió la República Liberal de los años treinta fue continuada en 1938 por el presidente Eduardo Santos (tío abuelo del actual presidente)

También en tiempos de Gaitán, Colombia estaba bajo el gobierno de presidentes liberales adictos a los empréstitos internacionales y defensores del capitalismo librecambista que le abrió sin mayores miramientos el país a la explotación de empresas extranjeras.

La República Liberal, que empezó con Enrique Olaya Herrera y se acentuó bajo la presidencia de Alfonso López Pumarejo en 1934, fue la entrada por decreto de Colombia a la modernidad. Y si bien este período tuvo un carácter democratizador, con las famosas reformas de la “Revolución en Marcha” cuando López legalizó los sindicatos e intentó una reforma agraria, la historia demostró que el grado necesario de apertura democrática iba más allá de lo que podía dar una “revolución” impulsada por un banquero como López.

Esta “modernización sin modernidad” que vendió la República Liberal de los años treinta fue continuada en 1938 por el presidente Eduardo Santos (tío abuelo del actual presidente) y con él empezó a mostrar su cariz eminentemente defensor del modelo financiero estadounidense.

Así, mientras la economía se abría y la sociedad se salvaba de la sublevación gracias a las tibias medidas incluyentes, Colombia no cayó en la ola nacionalista que sacudió a América Latina en la década de los cuarenta mientras la vieja Europa estaba en guerra.            

Además, la resistencia interna a cualquier indicio de cambio encontró en la décadas de los treinta y cuarenta a su mejor vocero en el conservador Laureano Gómez (abuelo del actual concejal de Bogotá Miguel Gómez), quien, al estilo de un Álvaro Uribe, arengaba día y noche contra los “excesos” del gobierno liberal y en favor de un levantamiento popular en contra de las reformas realmente incluyentes.

De ese nicho reaccionario surgió la violencia de los años cuarenta, la cual ha sido incorrectamente atribuida en su totalidad  a los desórdenes producidos por el asesinato de Gaitán el 9 de abril de 1948. Más bien podría decirse que Gaitán cayó como víctima organizada desde las camarillas terratenientes y conservadoras para evitar la mínima reforma agraria y el mínimo cambio en las jerarquías sociales del país.


El expresidente, Alfonso López Pumarejo.
Foto:  Wikimedia Commons

La protesta: hoy como ayer

Pero así como pueden encontrarse paralelos entre las estrategias del establecimiento para mantener el poder en la Colombia de los años treinta y la de hoy, también es evidente hoy el  resurgimiento de la protesta social que no se veía en Colombia desde hacía varias décadas.

Si desde los años 1950 hasta hace poco tiempo la protesta social se vio estigmatizada al relacionarla con la subversión guerrillera y el socialismo (en las décadas más fuertes de la Guerra Fría), la nueva protesta tiene tal vez sus más directos referentes en los movimientos sociales de la década de los treinta, cuando los sindicatos, los trabajadores de los enclaves extranjeros, los pequeños productores y la naciente clase media urbana se organizaron para enfrentar la excesiva liberalización de la economía.

Si para algo nos puede servir la historia es para no repetirla. Por eso, si los nuevos conflictos laborales, campesinos, ambientales y urbanos no encuentran un cauce dentro de la política democrática institucional, no sería raro que Colombia repitiera el ciclo de violencia que vivió en la década de los cuarenta, cuando la excesiva liberalización de López y Santos, el recalcitrante conservadurismo de Gómez y el asesinato de Gaitán desbordaron los torrentes de sangre.

 

* Historiador.   

@HistoricaMente

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