La memoria en 2013: entre la verdad y el olvido - Razón Pública
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La memoria en 2013: entre la verdad y el olvido

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Este año de transición entre la guerra y la paz, estuvo también marcado por ejercicios de memoria histórica. Y es porque si no hay verdad, no habrá tampoco futuro.

Nicolás Pernett*

El deber de memoria

Cuando los sucesos pasados dejan de hacer parte de nuestra memoria, se necesita un continuo repaso de los signos que puedan restituir la historia borrada. Por eso, si el pasado hiciera parte de nuestro patrimonio moral e intelectual, no serían necesarias tantas iniciativas, públicas y privadas, por rescatar la memoria histórica y divulgarla entre las nuevas generaciones.

Pero el pasado se olvida, y entre más se olvida, más hay que trabajar por salvar la memoria. En esto no hay nada de extraño, pues el trabajo de la memoria es como la famosa historia de Sísifo, condenado a empujar para siempre una roca que vuelve a desbarrancarse después de que ha logrado acercarla a la cima. Todos los días olvidamos un poco y todos los días tenemos que recordar quiénes somos y de dónde venimos.

Así como la memoria nos da un sentido de identidad y nos explica la genealogía de nuestras circunstancias, también nos alerta sobre los errores del pasado y nos impide repetirlos. En sociedades que han pasado por regímenes opresores, como las del Cono Sur, bajo las dictaduras militares de las últimas décadas, o las que han enfrentado la guerra civil, como Irlanda o Centroamérica, la memoria y el esclarecimiento de lo sucedido han sido fundamentales para la justicia y para afrontar el porvenir con plena consciencia del pasado.

Por eso se hace memoria: para estar completos en el presente y para construir el futuro. De ese tamaño es el deber de la memoria.

Parque de la Memoria en la ciudad de Buenos Aires
Parque de la Memoria en la ciudad de Buenos Aires,
erigido en honor a las víctimas del terrorismo de
Estado durante la dictadura militar.
Foto: Jennifer Yin

Recordar la guerra en tiempos de guerra

El largo conflicto armado y la gran cantidad de víctimas han hecho que la memoria de la guerra sea una constante vivencia de una gran parte de la población, aunque otra parte ni se dé por enterada de lo que ha sucedido. Por eso, incontables organizaciones locales y regionales, desde la academia, las artes, la sociedad civil y la investigación judicial, han venido trabajando por conocer y divulgar las verdades de nuestra guerra.  

En los últimos años, esta situación se ha visto favorecida por la voluntad del Gobierno de financiar centros de investigación y divulgación de la memoria histórica. Los reales alcances de esta memoria incentivada oficialmente son aún motivo de debate, pero creo que los logros de sus investigaciones y sus productos deberían ser juzgados como una política gubernamental, que debe ser vigilada y evaluada por la ciudadanía para que se mantenga y profundice –como cualquier otra política gubernamental-, y no simplemente descartada por venir de donde viene.         

Esta memoria histórica tiene también, por supuesto, el gran problema de desarrollarse en medio del conflicto mismo, pues al mismo tiempo que se conocen y dan a conocer las atrocidades del pasado, otras nuevas surgen en el mismo momento en que se están aclarando las anteriores. Sin embargo, estos trabajos de memoria son lo que se han podido realizar hasta el momento, y sin duda hacen mucho por construir la escasa consciencia nacional que existe sobre nuestra “horrible noche”.  

La memoria desde el Estado

En 2013 algunas de estas iniciativas estatales fructificaron en proyectos como el Centro de Memoria Paz y Reconciliación, inaugurado por la Alcaldía de Bogotá a finales de 2012, y que cumple ya un año de labores. En este lugar se han dado cita víctimas e impulsadores de la memoria histórica de todo el país para dar testimonio de sus luchas y sus memorias.

Por eso se hace memoria: para estar completos en el presente y para construir el futuro. De ese tamaño es el deber de la memoria.

Desde allí también partió el 9 de abril de 2013, con el presidente de la República y el alcalde de Bogotá a bordo, la llamada Marcha por la Paz y la Democracia, que llenó la Plaza de Bolívar en apoyo a los diálogos de La Habana y la perspectiva de inclusión política que estos prometen.

También de iniciativa de la administración de Bogotá fue el trabajo que se hizo desde Canal Capital por incluir en su parrilla programas que cuenten el otro lado de las historias que no se presentan en los canales privados. Investigaciones como la serie sobre las víctimas de Pablo Escobar o el seriado Crónicas de un sueño, que intentó poner en clave de novelón la historia política de los años 80, fueron iniciativas loables que le dieron un aire de seriedad histórica a la televisión colombiana.

Sin embargo, la excesiva politización y el latente maniqueísmo de muchas de las iniciativas de memoria impulsadas desde la administración distrital hacen que muchos espectadores sientan sus productos como una vindicación revanchista de la izquierda, la cual, si bien ha sido innegablemente el objeto de la mayor parte de la persecución y exterminio político en nuestro país, tiene también el deber de ayudar a construir una memoria en la que quepan todas las víctimas y todos los dolores.

Igualmente, 2013 fue el año en que se lanzó el informe ¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad, del Centro Nacional de Memoria Histórica, creado en 2005 como condición de la Ley de Justicia y Paz, que le dio marco jurídico al proceso de la paz de los paramilitares. Este informe es una presentación global de las investigaciones que ha venido realizando el Grupo de Memoria Histórica por varios años y que ha publicado en más de veinte entregas sobre casos y temas particulares del conflicto interno.

El informe ¡Basta ya!… es un denso recuento de más de cincuenta años de conflicto  colombiano –que precisamente por su amplio campo de estudio cae en algunas ocasiones en la generalización o superficialidad explicativa- y un intento por organizar y comprender las muchas violencias que se tejen en nuestra guerra.

Hacen parte de su análisis la diferenciación entre los distintos tipos de actores armados y prácticas de guerra que muchas veces se han confundido para el público general como una gran atrocidad designada de modo genérico con el término “violencia”, así como el estudio del papel de la justicia en la resolución del conflicto, la cual se ha visto muchas veces desbordada por la multiplicidad de la guerra y que, en otros casos, ha realizado acciones tan atroces como las del mismo conflicto para combatirlo.

El informe ¡Basta ya!… es un denso recuento de más de cincuenta años de conflicto  colombiano –que precisamente por su amplio campo de estudio cae en algunas ocasiones en la generalización o superficialidad explicativa- y un intento por organizar y comprender las muchas violencias que se tejen en nuestra guerra.

Igualmente el informe permite conocer los diversos daños simbólicos que ha acarreado la tragedia de las violencias colombianas y las historias de dignidad y resistencia de miles de héroes cotidianos que han dicho “no más” a la intransigencia y crueldad de los ejércitos en disputa.

La prolongada investigación del Grupo de Memoria Histórica, encabezado por el historiador Gonzalo Sánchez, permite ver cómo las violencias en nuestro país no son simplemente el accionar irracional de un pueblo degenerado, como algunos han querido ver la historia colombiana, sino un conflicto con actores e intereses definidos, enmarcado por unas estructuras políticas y económicas que son su combustible.

A la par de las acciones y estrategias militares de los grupos armados, el informe analiza las estructuras agrarias y las limitadas formas de participación política que han originado la guerra interna de décadas que hemos padecido. Aunque en él se reconoce la existencia de intereses privados en la dinámica del conflicto y se estudia el papel que ha jugado el narcotráfico en el desarrollo del mismo, el informe ¡Basta ya!… es tímido a la hora de abordar el papel que han cumplido las empresas privadas, nacionales y extranjeras, al financiar, estimular y hacer uso de los actores armados para su propio beneficio.

Sobre este tema, son sin duda mucho más completos los estudios hechos por la Corporación Nuevo Arco Iris, bajo la dirección juiciosa y valiente de León Valencia y Claudia López, en los que se muestra cómo en varias ocasiones la violencia paramilitar ha sido lo que se puede considerar una vanguardia armada de proyectos económicos presentados por el mismo Gobierno como promesas de progreso.  

víctimas de Puerto Nuevo Ité en Antioquia.
Monumento a las víctimas de Puerto Nuevo Ité
en Antioquia.
Foto: Agencia Prensa Rural

La verdad silenciada

Alguna vez el ministro de Propaganda del régimen nazi, Joseph Goebbels, dijo que una mentira repetida mil veces se vuelve verdad. Tenía razón. Pero también es cierto que una verdad, confirmada por las investigaciones judiciales o académicas, también tiene que repetirse mil veces, y de todos los modos posibles, para que se convierta en una verdad aceptada.

Algo así ha sucedido con los hallazgos de muchos de los grupos que en Colombia se han dedicado a esclarecer y dar a conocer la verdad de nuestro conflicto. Pues no solo basta con que sus datos sean precisos y sus afirmaciones irrefutables para que se cumpla su labor como garantes de la memoria histórica. Estos tienen que darse a conocer una y otra vez para que se inscriban en el consciente colectivo y así se puedan cumplir su cometido de asegurar la no repetición.

Mientras leía el informe del Grupo de Memoria Histórica pensaba en qué estaba pasando en la sociedad colombiana que yo conocía –la de las ciudades y los grandes medios de comunicación- mientras en los corregimientos y veredas del país masacraban, secuestraban y violaban a la población civil. Y recordé que estábamos riendo con los bailes de Pedro el escamoso,  “haciéndole fuerza” a nuestra Selección, o padeciendo una fila interminable para pagar nuestra salud y pensión.

una verdad, confirmada por las investigaciones judiciales o académicas, también tiene que repetirse mil veces, y de todos los modos posibles, para que se convierta en una verdad aceptada. 

Porque así como hay agentes y fuerzas de la memoria que luchan por su aclaración y conocimiento, también hay poderes y productores de olvido y distracción. Por eso no es sorpresivo que las directivas de Cine Colombia hayan prohibido la trasmisión del tráiler del documental No hubo tiempo para la tristeza, que condensa la investigación del Grupo de Memoria Histórica, o que el director de Canal Capital denuncie “vientos de censura” para los programas producidos por este medio.

En Colombia, así como ha habido estrategias y acciones de los grupos armados para ejercer su dominio, también ha habido actores del conflicto que han intentado justificar cualquier violencia de las guerrillas en nombre de una revolución necesaria, o que han ocultado o aplaudido la violencia paramilitar por considerarla necesaria para el país. También a estos empresarios del olvido y la muerte hay que decir ¡basta ya!

En un país aquejado de una guerra tan dolorosa y continua en su periferia rural, olvidar el dolor de todos los compatriotas que han muerto o han sido desplazados a lo largo y ancho del territorio es un crimen tan grande como la guerra misma.

*Historiador.

@HistoricaMente   

   

Acerca del autor

Nicolás Pernett
nicolaspernett@razonpublica.org.co | + posts

*Historiador. Su más reciente libro es ‘Presidentes sin pedestal. Una historia cínica de los gobernantes de Colombia’, publicado por Ediciones B.

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Nicolás Pernett

*Historiador. Su más reciente libro es ‘Presidentes sin pedestal. Una historia cínica de los gobernantes de Colombia’, publicado por Ediciones B.

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