La candidez frente al tamaño del Estado
Foto: Radio Nacional

La candidez frente al tamaño del Estado

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Los dos candidatos, muchos economistas y calificadoras de riesgo insisten en recortar el gasto público. Pero la experiencia internacional muestra una realidad incómoda: los Estados modernos gastan cada vez más, porque tienen que hacerlo.

El clamor del recorte

Las declaraciones alarmadas sobre la necesidad inmediata de disminuir el tamaño del Estado son de una candidez extrema. Y la razón es sencilla: el gasto público no se puede reducir.

Frente a la difícil situación fiscal, la solución más fácil es proponer recortes al gasto. Es el discurso bien intencionado de colegas economistas que, de manera seria y con espíritu responsable, aspiran a que haya sostenibilidad de las finanzas públicas. Es un llamado angustioso que suena bien y tranquiliza a las calificadoras de riesgo.

Se trata de una invocación voluntarista que calma los espíritus, pero que no tiene posibilidades fácticas.

Varios ex ministros de Hacienda, que ahora ponen el grito en el cielo, durante su gestión tuvieron que observar impávidos el crecimiento del gasto público sin que pudieran evitarlo. Hoy proponen reversar tendencias que tampoco ellos fueron capaces de frenar. Todos defienden la regla fiscal, como si fuera el remedio seguro, pero olvidan que cuando comenzó a aplicarse, en el 2012, el saldo de la deuda pública con respecto al PIB era 33,2 %, y ahora se acerca a 60 %.

En Colombia, y en el mundo, el gasto público continúa subiendo. El mal no es propio de los países tropicales. En Japón, el saldo de la deuda pública como proporción del PIB es de 235 %; en Estados Unidos es de 125 %. En la juiciosa Alemania es de 64 %. 

Ningún país logra reducir el gasto, pero en todos se ha presentado una disminución sustantiva de los tributos. Las tarifas del impuesto a la renta han caído de manera radical. A finales de los años ochenta, en países como Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, la tarifa marginal en el último rango de ingresos oscilaba entre 80 % y 90 %. Ahora bajó a 45 %.

El discurso a favor de la reducción del gasto continúa repitiéndose en los organismos internacionales, y es el estribillo de las calificadoras de riesgo. 

Frente a la ingenuidad de gran parte de los analistas, hay algunas excepciones, como los estudios del Banco de Pagos Internacionales. Su perspectiva analítica es amplia y entiende la complejidad de la burbuja financiera internacional alimentada por las deudas colosales de los gobiernos.

En su hoja de Excel, el Comité Autónomo de la Regla Fiscal (CARF)  llega a la conclusión de que las finanzas públicas se equilibrarían si el gobierno nacional reduce el gasto público en 32,1 billones de pesos. Esta meta es imposible. La obsesión por reducir el gasto ha llevado al delirio del “reto de los 50 billones” propuesto por Cifras y Conceptos. 

En el papel los candidatos hacen restas alegres y concluyen que sí pueden disminuir el gasto. Este sueño colectivo tranquiliza y elimina cualquier pesadilla.

La inexorable ley de Wargner

El gasto del gobierno central ha venido aumentando. Y seguirá aumentando. Entre 2015 y 2025 pasó, en pesos constantes, de $353,3 billones a $511 billones.

Fuente: Ministerio de Hacienda y FND (2025, p. 27)

En 1883, Wagner hizo la siguiente constatación:

“El gasto público puede ser mayor que el ingreso nacional, tanto en términos absolutos como en porcentaje, dado que en términos relativos el valor económico inmediato (tomado en el sentido más amplio) de un servicio público es más elevado” (énfasis añadido).

La frase tiene dos componentes. En la primera parte se afirma que el gasto público crece más rápido que el PIB, tanto en términos relativos como absolutos. En períodos muy breves el gasto público puede disminuir, pero la tendencia de mediano y largo plazo siempre es creciente. Aunque en ciencias sociales no tiene sentido hablar de “leyes”, sí sorprende la forma como se ha cumplido la constatación de Wagner. En virtud de esta contundencia, en la literatura se insiste en llamarla la “ley de Wagner”. Y esta “ley” parece inexorable.

Aunque el gasto público en Colombia sigue aumentando, todavía es relativamente bajo con respecto a los parámetros internacionales. La participación en el PIB es de 28 %, pero en los países del norte de Europa, como Suecia y Francia, bordea el 50 %. En Estados Unidos es de 38 %.

Por qué el gasto sigue creciendo

El segundo componente de la frase citada abre el espacio para explicar las razones por las cuales el gasto crece. El “valor económico” de los servicios públicos es más alto que el de los privados. Los bienes públicos son de naturaleza muy diferente de los privados.

A medida que se hace más compleja la sociedad, la demanda de bienes colectivos se intensifica. Los aumentos en la esperanza de vida llevan a que los costos de la salud sean crecientes, los desarrollos científicos exigen inversiones mayores, los retos climáticos se agudizan y la financiación de las guerras desborda todos los presupuestos.

Y para responder a estas necesidades los países tienen una solución expedita: elevar exponencialmente los niveles de deuda pública.

El cuento de la corrupción

Los programas de los candidatos, como es usual en períodos electorales, proponen resolver todos los males actuales. Ni Cepeda ni De la Espriella han anunciado reducciones sustantivas del gasto. Y como es costumbre cuando se buscan votos, los dos discursos afirman con énfasis que, por fin, cuando ellos lleguen al poder acabarán con la corrupción.

Cepeda insiste en que disminuirá los “altos salarios burocráticos”, “cero lujos, viajes innecesarios y exceso de publicidad”. Y concluye afirmando que “el gobierno se aprieta el cinturón para financiar gasto social”. De la Espriella tiene una fórmula más simple: en su gobierno no habrá políticos. 

Son frases generales que no aclaran nada y que, en el mejor de los mundos, si estas promesas se cumplieran apenas le harían cosquillas al gasto. Además, estas reducciones jamás compensarían las necesidades urgentes en áreas como la salud, la educación, la transición energética o la seguridad.

El milagro fiscal

Y para De la Espriella, la Patria Milagro resolverá todos los problemas, sin que en su programa se aclare cómo será la financiación. Ninguno de los pilares de “nuestra Patria Milagro” hace referencia explícita al tamaño del Estado.

Ahora que el candidato ha puesto de moda el “milagro”, vale la pena recordar a Bravo, un experto en la materia. El milagro, dice, no está en la realidad fáctica del acontecimiento sino en la fuerza del relato. El movimiento de las aguas en el mar Rojo no es lo importante. Ni siquiera vale la pena discutir sobre su posibilidad real. El milagro radica en que este relato ha tenido la fuerza suficiente para construir el imaginario ético del movimiento sionista, que justifica los bombardeos en Gaza y el Líbano.

El milagro del “Tigre” no está en la veracidad de sus afirmaciones sino en la fuerza electoral de su relato. Y su desprecio por las soluciones concretas lo exime de explicar cómo resolverá la situación fiscal del país.

Le recomendamos: Una democracia que funciona y una política que se radicaliza

Acerca del autor

Jorge Iván González
jorgeigonzalez@razonpublica.org.co | + posts

*Ph.D. en Economía de la Universidad de Lovaina, Magíster en Economía en la Universidad de los Andes, Licenciado en Filosofía de la Universidad Javeriana. Ha sido decano de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional de Colombia. Fue honrado con la orden al Mérito Gerardo Molina en 2007. Dirigió el Informe de Desarrollo Humano Bogotá, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Dirigió el Centro de Investigaciones para el Desarrollo (CID). Fue director del Departamento Nacional de Planeación. Actualmente es profesor de la Universidad Externado.

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Jorge Iván González

*Ph.D. en Economía de la Universidad de Lovaina, Magíster en Economía en la Universidad de los Andes, Licenciado en Filosofía de la Universidad Javeriana. Ha sido decano de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional de Colombia. Fue honrado con la orden al Mérito Gerardo Molina en 2007. Dirigió el Informe de Desarrollo Humano Bogotá, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Dirigió el Centro de Investigaciones para el Desarrollo (CID). Fue director del Departamento Nacional de Planeación. Actualmente es profesor de la Universidad Externado.

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