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El Plan de Desarrollo: no sabemos para dónde vamos

Escrito por Jorge Iván González
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Jorge Iván González

La carta de navegación del gobierno Santos es un mapa sin norte conceptual: ni liberal, ni keynesiano, ni institucionalista. Por falta de rigor intelectual, el Plan Nacional de Desarrollo resultó una colcha de retazos, que no nos ayudará a construir una nueva sociedad.

Jorge Iván González *

Modelo que no es

Esta semana el Congreso aprobó la Ley del Plan de Desarrollo. Aunque todavía no se han publicado los artículos definitivos, con la información disponible hay elementos suficientes para afirmar que el Plan de Desarrollo no está respaldado por un modelo de desarrollo específico

Algunos comentaristas han dicho, por ejemplo, que el Plan responde claramente a un modelo neoliberal y, aún más, que el Plan es consecuente y compatible con otras normas en discusión como la soberanía fiscal, la regla fiscal, el ordenamiento territorial, la reforma a la educación, la concepción de ciencia y tecnología, las acciones para crear empleos y reducir la pobreza, o la ley 1438 de enero de este año sobre seguridad social. 

Aún más, el senador Jorge Robledo ha insistido en que este modelo, además de ser neoliberal, sigue la misma lógica del de Uribe. En su opinión, el país va por la misma "carrilera" diseñada por el uribismo. 

Realmente, no hay integralidad entre el Plan de Desarrollo y el conjunto de la política económica. Tampoco hay una continuidad lineal entre Santos y las dos administraciones de Uribe. 

Ni liberal, ni keynesiano ni institucionalista

Y en cuando a la existencia de un "modelo", el Plan de Desarrollo no es consistente. No es una buena propuesta liberal, no alcanza a ofrecer una alternativa keynesiana y no responde a una visión institucionalista. Tiene elementos de los tres enfoques pero no se decide por ninguno. 

La diferencia entre liberalismokeynesianismo e institucionalismo me parece más adecuada que otras clasificaciones:

  • Primero, porque corresponde a tres formas de interpretar la economía que siguen teniendo vigencia y que animan la discusión teórica y las decisiones de política pública.
  • Segundo, porque evita nociones ambiguas como la de "neoliberal".
  • Y tercero, porque muestra que no obstante la relativa autonomía de cada enfoque, los traslapes son inevitables.

Desde el punto de vista conceptual, asocio el liberalismo con la concepción de autores radicales como Mises y Hayek. El keynesianismo obviamente a Keynes, y a un autor más reciente, Minsky, que ha ido adquiriendo relevancia por sus agudos análisis de la crisis financiera. Y el institucionalismo se expresa muy bien en el gran maestro Coase -que acaba de cumplir cien años en plena producción académica-, y en sus discípulos Ostrom y Williamson, recientemente laureados con el premio Nobel. La versión santista del institucionalismo se refleja en el buen gobierno y en las teorías de Tony Blair. 

Liberalismo sin Hayek

El Plan es liberal porque cree en las bondades del mercado, incluso en áreas como la educación y la salud. Pero no es liberal, porque comete todos los errores conceptuales que denuncia Hayek en La Contrarrevolución de la Ciencia [1]. 

Desde la perspectiva de Hayek, el Plan abusa de la razón y cree en la ingeniería social, con una confianza ciega en el espíritu que anima L'Organisateur (1819-1820) de Saint-Simon, y que tanto critica Hayek. La sociedad, pensaba Saint-Simon puede ser organizada

El Plan es profundamente positivista y en este sentido no es hayekiano. La financiación del Plan y el orden financiero que propone son consecuentes con la regla fiscal. El Gobierno, el Ministerio de Hacienda y el Banco de la República han defendido la regla fiscal como la gran panacea, como si se tratara del Gran Organizador

Es la expresión más clara de la ingeniería social y de la pretensión ingenua de que la super-mente que concibe la regla fiscal, puede ordenar al resto de la sociedad (el presupuesto, el marco fiscal de mediano plazo, el volumen del gasto, las prioridades de la gestión, etc.). 

Hayek cita a menudo una frase de Adam Smith que refleja muy bien el espíritu liberal: "… el hombre en la sociedad constantemente promueve fines no intencionados". La persona tiene la intención de alcanzar el fin A, pero la sociedad llega inesperadamente a B. No hay ingeniería social porque el "orden" final, como dice Hayek, no puede ser determinado por ninguna super-mente. 

La regla fiscal, y la ingeniería que la acompaña, es una manifestación burda del positivismo ingenuo de finales del siglo XIX. En este sentido, ni el Plan, ni la política económica, son liberales. 

Keynesianismo sin Keynes

El Plan es keynesiano, porque cree en la necesidad de incentivar la obra pública, de favorecer la convergencia entre las regiones, de estimular el mercado interno. Pero no es keynesiano, porque su concepción del mercado laboral no está basada en la lógica de la demanda, sino en la de la oferta, y porque defiende la regla y no la discreción en el campo de las políticas monetaria y fiscal. 

El Gobierno reconoce que la intervención pública es absolutamente necesaria. En otras palabras, acepta que el mercado siempre se queda corto, pero duda sobre las bondades de la intervención. Menciona de manera ambigua la conveniencia de las alianzas público/privadas, pero no tiene claridad de lo que ello significa. En los programas de inversión, el Plan diferencia claramente la participación de los privados, pero no tiene la más mínima idea de cómo se hará la articulación entre las prioridades del gobierno y las de los agentes privados. 

Reconoce las bondades del mercado interno, pero afirma que el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos es fundamental. 

Acepta que la inversión en infraestructura es necesaria, pero no articula las megaobras con la generación de empleo. 

En lugar de ser keynesiano consecuente y centrar la estrategia de dinamización de la economía en la demanda, el Plan propone reducir los costos laborales. Keynes insiste en que la generación de empleo no depende de la disminución de los costos laborales, sino de los estímulos a la demanda

El Gobierno tampoco es keynesiano porque no fortalece el Estado del Bienestar. Las propuestas sobre protección y asistencia social – más completas y armónicas que las de Uribe – todavía están muy lejos de una formalización de la seguridad social que responda a los criterios fundacionales de los Estados de bienestar. 

El Plan no es keynesiano porque cree que las políticas monetaria y fiscal responden a reglas y no acepta la discrecionalidad asociada con la teoría monetaria de la producción de Keynes, quien considera que deben crearse las condiciones monetarias necesarias para que la producción logre sus propósitos. La estabilidad final está en el crecimiento de la demanda y de los salarios, y no en la elevación de los excedentes financieros que resultan de burbujas especulativas. 

Minsky advierte sobre los errores que han cometido los gobiernos al negarse a realizar una regulación monetaria con miras a estimular la producción y el empleo. Los bancos centrales no han cumplido sus funciones, "… y en lugar de actuar como aseguradores (transformando la incertidumbre en certeza) han actuado con la lógica de los casinos (transformando la certeza en incertidumbre)" [2]. 

Una clara manifestación del espíritu anti-minskyano y anti-keynesiano del Gobierno y de la autoridad monetaria, es su negativa reiterada a ejercer control de capitales en medio de un proceso acelerado de revaluación del peso. 

Por otro lado, si el Gobierno fuera keynesiano ya hubiera encontrado mecanismos para transformar el monumental ahorro financiero de la sociedad colombiana (en manos de los fondos de pensiones, Ecopetrol, ISA, reservas del Banco de la República, etc.) en producción y bienestar. 

Institucionalismo sin Williamson

El Plan es institucionalista, porque cree en la importancia de la regulación. Dedica un capítulo entero al buen gobierno. Pero no es institucionalista, porque ha sido incapaz de regular a los grandes. 

Para Williamson el problema central de las sociedades contemporáneas es crear mecanismos regulatorios que efectivamente transformen la sociedad. Obviamente, los costos de transacción son elevados. 

Pero un gobierno es institucionalista cuando es capaz de regular a los grandes. Da grima ver la timidez gubernamental y su debilidad frente a los grandes mineros, a las grandes petroleras, a los grandes urbanizadores, a los grandes terratenientes (urbanos y rurales), a los grandes contratistas, a las grandes corporaciones, a los grandes medios de comunicación, a los grandes del transporte, a los grandes bancos, a las grandes EPS, a los grandes laboratorios farmacéuticos, a los grandes rentistas… Es una regulación para los pequeños. El buen gobierno se reduce a vigilar asuntos menores. 

El Plan propone "sistemas nacionales de coordinación" tímidos y sin poder de acción. En lugar de aprovechar la crisis generada por el invierno para realizar un reordenamiento radical de los asentamientos humanos, el gobierno busca la forma de no seguir orillando a los pobres sin molestar a los grandes terratenientes. Así no se hace un buen gobierno. Así no se puede ser institucionalista. 

Salpicón de eclecticismo y "pragmatismo"

El Plan de Desarrollo es el reflejo de una política económica profundamente ecléctica, que crea falsas compatibilidades. No se puede mezclar todo con todo. Este tipo de confusiones suele justificarse con la necesidad de ser "pragmáticos" o "realistas". Pero este tipo de argumentos oculta el verdadero problema. 

En aras del pragmatismo, la discusión del Plan de Desarrollo terminó siendo un debate sobre artículos aislados, sin que finalmente los colombianos sepamos cuál es el tipo de sociedad que los congresistas y el Gobierno nos están proponiendo. 

Sencillamente, no sabemos para dónde vamos. Es una lástima que el Plan de Desarrollo no muestre un derrotero más o menos claro, y que no sea una invitación a construir una nueva sociedad. Apenas es la expresión de un confuso eclecticismo. 

 *Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

Notas de pie de página 


[1] Hayek, Friedrich von., 1952. The Counter-Revolution of Science. Studies on the Abuse of Reason, Liberty Fund, Indianapolis, 1979.

[2] Minsky, Hyman., 1956. "The Integration of Simple Growth and Cycle Models", en Brennan Michael., ed. Patterns of Market Behavior, Essays in Honor of Philip Taft, University Press of New England. Reproducido en Minsky, Hyman., 1982. Inflation, Recession and Economic Policy, Wheatsheaf, New York., pp. 258-277. 

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