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Bogotá: sus avances y sus tres grandes problemas

Escrito por Jorge Iván González
jorge ivan Gonzalez

jorge ivan GonzalezEl uso de la tierra, el transporte y los impuestos son los temas cruciales que la ciudad  debe abordar, según el estudio más reciente y comprensivo que se ha hecho en Bogotá. 

Jorge Iván González*

El motor y el mejor vividero del país

El Informe de Desarrollo Humano[1], es optimista y evita caer en un simplismo ingenuo.  Es optimista porque se ha comprobado que la administración distrital puede incidir de manera sustantiva en el mejoramiento de las condiciones de vida de la población.  Y no es ingenuo porque pone en evidencia los obstáculos estructurales que la ciudad debe superar para consolidar los logros que hasta ahora ha conseguido.

El Informe indaga por la forma como la aglomeración urbana contribuye al desarrollo humano. La ciudad es una fuente enorme de riqueza, porque la  concentración de tantas personas y empresas genera toda suerte de oportunidades; y es un polo de atracción porque ofrece un estándar de vida relativamente elevado, claramente superior al de las otras ciudades.

La aglomeración atrae porque las personas perciben que las bondades que genera son superiores a los males que ocasiona (contaminación, crimen, congestión y ruido, sobre todo). Los indicadores sociales de Bogotá (calidad de vida, superación de la pobreza, sobrevivencia infantil, cobertura educativa, acceso a los servicios públicos, cobertura del régimen subsidiado en salud y esperanza de vida, entre otros) son mejores que los del resto del país.  Esta gran metrópolis – que se está convirtiendo en una megalópolis – ofrece oportunidades que estimulan el ejercicio de la libertad y el desarrollo humano.

Las dos grandes riquezas

Para que Bogotá pueda seguir favoreciendo el desarrollo humano tiene que reconocer que sus dos grandes riquezas son el suelo y las personas que la habitan.  Esta percepción no es evidente, y ello se ha reflejado en un manejo inadecuado del suelo, y en un débil aprovechamiento de las potencialidades de las vecindades y de las múltiples formas de interacción entre las personas.

La mala gestión del suelo se expresa: 1) en un urbanismo miope que segrega y no densifica, 2) en la ausencia de un sistema integrado de transporte, y 3) en una tributación urbana insuficiente y sin progresividad.

El urbanismo es miope

El urbanismo es miope porque se queda corto frente a la escala de la ciudad y, además, porque no logra conjugar de manera adecuada regulación y mercado. La dinámica privada tiene lugar dentro de las reglas de juego que defina la ciudad. La iniciativa urbanística tiene que estar en cabeza del Distrito.  La ley 388 de 1997 abre un abanico de posibilidades que todavía no se han explotado.  El principio rector de la gestión del suelo es sencillo: la ciudad regula y el mercado actúa.  Pero como la regulación puede darse de muchas maneras, el ordenamiento urbano debería ser el criterio para definir el sello de la administración.

Hasta ahora los procesos urbanísticos han sido muy inerciales, sin que se note  claramente el liderazgo del Distrito.  A pesar de las numerosas declaraciones a favor de la densificación, la ciudad se sigue comiendo la Sabana y los cerros.  Los urbanizadores no sólo presionan desde Bogotá, sino que también imponen sus reglas de juego desde los municipios vecinos, como Chía y La Calera. La dinámica actual lleva a que la Sabana continúe perdiendo su verdor y a que los ricos sigan separándose de los pobres.  El plan de expansión hacia el Norte está ad portas de convertirse en la expresión más contundente de la imposibilidad de evitar la segregación socioeconómica en el espacio, así que el Norte seguirá siendo para los ricos y el Suroccidente para los pobres.

El Informe de Desarrollo Humano mide la segregación y, además, muestra que una ciudad excluyente no es buena para los pobres – ni para los ricos.

El sistema de transporte es desintegrado

La ciudad va definiendo su perfil no sólo por la forma como se ubican las personas en el espacio (vivienda, trabajo, estudio) sino también por las posibilidades de acceso, que en la dimensión espacial se expresan en la distancia y el tiempo de movilización.  En Bogotá los pobres y los ricos sufren la congestión.  Los ricos llegan más rápido al sitio de trabajo, pero los pobres llegan más rápido a los colegios.  El balance final es muy similar para todos y ambos, ricos y pobres, tienen que soportar los "trancones".

La creación de un sistema integrado de transporte es una necesidad urgente. Las dificultades son enormes, tanto por el lado político (definición de la tarifa al usuario, organización empresarial de los transportadores, licitación de rutas, castigo al automóvil privado, aumento de impuestos, creación de peajes….) como por el lado técnico (fijación de la tarifa técnica, selección de rutas y del tipo de buses, integración modal, articulación con Transmilenio, definición del sistema de control y de recaudo….).  Y el panorama se hace más complejo con la introducción del tren de cercanías y el metro.

La visión integral del transporte público obliga a tomar decisiones urgentes sobre el carro privado.  El hecho contundente es simple: la ciudad no puede seguir recibiendo 120.000 vehículos nuevos cada año.  Esta dinámica tiene que frenarse, y cualquier medida que se tome conlleva altos costos políticos.  Menciono algunas de las soluciones posibles: aranceles elevados a la importación de automóviles (el dinero podría ir a las arcas de la ciudad donde se matricule el vehículo) peajes, aumento de la tarifa de los parqueaderos (el mayor valor sería para el Distrito) definición de un cupo de carros privados.  Las administraciones anteriores no consideraban que el tema fuera urgente.  En las condiciones actuales debe actuarse rápidamente, máxime cuando el peso continúa revaluado frente al dólar, y los automóviles importados son relativamente más baratos.

La tributación es insuficiente y le falta progresividad

No hay duda de que Bogotá ha mejorado considerablemente su capacidad tributaria en los últimos 20 años.  E igualmente es cierto que los indicadores financieros del Distrito son muy buenos. Pero los actuales niveles de tributación son insuficientes para financiar proyectos tan necesarios como decir la jornada única en todos los colegios; el aumento de la cobertura en secundaria, técnica y universitaria; la consolidación de un sistema de protección social anticíclico; el arreglo de la malla vial; la descontaminación del río Bogotá; el metro, el eventual tren de cercanías y el sistema integrado de transporte.

Para tomar como ejemplo el hoy controvertido asunto del sistema integrado de transporte: se habla bastante de las alternativas para la construcción de la infraestructura y del costo que puedan tener las diversas variantes, pero muy poco del modo como se   financiaría la operación. Y sin embargo los sistemas de transporte masivo no se autofinancian, puesto que los usuarios no pueden costear todo el valor de la tarifa técnica.

Los actuales niveles de tributación no alcanzan para desarrollar estos grandes proyectos de la ciudad.  Es necesario, entonces, aumentar los impuestos.  Y la mejor fuente es el suelo.  Los servicios de la ciudad deben financiarse con la renta del suelo.  El margen de maniobra es muy amplio y, por ejemplo, los ingresos por plusvalías podrían aumentar de forma considerable.  En el Informe se dice que solamente por el cambio de uso del suelo, las operaciones urbanísticas relacionadas con el aeropuerto podrían generar $5.5 billones de pesos. La tributación debe aumentar y debe hacerlo con criterios de progresividad de tal forma que, como porcentaje de su ingreso, los ricos paguen más que los pobres.

Conclusión

Bogotá es una apuesta por Colombia.  No es la única apuesta, pero en medio de los riesgos inherentes a toda apuesta, la de Bogotá ha sido exitosa.  La ciudad ha dado saltos cualitativos que se reflejan en su ordenamiento administrativo, en su capacidad tributaria, en su cultura ciudadana y política, en el mejoramiento de los indicadores sociales básicos, comenzando por la tasa de homicidios.  No obstante estos logros, ha llegado el momento de dar otro salto cualitativo que consiste en aprovechar las potencialidades del suelo con dos propósitos: primero, disminuir la segregación socioeconómica en el espacio, a través del ordenamiento urbano y, segundo, mejorar el recaudo (en volumen y equidad).

 *Miembro fundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

 

Nota de pie de página 


[1] Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Bogotá, Agosto de 2008.

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