
Petro: el poder de la palabra y el límite del discurso
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El presidente confía en los discursos como instrumento político. Pero cuando la realidad se resiste a obedecer las palabras, el discurso se convierte en refugio, en estrategia y en sustituto del poder que se desvanece.
El orador como político
Gustavo Petro es un activista formidable que despliega sus energías en el contacto con las colectividades humanas, sobre todo con aquellas que habitan los territorios, sin importar si a menudo llega tarde a sus encuentros con ese pueblo del que siempre quiere hacerse reconocer.
Es también un orador indestronable e infatigable, que se halla a gusto en el papel de misionero de la palabra: una mezcla entre agitador y propagandista, dispuesto a despertar a la vez la emoción y la convicción.
El vector: líder, discurso y masa
En la línea que va del discurso a la masa, del mensaje al grupo receptor, el gobernante —en este caso Petro— alimenta su liderazgo, afianza el compromiso de sus bases y traza su estrategia en función del poder.
Todo esto satisface la libido imperandi, esa vocación irrefrenable —aunque legítima— de practicar el mando. Según sus planes, ello debería conducir a la conservación del gobierno en cabeza del Pacto Histórico, o, en su defecto, a una influencia nada desdeñable como agente de la futura oposición si los votos no alcanzan para endosarlos a su heredero.
Una semiótica del discurso político
Sea por las constricciones que le imponen las adversas mayorías parlamentarias o por el regusto de la magia verbal, Petro se verá confinado cada vez más a la palabra y no a los hechos, al discurso y no a la gestión.
Ahora bien, el discurso —como el lenguaje, ese invento asombroso de producción simbólica— encierra tres funciones:
- En primer lugar, el ejercicio de la constatación, es decir, las afirmaciones que expresan lo que sucede alrededor; por ejemplo: “está lloviendo” (Searle).
- En segundo lugar, la argumentación y la explicación que sirven para organizar la vida con los demás, cuyo éxito depende del entendimiento mutuo; por ejemplo: “nos vemos mañana a las seis de la tarde para ver una película de Diane Keaton en el cine de la calle 72” (Habermas).
- Y finalmente, la posibilidad de hacer cosas con la sola condición de decirlas, como si el verbo las creara: la palabra convertida en decreto de ejecución incontrastable; por ejemplo: “los declaro marido y mujer” (Austin).
Dejando de lado el primer nivel (Searle), Petro, en su práctica reiterada de comunicación con la masa, se emplea a fondo en el segundo nivel del lenguaje, el de la argumentación. Explica las injusticias del orden social y los desequilibrios del orden natural, y concluye invariablemente descalificando al adversario —esclavista, fascista o, últimamente, nazi—, antes de anunciar la promesa del cambio social.
Su discurso sigue una secuencia reconocible: comienza con la explicación crítica del mundo injusto, pasa a la caracterización del culpable —el enemigo del pueblo— y culmina en la esperanza transformadora, encarnada en el propio orador, ungido por la aprobación y el aplauso de la multitud.
Con la parte argumentativa del discurso, la que explica la injusticia, el orador atrae la racionalidad de los receptores y legitima su mensaje. Con la descalificación feroz del contrincante, provoca la catarsis liberadora de sus seguidores. Y con la idea persistente del cambio, con esa promesa de un futuro mejor, convoca la utopía que da sentido al discurso, sea este articulado o caótico.

El cambio como esperanza performativa
El cambio, como promesa final de la argumentación, queda sin embargo en suspenso. No logra traducirse en realidad. No hay forma de materializarlo. Por eso, si no fracasa del todo, al menos queda pendiente.
Se reduce a la palabra, ese verbo del que emanan las cosas; solo que la realidad, tozuda, se resiste a su transformación. La inequidad social, el precario crecimiento, la cultura clientelista y la corrupción persisten sin obedecer a las invocaciones de una retórica que aspira, por sí misma, a convertirse en una nueva realidad de justicia y bienestar. La performatividad del discurso falla: el cambio no sobreviene por la sola fuerza de la palabra.
Quizá la luz fue hecha, según los imaginarios del Génesis, al simple conjuro de la voz creadora. Pero la justicia y la paz, la riqueza y la equidad, no surgen en un país de desigualdades como Colombia por el mero decreto contenido en el discurso, por muy buenas intenciones que tenga el orador.
Apenas reformas fragmentarias
Que no haya cambio como dispositivo cultural de igualdad social no significa que no ocurran reformas. Algunas, como la pensional, la tributaria y la laboral, han logrado materializarse, manteniendo abierta la expectativa de transformación. Son logros fragmentarios, pero sostienen la fe popular en el cambio posible.
Entre la vaciedad performativa del cambio —más sonido que tempestad— y la supervivencia de las esperanzas populares, el petrismo parece no tener otra fórmula que la búsqueda constante de enemigos: no imaginarios, sino reales y presentes. Un Netanyahu criminal, un Trump de pulsiones autoritarias, o una clase política doméstica, mañosa y refractaria a los aires renovadores.
Son todos blancos de lucha frente a los cuales se justifican propuestas como la constituyente: una fórmula no imposible, pero de difícil convocatoria, por más que se presente como panacea del cambio.
La ficción y la guerra contra los enemigos
Esta exploración obsesiva de guerras simbólicas y soluciones esperanzadoras —cada una con su parte de verdad— constituye el arsenal discursivo con que se enfrenta el reto, mucho más prosaico, de ganar las próximas elecciones.
Para seguir en el poder, Petro y el petrismo necesitan reunir al menos doce millones y medio de votos en junio de 2026, y más de seis millones en la primera vuelta de mayo. Según las encuestas, el presidente conserva sus ocho millones de simpatizantes: cantidad cómoda para empezar, pero insuficiente si el candidato no es él. Deberá entonces transferir su capital electoral, una operación de alto voltaje cuya eficacia dependerá del heredero designado.
Afirmando lealtades
De ahí la búsqueda ansiosa de lealtades políticas: esa aventura de radicalización y desmesura en la que se ha embarcado Gustavo Petro. Su ánimo es encontrar, en cada coyuntura, una respuesta épica que, aunque se limite a simples performances —megáfono en mano en la Quinta Avenida de Nueva York—, asegure la intensidad de las nuevas identidades políticas.
En un país donde las viejas lealtades partidistas se han derrumbado durante los últimos treinta años, tanto Uribe Vélez como Gustavo Petro comprendieron que la política moderna se juega en la construcción simbólica de esas nuevas adhesiones.
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Acerca del autor
Ricardo García Duarte
*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.
3 comentarios






La política limitada, en realidad, al discurso que se queda en el aire
Excelente análisis. Muy fino y realista. Felicitaciones Ricardo!!
Me queda la sensación que el señor Duarte o niega o justifica que, en nuestro país hay una clase política que históricamente, a sangre y fuego, ha mantenido el poder para su propio beneficio y lo que hace Petro, que a muchos no les gusta ni les conviene, es crear conciencia de esa realidad para que la podamos tansformar, a eso se le puede llamar como se quiera, pero es una verdad que con artilugios nos han querido ocultar o disfrazar para mantenernos sometidos.