Vergüenza y arrojo | Pedro Adrian Zuluaga | Razón Pública

Vergüenza y arrojo

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¡Vergüenza! En las últimas semanas, y con mayor intensidad en la que pasó, esta palabra se ha escrito y dicho con insistencia y abundancia, como si describiera un estado de ánimo colectivo. Sin embargo, si se mira el detalle, la palabra y todo lo que ella convoca es puesta en circulación, especialmente, por una hegemonía mediática y discursiva que no parece poder salir del duelo por algún tipo de pérdida inconmensurable que se traduce en asco y desprecio como emociones predominantes, a partir de las cuales se intenta crear una comunidad de sentimiento reactiva.

Aquí algunos ejemplos: el exrrector y exministro Alejandro Gaviria inauguró la caldeada semana calificando de vergüenza la mediación del canciller Murillo y el presidente Petro que derivó en las polémicas y muy seguramente fraudulentas elecciones del domingo pasado en Venezuela. Dos o tres días después las redes sociales se inundaron con la misma palabra como reacción a que Colombia se abstuvo de votar a favor de una resolución de la OEA respecto a esas elecciones. Se llegó al extremo de decir que nuestro país había sido el responsable de su hundimiento. Es sintomático: por vergüenza se suelen exagerar los sentimientos de culpa y el sujeto (o un país como sujeto colectivo) se carga con responsabilidades sobredimensionadas. El resultado es autodenigración y parálisis de la voluntad, es decir, el efecto contrario a una crítica que transforme o al menos ayude a comprender la realidad.

Apenas unos días antes, los incidentes de la final de la Copa América en Miami provocaron otra oleada de vergüenza colectiva cuyo resultado previsible fue una especie de consenso en torno a que los colombianos somos un desastre sin remedio. Las causas de esa debacle se llegaron a atribuir a una extraña mezcla de biología, historia cultural y geografía aderezada con especulaciones pseudocientíficas. ¿Desde dónde se alimentan estos consensos y a quiénes les sirven? Todo indica que a muchos. A los novelistas de la melancolía clasemediera cuyos temas favoritos son el encierro y la devastación. Al humorista oficial de las élites colombianas de cuyo nombre no quiero acordarme y que es, literalemente, una válvula de escape y una bodega de las supremacías que han gobernado siempre a Colombia. A los periodistas de las franjas noticiosas mañaneras que utilizan sus micrófonos como si fueran curas en un púlpito. A Dago García que, al menos dos veces por año, nos entrega su consabida pastoral  (“los colombianos somos así”). A los políticos necesitados de notoriedad y escasos de votos.

En resumen, a todos los que aceptan y se sirven del mundo tal como es, aunque simulen que no lo soportan o se digan a sí mismos que lo quieren cambiar. A los que viven presos de las economías, cada vez más precarias, del like, el click y la atención. Entiendo, no crean que no, esta emotividad primaria. Son como los anticuerpos de un sistema inmunitario que se siente amenazado o que le teme a cualquier síntoma de desestabilización. El pesimismo, después de todo, es un lugar seguro y confortable. El politólogo y periodista Juan Diego Barrera, quien ha venido llamando la atención sobre este fenómeno cultural, escribió esta semana en X: “Yo entiendo la relevancia de la consigna de ‘país de mierda’, pero pasó de ser una lógica de denuncia a un derrotismo con complejo de inferioridad”.

Las consecuencias de esta melancolía social son amplias y entrañan peligros. Las  emociones tristes nos llevan a estados regresivos y al conservadurismo. Sometidos a su efecto narcótico llegamos a pensar que lo mejor quedó atrás o está en otra parte. Las experiencia del aquí y el ahora se empobrecen: esto es un platanal y la nuestra es una subvida. Nos volvemos nostálgicos y extranjerizantes. Lo que ocurre aquí no parece materia modificable, novelable o representable, o solo entra al arte y al discurso con un tono de ironía aristocrática que protege con una capa protectora de distancia. Nos separamos de los demás para evitar que nos contagien de un mal indefinido: ¿pobreza, mal gusto, fanatismo?

Hace poco leí una novela de Jacobo Santiago. Su título: Los niños de mi cuadra arrojaban piedras a los árboles y los cerros de Bogotá alumbraban color rosa. En el lado A de la historia, un agente del F-2  día a día sucumbe al deterioro, que también es el de un país en el que le tocó vivir y actuar, las décadas de 1980 y 1990. En el lado B, unos muchachos que no se reconocen en esas herencias y que buscan con lo que tienen a mano que el deseo, la amistad y el arte arraiguen en esta Bogotá en la que, como dice Natalia Martínez en un comentario de la solapa del libro, todo parece consumirse en burocracia e injusticia. Con un esfuerzo por desacomodar la mirada, esa Bogotá (o, de manera más concreta, barrios como Castilla o el centro) puede ser bella y la vida aquí, aun sometida como sabemos a las lógicas de la precariedad, digna de ser vivida y contada.

Jacobo Santiago, además, enriquece con sus ojos una ciudad decretada como deficitaria o fallida, y vista como el equivalente del país entero y de su desastre. No es que no vea lo que en efecto lastima o se hace a veces intolerable. Pero sin que eso le impida reconocer el milagro de los cerros bogotanos color rosa o los regalos de la amistad. El lado A sin el B sería incompleto. Este joven escritor y editor sigue caminos abiertos en los años noventa por Fernando Molano, el autor de Un beso de Dick y Vista desde una acera, cuyo programa estético era conscientemente político: crear fisuras en el discurso consensual del cinismo, que siempre es favorable al status quo. En fin, esforzarse por mirar con amor y no solo con odio.

La vergüenza (todos la hemos sentido) es un afecto demoledor. Y —no está de más repetir— paralizante. Quizá por eso se promueva tanto desde algunas élites que se comportan como perras guardianas de lo establecido, o del establecimiento. Es casi lo contrario a la rabia o, por supuesto, al arrojo. Es arrojo lo que está en la base de todas las transformaciones. Valentía, ímpetu y coraje es lo que vemos en las calles cuando una ciudadanía se manifiesta contra abusos o tiranías. Y es lo que se necesita para cambiar de perspectiva y seguir viviendo, desenterados de ese coro que nos quiere convencer de que todo está definido de antemano, y de que no podemos ser parte decisoria en aquello que nos concierne.

Acerca del autor

Pedro Adrián Zuluaga
pedroazuluaga@razonpublica.org.co | + posts

*Periodista y escritor

2 comentarios

Pedro Adrián Zuluaga

Escrito por:

Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

2 comentarios de “Vergüenza y arrojo”

  1. Excelente artículo. Gracias por compartirlo. Entre varias cosas que me deja el texto, destaco la necesidad de pensar con mayor atención, y responsabilidad, el significado de las palabras; y con mayor razón cuando dichas palabras son compartidas por líderes de opinión, o sujetos con algún tipo de poder e incidencia en otros.

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