Fraude electoral y democratización en Venezuela | Armando Jose Mercado

Fraude electoral y democratización en Venezuela

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Ha pasado casi una semana desde que el Consejo Nacional Electoral de Venezuela proclamó como presidente electo a Nicolas Maduro, pese a la considerable evidencia que respalda los argumentos de la oposición sobre la existencia de un fraude electoral masivo en contra de su candidato Edmundo González. Pero qué puede implicar la presente coyuntura crítica para la posible democratización en Venezuela.

Lo primero que hay que aclarar es que el régimen político venezolano no es una democracia sino una dictadura o una autocracia. Existen distintos tipos de dictaduras o autocracias: están los regímenes de partido único, las dictaduras militares, regímenes cívico-militares, monarquías absolutistas, entre otros. Pero Venezuela no es ninguno de los anteriores. Es lo que politólogos como Andreas Schedler llama autocracias electorales o autoritarismos electorales, o Steven Levitsky denomina autoritarismos competitivos.

Por improbable que parezca, cuando una dictadura permite hacer elecciones y tolera cierto grado de competencia electoral -no siendo esta de fachada- existe la posibilidad – aunque lejana – que el régimen pierda las elecciones. Incluso en estos contextos, las elecciones de alguna u otra manera generan cierta incertidumbre con respecto a sus resultados. Esto es lo que Andreas Schedler llamó la política de la incertidumbre, en la cual tanto el régimen como la oposición utilizan estratégicamente las elecciones, pues, aunque el juego esté desnivelado a favor del régimen, las elecciones también generan ciertas oportunidades a la oposición.

Pese al contexto desfavorable, la expectativa sobre un posible triunfo electoral de la oposición venezolana era real, puesto que existen varios casos de autoritarismos en América Latina que han salido del poder porque han perdido elecciones. La derrota de Pinochet en el plebiscito de 1989 en Chile, la victoria de Violeta Barrios en 1990 ante el régimen sandinista en Nicaragua, o la salida del poder en 1999 el Partido Revolucionario Institucional (PRI) luego de mas de 60 años gobernando en México, al ser derrotado por el Partido de Acción Nacional (PAN), son los ejemplos más llamativos.

Aunque difícil, la presión popular también puede en ocasiones contribuir con la caída de dictadores. Este fenómeno es llamado por el sociólogo Kurt Schock como insurrecciones no armadas: movilizaciones populares masivas y principalmente pacíficas en contra de regímenes autoritarios, que se convierten en un factor clave -que no el único- para presionar la caída del régimen e iniciar una transición a la democracia. Schock explica los casos exitosos del movimiento Anti-Apartheid en Sudáfrica, el movimiento de Poder Popular en Filipinas en 1986, el movimiento Prodemocracia en Nepal en 1990 y el Movimiento Antimilitarista en Tailandia a inicios de los 90s.

Pero un elemento clave que aparece en el escenario venezolano es la abrumadora evidencia de un fraude electoral masivo. ¿Puede este hecho contribuir a la democratización? En su estudio sobre las -erróneamente llamadas- Revoluciones de Colores, el politólogo Joshua Tucker destaca como las masivas protestas postelectorales realizadas por la oposición como consecuencia de fraudes electorales, contribuyeron a la caída de regímenes autoritarios poscomunistas, como ocurrió en la Revolución Negra de Serbia en 2000, la Revolución Rosa de Georgia en 2003, la Revolución Naranja de Ucrania en 2004 y la Revolución de los Tulipanes de Kirguizistán en 2005.

Como vemos, para que la coyuntura crítica que vive Venezuela pueda convertirse en el inicio de un posible proceso de transición a la democracia son necesarios varios factores: el primero son las movilizaciones populares masivas en contra del régimen por parte de la oposición, teniendo como principal argumento la evidencia abrumadora de fraude electoral; el segundo es la presión internacional a favor que se realice una veeduría internacional independiente donde se verifiquen los resultados de las actas de votación.

El tercero y quizás el más complicado, es que actores estratégicos y adeptos al régimen en algún momento se le volteen y respalden a la oposición, actores que en los estudios sobre las transiciones a la democracia se les llama los sectores reformistas del régimen. Lograr divisiones en la elite autoritaria que gobierna y encontrar aliados en esta, es como han demostrado en sus estudios de Doug Mcadam, Sidney Tarrow y Charles Tilly, una de las oportunidades políticas claves en este tipo de contienda.

Las transiciones a la democracia se pueden hacer de manera pacífica (renuncia forzada del dictador, negociaciones régimen/oposición, insurrecciones no armadas, etcétera) o de manera violenta (golpes de estado, intervenciones militares extranjeras, rebeliones, etcétera) o por una mezcla de ambas. Aunque exista la tentación en algunos sectores de la opinión pública de optar por opciones violentas, lo que todos los demócratas debemos promover es que la transición en Venezuela sea lo más pacífica posible. No se nos puede olvidar que el inicio de una eventual democratización o de una mayor autocratización del régimen venezolano, son fenómenos que impactarán profundamente la realidad política colombiana.

Acerca del autor

Armando José Mercado
Armandomercado@razonpublica.org.co |  + posts

*Politólogo, magister en Conflicto Social y Construcción de Paz, profesor de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Tecnológica de Bolívar (UTB) e investigador en el Grupo Regional de Memoria Histórica (GRMH-UTB) de la misma universidad.

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Armando José Mercado

*Politólogo, magister en Conflicto Social y Construcción de Paz, profesor de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Tecnológica de Bolívar (UTB) e investigador en el Grupo Regional de Memoria Histórica (GRMH-UTB) de la misma universidad.

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