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No entren en pánico, queridos y desocupados lectores. No voy a hacer una defensa del placer de releer a la usanza de las que cada tanto perpetran los lectores nostálgicos de un reino o un orden anterior. No se trata de volver la vista atrás para recoger los escombros de lo perdido, y escribir elegías del tiempo pasado, sino de pararnos ante los libros como frente a una materia viva, un cuerpo menos perecedero que la carne.

Ha terminado una nueva versión de la Feria del Libro de Bogotá, y este texto tampoco pretende ser un balance de un evento cada vez más grande, excitante e inabarcable. A las clientelas de esos ejercicios de síntesis les recomiendo los análisis que publica en su cuenta de Facebook un editor consumado, Nicolás Morales.

Las relecturas fueran protagonistas de esta edición de la FILBo y una de las posibles maneras de no ser devorados por su vorágine de acontecimientos, invitados, eventos y lanzamientos. La central fue, por supuesto, la invitación a leer con ojos nuevos la obra de José Eustasio Rivera, que muchos leímos por primera vez hace tiempo y como si fuera la emisaria de un horror del pasado, pues no disponíamos de las herramientas y la sensibilidad para darnos cuenta de que hablaba, también, del futuro.

La conmemoración en la FILBo del centenario de La vorágine fue ejemplar. Para empezar, se multiplicaron las nuevas ediciones, lo que convirtió al libro mismo de Rivera en el protagonista de la feria, por encima de otros best-sellers previsibles como En agosto nos vemos de García Márquez. “El apetito comercial de los herederos de García Márquez fue totalmente opacado por la fórmula libre de derechos de José Eustasio Rivera”, escribió —precisamente— Nicolás Morales.

La edición cosmográfica de La vorágine, al cuidado de Margarita Serje y Erna von der Walde, publicada el año pasado por la Universidad de los Andes, sembró las bases para una lectura urgente y presente del libro de Rivera. “Hoy estamos entendiendo que la violencia en La vorágine no viene de la selva, sino de la explotación extractivista”, dice Erna von der Walde, quien junto con Ximena Gama fue también curadora de la exposición “El árbol que devoró un mundo: Los rumbos del caucho en La vorágine”, que se podía visitar en el auditorio José María Vargas Vila de Corferias. No es la selva la que devora a los hombres, sino los hombres a ella.

La Universidad Nacional, por su parte, encaró el desafío de reeditar la primera edición del libro de Rivera y recuperar un material fotográfico que el autor en su momento consideró esencial. En una edición de 1928, el poeta huilense también incluyó mapas. Tanto estos como las fotografías fueron eliminados de ediciones posteriores y ahora son recuperados por las ediciones universitarias, que más que conmemorativas son críticas.

El último esfuerzo institucional que merece reconocerse es el del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes que, en cabeza de la conmemoración, decidió poner a disposición, tanto en formato digital como físico, la Biblioteca Vorágine, con 10 títulos que amplían la comprensión del libro y proponen una lectura de múltiples capas, para superar los corsés detrás de etiquetas como “novela de la selva” o “novela de la violencia”. El mismo ministerio revivió la revista cultural Gaceta con un número monográfico dedicado a la selva.

Las nuevas lecturas de La vorágine abren también la puerta a reinterpretaciones del universo político, cultural y sensible de principios del siglo XX en Colombia. “Relecturas” es justamente el nombre de una colección editorial en la que participan las universidades de los Andes, Nacional y Eafit. Dentro de esta colección se publicó el año pasado una reedición de La ciudad del dolor. Ecos del cementerio de enterrados vivos y del presidio de inocentes, cuya primera edición fue en 1923. Escrito en el lazareto de Agua de Dios, tanto el libro como el autor (el abogado, político y escritor Adolfo León-Gómez) permanecían en un lamentable olvido, como si el estigma que cayó sobre los enfermos de lepra hubiera triunfado históricamente.

Este libro collage en el que su autor se prodiga en distintos registros (poeta, cronista, conciencia civil de la nación, oído que escucha y ojo que ve para dejar testimonio del horror del confinamiento y los usos y abusos políticos de la enfermedad), nos trae noticias de otra frontera, de otra sombra larga que proyecta la inicua historia de Colombia, de —en fin— otros lugares de pesadumbre. En paralelo con el genocidio causado por la bonanza cauchera, estaban en boga en el país otras maneras de dejar morir, eficientes tecnologías para la eliminación de aquello que no se subía al carro del progreso. Hoy, esos monstruos y fantasmas nos persiguen. Colombia es una realidad espectral.

El prólogo de la reedición de La ciudad del dolor, a cargo de Felipe Martínez Pinzón, es imposible de leer sin sentir un escalofrío epistemológico. Todo aquello que en la década de 1920 parecía corresponder a una sensibilidad tardía o decadente (la profusión de lo macabro y lo gótico) es lo que hoy nos habla con “ojos modernos”. Para acceder al sentido y el significado de la modernidad y el progreso colombianos hay que leer —y releer—su cara enferma y nocturna. Hay que escuchar a sus víctimas (indios, leprosos, tuberculosos como Luis Tejada, otro conmemorado: toda una legión o pueblo por venir) y reconocer sus resistencias. De lo contrario, el país irá de genocidio en genocidio, hasta su fracaso estruendoso y final.

Otra gran protagonista de la feria fue la ensayista y novelista española Irene Vallejo. Motivado por su carisma me acerqué por fin a la lectura de El infinito en un junco. El ensayo de la escritora aragonesa también es una relectura, en este caso de la historia del libro. Es emocionante cómo nos demuestra que los libros no son una distracción para alejarse del mundo; por el contrario, son una forma de estar en él. No deberían servir al entretenimiento sino a la atención concreta e intensificada. No son para olvidarse de lo real, son para entenderlo. Quizá no inventamos los libros. Lo más probable es que ellos hayan inventado a la humanidad, y que le sobrevivirán.

El libro de Vallejo nos trae noticias de campos de batalla, de saqueos y pillajes, de incendios y destrucciones, pero también de sueños de comunidad en torno al libro. Desde que algún antepasado nuestro aprendió a leer sin mover los labios, hemos vivido en la ilusión de una lectura introspectiva. Quizá esas no sean las lecturas que dominarán en lo por venir. O quizá sí. Pero mientras existan el miedo y la muerte, existirá el conjuro de los libros.

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Pedro Adrián Zuluaga

Escrito por:

Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

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