El caso de La Negociación: ¿quién ganó? - Razón Pública
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El caso de La Negociación: ¿quién ganó?

Escrito por Pedro Adrián Zuluaga
Documental la Negociación- Margarita Martínez

Documental la Negociación- Margarita Martínez

Pedro Adrian ZuluagaUn documental sobre el proceso de paz que parecía pisar callos fue finalmente proyectado este fin de semana. ¿Cómo quedaron Uribe, Petro, Cine Colombia y los airados defensores de la libre expresión?

Pedro Adrián Zuluaga*

Una polémica sinsentido

Todo comenzó con los confusos y exagerados trinos de varios seguidores del Centro Democrático que alertaban sobre un documental del que se estaba presentando el tráiler. Según ellos, La negociación, de la periodista Margarita Martínez, difamaría a Álvaro Uribe y a Fernando Londoño, al presentarlos como enemigos de la paz.

Vino luego la respuesta del expresidente, quien no titubeó al acusar a Cine Colombia de faltar a la “objetividad”. Unos minutos después reaccionó Gustavo Petro, quien adelantándose a los hechos aseguró que: “Cine Colombia va a censurar documental sobre el proceso de paz porque lo ordenó Uribe. Esta es la barbarie del fascismo”.

A la polémica se sumaron los líderes de opinión, y los medios principales no tardaron en entrevistar a Martínez y al presidente de Cine Colombia Munir Falah, quien arreció la pelotera al bloquear durante varias horas la boletería para las funciones de La negociación programadas para el fin de semana. Rápidamente, el hashtag #IréAVerLaNegociación se volvió tendencia en redes sociales.

Fue así como el 27 de noviembre fuimos testigos de un hecho insólito en Colombia: un documental se volvió noticia de primera plana.

Mientras la polémica escalaba, esa mañana del 27 unos cuantos periodistas vimos La negociación en un ensayo para medios y pudimos constatar, de primera mano, el sinsentido de tanta alharaca. El documental no difama a Uribe y, además —a diferencia de otros documentales sobre el proceso de paz— le da voz y le concede legitimidad a su discurso contra el acuerdo de La Habana.

En esa exhibición también fuimos testigos de las carencias técnicas y narrativas del documental en cuestión. Entre otras cosas, llama la atención el contraste entre el tono políticamente correcto y bienintencionado de la voz narradora y lo que las imágenes muestran y omiten. En una escena, por ejemplo, vemos un esfuerzo por dignificar a las víctimas al mostrarlas sentadas en la mesa de negociación, pero unos minutos después presenciamos un extraño e impersonal collage de voces en off que reproduce el gesto de exclusión que las víctimas han experimentado durante años.

Por inverosímil que parezca, la polémica desatada por La Negociación convirtió en mártir de la libertad de expresión a un documental que no sólo reproduce la violencia simbólica contra las víctimas del conflicto, sino también las lógicas y los procedimientos del poder que censura, veta y selecciona lo que puede ser mostrado y lo que no.

Le recomendamos: La Comisión Histórica de la Habana: antecedentes y retos.

¿Cortina de humo o campaña publicitaria?

Negociación acuerdo de paz en La Habana, Cuba.
Negociación acuerdo de paz en La Habana, Cuba. 
Foto: Centro Nacional de Memoria Histórica

El debate, que fue bastante efímero porque ante la presión de la opinión pública, esa misma tarde Cine Colombia confirmó la exhibición del documental, deja unas cuantas dudas y unas pocas lecciones sobre la realidad del país donde vivimos.

En un día de urgencias noticiosas como la presentación de la ley de financiamiento al Congreso, el debate por el caso Odebrecht y la antesala de una movilización nacional de protesta contra el gobierno, no eran pocos los interesados en desviar la atención hacia un tema importante, pero menor.

La polémica desatada por La Negociación convirtió en mártir de la libertad de expresión a un documental que reproduce las lógicas y los procedimientos del poder que censura, veta y selecciona lo que puede ser mostrado y lo que no.

Esa misma noche, el uribismo demostró que es experto en maniobras de distracción al publicar (¡catorce años después!) un video donde Gustavo Petro recibe un fajo de billetes. ¿Fue La Negociación otra cortina de humo para distraer a la opinión pública y a los ciudadanos de lo verdaderamente urgente? Es imposible saberlo con certeza. Lo que sí podemos aseverar, es que tanto Margarita Martínez como el uribismo usaron de forma inescrupulosa la polémica sinsentido que desató La Negociación.

Prueba de ello es que rápidamente empezaron a circular campañas que promocionaban La Negociación como “el documental que Uribe no quiere que veas”. Varios generadores de opinión favorecieron —consciente o inconscientemente— esta campaña al declararse a favor de la “libertad de expresión” y en contra de la “censura”. El trino de Petro es un ejemplo de ello, pues intensificó la polémica al vincularla —de forma exagerada— con el fascismo y la barbarie. Como él, ciertas élites se entregaron al consuelo de las grandes palabras, los buenos sentimientos, la empatía y la solidaridad epidérmica durante un par de horas.

Un triunfo con sabor a derrota

La polémica concluyó con el supuesto triunfo de la libertad de expresión.

Sin embargo, ese triunfo nos deja con un sabor agridulce, pues el episodio puso en evidencia la ligereza y el descuido con la que los medios y los líderes de opinión reaccionan ante los hechos y fabrican noticias en Colombia.

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Además de agridulce, el supuesto triunfo de la libertad de expresión fue bastante pírrico, pues publicitó un documental sin muchos méritos que, como bien dijeron sus responsables en el ensayo para medios, se iba a ver bien fuera en Cine Colombia o en teatros de otros exhibidores.

Como si fuera poco, el mal llamado triunfo de la libertad de expresión benefició a Cine Colombia, pues el supuesto censurador ahora recoge los frutos de la polémica vendiendo boletas a un montón de espectadores que genuinamente creen que La Negociación es un producto cultural transgresor cuando en realidad no es más que un guiño al statu quo.

A propósito del supuesto censor, me pregunto si los políticos y líderes de opinión que reaccionaron al presunto veto del documental con una invitación a vetar a Cine Colombia, renunciaron a su propia invitación tras el desenlace de la polémica. ¿Será que corrieron a ver el documental este fin de semana o tendrán paciencia y esperarán a verlo en otros teatros? (Si ya lo vieron, sabrán que la alharaca era innecesaria y si no lo han visto, no se preocupen, no se pierden de mucho).

Los verdaderos ganadores

Margarita Martínez, autora de La Negociación
Margarita Martínez, autora de La Negociación
Foto: Canal Capital

El triunfo sabe a derrota, sobre todo, porque los debates de fondo quedan aplazados. Esos debates que sí importan son, en mi opinión, al menos dos.

  1. ¿Por qué Uribe y en menor medida Petro tienen el poder de definir la agenda de los medios y los líderes de opinión? ¿Por qué nos dejamos manipular por dos líderes extremos cuyas opiniones siempre hacen un uso agonístico del lenguaje y de las emociones políticas?

Lea en Razón Pública: Uribe, el rey del Twitter.

  1. ¿Por qué Cine Colombia tiene el poder de decidir qué podemos —y debemos— ver los colombianos y qué no?
¿Fue La Negociación otra cortina de humo para distraer a la opinión pública y a los ciudadanos de lo verdaderamente urgente? 

Vale la pena examinar el segundo punto con más detalle. Cine Colombia es el actor más poderoso de la cadena productiva de cine en el país —es propietaria del mayor número de teatros en todo el territorio y tiene un gran dominio en el mercado de la distribución—. Esto le permite decidir que películas merecen ser proyectadas y en qué condiciones de exhibición, además de quedarse con casi el setenta por ciento del valor de la taquilla.

La influencia de Cine Colombia llega hasta las instituciones que regulan y definen las políticas cinematográficas del país: Proimágenes Colombia y el Consejo Nacional de las Artes y la Cultura en Cinematografía (CNACC). En la primera tiene un asiento en su Junta Directiva. Y en el CNACC el representante actual de los distribuidores es Gilberto Gallego, vicepresidente operativo y comercial de la empresa.

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En las negociaciones —o más bien imposiciones— con los productores y con otros distribuidores, todos se quedan con migajas excepto Cine Colombia. Y como no existen otros circuitos de exhibición tan atractivos en alcance y número como el de esta cadena, a los productores no les queda más remedio que aceptar esas condiciones y respaldar un esquema comercial desigual y arbitrario. Se trata de una injusticia que, bajo el dogma de la “libertad del mercado”, no es criticada ni regulada por nadie.

Como si no fuera suficiente, por ser una empresa privada puede abstenerse de pasar ciertos contenidos a pesar de que estén pagos. Esto ocurrió en 2013 con No hubo tiempo para la tristeza, un documental sobre el conflicto armado de Patricia Nieto y Jorge Mario Betancur. ¿Por qué Cine Colombia impidió la circulación del tráiler de ese documental?

Las palabras de Munir Falar el pasado 27 de noviembre ofrecen luces para comprender la situación. Según él, Cine Colombia tiene por política escoger contenidos que “en vez de polarizar más al país, contribuyan a unificarlo”. A mi modo de ver, esa es la forma políticamente correcta de decir que prefieren escoger productos blandos que no generen ningún tipo de discusión.

Por inofensiva que parezca, la corrección política encubre la falta de compromiso de Cine Colombia con los valores democráticos de una sociedad que ya está bastante polarizada. Prueba de ello es que en vez de presentar productos culturales que, a diferencia de La Negociación, interroguen los imaginarios oficiales del conflicto armado y otros temas sensibles, esta cadena de distribución prefiere comprometerse con el entretenimiento anodino que abunda en nuestros días.

El comercial institucional con el que celebró los alcances de su proyecto social Ruta 90, deja claro que Cine Colombia le apuesta a un blanqueamiento y a una armonía posideológica imaginaria y sentimental que niega las huellas de la guerra y de cualquier conflicto social.

Tristemente, la fugaz e infructuosa polémica del pasado 27 de noviembre dejó incólume el poder de Cine Colombia y de Uribe, quien sólo en la imaginación calenturienta del Centro Democrático podría haberse visto afectado por La Negociacion, un documental hecho por y para las élites biempensantes, blandas y tibias del centro del país.

*Periodista
@pedroazuluaga

 

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