Catastrofismo - Razón Pública

Catastrofismo

Compartir:

Escribo esta columna apertrechado en el balcón de una casita campesina con vista al hermoso valle de Tenjo. Todo es tan apacible que alcanza a ser inquietante. En el horizonte, Bogotá la horrible queda reducida a un reguero de luces, como el eco en el tiempo de una galaxia extinta. Lo único que le falta a esta inminencia de plenitud, pienso, es conjeturar una gran catástrofe.

Desde hace días, voces que respeto en medio del parloteo del periodismo y las redes sociales han reaccionado a una corriente de opinión que califican como catastrofismo. “El catastrofismo de [Alejandro] Gaviria y los tecnócratas, el oportunismo violento de Claudia López y su sector verde y el cinismo enfermo del uribismo hoy copan el debate público. Los medios se sienten afines a esas tres tendencias y la explotan políticamente desde su difusión”, escribió el documentalista César García Garzón en X.

García Garzón tiene la razón. Las franjas matutinas de la radio informativa comercial, por ejemplo, se han vuelto casi imposibles de escuchar —e inútiles si uno lo que busca es elementos para entender la realidad—. Su agenda setting (nombre en inglés de una teoría que busca explicar el papel de los medios en la formación de la opinión pública y su manera de establecer prioridades informativas) está definida por las narrativas del desastre.

La catástrofe seduce y sobrecoge, en igual medida, al público y al periodista. Ofrece, paradójicamente, el paliativo de una explicación moral del mundo que permite al uno y al otro (al periodista y al público) erigirse en jueces. Los medios se vuelven púlpitos; escuchar la radio es como ir a una misa, de apariencia civil y democrática, cuyo núcleo es el sermón de un cura indignado (hay casos que rayan en lo caricaturesco, como el de Juan Pablo Calvás en La W). Más que loable, esa indignación es irrelevante. Al menos cuando se trata de erradicar el mal que señala, que casi siempre es la corrupción.

La imaginación catastrófica, además, parece ser un punto de encuentro interideológico. La democracia colombiana lleva un buen tiempo bajo los efectos de esta embriaguez del sentimiento y el pensamiento. Uribe, un gran determinador de la política nacional de las últimas décadas, fue catapultado al poder cuando logró convencer a sus millones de votantes de un cataclismo con nombre propio: las Farc. La derecha ha creado, sucesivamente, enemigos internos dotados de características monstruosas. Hay que reconocer su capacidad fabuladora y su sagacidad para cubrir (y para que no lo veamos) lo que está mal en el presente, con la estrategia de sobreponerle lo que podría pasar en el futuro.

Gustavo Petro, otro gran creador de emociones y de relatos, cae rendido ante el discreto encanto del desastre. En su brillante carrera como senador desplegó una voz profética y agonística que causó temor y temblor, pero también admiración y esperanza. Como presidente, persiste en un tono maximalista. En escenarios internacionales Petro ha hecho un uso consumando de las narrativas del desastre. Prefiere la contradicción a la conciliación, y la paradoja a la transparencia. Su autosaboteo suma y queda servido en bandeja para una derecha que lo sabotea con una falta total de límites y de escrúpulos.

A lo que asistimos en la actualidad es a una intensificación del uso de la catástrofe como herramienta política. Todo lo que ha salido mal, o incluso medianamente bien en el gobierno de Petro, es presentado por sus contradictores como una hecatombe. Según estos marcos de interpretación, están bajo amenaza la economía, las instituciones, el orden democrático entero. La libertad, la autonomía y la vida misma de los colombianos penden de un hilo maniobrado por un titiritero (el señor presidente) salido de control.

Sabíamos que los extremos políticos, a los que hay que diferenciar rotundamente en el fondo, con frecuencia coinciden en ciertos envoltorios formales. Lo llamativo de esta hiper sinestesia actual es el papel del centro político, aparentemente representado por Gaviria o López. Políticos y líderes de opinión que hablan desde un lugar de enunciación liberal e ilustrado, han mostrado la misma proclividad a la catastrofización que la de los fanáticos de derecha e izquierda. Un buen ejemplo, esta misma semana, nos lo ha ofrecido el exrector de la Universidad Nacional, Moisés Wasserman, con sus alarmas sobre una supuesta pérdida de la autonomía universitaria por la participación del gobierno en el caos institucional tras la anómala elección del rector.

La abogada y columnista Cristina Carrizosa mencionó “los dientes que está afilando el presidente”, con la clara intención de construirlo como monstruo: el vampiro que se alimenta de nuestra sangre. Es apenas un ejemplo entre miles posibles que permite ver el funcionamiento de una triangulación narrativa: monstruos, desastres y melodrama. Se trata de que la imaginación política de los ciudadanos entre en modo cruzada: en disposición para una lucha de tintes religiosos entre el bien y el mal.

En semejante estado de la sensibilidad pública es imposible no estar confundido. Y la desorientación es el caldo de cultivo para que crezca el fanatismo. El columnista español Arcadi Espada ha hablado muchas veces sobre la única fe que el periodismo debería suscribir: la verdad de los hechos. Pero la verdad no consiste en saber qué cosas pasan, para inmediatamente después, como acto reflejo, emitir juicios sumarios. La verdad es, por el contrario, la construcción paciente del sentido de los hechos.

Ha amanecido, entre tanto, en el valle de Tenjo. La mañana es radiante. En realidad nada invita a pensar en un desastre. Y, sin embargo, suponer desastres es irresistible. Es fácil constatar que, entre menos estemos expuestos a tragedias, más proclives somos a imaginarlas. El catastrofismo es un lujo. Por el contrario, quienes viven diariamente en el centro de una devastación (de cualquier tipo), encuentran la manera de lidiar con ella. Esto hace que el uso de la imaginación catastrófica con fines electorales, o de cualquier otro tipo, sea más sospechoso y deshonesto.

0 comentarios

Pedro Adrián Zuluaga

Escrito por:

Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

0 comentarios de “Catastrofismo

  1. Realmente tiene mucho acierto su columna, maestro. La especulación en Colombia cobra titularidad y protagonismo, es lo más oportunista que se puede aventajar de todo el maremagnum de extremismos. Las pasiones, que deambulan en los políticos también las visten los prosélitos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Artículos relacionados

COLUMNA ESPECIAL DEL DÍA

Elecciones en Estados Unidos: Desafíos y Reflexiones Democráticas

COLUMNA ESPECIAL DEL DÍA

¿Menos Democracia por más Seguridad?

COLUMNA ESPECIAL DEL DÍA

La Corte Suprema debe elegir fiscal

COLUMNA ESPECIAL DEL DÍA

¡Pilas con el Concejo de Bogotá!

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.