Devolver la voz al periodista | Pedro Adrián zuluaga

Devolver la voz al periodista

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En estos días, cuando los debates sobre la prensa parecían exigir escoger un bando, recordé dos documentales realizados con pocos años de distancia por el realizador caleño Oscar Campo. En el primero de ellos, Noticias de guerra en Colombia (2002), vemos el conflicto armado que por entonces se libraba en el país a través de las imágenes de urgencia que la guerra producía. Con la ayuda de los propios periodistas, el documental se preguntaba por la fabricación de noticias en un noticiero regional, las decisiones en caliente que había que tomar y las dimensiones éticas de un oficio, el del periodismo, que siempre busca ser instrumentalizado.

El segundo documental, Cuerpos frágiles (2011), ofrece otro punto de vista. Allí, Oscar Campo se enfrenta a un archivo visual recopilado por él mismo con informes noticiosos que dieron cuenta del asesinato de Raúl Reyes en Ecuador, una muerte celebrada públicamente por el gobierno de Álvaro Uribe y por buena parte de la sociedad colombiana. Son, pues, dos momentos distintos. El país del comienzo del nuevo siglo que se dispuso de buena gana para que entrara en funciones el autoritarismo de derecha. Y el país del 2008: multitudinaria marcha contra las Farc, Operación Fénix (en la que murieron Reyes y 16 guerrilleros más), Operación Jaque (que logró la liberación de Ingrid Betancourt), Concierto Nacional del 20 de Julio.

Si el 2001 y 2002 fueron los años de la incertidumbre, 2008 parecía el año del consenso: cuerpos de guerrilleros convertidos en trofeos de guerra, cuerpos secuestrados que son liberados, la ciudadanía que se manifiesta en las calles, o que celebra su fiesta patria. La cara siniestra de ese consenso se revelaría ese mismo año, cuando se empiezan a conocer los detalles de una macabra contabilidad: los mal llamados “falsos positivos”. De repente, se vuelve evidente que el negativo de ese consenso era un desprecio por ciertos cuerpos considerados por la hegemonía de turno, tácitamente, como eliminables.

Oscar Campo echa manos entonces de muchas herramientas teóricas para denunciar el papel de los medios de comunicación en la creación de un enemigo interno. Lo que hace Cuerpos frágiles no es otra cosa que mostrar cómo los medios se convierten en actores de la guerra: no solo fabrican noticias sino sentimientos a favor o en contra de ideas que suelen coincidir con las del régimen. Campo habla en primera persona, sin dejar de hacerlo desde un ethos académico (es profesor en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle); se asume a sí mismo como una subjetividad astillada por la guerra, incluso si no la ha vivido más que a través de mediaciones de pantallas y relatos.

Este análisis de Campo sobre los medios y la guerra es muy seductor y teóricamente bien informado. Sus referentes van de Vilma Franco a Foucault pasando por Roberto Esposito, por solo mencionar algunos. Sin embargo, y contrario a lo que pasaba en el primer documental, la voz de los periodistas está ausente. Aparece la información como un resultado final, sin que –como sí ocurría en Noticias de guerra en Colombia– veamos el proceso. No tengo dudas de que a veces es necesario observar los fenómenos desde afuera, distanciarse de ellos para conocer mejor su funcionamiento interno. Pero también creo que un diagnóstico de la prensa no se puede hacer sin los periodistas. Y creo que ese recorte es el camino que están eligiendo el presidente Gustavo Petro, sus funcionarios más fieles y muchos ciudadanos que, con una rabia muy entendible, coinciden en su batalla contra la prensa hegemónica.

¿Quién controla a quién y cómo?

¿Cómo desatrancar esta discusión y hacer que avance hacia el único lugar deseable que no es otro que el de tener medios con estándares éticos y profesionales elevados, y que conserven su independencia del poder político, por un lado, y del poder económico, por otro? Muchas instituciones y creencias que hacen parte de lo que podríamos llamar una herencia liberal están siendo cuestionadas, a veces con acritud. Estas críticas apuntan a desmontar que ideas como la libertad de expresión son absolutas. La constitucionalista y funcionaria Cielo Rusinque, por ejemplo, escribió en X contra estas posiciones liberales que, según ella, buscan “mitificar un poder que para actuar sin ningún tipo de cuestionamiento ni control, pretende justificar una interpretación absolutista, sobredimensionada y por lo mismo arbitraria de la libertad de expresión”.

A tono con el libreto del presidente, Rusinque dijo en ese mismo trino: “El caso de la FLIP muestra como con una estudiada máscara de pureza se intenta muchas veces moldear los espíritus para que acepten sin distancia crítica una versión de los hechos sesgada y/o mentirosa y en la que los temas a debatir día a día son escogidos a capricho”. Estamos pues en el meollo del problema. En un lado de la barrera, una prensa corporativa con escasa capacidad de autocrítica, como lo probó de manera flagrante el espíritu de cuerpo con que reaccionó ante el conflicto de intereses que mostró el artículo de Vorágine y su denuncia sobre el papel de Yohir Akerman y Jorge Restrepo en el caso judicial que involucra a Chiquita Brands. Y por otro, un gobierno que parece poco dispuesto a admitir, a su vez, los controles de la prensa.

Lo que está en juego entonces es un problema esencial de una democracia: el del control. La aspiración última de la democracia es que no haya un uso desbordado del poder. Para controlar al poder, la prensa necesita ser libre. La teoría del gobierno es que si los medios están controlados por el capital financiero, no pueden ser libres. Según la visión del gobierno, estos medios son irremediablemente condenados a ser voceros de los intereses de sus dueños. Desde muchas tribunas progresistas se pide un control a los medios. El problema es que un gobierno, que tiene que ser controlado, jamás sería un buen controlador de quien lo controla. La respuesta está, entonces, en la sociedad civil. De un gobierno de izquierda se espera que garantice no solo una prensa libre sino plural. A la sociedad civil le corresponde encontrar los mecanismos para controlar los desbordes de la prensa. Y el Estado debe garantizar las herramientas para que este control sea efectivo.

A pesar de la visión absolutista (de desastre sin solución) que se desprende de los comentarios de Petro con respecto a la prensa, los ciudadanos, organizados o no, disponemos de herramientas para defendernos de los abusos de los medios corporativos. Y el presidente también. Los medios alternativos y populares rompen todos los días, con su trabajo, el consenso informativo que se quiere imponer. “Los medios hegemónicos son propiedad del capital, que se hace además dueño del Estado”, escribió Rusinque. Aunque es una realidad que no parece admitir discusión, hay que pensar más allá de la inmovilidad que esta verdad sugiere o de aquello a lo que nos condena. Lo que Petro y sus alfiles no parecen estar viendo bien (a pesar de que lo sufran todos los días) es que el Estado no es homogéneo, y tampoco es homogénea la hegemonía. Hay múltiples expresiones intermedias que una visión absolutista del poder parece no considerar.

Son periodistas a nombre propio y no de sus medios los que le han pedido al presidente que los proteja, que los reciba, que los escuche. Si bien la propiedad de los grandes medios parece establecer una sin salida, aún queda la decisión del periodista, su sentido ético de la profesión. Pocos meses después de ese 2008 que arriba he descrito como el año del consenso, la revista Cambio, que por entonces pertenecía a El Tiempo (que a su vez pertenecía al Grupo Planeta,) investigó y divulgó el escándalo de Agro Ingreso Seguro, aunque el resultado haya sido el cierre de la revista. Al final del uribato, esa prensa corporativa que hoy se presume unívoca, estaba, en la práctica periodística diaria, dividida respecto al gobierno. En todos esos casos, la diferencia la marcó la voz del periodista que fue capaz de estar por encima de una estructura que lo condicionaba. Hay que potenciar esa voz, escucharla, no estigmatizarla. Aunque la confrontación es inevitable, coleccionar adversarios a diestra y siniestra, como lo hace Petro, puede ser un gran error político.

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Pedro Adrián Zuluaga

Escrito por:

Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

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