Buenismo y bondad | Pedro Adrian Zuluaga | Razón Pública

Buenismo y bondad

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Ken Loach, epítome del director políticamente comprometido, se despide del cine con una película que no admite dudas sobre la importancia —y la necesidad— de valores como el compañerismo y la solidaridad, y sobre lo proclives que somos a romper esos vínculos esenciales. Su título es El último bar (The Old Oak en su original) y se exhibe en algunas salas de Colombia.

Loach es el cineasta de las clases medias y trabajadoras. En su obra, de treinta largometrajes, asistimos a la transformación de la conciencia de clase de las últimas generaciones de habitantes de su país (Reino Unido), a las debacles sociales propiciadas por el thatcherismo y los devenires del progresismo político, agitado en un vaivén entre el entusiasmo, las traiciones, la decepción y la resistencia.

En esta, su última película, Loach escoge como locación la ciudad de Durham, en el noreste de Inglaterra, duramente golpeada por los efectos de los cierres de las minas, con la consecuente desazón para quienes habían construido parte de su identidad y conciencia política en torno al hecho de ser mineros. De esa antiguo orgullo y estabilidad solo quedan los viejos estandartes que son exhibidos en la Gala de los mineros de Durham, una fiesta que muchos describen como la mayor celebración mundial de la clase trabajadora y a la que el segundo sábado de julio, cada año, asisten en promedio 200 mil personas del Reino Unido y otros países.

La Gala continúa haciéndose —a pesar de que la última mina fue cerrada en 1993— y en 2024 tuvo una particular importancia por conmemorarse el 40 aniversario de la huelga de mineros: un pulso entre estos y el gobierno de Thatcher, que terminó ganando la Dama de Hierro. Así quedó abierto el camino para el declive de todo un mundo y los valores que lo sostenían. Durham sigue contando con su famoso castillo normando, la iglesia y su universidad, la tercera más antigua de Inglaterra después de las de Oxford y Cambridge. Pero algo cambió para siempre.

La llegada a la ciudad de sirios que huyen de la guerra es el detonante del momento de crisis en que la película se enfoca. Los extranjeros llegan porque el bajo precio de las casas convierte a la ciudad en un destino “ideal”. Movilizados por su propia sensación de precariedad, muchos locales de Durham, aún convencidos de que la camaradería es lo único que los puede salvar de la debacle, empiezan a ver a los recién llegados como una amenaza. Las ideas de fraternidad parece que solo alcanzan para abrazar a los próximos o conocidos.

Los refugiados sirios son pues el chivo expiatorio que la comunidad en crisis elige para mantenerse ilusoriamente cohesionada. TJ Ballantyne (Dave Turner), propietario del bar Old Oak, el último lugar que los exmineros han escogido como su sitio de reunión y de juergas, es quien empieza a romper el consenso contra los inmigrantes sirios, especialmente por el trato y la atención hacia Yara, una joven siria aficionada a la fotografía y cuya padre fue desaparecido por el régimen de Bashar al Assad.

Con Yara y una amiga que ayuda a la población inmigrante, Ballantyne se anima a habilitar la trastienda de su bar como un lugar al que sirios y locales pueden ir a comer y estar juntos, y lo hace luego de haberse negado a prestarlo a sus antiguos compañeros y ahora clientes. La esperanza renace para muchos, pero la animadversión crece en otros. ¿Una nueva fractura en una comunidad que ya estaba rota?

Ballantyne encara a un viejo amigo de luchas, para quien la inclinación de este a acoger a los sirios resultó intolerable. Le dice: “¿por qué cuando todo está saliendo mal hay personas que en lugar de voltear hacia arriba, hacia los poderosos, deciden voltear hacia abajo, hacia los más vulnerables, para hacerles la vida aún más difícil?”. No son los sirios quienes han jodido todo en Durham, insiste Ballantyne. Todo venía mal desde mucho antes de su llegada. Cualquier parecido con lo que ocurre en otras partes del mundo no es pura coincidencia.

La esperanza parece ser el sentimiento que anima hoy al legendario Loach. Pero la esperanza sin un reconocimiento de la realidad concreta puede ser lo que han dado en llamar buenismo. Una semana antes de la última Gala de los mineros, el Partido Laborista, tradicionalmente más cercano a la clase trabajadora, ganó las elecciones generales en el Reino Unidos, después de 14 años de dominio conservador. Días antes, Loach había dicho: “El Partido Laborista está tan cerca de los conservadores como es posible y debemos reconocerlo públicamente. Solo así podremos acabar con la crueldad de la pobreza y devolver la esperanza a la clase trabajadora”.

Con tan escasa confianza en los partidos como plataformas políticas que mejoren la vida de las personas, con comunidades desintegradas a la vista de todos, con el ascenso de las extremas derechas por doquier, ¿hacia dónde mirar para volver a tener esperanza? ¿Cómo desconfiar de las soluciones fáciles del buenismo y seguir creyendo, sin embargo, en la bondad?

El buenismo aparece como una crítica a la actitud benevolente o ingenua ante problemas sociales de gran calado como la inmigración. Suponer, por ejemplo, que la integración es sencilla o que ocurre por arte de magia, a la manera en que lo imaginaba el buenismo multicultural. En su película Loach incurre con frecuencia en esa simplificación, no solo en esta sino en sus más recientes películas, muy dadas a declaraciones maximalistas.

Por un lado, nos desarma a punta de verdades como aquellas con las que Ballantyne increpa a su viejo amigo. No mirar hacia arriba para encontrar allí a los responsables, y por el contrario mirar hacia abajo y vulnerar todavía más a los ya vulnerados, significa ponerse tácitamente del lado de los poderosos. Es una actitud que corroe hoy a la antigua clase trabajadora, y una gran victoria para la hegemonía. Esta se apunta algo más que triunfos simbólicos o en el discurso: “la clase dominante puede sobrevivir a cualquier crisis siempre que la clase trabajadora pague el precio. Y Dios mío, la gente ha pagado el precio”, advierte Loach.

El último bar muestra la realidad problemática de la clase trabajadora de Durham, sus ambivalencias y sus derrotas morales que la aproximan cada vez más al conservadurismo. Para salir de ese impasse no parece haber más solución que encontrar alianzas más amplias. No es suficiente la fraternidad entre iguales. Para construir una nueva fuerza capaz de ir más allá de los intereses de la clase y los discursos dominantes hay que ampliar ese nosotros y expandir lo que consideramos común.

En la película, los inmigrantes sirios cumplen un papel que puede verse como meramente simbólico o instrumental. A veces, molesta que sean representados como una especie de buenos salvajes. Yara, por otro lado, es la inmigrante ideal para ser dotada de una función de integradora y traductora. Es fotógrafa, sensible, habla muy buen inglés. Resulta fácil que sea considerada “una de las nuestras”. Los demás sirios son apenas decorado. Ese es el costado facilón y buenista de El último bar.

Pese al riesgo del buenismo, por supuesto que hay que seguir creyendo en la bondad. La bondad no es un atributo del sistema, de los partidos o de las instituciones. Es una expresión individual y de la fuerza interior que, sin embargo, puede contagiarse. Un acto gratuito de bondad es, a la vez, irracional y profundamente racional. El final de la película, que no puedo contar, nos ofrece una imagen de la transmisión y el contagio de la bondad, ya anticipada en las reuniones y comidas en común. Hay poderosas fuerzas que nos quieren separados, desunidos, enemistados, deprimidos. Contra todo eso, no hay más alivio que estar juntos. Esa es la ardua bondad.

Acerca del autor

Pedro Adrián Zuluaga
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*Periodista y escritor

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Pedro Adrián Zuluaga

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Pedro Adrián Zuluaga

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Comentarios de “Buenismo y bondad”

  1. Toda forma de asociación es un grano en el culo de los Estados. Aunque Yara es smple en su esbozo no lo es para nada Ballantine que se debate entre varios dilemas.que solo soluciona en base a una acción cooperativa. Va por ahí Loach que pone el foco en la acción desde la clase.

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