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Maletas de ida y vuelta

Escrito por Pedro Adrián Zuluaga

“El exilio es invisible no solo por su alto subregistro, sino también por motivos estructurales, como el no reconocimiento de estos hechos como una violación de derechos humanos”. La aseveración se lee en La Colombia fuera de Colombia. Las verdades del exilio, uno de los diez tomos* que hacen parte del Informe Final de la Comisión de la Verdad. En la presentación del informe, la Comisión afirma también que este tomo “es un trabajo pionero en hacer visible al millón de personas exiliadas en razón del conflicto armado interno”.

Voces –y verdades– del exilio de ciudadanos de otros países latinoamericanos con fracturas políticas determinantes en la segunda mitad del siglo XX, como Cuba o Chile, alcanzaron un gran eco internacional. La tragedia humanitaria venezolana, que ha expulsado del país vecino en los últimos años a 7,7 millones de personas, también. En Colombia, por el contrario, y quizá debido a la cifra devastadora del desplazamiento forzado dentro del propio territorio, el sufrimiento del exilio permaneció en un segundo plano, como un fuera de campo de lo que se vivía país adentro. ¡Hasta ahora!

El trabajo de la Comisión tuvo la virtud de ofrecer una imagen de conjunto de una comunidad de colombianos que se llevaron su vida en una maleta** como única forma posible de supervivencia. Sin embargo, antes y después del tomo del Informe Final que menciono, unos cuantos testimonios dispersos nos trajeron noticias acerca de cómo se inventa una versión de la patria en tierra extranjera, y de los efectos del desarraigo en las subjetividades y los cuerpos. Sabíamos algo de esas identidades deshilachadas y del dolor de comer un pan ajeno. ***

El cine, por ejemplo, que se ha hecho cargo de la memoria de las víctimas y de la experiencia de los supervivientes, nos ha dispensado, en tiempos recientes, un grupo de películas hechas por o con hijos e hijas del exilio colombiano. Escuchar sus historias ha permitido darles un lugar en el espacio público, incluso si se trata de escalas pequeñas o círculos reducidos de audiencias.

Los diálogos y posteriores acuerdos de paz firmados entre el gobierno colombiano y las Farc, fueron catalizadores para que este cine saliera a la superficie. Es, guiado por la esperanza de un nuevo país que emerge, que Wilson Mario, un exiliado colombiano en Londres, emprende el camino de regreso a Colombia. Su Parábola del retorno (así se llama este trabajo de Juan Soto, sobrino de Wilson Mario) termina con una revelación que lo cambia todo. Wilson Mario, conductor del asesinado candidato presidencial de la UP Bernardo Jaramillo Ossa, fue desaparecido a finales de la década de 1980.

La película de Soto, estrenada en 2016, se convierte pues, cuando se desandan los pasos de lo visto, en una poética conjetura sobre las vidas que no pudieron ser, y una reivindicación del poder del cine para crear mundos alternos al real, en los que se cumplan los anhelos de justicia y reunión. También es una obra que, como las dos siguientes que mencionaré, vinculan dos hechos victimizantes: la desaparición forzada y el exilio.

Gisela Restrepo Triviño, hija de exiliados colombianos en Francia, regresa –también mientras se negocian los acuerdos de La Habana– con el propósito de encontrar las huellas de su tía, una militante del M-19 desaparecida años atrás. Su viaje es, ante todo, la búsqueda de sí misma proyectada en esa ausencia. “He buscado a veces lo que heredé de mi tía. ¿Será el parecido físico? ¿o su carácter? Hasta hoy nunca lo he sabido”, dice la voz narradora de Bajo el silencio y la tierra (2020). Entendemos, entonces, que la desaparición forzada es una interrupción brutal del sentido, y que esa violencia condena a los sobrevivientes a caminar a tientas en un mundo que se torna espectral.

Los espectros, como la memoria, son obstinados. El cine nació de fantasmagorías antiguas y modernas que buscaban restituir ausencias y vencer el imperio de la muerte. Por eso resulta tan orgánica la relación entre cine y memoria, en tanto las películas capturan índices materiales de la realidad y los dejan impresos en superficies que se pueden conservar. En su sentido más original, el cine nos trae una huella de algo que estuvo presente.

En el documental Los Zuluaga (Dir. Flavia Montini, 2023), los videos caseros hechos por Bernardo Gutiérrez Zuluaga, líder del EPL, grupo guerrillero desmovilizado en la década de 1990, vertebran la narración de su hijo, Juan Camilo, quien regresa a Colombia con un niño de la misma edad que él tenía cuando su padre se va para Europa y comienza para la familia Zuluaga un largo exilio. Estas grabaciones familiares, lo mismo que las de la familia de Wilson Mario, son transformadas por el tiempo. Dejan de ser el registro de encuentros, viajes y eventos sociales y se cargan de un halo siniestro, porque contienen la presencia “viva” de los que no están.

En Los Zuluaga el padre ya ha muerto, sin haber podido regresar al país que abandonó. Y en este caso es el hijo, no el sobrino o la sobrina, el que hace el camino de vuelta para recomponer una identidad desmembrada por el exilio. Todas estas películas están tensionadas por las preguntas de una nueva generación que toma cierta distancia de las luchas y decisiones de sus parientes, pero que ante todo busca entender, porque el problema no es hacerle preguntas al pasado y revisarlo, sino tener las respuestas preestablecidas.

Estas películas, y otras que podrían estar en este corpus –en este cuerpo vivo y actuante– o que vendrán, son entonces una apertura sensible, el presentimiento y a la vez la concreción de otras formas posibles de comunidad nacional. Una comunidad que no se establezca a partir del odio hacia los otros, sino desde un abrazo utópico donde las diferencias y los conflictos sean potencialidades por acoger y no enemistades que hay que vencer o eliminar.

 

Notas:

*La versión digital del tomo sobre el exilio se puede consultar y/o descargar en este enlace: https://www.comisiondelaverdad.co/la-colombia-fuera-de-colombia

**Una maleta colombiana (2021) es el título de un libro del comisionado Carlos Martín Beristain que recoge las historias del exilio escuchadas en el proceso de preparar el Informe Final.

*** “El pan ajeno” es el título del prólogo que Héctor Abad Faciolince escribió para el libro de Beristain.

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