Guerras “ajenas”, Oriente Próximo y siguiente mundo
Inicio COLUMNA ESPECIAL DEL DÍA Guerras “ajenas”, Oriente Próximo y siguiente mundo

Guerras “ajenas”, Oriente Próximo y siguiente mundo

Escrito por Pedro Adrián Zuluaga

Han pasado unos cuantos días desde el inicio de lo que parecía iba a ser una guerra desigual entre un pequeño pero poderoso Estado y una milicia que dice luchar a favor de un pueblo a la deriva. Mientras corrijo por última vez este texto, tropas remozadas del ejército de Israel se preparan para lo que el primer ministro de ese país ha llamado, con tono agónico, la “siguiente fase”, que no sería otra cosa que una masacre de civiles palestinos que morirán confundidos entre rehenes israelíes y objetivos militares presuntamente legítimos.

Es apenas natural que un genocidio practicado por un Estado que nació como respuesta o solución a otro, despierte profundas heridas históricas y enardezca los ánimos. En espera de lo que seguramente pasará, intentar ir atrás en el tiempo buscando causas probables de por qué se está llegando a este punto, parecería un lujo o una obscenidad. La urgencia sería detener el exterminio de miles de seres humanos.

Eso, sin embargo, no está al alcance de las personas del común, que, conscientes de la impotencia, la resolvemos mirando para otro lado, o, por el contrario, exponiendo todo un arsenal de razones para hacernos creer a nosotros mismos que estamos en el lado correcto de a historia, incluso si cierta forma de lo que conocemos por historia está a punto de llegar a su final.

La fiebre de implicación que circula entre políticos, líderes de opinión y ciudadanos corrientes (y cuyo escenario más álgido se da en las redes sociales), sospecho, va más allá del oportunismo o del lamento bienintencionado por el fracaso político y humanitario en Oriente Próximo. La ansiedad que se manifiesta en todos los tonos posibles creo que tiene que ver con que lo que se cuece en ese pedazo de tierra compromete los fundamentos mismos de lo que hoy entendemos por humanidad. Cimientos que, más allá de progresos científicos o materiales, conforman un núcleo de emociones, creencias y valores hasta cierto punto intangibles.

En Oriente Próximo, región que abarca países del norte de África y el Asia Occidental, no solo tuvieron origen tecnologías como la agricultura y la escritura, sino las religiones monoteístas que reemplazaron cultos paganos y politeístas (locales en su mayor parte y que recogían y celebraban la variedad del mundo sensible). El monoteísmo (más propenso, posteriormente,  a asociarse a deseos expansionistas e imperiales) avanzó desde el culto al disco solar profesado por Akenatón hasta la fe en entidades abstractas, únicas e irrepresentables como la que estableció Moisés (entre los siglos catorce y trece antes de Cristo).

Como sabemos la religión mosaica es, ante todo, una ley, o un conjunto de prescripciones que tiene profundas implicaciones en las nociones de justicia y responsabilidad moral. No se trataba solo de un código contractual para la vida en comunidad, sino de una relación vertical con algo que estaba por fuera de lo comunitario, pero que le daba su sentido y su significado último: un Dios único, y que trascendía al mundo. Quizá nociones como bien y mal, nosotros y los otros, puros e impuros, desciendan de ese momento extraordinario en que algo –que luego un pueblo (elegido) llamará su Dios– se le revela a un hombre (a Moisés) entre la zarza ardiente.

El filósofo alemán Karl Jaspers, en Origen y meta de la historia, llamará Era Axial a un periodo de tiempo (posterior a la fundación de la religión mosaica) entre los siglos octavo y segundo antes de Cristo. En esta edad se habrían constituido nociones complejísimas como individuo, destino, responsabilidad, ética y salvación personal. La humanidad, a través de la mediación e influencia de grandes pensadores y sabios (Confucio, Lao-Tse, Buda, Zoroastro, profetas hebreos, y filósofos y trágicos griegos) habría elevado la conciencia de sí misma en tres sitios no tan alejados entre sí: Grecia y Asia Menor, India y China.

Más que cualquier otra guerra, la que está ocurriendo ante nuestros ojos atónitos en Oriente Próximo, pone en entredicho ese legado a la vez bello y tortuoso que va de Moisés a Mahoma, pero que tiene líderes mucho más serenos. Y no sólo porque en la zona alrededor de lo que ahora es un impredecible campo de batalla –o genocidio– hayan surgido las tres grandes religiones monoteístas de la humanidad, o porque al menos dos de ellas, el judaísmo y el islam, estén implicadas, y que los representantes más extremistas de ambas hayan hecho casi imposible imaginar una solución pacífica.

Fracasos que se enlazan y fin de una era

Mencioné arriba la debacle del discurso humanitario y político, y sus consecuentes acciones (el fracaso también del asistencialismo y el multilateralismo). Estamos constatando, además, la persistencia del pensamiento religioso y el fracaso de las religiones en su aspiración de mejorarnos o de ponerle un freno a nuestra voluntad de poder y destrucción. Todo lo contrario: parece como si la religión fuera la expresión misma de esa voluntad.

En estos días, de lo más aterrador que se ha visto y oído, es el uso del nombre de Dios, y la manera cómo se reparte el mundo entre buenos y malos absolutos: muertes que se justifican, vidas que valen más que otras de acuerdo a una economía simbólica donde lo religioso que muchos creían desterrado se manifiesta, incluso en las mentes supuestamente más progresistas o racionales. La Segunda Guerra Mundial, que ocurrió sobre todo en el corazón de una Europa que se presumía culta y civilizada, produjo una herida en la razón; esta quedó reducida a razón instrumental que se invirtió en aumentar la efectividad de una maquinaria de muerte.

En la guerra actual en Oriente Próximo todo se mezcla y confunde, y en esa confusión tambalea toda una tradición cultural, mucho más entreverada con lo religioso de lo que en nuestra ilusión iluminista quisiéramos admitir. Están en juego: el jus ad bellum (el derecho al empleo de la fuerza por parte de estados víctimas de agresiones, que esgrimen los amigos de la causa israelí); las doctrinas de la guerra justa que tienen –lo cual es muy indicativo– un origen teológico; la guerra santa o Yihad islámica, aunque sea en su versión defensiva y no proselitista. Entre todo ese berenjenal de ideas vehementes el jus in bello (o Derecho Internacional  Humanitario) aparece como un convidado de piedra, exangüe, invocado por líderes tan aparentemente distintos entre sí como el presidente de Colombia o los supervivientes del pensamiento liberal.

Los pronunciamientos de Petro se han dado sobre un cierto trasfondo de pensamiento integrista que manipula a conveniencia contextos y términos buscando –quizá– algo más que la exigencia de orientarse por el DIH. En el diciente silencio de Petro sobre Hamás parece filtrarse la idea de que, debido al desbalance militar de lo que está ocurriendo en Oriente Próximo, cualquier exceso de una guerra de liberación como la que dice estar haciendo la milicia palestina es justificable por el exceso de la agresión de la otra parte.

Un pensamiento así, lleno de agon, tremendismo e ideas supervivientes de martirio y sacrificio, combinado con el recuerdo vivo e insistente de hechos históricos, vuelve imposible llegar a una mesa de negociación: la guerra se recicla una y otra vez; el exceso de memoria –y su manipulación interesada– se convierte en gran enemigo de la paz.  La solución de los dos estados se vuelve prácticamente inviable, saboteada a la vez por facciones extremistas del mundo árabe y por facciones extremistas dentro y por fuera de Israel. A los liberales, por su parte, les hace falta reconocer el componente religioso de esta guerra y sopesar el lugar de las creencias y la enorme dificultad de dejarlas a un lado. No pueden enfrentarse a esas sombras.

El escalamiento del conflicto, su probable desenlace en la forma de un exterminio o “solución final” fortalecerá entonces a los integristas israelíes, de un lado, y de otro a los integristas islámicos (cuyo alcance es minimizado por los integristas de izquierda). El mundo que resulte de ello es impensable. Guerras así de cruentas ha habido, con seguridad, muchas. Sabemos de genocidios y masacres brutales; son más que el ruido de fondo de la historia. Pero lo que está pasando y lo que puede ocurrir sucede en un tiempo de la guerra como espectáculo y visibilidad, y de un poder que exhibe orgulloso su cinismo.

Con ello, dos milenios después, se derrumba lo poco que quedaba de la Era Axial, esa herencia de pacifismo, buen vivir y reconocimiento del otro (incluso si ese otro era un contrincante o un enemigo) que son consustanciales a cualquier pensamiento sapiencial,  y se abre un hueco a lo desconocido. Así de crucial es lo que está pasando. Sobra decir que es entendible que nos manifestemos, de las maneras en que cada cual puede, a través del argumento o del insulto. Es una forma de sentirnos implicados en algo de lo cual, por supuesto, todos somos parte.

Artículos Relacionados

Dejar un comentario

*Al usar este formulario de comentarios, usted acepta el almacenamiento y manejo de sus datos por este sitio web, según nuestro Aviso de privacidad

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies