Antioquia contra el Estado. ¿Otra vez? - Razón Pública
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Antioquia contra el Estado. ¿Otra vez?

Escrito por Pedro Adrián Zuluaga

Conservo, como cualquier mortal, varias estampas diluidas de la infancia. En una de ellas, el niño que yo era oyó decir que el pueblo en el que vivía (un lugar sin horizonte en los vergeles del Oriente antioqueño) se iba a volver un barrio más de Medellín. La razón: una carretera (la vía Medellín-Bogotá) lo cortaría de tajo, facilitando que un mundo temido y a la vez deseado quedara al alcance de la mano. En otra, al mismo niño lo llevan a ver despegar aviones al recién inaugurado aeropuerto José María Córdova de Rionegro, o lo empacan en un Willy 50, arremolinado entre sus numerosos hermanos, de paseo con destino a la represa de Guatapé.

Una última estampa es aún más remota y confusa. Una casa, la mía que es de mis padres, se convierte en el centro de operaciones de una romería o fiesta popular. De esa casa, ubicada en los extramuros del pueblo, salen tamales y empanadas, cajas de cerveza y botellas de aguardiente. Afuera hay juegos y bazares. La fiesta dura todo el día y parte de la noche. En algún momento, casi al final, se va la luz. Al otro día, hay todo tipo de rumores sobre lo que pasó en ese tiempo a oscuras en que ni Dios nos veía.

Con la plata reunida en la romería (que tal vez fueron varias) se pavimentó la calle, que en el tiempo siguiente, pero aún siendo niños, nos tomábamos con todo tipo de juegos en las vacaciones de julio y de fin de año. Todas las casas de esa calle, menos la de mis padres, crecieron hacia arriba como un árbol familiar. Para echar la plancha (es decir, para sentar la base sobre la que se iba a emplazar el piso siguiente) se convocaba a convites de varones (yo, demasiado débil, nunca fui a ninguno). Estos también se hacían para mejorar vías veredales y trabajos varios.

Aunque parezca, no estoy pintando un mundo arcádico y comunal. A pesar de esas juntanzas nunca se vencían del todo las sospechas mutuas. La soledad y el individualismo era nuestra segunda (o verdadera) naturaleza. Un color inesperado en la piel, alguna sombra de inmoralidad sexual o la desgracia de la pobreza, eran motivo de rumor —primero—, de estigma —después— y de exclusión. Para afirmar la unidad de la comunidad había que señalar con obstinación al diferente.

Las tierras del Oriente antioqueño, cuya propiedad fue predominantemente minifundista, servían de despensa agrícola nacional. O eso oía el niño que yo era. Mi primer paisaje mental es una retícula verde hecha por la mano del hombre, pronta a agostarse por el efecto de las semillas Monsanto. He vivido tanto como para ver a una quebrada (La Marinilla) desbordarse, languidecer y revivir. Era el borde vegetal y animal de mi protegido mundo.

Las obras de la vía Medellín-Bogotá, la represa y el aeropuerto encarecieron la tierra. Las disputas por los modelos de progreso, propiedad y desarrollo activaron un movimiento social perseguido a muerte. La vocación agrícola cambió o convivió con la expansión del comercio legal, el contrabando ilegal y el narcotráfico. Especialmente en la década de 1990, guerrillas, paramilitares y agentes del Estado sembraron sangre en el vergel. Mi calle, antes festoneada para romerías o juegos de niños, se convirtió en una Vía Dolorosa.

Andrés Julián Rendón, gobernador de Antioquia y sumiso interlocutor de expresidentes y empresarios de la región, nació en Rionegro, la próspera ciudad a menos de media hora del pueblo en el que nací y crecí. Aunque un poco más joven que yo, Rendón debió haber vivido, en su infancia, experiencias parecidas a las mías. Él es la cara satisfecha y autoconvencida de eso que podríamos llamar el pensamiento hegemónico antioqueño: un conjunto de valores, prácticas y creencias que cubre todos los aspectos de la vida con una energía totalizadora y avasallante. Ese pensamiento está enraizado en Medellín (la venerada “tacita de plata”) y otros municipios que constituyen una zona medular antioqueña de presunta homogeneidad cultural, económica y política. El núcleo de la antioqueñidad es un palco preferencial desde donde se miran con recelo, lujuria y desdén a otros paisajes y geografías. Es un centro encerrado que ha marcado y definido sus límites.

Estos grupos hegemónicos han tenido una relación muy ambivalente con el Estado central (con la Colombia formal), y un aspecto acotado de esta ambivalencia se expresa en su noción de legalidad, como ha quedado retratado, desde muy temprano, en el relato literario antioqueño, tanto el popular como el culto. Un ejemplo emblemático de la capacidad de algunos escritores de la región para mirarse en el espejo de sus propias contradicciones es el cuento “Que pase el aserrador” de Jesús del Corral, cuya versión audiovisual dirigida por Víctor Gaviria inauguró en 1985 el canal regional Teleantioquia. Allí actúa el pícaro o ventajoso, un personaje central de nuestra novela social, y capaz de múltiples metamorfosis.

Sobre la altivez de los antioqueños escribí esta semana en redes sociales: “Sospechan del Estado y lo público (el emprendimiento y el individualismo, colofones del papel de la Iglesia, son expresión de esto). O lo intentan capturar. O buscan alianzas (sanctas o no) para que el Estado central se ponga al servicio de los intereses de sus grupos hegemónicos”. El filósofo Fernando González escribió, en su tesis para graduarse de derecho en la Universidad de Antioquia, la siguiente proposición sobre el papel del Estado: “debe reducirse a la administración de justicia y a la conservación del orden interior y exterior; y puede afirmarse que vendrá un tiempo en que esto no sea necesario”.

El hombre de Otraparte, claro está, pensaba en la autonomía y la responsabilidad individual. Mientras tanto, otros andaban de picardía en picardía. Contra el Estado y sus normas se levantó el contrabandista y el mafioso. Aliado con el Estado o suplantándolo actuó el paramilitar. ¿Para qué subordinarse a las leyes si se gana más subordinando las leyes a la voluntad personal y de mi grupo?

Desde el mencionado palco de autosuficiencia, las cambiantes y acomodaticias élites antioqueñas han mirado también a esos márgenes que bordean su blindado territorio. La hegemonía antioqueña tiene una relación problemática, por decir lo menos, con las así consideradas poblaciones no antioqueñas (mayoritarias en Urabá, Bajo Cauca, Norte y Nordeste de Antioquia o Magdalena Medio). Aunque en varios lugares de Antioquia los valores de las élites han sido compartidos por otras clases sociales, en las mencionadas subregiones el ethos que ha dominado simbólicamente al departamento se fisura con la posibilidad de emergencia de ideas distintas sobre libertad, propiedad, desarrollo económico o buen vivir. Empecinada resistencia social y violenta represión: es el doble movimiento del que somos sobrevivientes.

Toda esta historia de larga duración traída aquí con inevitable generalización y esquematismo se puede leer en los hechos que han tenido a Antioquia (y al gobierno central) como protagonista en las últimas semanas: la vaca promovida por el expresidente Uribe y respaldada por Rendón, la crisis de las vías 4G, la relación rota de alcaldía de Medellín y gobernación de Antioquia con un gobierno como el de Petro, al que consideran contrario a «sus intereses” y la resurrección del fantasma nunca ido del todo, el paramilitarismo.

Hay más que terquedad o errores de lado y lado. Hay, sobre todo, visiones políticas y económicas totalmente enfrentadas. La bandera de la hegemonía antioqueña es la iniciativa empresarial y privada, y la confianza en que ella genere y distribuya riqueza, incluso en la Colombia marginal o periférica. El gobierno Petro tiene, como lo expresó en Facebook el lector e ingeniero barranquillero Samuel Whelpley, una visión “compensatoria”. “Entiende —escribió Whelpley— que el desarrollo de la otra Colombia no es posible sin la mano del estado (recuerden los comentarios de Petro sobre los acueductos en Urabá, el abandono de La Guajira o la vía a Quibdó), ya que el gobierno entiende que si se deja a la mano del capital, estas regiones no salen de la pobreza”.

La “gente de bien” pide tomar el toro por los cuernos. Ciudadanos preocupados claman porque se llegue a acuerdos. Pero como podrán imaginarse, estos no son fáciles cuando hay tanta y tan dolorosa historia personal, familiar y nacional de por medio. Detrás de las denostadas ideologías hay, sobretodo, relatos, vida vivida. Reconocer esas experiencias es otro proceso de reconciliación y reparación por el que debe atravesar el país. No sobra recordar las palabras de Francisco de Roux: “si Antioquia no hace la paz, nunca habrá paz en Colombia”

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