Las listas o el orden precario del mundo | Pedro Adrián Zuluaga

Las listas o el orden precario del mundo

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El 21 de marzo de 2020, pocos días después de que Colombia entrara oficialmente en cuarentena por el covid-19, publiqué un post en Facebook que, mirado en retrospectiva, aparece como una forma de refugio o conjuro ante un mundo que se comprimía y nos obligaba a gimnasias mentales para que ese organismo que habitábamos (la casa-cuerpo) se ejercitara.

Escribí entonces: “Hagan listas, por favor hagan listas. De malos amantes y peores películas, de provisiones en la nevera, de libros con hongos, de monedas de países extranjeros, de playas que han visitado, de escarapelas de eventos insulsos a los que nunca volverán, de primos que no conocen. Las listas tranquilizan. Son una reserva del futuro que nos espera encapsulado en el pasado, y señal inequívoca de que aquí estuvimos. Son nuestro paso por el mundo: herida y cicatriz. Nuestras luchas y anhelos, aunque no lo supiéramos, eran, son, serán siempre espirituales. Solo quien acumula es capaz de ver brotar, en esa lista inanimada, la mágica flor”.

Creímos, falsamente, que una pandemia global que nos recordaba que somos dependientes unos de otros, y vulnerables, iba a señalar el camino hacia una expansión de la conciencia, o que nos haría mirar con distancia –y quizá cambiar– algunos hábitos o comportamientos. Pero el mundo pospandémico avanza ciegamente hacia la realización de su ethos y el cumplimiento de su destino.

En las primeras semanas del encierro y la pandemia, la cultura ofreció, al menos a los más privilegiados, una comunidad imaginaria que pudo servir de panacea para compensar el estrechamiento de los encuentros y los vínculos. Algunos bienes culturales fueron liberados y se pusieron a disposición de quienes los necesitaran, y no solo de los que podían pagar por ellos.

Muy pronto, las promesas de la apertura y la generosidad chocaron contra lo evidente: los ahora llamados productores culturales, en gran medida precarizados, estaban como el resto de los mortales acosados por la necesidad de poner pan en su mesa, y de hacerlo gracias a su trabajo. La pandemia, que como sabemos aceleró algunos procesos sociales y económicos, y no detuvo ninguna tendencia, no logró revertir tampoco la mercantilización de los bienes culturales, ni ampliar de forma significativa el acceso público a ellos.

Hablaba, sin embargo, de listas. Y de eso que suscitan: un sueño de organización. Con mayor intensidad y frecuencia que antes, en los últimos tiempos se requiere de los críticos culturales, periodistas o prescriptores que hagamos listas. De libros, películas y series, de hechos y personajes, de discos y conciertos, de errores y aciertos. En últimas –y allí radica la paradoja del gesto–, de ganadores y perdedores. La producción cultural, asociada por algunos románticos a la excelencia del espíritu, sigue, muy a su pesar, atada a su carácter de mercancía y se imponen sobre ella los mismos criterios de competitividad, novedad y obsolescencia de cualquier otro producto.

Cuando me piden hacer listas me enfrento pues a una ambivalencia. La podría resumir así: la imposibilidad de hacerlas y la imposibilidad de no hacerlas. Respecto a lo primero, acecha el peligro de que una opinión, ajustada a los prejuicios y las limitaciones personales, adquiera el rango de declaración general o totalizante, del tipo “las mejores series”, “las mejores películas”, los “mejores libros”. “¿Mejores? Ya no acepto esa denominación mercantilista, ni del cine ni de nada”, escribió hace pocos días, también en Facebook, el crítico de cine español Carlos Losilla. Pero incluso concediendo que en el arte existe la excelencia, y que cualquier obra aspira a ello, establecer esa condición en un rango temporal tan estrecho como suele ser un año, es realmente infructuoso. Lo bueno o lo mejor precisa ser probado con calma y tiempo.

La imposibilidad de no hacer listas se asienta en el atractivo de orden y sentido que ofrecen. También en la precariedad compartida de artistas y críticos, y en que unos y otros dependemos de la atención pública. Aunque la ofrezcamos, los críticos necesitamos, como cualquier otra persona, orientación en nuestro propio mundo confuso y de valores inestables. Las listas, por último, pueden ir en contravía del consenso y del mercado dominante y arrojar luz sobre lo poco visible. Implican pues una toma de posición y, en los mejores casos, una performance de resistencia, siempre que acojan lo frágil y no se dediquen a replicar lo que ya está posicionado (que es lo que suelen hacer los grandes medios en su agenda de entretenimiento).

Ante tanta lista solicitada por el mercado cultural, no estaría mal darse un respiro y probar formas impensadas de esa poética vieja que es la enumeración (con la que se expresa la admiración ante la variedad del mundo y se controla la ansiedad que esta dispersión produce). Introducir la seducción y el juego en la recomendación. O no recomendar nada y, no obstante, probar combinaciones en el tiempo y el espacio, como hacíamos –de puro mecanismo de supervivencia– en los tiempos del covid-19 , solo para saber por qué algunas cosas están ahí y otras faltan, y qué dice esa alternancia de presencia y ausencia sobre nosotros mismos y nuestra historia personal.

Así, las listas o inventarios serían una forma de atención necesaria al espíritu. O el espíritu mismo, que es concentración, detención y discernimiento. Transformar los objetos del mundo, nuestros compañeros de viaje, en flores mágicas.

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Pedro Adrián Zuluaga
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