El discreto encanto del desastre - Razón Pública
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El discreto encanto del desastre

Escrito por Pedro Adrián Zuluaga

El pensamiento sobre el fin nos envuelve en su membrana seductora. Nos atrae imaginar desastres. Y también verlos suceder, sobre todo si les pasan a otros y los observamos desde una membrana protectora, es decir, a través de pantallas inmunizadoras que lo único que demandan de nosotros es tomar partido, como en un combate o en un deporte.

Hay ideales incesantes que demandan fuego y sangre. Todo el espectro político se revuelca en deseos de venganza y ansias de espectáculo. Los líderes de la ultraderecha (de Bukele a Netanyahu) exhiben las carnicerías que propician en videos y redes sociales: la muerte del “enemigo” –su prisión en jaulas, su deshumanización absoluta– es para ellos una forma superior de la propaganda. Algunos líderes de la izquierda alzan su prestigio caminando sobre mártires. Es como si el Apocalipsis fuera su nuevo libro de texto.

El presidente de Colombia ha puesto todo su empeño, en las últimas semanas, en contabilizar muertos. A la propaganda israelí responde con cifras de caídos del otro lado.

“3.500 niños palestinos han sido asesinados”, escribió ayer en su cuenta de X. Y no para de transmitir el genocidio, con imágenes gráficas de un horror que cada vez crece en intensidad. La legitimidad de una causa, tristemente, parece depender del número de víctimas. Entre más se ensanche la cifra, más urgente y legítima será. Contrario al gesto de humanidad que muchos ven allí, de pacifismo incluso, me detengo a pensar en cuánta morbidez hay en esta pasión estadística. Y en cuánto oportunismo.

En un artículo para The Washington Post  –republicado también en medios en español – , el intelectual israelí Yuval Noah Harari puso en la mira los ideales de justicia absoluta y los excesos de memoria que movilizan muchas causas progresistas. “La justicia es una causa noble, pero la exigencia de justicia absoluta conduce inevitablemente a una guerra sin fin. En la historia del mundo, nunca se ha alcanzado un tratado de paz que no requiriera un compromiso o que proporcionara una justicia absoluta», escribió. Pensaba con seguridad en la causa palestina y la causa judía –el artículo habla de eso–, y en qué podría ser justo desde el punto de vista de cada lado.

Se preguntaba Harari cómo puede haber justicia absoluta con las víctimas de la Shoah. “¿Podría alguien volver a poner en sus gargantas los gritos de dolor, devolver el humo a las chimeneas de Auschwitz y traer de vuelta a los muertos de los crematorios?”. ¿Qué maldiciones son necesarias para castigar proporcionalmente a los responsables del genocidio que actualmente sufren los palestinos?

Ana Bejarano, en una reciente columna en el portal Los Danieles, hablaba de la necesidad de seguir presenciando lo que llamó “las pantallas del horror”: la brutalidad sin fin de lo que está ocurriendo. “La excusa de algunos gobiernos –escribió– o medios de comunicación de censurar para anticipar violencias no nos sirve. En la era de la información la violencia monstruosa, los abusos y el genocidio serán discutidos y quedarán registrados. Necesitamos seguir presenciando el horror y reflexionando sobre él: tal vez sea la única forma de detenerlo”. Tal vez. O tal vez no. En estos mismo días, otra persona compartió en redes una idea de Jean-Luc Godard. Según el cineasta, si hubiese habido imágenes de la Shoah, esta se habría detenido. Tal vez. O tal vez no.

La historia es una escritura de la infamia. Decir eso es consolador, proporciona un vértigo y una exaltación. La infamia es apoteósica y carece de matices. Las narrativas del desastre son melodramáticas. Dividen el mundo en buenos y malos absolutos. Y qué mejor imagen de la bondad que un niño asesinado. El fuera de cuadro de la imagen del niño palestino es, por el contrario, la de la maldad absoluta  –el asesino israelí– que sin embargo poco vemos, pues mata a control remoto. ¿Cuál de las dos imágenes detendría más eficazmente el horror? ¿La de la víctima o la del victimario? ¿La del niño asesinado o la de quien lo mató?

Como imágenes absolutas, sospecho, ambas son ineficaces. La imagen que falta –quisiera creer– es una tercera imagen. La de la vida que resiste, pese a todo, en Palestina. ¿Por qué escasean estas imágenes? ¿Por qué se piensa que la resistencia viene de afuera –en forma de solidaridad internacional– y no nace desde adentro de un pueblo? La sobreabundancia de imágenes y narrativas del horror, la exhibición de muertos, quizá solo estimulan la sed de sangre de esa tribuna en la que, de repente, estamos cómodamente empotrados, esperando que las profecías del fin y del desastre se materialicen. Ellas confirman a Palestina como un pueblo destinado al exterminio, que debe cumplir el mismo designio que antes se decretó para los judíos.

Las imágenes del horror pueden servir a las causas de la justicia, solo si esta se entiende como insuficiente y, aun así, más deseable que cualquier guerra. Una justicia que mire hacia el futuro y no hacia el pasado. Sin duda, hay que parar el genocidio. La pregunta es con qué imágenes, narrativas, pensamientos o acciones vamos a cumplir con esta obligación ética. Y a pesar de todas las buena intenciones, la respuesta está lejos de ser clara o evidente.

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1 Comentario

Nicolás Benítez octubre 29, 2023 - 9:12 pm

El autor del artículo reflexiona sobre la fascinación que ejerce el horror en la sociedad contemporánea, y cómo los medios de comunicación y las redes sociales lo explotan para generar audiencia, propaganda y polarización. El artículo cuestiona los ideales de justicia absoluta y memoria histórica que alimentan los conflictos y las violencias, y propone una ética de la compasión y el perdón como alternativa para construir la paz. El artículo se basa en fuentes diversas, como el intelectual israelí Yuval Noah Harari, la columnista colombiana Ana Bejarano y el cineasta mexicano Luis Buñuel, para ilustrar su argumento. El artículo es un ensayo crítico y provocador, que invita a pensar en las consecuencias de nuestra relación con el desastre.

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