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¿Todo cambia para que todo siga igual?

Escrito por Pedro Adrián Zuluaga
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La famosa paradoja política expuesta en la novela italiana El Gatopardo —que todo cambie para que todo siga igual— puede dar una perspectiva, sin duda escéptica o quizá conservadora, a los álgidos debates de días recientes sobre revisionismo histórico, debate abierto, justicia social y «cultura de la cancelación».

Pedro Adrián Zuluaga*

El poder de la queja

En 1993, el crítico de arte australiano Robert Hughes publicó su libro Culture of Complaint; el año siguiente, Anagrama lo tradujo al español como La cultura de la queja. Hughes exponía los efectos paralizantes de la corrección política enarbolada por grupos minoritarios: «la queja te da poder, aunque este poder no vaya más allá del soborno emocional o de la creación de inéditos niveles de culpabilidad social», escribió en este urticante libro que, en español, lleva el muy diciente subtítulo de Trifulcas norteamericanas.

En ese texto, fustigaba los réditos obtenidos mediante la victimización, el culto al «niño interior maltratado». Para Hughes, el pensamiento crítico, el arte y el debate público se inmovilizan cuando caía sobre ellos un exceso de celo o de censura.

Diferentes tendencias de «corrección política»

La political correctness tiene su propia historia; ha sido campo de batalla entre conservadores, liberales e izquierdistas. Denunciar sus excesos es una estrategia frecuente de muchos intelectuales escépticos que abogan por un debate libre de vigilancia y presiones: la «tradición liberal», como podríamos llamarla. Por otro lado, políticos como Trump o Bolsonaro la demeritan, con el fin de frenar el avance de demandas por justicia social.

El libro de Hughes, con su brillante maquinaria argumentativa, hoy parece otra queja: un privilegiado hombre blanco que reaccionó cuando la élite liberal que representaba perdió el control del discurso.

Dicha pérdida es ahora mucho más profunda que hace 27 años, cuando se publicó Culture of Complaint. Las redes sociales y la cultura digital son responsables de multiplicar las voces y de dejar maltrecha la figura del crítico e intelectual como sabio o conductor de una tribu. La tribu se ha rebelado y emite, más que una voz articulada o racional, una amenazante cacofonía.

La carta de Harper’s Magazine

Los garantes del establecimiento político —políticos y pensadores de derecha— no son los únicos que se sienten vulnerados por ese griterío; también preocupa a ilustres pensadores de izquierda, como lo demuestra la Carta sobre la justicia social y el debate abierto (A Letter on Justice and Open Debate) que 150 intelectuales publicaron la semana pasada en Harper’s Magazine.

Es llamativa la coincidencia del escénico discurso de Trump la víspera del 4 de julio en Dakota del Sur y de esta carta, firmada por figuras tan disímiles como Noam Chomsky, J.K. Rowling, Francis Fukuyama, Margaret Atwood y Salman Rushdie. Ambos pronunciamientos —el del “debilitado” Trump y el de los “debilitados” intelectuales— se dieron en medio de la pandemia por COVID-19; de las protestas por la violencia racial; de los llamados a revisar la historia y a demoler cualquier símbolo que recuerde las herencias coloniales u opresivas, y de la exasperación de la llamada «cultura de la cancelación» (cancel culture).

Trump levantó la voz, el 3 de julio pasado, en el monte Rushmore —el monumento que homenajea a cuatro presidentes estadounidenses y que ocupa un territorio que fue propiedad de los indios sioux—. Allí, con su habitual histrionismo, afirmó que la «extrema izquierda estadounidense» se ha convertido en un «nuevo fascismo», que se apodera desde «nuestras escuelas, nuestras redacciones, hasta nuestros consejos de administración».

«Si no hablas su idioma, no practicas sus rituales, recitas sus mantras y sigues sus mandamientos, serás censurado, perseguido y castigado». ¿Por qué, sin embargo, también hablo allí de Martin Luther King? ¿Acaso extraña las reivindicaciones conducidas por figuras de alcance nacional?, ¿lo inquieta el movimiento acéfalo de las turbas que tumban estatuas de héroes y amenazan el pasado patriótico?

Trump solapó las cuestiones urgentes de la crisis económica y la fallida gestión de la pandemia; para esto, agitó su guerra cultural. A los pocos días, la muy comentada carta de los intelectuales intentó llevar la discusión a otro lugar.
En contraste con Trump, los firmantes no conciben el debate histórico como un lugar ya clausurado —a pesar de la inquietante firma de Fukuyama, que en los años noventa sentenció el «fin de la historia»—.

El actual presidente de Estados Unidos prorrumpió en corrección patriótica: «este monumento nunca será profanado. Estos héroes nunca serán desfigurados. Su legado nunca, nunca, será destruido». La carta reivindicó las poderosas protestas por la justicia racial y social. A la vez, los firmantes pidieron que la resistencia no se endurezca en su propio tipo de dogma o coerción, que no se debiliten las normas del debate abierto y la tolerancia frente a las diferencias, que no se caiga en una nueva conformidad ideológica.

Foto: Pixabay ¿Qué busca la cultura de la cancelación?

La corrección política, un debate de orillas

Es más o menos claro que para Trump la historia, tal como ha sido escrita, está bien y no necesita ningún revisionismo sustancial. Por lo tanto, promueve el continuismo y la inmovilidad; alerta sobre los que él considera peligros de la tendencia que se ha tomado el pensamiento y la producción académica y cultural desde hace varias décadas: un examen radical de los acontecimientos y —sobre todo— de los héroes, a la luz de los nuevos reclamos de grupos marginados. Es un análisis que no se limita al cómo se construye el relato histórico; toma en cuenta además quienes lo producen y lo difunden.

El problema se plantea para quienes estamos en la otra orilla ideológica de Trump. Los que creemos que la historia debe revisarse y reescribirse, pero diferimos en los métodos para lograr esa «revolución». ¿Es eficaz la «cultura de la cancelación», su compulsión por arrasar obras de la tradición y llevarse por delante a autores, ya sea por su origen, sus posiciones ideológicas o sus comportamientos censurables? ¿Es deseable un debate público sin reglas, donde predomine la deformación de las ideas del otro —cuando no su «cancelación»— en caso de que no participe en esta nueva moral de rebaño?

Hacer callar al otro: cancel culture

La cultura de la cancelación se basa en una lucha por la legítima sucesión. Si una obra o autor fueran «cancelados», se abriría un espacio para otras voces. En este furor destructivo, más que un cuestionamiento del poder cultural, se puede leer el deseo de que este cambie de bando. La pregunta es para qué.

Según la tradición liberal que alienta la carta de los 150 intelectuales, se ha creído que, como lo escribió Bertrand Russell en 1951, «la injusticia y la opresión soportadas por una casta dominante llevan tarde o temprano a una revolución violenta, y una revolución violenta es propicia para iniciar ya sea una anarquía o tiranía peores que la que destronaron».

Una lucha por el poder cultural

La opinión de Russell es cómoda para quienes detentan el poder del discurso, pero es insostenible para quienes nunca lo han tenido. Pongo el caso de tres colectivos sociales cuyas demandas buscan ser cada vez más visibles: los sujetos racializados, las personas trans y los cuerpos feminizados. Nótese que hablo más de posiciones de los sujetos dentro de una trama discursiva que de identidades cerradas.

Estos colectivos no buscan simplemente una voz, la exigen. En su crítica a las voces hegemónicas pueden llegar a saltarse las reglas del debate público y la convivencia social, como respetar las ideas ajenas o representarlas fielmente. Por ejemplo, no se puede rebatir al «niño maltratado» que menciona Hughes —es decir, el discurso de la víctima o los modos de hacerlo visible a través del periodismo o las redes sociales— sin ser acusado de ruindad.

Al fin y al cabo, los opresores son los que habrían definido las reglas del debate público a través de las voces hegemónicas que les hacen el juego. Pero, ¿ser víctima es una posición provisional para alcanzar justicia y reparación? Cuando las víctimas o sus representantes dominen el discurso, ¿cómo van a usar esa hegemonía conquistada? Aun con todas estas dudas, nadie sensato debería cuestionar la validez histórica de estas luchas. Algunos, sin embargo, creemos que es importante hacerse preguntas y mirar desde muchos ángulos.

La presión sobre los nuevos líderes

El papel de los medios emergentes y de nuevos actores sociales —como los influenciadores de las redes sociales, que han reemplazado a los viejos intelectuales en el papel de agitadores del debate público— justifica unas palabras finales. Tanto los medios nativos digitales como los nuevos líderes de opinión viven su particular ansiedad por el tráfico y el like. Eso explica que se sumen con tanta facilidad al conformismo ideológico o a las causas que despierten una indignación inmediata.

Las opiniones disidentes sobreviven en ese entorno digital caldeado, pero como una prueba de resistencia contra el inevitable matoneo. Los 150 intelectuales tienen razón, según creo, en que eso debilita la pluralidad, pues convierte el debate público en un espacio donde solo sobreviven dos extremos.

Con la polarización, es altamente probable que se pierdan voces moderadas valiosas, o que se agote la energía para pensar en transformaciones estructurales. La izquierda, debilitada en muchos países, se reinventa mirando por el ojo de la cerradura las vidas privadas de sus enemigos, supuestos o reales. Se tumban estatuas de Colón y de Cervantes, pero las lógicas del capital —financiero o cultural— y del trabajo siguen en pie.

Parece que, más que discutir tales lógicas, se buscara acceder al capital financiero y cultural, sin cuestionarlo a fondo. Como si ya ninguna ideología —cada una con su respectiva pirotecnia argumentativa— pudiera pensar por fuera de los marcos dominantes.

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1 Comentario

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Olga L Gonzalez julio 17, 2020 - 9:33 am

Parece que falto un parrafo, que amplie lo que quiere decir este pedazo de frase: «los sujetos racializados, las personas trans y los cuerpos feminizados».

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