A propósito de La Sirga, película de William Vega: Noche y niebla - Razón Pública
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A propósito de La Sirga, película de William Vega: Noche y niebla

Escrito por Pedro Adrián Zuluaga
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Pedro_Adrian_ZuluagaEstá surgiendo un nuevo cine colombiano, capaz de elaborar historias sugerentes y comprometidas con la realidad, lejos de la mediocridad de costumbre.

Pedro Adrián Zuluaga*

Cine colombiano, pero mejor

En la década de 1960, Marta Traba resaltaba la capacidad del cine — un arte apenas en vía de legitimación entre nosotros — para revelar el paisaje y el hombre colombianos con un realismo más directo que el de cualquier otra disciplina artística. Es probable que solo ahora se esté dando a cabalidad lo que la gran crítica argentina intuía ya en ciernes a través de trabajos pioneros, como los de Francisco Norden, que se movían entre lo turístico y lo institucional.

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La Sirga, ópera prima del director nariñense William Vega.    Foto: weboficial, http://www.peliculalasirga.com

Y lo están logrando unos trabajos que se instalan en los márgenes de la representación tradicional, en un extrarradio nacional, lejos de los grandes centros del poder político y de la atención mediática.

La Sirga, ópera prima del director caleño William Vega, conforma junto con Porfirio, de Alejandro Landes, y El vuelco del cangrejo, de Óscar Ruiz Navia, un grupo de películas que abren una vía realmente renovadora tanto en contenidos como en lenguaje fílmico, dentro de un cine colombiano mayoritariamente embelesado en su propia mediocridad. A estos largometrajes de ficción se podrían unir algunos documentales: Corta, de Felipe Guerrero, Nacer y Bagatela, de Jorge Caballero, La Hortúa de Andrés Chaves.

Admito que estas etiquetas resultan odiosas, pero me atrevo a decir que estas películas representan una tendencia, un nuevo cine colombiano que tiene la capacidad de entablar un diálogo intenso con la realidad que toma como referente, pero que son antes que cualquier cosa cine, trabajo sobre la forma y el lenguaje; todos y cada uno de estos títulos evidencian altísimos niveles de autoconciencia artística.

Los matices

Estas películas tienen en común que vuelcan su interés en geografías culturales concretas y recuperan la vocación del cine como registro de lo real, como testigo del presente: son filmes en ese sentido profundamente políticos, aunque no en todos los casos se ocupen de fiscalizar el ejercicio fáctico del poder:

  • Porfirio fue rodada en Florencia (Caquetá) con un grupo de actores encabezado por el propio aeropirata, protagonista real de los hechos reconstruidos en la película. Tal vez reconstruir sea un verbo engañoso, porque el filme de Alejandro Landes nos obliga a desviar la mirada de lo excepcional y episódico del acontecimiento periodístico — el hombre que secuestra un avión con el fin de llamar la atención del alto gobierno sobre su situación — y exige que nos concentremos en el lento discurrir de la vida cotidiana de un hombre atrapado en su cuerpo, pero que se resiste a sacrificar su libertad interior.
  • El vuelco del cangrejo, rodada en La Barra, al borde del Pacífico colombiano. De cara a ese paisaje idílico, escenifica las complejas tensiones de sus personajes. Tensiones que se dan a todo nivel — económico, sexual, cultural — para mostrarnos los múltiples pliegues de la vida en esas pequeñas comunidades idealizadas por el turismo o deseadas por la máquina capitalista. Sin las metáforas grandes y altisonantes que intenta Chocó, de Jhonny Hendrix, El vuelco del cangrejo nos permite entender, lateralmente, las polaridades que amenazan la convivencia social en Colombia.
  • Corta es una “meditación” sobre el trabajo físico y un documento sobre los corteros de caña en el Valle del Cauca. Pero sobre todo, es un filme sobre el hecho de filmar y editar, sobre la necesidad de crear un sentido a partir de un lenguaje dado, el del cine.
  • Nacer y Bagatela son ejercicios de intensa observación de los mundos dispuestos ante la cámara, con unas delimitaciones e intereses precisos a partir de los cuales la realidad filmada se abre a múltiples sentidos. En el primer caso, en los hospitales bogotanos, donde distintas mujeres y sus familias se enfrentan al parto; en el segundo caso, en los juzgados donde van a parar las pequeñas causas judiciales.
  • Por último, La Hortúa es el registro de un espacio, el hospital del mismo nombre y las personas que se resisten a abandonarlo, en contra de las lógicas económicas que cooptan a los Estados.

Dice mucho y lo dice bien

La Sirga se integra naturalmente a este grupo de películas. El filme de Vega se ocupa de un paisaje y unos personajes, y de las interacciones entre uno y otros. Aunque obviamente hay un trabajo dramatúrgico de por medio, el primer milagro de la película es su apariencia de naturalidad, que es la misma que se siente en Porfirio.

Pedro_Zuluaga_SirgaEl filme de Vega: su primer milagro es la apariencia de naturalidad.

Foto: weboficial, http://www.peliculalasirga.com

Un punto en común en este nuevo cine colombiano es la manera como nos obliga a replantear las coordenadas fijas entre el documental y la ficción, a través de elecciones estéticas y narrativas muy concretas: actores no profesionales, gran atención al diálogo y las palabras, como el lugar donde mejor se expresa la cultura y la visión del mundo de los personajes, marcado interés en los pequeños gestos cotidianos, narrativa sin grandes énfasis ni picos; en resumen: una clara conciencia de que el cine es el mejor notario de formas de vida amenazadas y en proceso de desaparición.

El filme empieza cuando Alicia, una adolescente, llega a la casa de su tío — el hostal La Sirga[u1] en la laguna de La Cocha (departamento de Nariño) — como el único lugar posible para escapar y escampar de una violencia recién sufrida. Durante los primeros momentos, descubrimos al personaje y somos partícipes de su miedo, al mismo tiempo que nos hacemos conscientes de su fortaleza.

La Sirga nos pone en la condición de testigos de cómo el personaje emprende pequeños trabajos en el hostal para adaptarlo de la mejor manera ante la inminente llegada de los turistas, un leitmotiv donde es posible leer muchas de las contradicciones a las que está expuesta la vida en estos parajes sin dios ni ley.

En su trabajo cotidiano, Alicia encuentra una posible forma de redención, una manera de no entregar su humanidad al trauma de la violencia. La película no cuenta muchas más cosas — si la consideramos en el sentido narrativo convencional — pero sí se compromete con el tránsito incierto de este personaje y de quienes la rodean.

Pero La Sirga no es solo una película sobre un personaje, es sobre la manera como éste se integra a una geografía física y humana de múltiples capas. La primera y más superficial es la aparente belleza y beatitud del paisaje, detrás de las cuales se esconden memorias, historias, susurros.

La película, con su delicado trabajo de fotografía, se mueve equilibradamente entre esa belleza natural, pero se niega a entregarnos fáciles postales turísticas. A cambio, nos enfrenta a miedos imprecisos que se concretan mediante el uso de la niebla como expresión material de la indefinición.

Si bien la película se mueve entre indicios materiales que nos permiten hacernos una idea de los personajes, resulta impreciso el conocimiento que vamos teniendo de ellos, desde nuestro rol de espectadores. Sus motivaciones se nos escapan. La complejidad de lo real, su imposible unidad es lo que nos va quedando, aunque el filme mismo sea un intento por encontrarla.

Los diálogos de La Sirga, con su apariencia de haber sido captados al natural de la vida misma del lugar, contienen múltiples claves para el espectador: allí se puede ver la tragedia que ha significado el conflicto armado y su combustible principal: las distintas mafias que azotan al país. La Sirga no muestra este conflicto directamente, apenas lo insinúa. Sugiere en lugar de nombrar a grandes voces. Todo aquí es susurrado, pero todo está ahí, para quien quiera ver.

Además del inevitable tema del conflicto colombiano, La Sirga es una película que no elude mostrar la condición de la mujer dentro de este conflicto, o las tensiones entre modernidad y tradición, entre campo y ciudad.

Esta es la anomalía y la pequeña grandeza de esta película: decir mucho y decirlo bien.​

* Periodista.

twitter1-1@pedroazuluaga

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