Aniquilación del espacio vital: las lecciones de “Zona de interés”
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Aniquilación del espacio vital: las lecciones de “Zona de interés”

Escrito por Pedro Adrián Zuluaga

La hipérbole, por esta vez, confío en que sea justificada. Zona de interés es la gran película de estos últimos meses, pese a que ha llegado a la temporada de premios algo opacada por la pirotecnia, más o menos facilona, de películas como Past Lives y Poor Things. El film del director británico Jonathan Glazer tiene el rigor intelectual y la amplitud sensible que se echan en falta en los otros dos. Y gracias a esas cualidades nos habla con urgencia del presente, sin ser una película sobre la actualidad.

“Zona de interés” es un título ambiguo que puede hacer referencia a la localización de lo que acontece en el film. Una zona adjunta al campo de trabajo y exterminio más grande del nazismo: Auschwitz. Allí la familia del jefe del campo, Rudolf Höss, encontró la oportunidad para ampliar y desarrollar su “espacio vital”. Los dirigentes nazis usaron la idea del lebensraum (cuya traducción más aproximada sería “espacio vital”) para continuar con las políticas de expansión y colonización territorial ambicionadas por el imperialismo alemán desde finales del siglo dicienueve, cuyo foco o zona de interés era el suelo y el aire de otros países de la Europa central y oriental.

Según esta ideología, era un derecho de la raza superior eliminar poblaciones que obstruyeran el propósito de anexión de nuevos territorios para que el destino manifiesto de los arios pudiera llevarse hasta el final. El término lebensraum se escucha subrepticiamente en Zona de interés, en una discusión entre Hedwig Hensel y su esposo Rudolf Höss. Hedwig considera que lo que ha hecho, al actuar como una colona en el territorio polaco donde se instaló Auschwitz, es precisamente un modelo digno de ser mostrado y replicado. Y que ella y Rudolf pueden sacar pecho por su obra ante el mismísimo Führer.

Y es que mientras Höss lideraba y supervisaba el perfecto funcionamiento de la máquina de trabajo forzado y muerte puertas adentro del complejo, su esposa, con igual minuciosidad y eficiencia, dirigió los trabajos para convertir la casa al lado del campo en un espacio cómodo y encantador  para ella, el esposo y los hijos de la pareja. Lo preparó como algo digno de ser visitado (una de las visitiantes fue la propia madre de Hedwig), y en el que se podía admirar la perfecta armonía y domesticación de la naturaleza, con una familia feliz en el centro, guardiana de la felicidad y la normalidad.

Mientras tanto, la naturaleza exacta de lo que ocurría al lado era un secreto herméticamente protegido por un régimen burocrático que distanciaba la acción inmediata e individual del resultado final. La película se mueve pues en una tensión, que en muchos momentos resulta intolerable, entre lo visible y lo obsceno, como registros de la realidad que se sostienen y necesitan mutuamente. Y que también se agrietan y contaminan.

A pesar de los sólidos muros carcelarios, el horror de Auschwitz alcanzaba a llegar al otro lado. Zona de interés es una adaptación, al parecer bastante libre, de una novela del mismo nombre del escritor británico de ascendencia judía Martin Amis, que no he leído. El poder de perturbación que tiene la película, sin embargo, se debe al uso preciso de recursos cinematográficos como el fuera de campo. El sonido de lo que ocurre en el campo de trabajo y exterminio llega hasta los espectadores sin que veamos la fuente de su procedencia: el interior del campo. De esa forma, la inquietud que produce se potencia. El tranquilo intérieur de la familia Hoss, y su aparente felicidad, colisionan desde adentro y sin más estridencia que la de un eco lejano e insistente.

El fuera de campo en la película hace audible lo invisible, al punto de que aquello que sí es mostrado, por efecto de esa contaminación, resulta intolerable. Lo obsceno (y abyecto) no es pues lo que ocurre del otro lado del muro, sino en este lado que vemos: el de una felicidad y tranquilidad éticamente inadmisibles. Las zonas de interés de repente se trastocan. Qué es lo que queremos ver, qué debemos ver y qué podemos ver. Como en toda realidad humana compleja, y en toda obra artística que le haga justicia, la respuesta no está dada de antemano, porque quizá ni siquiera sea una sola.

Decía en el primer párrafo que esta es una película, también, sobre nuestro presente histórico. No hay que forzar las piezas del problema para que encajen en un análisis de los acontecimientos actuales, si nos importara ver en ellos sus raíces históricas, sus síntomas y símbolos. Como formulación ideológica, el lebensraum coincidió con el comienzo de la ambición (y la necesidad) sionista de una patria para los judíos, cada vez más inaplazable mientras más crecía el alcance del antisemitismo en Europa.

La colonización sionista de Palestina empezó también a finales del siglo dicienueve y ha tenido el desarrollo que sabemos, incluido la creación de Israel y la persistencia del settler colonialism (colonialismo de poblamiento), política impulsada por el nuevo Estado y que ha transformado un pedazo de tierra del Oriente Cercano en un territorio en disputa y un polvorín, con un daño extenso e incontable.

La película de Glazer encara (aunque para hacer más radical la aproximación estética aborda su asunto oblicuamente) la singularidad de la shoah como hecho histórico, y el grado de sofisticación, cinismo y eficiencia técnica de la razón instrumental europea. Reconocer un horror singular no puede impedir que un determinado hecho no contenga elementos que permitan entender otro. Que el sionismo radical de hoy exprese ideas sobre el derecho de los judíos a su espacio vital que tienen puntos de conexión inquietantes con las que se formularon antes y durante el nazismo es una siniestra ironía histórica. Y si fue difícil recuperar la fe en la razón (y en la poesía) después de Auschwitz, ¿qué quedará en pie después de la destrucción de Gaza? ¿Qué es lo que resultará, o ya resulta, intolerable o insostenible?

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