Colombia, el país de la confrontación | Pedro Adrián Zuluaga

Colombia, el país de la confrontación

Compartir:

Desde el mismo día de su posesión, el gobierno de Gustavo Petro envió señales muy precisas de que pondría en disputa los símbolos y que, más que buscar fáciles consensos, se guiaría por un instinto de confrontación. No en vano, el primer acto de Petro como presidente fue ordenar el traslado de la espada de Bolívar para que dejara de estar en la sombra (escondida) y ocupara el centro de una escena que el curador y profesor Ricardo Arcos-Palma describió en un artículo para Razón Pública como performática. Vimos, aquel siete de agosto, no solo un cambio de mando, sino una inclinación a alterar radicalmente los relatos sobre el país.

“Relatos” es una expresión de uso frecuente en la comunicación presidencial. Es una manera que Petro utiliza para deslegitimar opiniones adversas, marcando la distancia entre los hechos y las interpretaciones. Por supuesto, el presidente tiene sus propios relatos (como versiones de los hechos) y parte de su batalla cultural consiste en ventilarlos en una esfera pública que él tiene la virtud, o la desgracia, de copar.

En el citado artículo, Arcos Palma menciona algunas de las reivindicaciones con las que el gobierno actual ha querido tensionar la historia social, cultural  y política de Colombia, mostrando esta historia no solo como un espacio conflictivo, sino como escenario de inequidades y vergüenzas, de cuentas aplazadas y por cobrar: el Tesoro Quimbaya, la espada de Bolívar, el galeón San José, el hospital San Juan de Dios, las corridas de toros, los restos del general Melo, el museo de lo Negro, la Universidad Nacional. Podríamos sumar otras, de cosecha más reciente: el Castillo Marroquín, la bandera del M-19, el sombrero de Carlos Pizarro.

El pasado 26 de abril, día en que se recordaba el asesinato del líder del M-19, Petro aprovechó un acto en Zipaquirá para exhibir orgulloso la bandera de la antigua guerrilla a la que perteneció. “No les gusta que la saquemos, ¿cierto? Pero no va a estar debajo de los colchones”, dijo entonces. Ese gesto, leído por muchos como una provocación, y repetido luego, fue confrontado por Helena Urán, hija de uno de los magistrados asesinados en la retoma del Palacio de Justicia. “No es sacando banderas o glorificando pasados violentos, sino reconociendo y ofreciendo escenarios de participación democrática, que podremos acercarnos a la reconciliación y a la paz”, escribió en X.

Lo que complejiza la discusión es que en el pasado del M-19 no solo hay hechos violentos como la toma del Palacio de Justica. Fue una guerrilla que firmó la paz, se comprometió con ella y tuvo una decisiva participación en el debate y la promulgación de la Constitución del 91. En un escenario de reconciliación y paz se tendrían que reconocer esos matices. La capacidad de ver en una escala de grises resulta hoy muy difícil, y esa esquematización de la mirada no es algo exclusivo de la Colombia gobernada por Petro.

Las reivindicaciones culturales de Petro, por un lado, ayudan a ver ciertos hechos o personajes históricos bajo una perspectiva que ha sido minorizada, cuando no escarnecida. Eso pasa con las luchas de la izquierda, armada o no, cubiertas por un manto de estigmatización; estas luchas tienden a considerarse, desde ciertas hegemonías mediáticas o discursivas, como un fracaso o una devastación: la parte se toma por el todo para proceder a un dictamen generalista que, sin duda, favorece el statu quo.

Además, con esa higienización, con semejante medidor de pureza o coherencia absolutas impuesto sobre hechos, personajes o vidas, se amputa de sentido una parte de la historia de Colombia. Una historia llena de paradojas y en la que deben tener un lugar las luchas y movilizaciones populares que buscaron ampliar lo que Helena Urán llama “escenarios de participación democrática”. Ningún grupo social ha conquistado esos espacios por dádiva del poder de turno. Fueron arduas batallas y conquistas siempre provisionales.

Un signo similar a lo ocurrido con la bandera del M-19 ha tenido el debate en torno al sombrero de Carlos Pizarro. El pasado 19 de junio, en la inauguración de la exposición “El río de la memoria”, dedicada a Arturo Alape en la Biblioteca Nacional, el ministro de Cultura Juan David Correa volvió sobre el asunto que en la mañana del mismo día había sido objeto de debate en los espacios informativos de la radio, tan proclives a la indignación. Más que defender el valor patrimonial del sombrero de la discordia, Correa —quien desde su cartera lidera en gran medida las batallas culturales que estamos mencionando—  resaltó la voluntad de este gobierno de ampliar el relato de nación para que obras, hechos y personajes sumergidos o no del todo reconocidos dejen de ocupar un lugar periférico. Que, como la espada de Bolívar, pasen al centro.

Creo que el gesto es necesario. Desde un nuevo lugar de visibilidad, estas obras, hechos o personajes podrán ser, idealmente, confrontados. Hoy es casi imposible que un símbolo unifique de manera plena a una comunidad nacional, pues estas, y no solo la colombiana, están fracturadas. Sus simbolos están en disputa, y esconder las heridas o los disensos no sirve de nada. Correa, además, aseguró que el propósito de su ministerio no es favorecer algo parecido a un realismo socialista, sino un reconocimiento de las relaciones entre lo político y lo artístico.

¿El arte como vector crítico de la historia? Ojalá que sí, y que esa base crítica sea el antídoto contra una nueva fetichización a la manera de los antiguos museos nacionales. Necesitamos una historia y un arte que no repita la vieja tendencia a la monumentalización y su sucedáneo: el culto a la personalidad, que es transversal a todas las idelogías políticas.

Que el ministro de Cultura haya elegido para sus palabras la Biblioteca Nacional y la inauguración de la exposición sobre Alape, es también significativo. Arturo Alape fue un intelectual de izquierda cuyo aporte (metodologías híbridas, incesante capacidad de escucha) a la memoria histórica del país está lejos de ser bien reconocido. Como lo recordaron su hijo Manuel Ruiz, el curador de la exposición Óscar Calvo Isaza (también participó en la curaduría la investigadora Natalia Tejada) y Katia González, su compañera en los últimos años de su vida, Arturo Alape pagó caro su interés por Colombia y por contar su historia. Estudioso del Bogotazo y de las guerrillas, Alape vivió dos exilios. Más allá de una afiliación ideológica, su obra expresa un interés indeclinable por los desposeídos. Pero hoy es posible hablar más abiertamente de esa afinidad ideológica, sin la cual estas obras, y otras, no serían lo que son.

Quizá la exposición sobre Arturo Alape (en cuyo origen está la donación de su archivo a la Biblioteca Nacional) pudo darse en otro gobierno. Pero ocurre en este y, sin duda, sintoniza con los propósitos mencionados por Juan David Correa en relación con el sentido profundo de un cambio cultural. El centenario de La vorágine o el del escritor afrocolombiano Arnoldo Palacios son conmemoraciones ineludibles. Pero es claro que este gobierno está abierto a poner en discusión las políticas extractivistas y los modelos de desarrollo que denunció la novela de Rivera, y a reivindicar las luchas político-identitarias de los pueblos afrocolombianos. Sin caer en la paranoia interpretativa del columnista Ángel Castaño Guzmán parece evidente que centenarios como los de Jorge Gaitán Durán o Luis Tejada no tendrán el mismo relieve.

Un gobierno dispone de muchas herramientas para movilizar relatos sobre un país. Una de estas herramientas, de alto valor semántico, es la marca país. Colombia es hoy “El país de la belleza”. Por otro lado, “Colombia, potencia mundial de la vida” no solo está en el encabezado del Plan Nacional de Desarrollo 2022-2026 sino en todas las comunicaciones oficiales del gobierno.

¿Podrían la belleza o la vida ser objeto de debate? ¿Alguien podría no estar de acuerdo con ellas? En el país que un día votó por el No a la paz cualquier cosa es probable. Creo que más allá de estas palabras obvias, la idea que Petro irriga y que está en la base de muchas acciones de su gobierno, más o menos performáticas, es que Colombia es un país en pie de lucha. Petro cree que la vida o la belleza deben ser —como diría Bretón — convulsivas, o no ser. A veces —como hoy— estoy de acuerdo con ello.

1 comentarios

Pedro Adrián Zuluaga

Escrito por:

Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

Comentarios de “Colombia, el país de la confrontación

  1. El Godofredo Cínico Caspa, versión escritor hipster, hace un poco de circunlocuciones y parapetos solo para intentar decir que Gustavo Petro es un demagogo que ensalza a un antiguo «grupo guerrillero y bandido» porque es un castrochavista que pone en peligro las «instituciones democráticas» pasando las ritualidades de un Congreso dominado por derechistas y esquiroles; un análisis semántico del «discurso petrista». Hasta citando a la hija goda del inmolado magistrado Urán, que los eslóganes del programa de gobierno son «perfomáticas», que es que «en un país donde la mayoría votó no a la paz» (la paz de Santos el «ex» ministro de Uribe que creo una Jurisdicción Especial a la medida de Uribe, él y sus vacas sagradas oligárquicas para obtener impunidad), que fue que fuequeque.

    Para expresar las ideas, y dar alguna apariencia de neutralidad en sus opiniones, hay que ser más sencillos en el lenguaje sin sacrificar nuestro nivel cultural. No podemos andar a la usanza de Estanislao Zuleta con sus cuadriláteros antropófagos, Hegel con su incomprendida terminología dialéctica o Ricardo Arjona tratando de buscarle una pestaña a lo que nunca tuvo ojos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Artículos relacionados

COLUMNA ESPECIAL DEL DÍA

El cancerológico

COLUMNA ESPECIAL DEL DÍA

Universidad Nacional: precisiones necesarias

COLUMNA ESPECIAL DEL DÍA

La estigmatización del voto petrista

COLUMNA ESPECIAL DEL DÍA

MOTIVACIONES INVERSAS: EL CASO DE LAS ARMAS DE ISRAEL EN COLOMBIA

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.