El cartel de los sapos o el narcotráfico como parque temático - Razón Pública
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El cartel de los sapos o el narcotráfico como parque temático

Escrito por Pedro Adrián Zuluaga
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Pedro_Adrian_ZuluagaPostulada por Colombia a la competencia por una nominación a los premios Oscar, esta película en realidad no tiene más que la estética de un cómic y la ética de la prensa amarillista.

Pedro Adrián Zuluaga*

Decisión de capilla

El cartel de los sapos fue anunciada en septiembre como la película que representaría al país en la preselección como Mejor Película Extranjera de los Premios Oscar 2013, incluso antes de su estreno comercial en las salas del país.

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La nominación:¿Imposición de un sector “poderoso” dentro de la precaria industria del cine colombiano?   Foto. Facebook del Cartel de los Sapos.

El malestar por esta decisión de la Academia Colombiana de Artes y Ciencias Cinematográficas se ha expresado sotto voce, con las habituales medias tintas con que se tratan los asuntos concernientes a la cultura. En cambio la mencionada Academia no se ruborizó al tomar una decisión que huele a camarilla, a imposición de un sector “poderoso” dentro de la precaria industria del cine colombiano y que al parecer ha cooptado un órgano que debería ser el vocero del cine nacional en su conjunto.

Ese sector es el que empiezan a representar los hermanos Cardona, Manolo y Juancho, productores de la película. Pero más que ellos como personas, es toda una tendencia a plegarse a estereotipos para negociar el acceso a mercados internacionales, para ganar el favor de los medios más frívolos y para atraer la soñada inversión económica al cine colombiano.

¿Cuántas personas de las poco más de trescientas que integran la Academia votaron a conciencia, o al menos tras haber visto la película dirigida por Carlos Moreno? Tiene poca presentación que la elegida haya sido una película que, en el momento de la decisión, era aún invisible para la mayoría de los colombianos. Suena a capilla, a cosa decidida “a oscuras y en celada”.

El lugar común

Desde su puesta en marcha, en 2010, la Academia ha demostrado una gran capacidad para rendirle tributo al lugar común: cuando tuvieron que escoger un nombre para los premios de cine que empezarían a entregar, no se les ocurrió nada mejor que uno de corte literario: Macondo. Con eso demostraron que la inflamada retórica está bien sembrada en el corazón de la institucionalidad nacional, pero que solo es vista como de mal gusto dependiendo de quién la use (Ay, “el Macondo de la injusticia”).

Pero no se trata solo de la forma de la decisión: el fondo de ella es mucho peor. La actriz Laura García, actual presidente de la Academia, afirmó que 

El Cartel de los Sapos representa una tendencia fílmica que contempla la gran industria mundial: historia sólida, factura diáfana, dirección y actuaciones impecables, que trascienden lo ordinario; una cinta que seguramente será reconocida y admirada por audiencias de muchas latitudes.

Que García piense eso a título personal, vaya y venga, pero que en su opinión comprometa a todo el gremio, en su calidad de presidenta de un ente que supuestamente representa a todo el sector, deja muchas dudas sobre los caminos que vaya a tomar la cinematografía nacional.

Doble moral

Es verdad que hay una tendencia en el cine y más aún en la televisión nacional, capaz de venderle el alma al diablo con tal de saborear las mieles de la taquilla o el rating, y que es presa de una infinita doble moral, pues quienes la representan no tienen problema en autoproclamarse como guardianes de la buena imagen, del orden y de la estabilidad. Con una mano, como los ejecutivos de Caracol que defienden Escobar, el patrón del mal, aseguran contribuir a la memoria y representar el punto de vista de las víctimas. Con la otra recogen lo que de verdad les interesa: los millonarios réditos de la masificación de sus deleznables productos.

Pedro_Zuluaga_Cartel_sapos“Historia sólida, factura diáfana, dirección y actuaciones impecables”. Nada de eso es cierto en El cartel de los sapos.
Foto: Facebook del Cartel de los Sapos.

Cuando Víctor Gaviria u otros directores se empeñaban en construir sus relatos realistas sobre la manera como la mafia del narcotráfico transformó al país, tronaba en los medios la familia bienpensante, extendiendo la idea de que necesitábamos otras narrativas, que había mucho país por descubrir. En tales películas, aun con sus excesos, errores o complacencias, era imposible instalarse cómodamente: los actores eran desconocidos y poco glamurosos, sobre el lenguaje no se había ejercido ninguna profilaxis, las locaciones cumplían con su efecto de realidad, la frontera entre el documento y la representación era incierta.

Pero de repente, entre ejecutivos y creadores del mundo del espectáculo se descubrió una gallinita de los huevos de oro. Dos o tres actores guapos, un ritmo acelerado en el montaje que impide racionalizar lo que se ve, y la aplicación de una matriz melodramática de movilidad social logran que las memorias más traumáticas de la historia reciente de Colombia queden convertidas en un parque temático, en un folclor del mal.

Mala película

Historia sólida, factura diáfana, dirección y actuaciones impecables”. Nada de eso es cierto en El cartel de los sapos, lo que acentúa la sospecha de que quienes votaron no habían visto la película que eligieron. La narración hace agua por todas partes con detalles que revelan una enorme despreocupación por cuidar su lógica interna. El protagonista y narrador, Fresita (Manolo Cardona), está enamorado de Sofía (Juana Acosta). La película superpone su ascenso en el mundo de las mafias narcotraficantes del Valle del Cauca con su deriva sentimental. Y falla en la narración de ambos mundos lastrada por infinidad de detalles que le restan verosimilitud: la abuela de Fresita, interpretada por una actriz mexicana; los combates de los mafiosos en Ciudad de México como si se tratara del más ramplón filme de acción; los excesos de actores como Robinson Díaz o Diego Cadavid con sus insoportables mohines para divertir a la platea; la asombrosa facilidad de desplazamiento de los narcos dentro y fuera del país, como si no libraran al mismo tiempo varias batallas cruzadas.

No hablo pues de veracidad histórica, porque sé muy bien que es una obra de ficción y toda licencia en ese sentido es admisible. Pero si hay algo que resulta molesto en la película, es la tendencia a subrayar, la manera como todo es redundante y explícito. Cada cambio de “locación” es convenientemente marcado en los créditos con un didactismo innecesario: Cali, Buenaventura, Miami, Nueva York, Ciudad de México. En eso la película es penosamente afín al espíritu exhibicionista de los nuevos ricos. Apenas se diferencia de su tema. No sólo es una película sobre la mafia.

Cuando los traquetos llegan a Buenaventura suena en la banda sonora la canción de Chocquibtown “Somos Pacífico”. Tal vez en cosas así radique la apelación de esta película al reconocimiento y la admiración por audiencias de muchas latitudes. El cartel de los sapos les da a esas audiencias lo ya sabido, les sirve en bandeja lo que quieren ver de nosotros.

Trayectoria brillante

Solo unas palabras finales sobre el director y la dirección. Carlos Moreno es el hombre tras este filme. Pocos directores mejor formados que él y con una trayectoria más brillante. En su opera prima, Perro come perro, logró, esa vez sí, construir una historia diáfana, de factura sólida y actuaciones impecables, y al mismo tiempo hacer una película comercial en un género como el thriller que parece manejar con habilidad. Nos mostró convincentemente a un grupo de hombres abocados de forma irremediable al mundo del crimen; en el trayecto de un personaje como el de Marlon Moreno, sentíamos la tragedia de un ser humano cercado por las circunstancias e imposibilitado para ser “limpio y luminoso”.

En su segundo largo, Todos tus muertos, Moreno probó cosas más arriesgadas. Se ocupó de la tragedia de otro hombre, el personaje interpretado por Álvaro Rodríguez, atrapado por su contexto, obligado a “responder” por una pila de cadáveres de nadie, en un caluroso domingo electoral.

El cartel de los sapos intenta crear otra tragedia en la misma línea, con el personaje de Manolo Cardona envuelto en una maraña de hechos que no puede controlar, haciendo el mal que no quiere y no el bien que desea. Pero a diferencia de Moreno o Rodríguez, los dilemas de Cardona se sienten falsos, vaciados de verdadera emoción y sin peso dramático. (Moreno, por cierto, también dirige Escobar, el patrón del mal)

Ya en Todos tus muertos escandalizaba un poco la manera que tiene Moreno de usar la música o el montaje, creando unos extraños contrapuntos de entretenimiento y ligereza en momentos donde está mostrando cosas tremendas como la muerte. Se sentía uno tentado a sacar a relucir aquellas palabras de Godard, “un plano es una cuestión de moral”, para esgrimir una supuesta conciencia ética que obligaría a respetar el pathos propio de determinados acontecimientos.

Hablar de moral en el arte es deslizarse en una pendiente. Pero al mismo tiempo es imposible no sentir que los personajes y las narrativas del narcotráfico en Colombia, con su carga traumática, merecen despacharse con algo más que con una estética de cómic o videoclip. En El cartel de los sapos hay mucho de lo anterior y por momentos viéndola me sentí ante algo abyecto e inmoral. Si el lavado de activos es un crimen penalizado, ese lavado emocional que le aplica Moreno al material que tuvo entre manos lo calificaría, no sin pudor, como un crimen estético. En cualquier caso, vale la pena que esos crímenes se puedan cometer. Por fortuna podemos apagar el televisor o no ir a cine. Otros no han podido decidir con la misma libertad.
 

* Periodista y profesor universitario.

twitter1-1@pedroazuluaga

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