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La familia que burla al soberano

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La huida de una familia de Nazaret a Egipto es una imagen arquetípica de resistencia. El poder avasallador del soberano (en este caso el Herodes bíblico) es burlado por la persistencia de la vida en arraigarse. Esperemos que lo que pasó hace dos milenios vuelva a ocurrir hoy. Y que las nuevas familias de Nazaret (desplazadas, amenazadas), pese a todo el mal circundante, prevalezcan.

El periodista y escritor samario Joaquín Mattos Omar publicó el pasado 20 de diciembre en su cuenta de X la fotografía de una familia: la mujer, el hombre y una pequeña niña de brazos. Acompañó la imagen con la evocación del episodio bíblico de la huida de una familia (la tradición la llamará la familia de Nazaret) a Egipto, que relatan Mateo y –con abundante imaginación– los evangelios apócrifos.

Mattos Omar trae el episodio al presente para señalar el horror que viven las familias palestinas de Gaza, obligadas por el criminal régimen de Netanyahu a dejar todo atrás para salvar la vida. La familia de la foto, en efecto, parece palestina y todo –las bolsas y maletas que cargan, la urgencia del gesto– indica que escapan de algo inconcebible: dejar de existir, no solo como individuos sino como colectivo.

Como sociedad hemos decidido llamar a ese horror genocidio. En estos días caldeados y en los que asistimos al final de un mundo, con pocas esperanzas de ver nacer uno nuevo, buscamos en el repertorio de hechos del pasado señales que nos permitan entender lo inentendible. Intentamos analogías, comparaciones, equivalencias, metáforas, alegorías. Queremos convencernos de que lo está pasado ya pasó antes para así conjurar un horror que, mirado de frente, nos paralizaría.

La familia de Nazaret huyó, alertada por un ángel, ante el peligro de que Jesús fuera asesinado por el rey Herodes (que en realidad era un vasallo del imperio romano), quien  temía ser destronado, y que se cumpliera así una antigua profecía según la cual en Belén de Judea nacería el rey de los judíos. Un rey legítimo y no un vasallo. Jesús nació, como sabemos y como lo dice escuetamente Mateo, en tiempos del rey Herodes.

Herodes pidió a unos sabios que le habían confirmado la profecía encontrar al niño para poder adorarlo (o sea matarlo) él también. Los sabios no eran otros que los famosos reyes magos, que probablemente no era reyes ni tampoco magos, sino peregrinos que leían señales en los cielos urgidos por el anhelo de una alteración profunda y radical del curso del tiempo. Creyentes en busca de misterios para trascender, y no ser solo cuerpos expuestos a la incertidumbre.

Los sabios, alertados por otro o el mismo ángel, regresaron a Oriente, después de visitar al niño, por un camino distinto al previsto y no avisaron de la noticia a Herodes que “cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores”. Así, huyendo bajo el amparo de su madre y de su padre, Jesús, el futuro salvador, fue salvado.

Hoy, en este día que no se parece a ningún otro, y en el que celebramos el nacimiento de un niño, hace bien detenerse a pensar en todas las familias que sufren y en esa forma de sufrimiento que consiste en no tener un lugar donde recostar la cabeza. Las familias en fuga, que huyen de una orden impartida por el poder de turno, son una imagen que atraviesa épocas. Y la historia que se puede leer en los bordes de esta imagen arquetípica es una de resistencia y no de derrota. Es la de la persistencia de la vida a pesar de la voluntad de matar del soberano.

Esta semana, quizá el mismo día en el que Mattos Omar publicó la foto de la familia palestina huyendo, el presidente Petro asistió a un evento en Ibagué. Allí se pronunció de nuevo para instar al mundo a parar la masacre de inocentes que ocurre en Gaza. “Están bombardeando al Niño Dios y nadie se opone desde las esferas del poder mundial”, dijo el mandatario. Y también, aludiendo a los bombardeos en Gaza: “una bomba en el pesebre y no sobrevive ni el burro”.

Como se ha vuelto habitual en sus discursos, Petro describe un apocalipsis. Transforma la bucólica imagen del pesebre en el que nació Jesús en un locus horribilis. Y agosta el espacio que existe en la dramaturgia cristiana entre el momento del nacimiento de un niño (un tempo lleno de humilde esperanza) y el sacrificio de ese niño cuando ya es un adulto. Convierte la Navidad en un tiempo de pasión, que es el signo específico de otra celebración del calendario litúrgico: la semana santa. Como siempre, hay buenas intenciones en el presidente, mucho histrionismo y poca acción realmente transformadora.

Las imágenes de la devastación, aunque atractivas, no dejan espacio para nada más. Paralizan. Un pesebre bombardeado en el que no sobrevive ni el burro es el fin de un mundo, y la sensibilidad contemporánea se inclina y contempla ese fin obnubilada por su poder de condensación. Pero al otro lado de ese aparente fin, secretamente anhelado por las economías simbólicas del martirio y el sacrifico, está una tras-escena menos vistosa, pero donde está la vida que se niega a ser borrada: marchas de apoyo a Palestina en todo el mundo, marchas multitudinarias en Tel Aviv que piden la dimisión de Netanyahu, familias que huyen para así burlar al soberano.

El dominio del mal no es absoluto. En los intersticios del poder y su voluntad de matar actúan la resistencia y la estrategia. Estrategia es nacer, marchar, huir para que la vida sea posible en alguna parte. Resistir es inclinarse ante un niño vivo y no ante uno sacrificado. El soberano parece tener todo el poder entre las manos, pero una sucesión de poderes inicuos no han logrado derrotar a tres personas que huyen. Mi oración hoy es por el misterio y el poder de ese conjunto de tres capaz de arraigar y proliferar, de volverse pueblo y multitud. Mi oración de hoy es por una historia a la altura de los humildes, en un día como hoy que, precisamente, celebra la humildad.

1 comentarios

Pedro Adrián Zuluaga

Escrito por:

Pedro Adrián Zuluaga

*Periodista y escritor

Comentarios de “La familia que burla al soberano

  1. Idan, nieto de mi prima Miriam, fue asesinado con un tiro en la cabeza y en estado de indefensión el 7 de octubre. Idan no pudo escapar ni recibió las «buenas intenciones» de Petro para quien los «neonazis» judíos, como él los define, no tienen derecho ni a la vida.

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