Un mundo infeliz | Mínima malicia | Pedro Adrián zuluaga
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Un mundo infeliz

Escrito por Pedro Adrián Zuluaga

La peor persona del mundo, una película noruega de 2021, ofrece un retrato muy preciso de una época –esta época– de inestabilidad y precarización, y en la que resulta improbable, cuando no imposible, madurar sentimientos y relaciones sometidos como estamos a un régimen de desechabilidad y obsolescencia. El film muestra hasta qué punto nuestras vidas privadas son capturadas por fuerzas políticas y económicas.

Sus personajes son un grupo de personas que buscan con torpeza y ansiedad algún tipo de vínculo en un mundo fabricado para que todos vivamos separadamente en nuestros repetitivos círculos narcisistas. La película de Joachim Trier le da la vuelta a su envoltorio de comedia romántica (y al código de “chico conoce chica”) y enfrenta a la pareja protagonista no a la promesa de un matrimonio para siempre, sino a una separación radical: la muerte.

Aksel, un exitoso dibujante de cómics, ya enfermo de un cáncer que no tiene cura, le dice a su exnovia Julie, en un momento en que la enfermedad los vuelve a reunir: “Crecí en un tiempo en que la cultura se transmitía a través de los objetos. Y eran interesantes porque podíamos vivir entre ellos. Podíamos recogerlos, sostenerlos en nuestras manos. Compararlos”. Aksel está en sus cuarenta y es mayor que Julie. Esa diferencia de edad fue, mientras estaban juntos, un motivo de conflicto.

Su edad y la cercanía de la muerte llevan a Aksel a hacer un inventario de su propia vida que, dadas las circunstancias, también es un adiós. Aksel se despide del mundo y se despide de un mundo, el suyo, observando con lucidez y extrañeza aquello que lo hacía particular: la relación con una determinada cultura material. Rodearse de objetos puede derivar en coleccionismo y acumulación obsesiva. También en ese esnobismo que se manifiesta en el deseo de habitar dentro de los marcos de la “cultura legítima”, interacciones que el sociólogo francés Pierre Bordieu analizó en su ensayo La distinción. Criterios y bases sociales del gusto.

Pero rodearse de objetos, convertirlos en repositorios de una memoria cultural de largo plazo, también podía contribuir –y quizá eso siga siendo posible, independientemente de la clase social o la capacidad adquisitiva– a profundizar experiencias e interiorizar significados. Los objetos que nos acompañaban, por lo general, duraban más que una vida humana. Nos sobrevivían y eran el soporte de ideas con las que ya poco contamos: la herencia, la transmisión, el legado. Sin ellas, la vida es en extremo angustiante, inmediatista, carente de horizonte. Despedirnos de ese tipo de experiencia en que se asentaba nuestra relación con los objetos (como correlato de una cierta relación de confianza con la vida) puede llevar, tal como lo sintió Aksel, a un empobrecimiento existencial.

En un mundo de bagatelas tecnológicas (incluso si son bellas), de baratijas para usar y desechar, ¿qué queda –si es que algo queda– de esos viejos objetos que, al ser mirados, también nos miraban? Tal vez solo un remanente de nostalgia por ese viejo mundo tan bien descrito en Los bárbaros: ensayo sobre la mutación, el esclarecedor libro de Alessandro Baricco. El escritor italiano analiza el sistema de valores sobre el que se erigió la cultura burguesa y arroja luces sobre el sentido del interieur, de la domesticación de la naturaleza que ofrecía, según Baricco, el escenario adecuado para desarrollar también una vida interior.

El teatro burgués de autores como Ibsen o Strindberg, o el cine de Bergman o Mike Nichols, por poner unos ejemplos, mostraron el refugio burgués y la vida interior que crecía en tono a este no como un locus amoenus, sino como un espacio conflictivo, desgarrado, es decir, rico en dramaturgia y pathos.

La mutación nombrada por Baricco ha sido advertida por muchos y tiene distintos nombres: desde sociedad líquida (Bauman) hasta necrocapitalismo. Como lo vio el cineasta y poeta Pier Paolo Pasolini antes de morir, el poder es más efectivo en tanto resulte más difícil de identificar. El nuevo poder no actúa de manera vertical sino disfrazando de elección o libertad lo que no es más que una imposición. El éxito es una obligación, y el fracaso, en cualquier ámbito, se carga de culpas, como si se tratara de una deficiencia moral.

Y como todos fracasamos, en mayor o menor medida, todos nos sentimos culpables. A diferencia de las prácticas penitenciales del catolicismo o de otras religiones, las culpas de hoy son indiscernibles. Proliferan como un virus. ¿Qué queda después de la interiorización del fracaso? Creo que es fácil responder: queda un cliente o un consumidor eternamente insatisfecho y deseante, potencial comprador cualquiera que sea el objeto de su deseo.

Julie, la protagonista de La peor persona del mundo, es presentada en el prólogo del film en estos términos: “Julie volvió a decepcionarse. Le pasa a menudo. […] eran demasiadas interrupciones, actualizaciones, agregados, problemas globales sin solución. Sintió una ansiedad punzante que intentaba reprimir con hiperactividad, ahogándola en interacciones digitales. Algo andaba mal. Ella no era así”.

La sensación de que nuestras vidas son ingobernables es generalizada. También son ingobernables los países. Pero es un desastre calculado. A todos nos va mal, a los negocios les va bien. Es decir, le va bien a cierto capitalismo transnacional que es el verdadero deus absconditus (ese dios imposible de conocer o iluminar) de un presente donde la fe es también un simulacro, cuando no un negocio.

Una cultura verdaderamente material sería pues una cultura de la inmanencia, de un aquí y ahora acompañado de objetos que arraiguen nuestro estar en el mundo, señales de pertenencia e individuación (que sería lo contrario al individualismo). ¿Es posible, aún, la duración? ¿Podemos creer, todavía, en la ilusión de que algo nos sobrevivirá, tanto como nosotros somos la estela de lo que nos antecedió?

No es fácil hablar en estos términos; podrían ser entendidos como una “íntima tristeza reaccionaria”. Hoy todo discurso está bajo sospecha y muy pronto, quizá, decir algo será imposible. ¿Veremos el comienzo de otro mundo? ¿Ya estamos en él? ¿Sobraremos o prevaleceremos? That is the question. Las corrientes de autodestrucción y narcisismo son demasiado poderosas dentro de nosotros y la sociedad en su conjunto se rige por las mismas fuerzas y el mismo instinto de muerte. El sistema lo ha comprendido perfectamente y alimenta esos impulsos. Nos dice, de manera infatigable, que algo anda mal alrededor y dentro nuestro, y que somos responsables. Que la única forma de restablecer un lazo con el mundo es la que se puede comprar en el almacén o el dispensario de soma. Verdaderamente es un mundo infeliz, y no lo hemos diseñado nosotros.

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1 Comentario

Alicia Rey febrero 4, 2024 - 12:13 pm

Me siento inmensamente feliz y agradecida por el maravilloso resultado de tu tratamiento.
Sigue disfrutando de todas las cosas fantástica que la vida tiene para ofrecerte y que mereces.

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