El Cauca: ¿dividir un departamento ya desintegrado? - Razón Pública
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El Cauca: ¿dividir un departamento ya desintegrado?

Escrito por Elías Sevilla

Elias Sevilla CasasBiografía y retrato de una sociedad fragmentada entre etnias, y clases, y regiones, y de lo mucho que han hecho los payaneses de linaje distinguido para crear y para mantener la desintegración y la exclusión.   

Elías Sevilla Casas*

La senadora Paloma Valencia.

Razones de una propuesta

No me sumaré aquí a la “desplumada” que sufrió la senadora Paloma Valencia por su propuesta de dividir el Cauca en dos departamentos, uno indígena y otro mestizo: que los negros y los demás ciudadanos se las arreglen como puedan.

Obro así porque estoy de acuerdo con Valencia cuando dice que hay cuestiones de fondo, y entre ellas la de tierras. Y también porque coincido con las dos premisas del ex gobernador Guillermo Alberto González Mosquera cuando salió en defensa de la senadora, vale decir: (1)  que Popayán no es el Cauca, y (2) que el departamento está descuartizado, con regiones desarticuladas hacia el norte, el sur, el oriente y occidente.

Popayán es Cauca pero no es todo el Cauca, como creyeron los que hasta ahora han dirigido. 

Disiento en cambio de  la conclusión de que por eso sea inteligente dividir en dos lo ya desintegrado. Más todavía: la propuesta es el último eslabón de una cadena centenaria de actuaciones de la dirigencia payanesa, ancestros de Paloma y de Guillermo Alberto, quienes tuvieron el poder de hacer algo para unificar el Cauca pero no lo hicieron. Su miopía, que confundió a su Popayán procera (no al Popayán vivo actual, como veremos) con el Cauca, tiene mucho que ver con la situación actual.

en Popayán.
Puente del humilladero.
Foto: Louise Wolff
 

De estamentos y alcurnias

Según el sociólogo Max Weber, el estamento es una forma de estratificación social basada  en el honor que se expresa en privilegios y exclusiones respaldados por los partidos y las clases. En sociedades como la caucana las formas sociales (estamentales), políticas (partidos), y económicas (clases) se refuerzan mutuamente.

Es innegable que desde su fundación como Estado Federal del Cauca en 1857 (con Tomás Cipriano de Mosquera y Arboleda), pasando por el Estado Soberano (1863), el Antiguo Cauca (1886) y el actual Departamento (1910) la casi totalidad de gobernadores han pertenecido al estamento “blanco” payanés, que mantuvo el control del poder, la riqueza y el honor social en un círculo celosamente reducido a un puñado de apellidos.

Los vínculos estrechos con el poder presidencial de Bogotá que los nombraba en el cargo no hacían sino reforzar esa exclusión. Popayán se precia de tener entre sus hijos a diez presidentes de Colombia, y la Universidad del Cauca a 17 presidentes entre sus ex alumnos. Como Bogotá nombraba los gobernadores, la exclusividad estamental solo se vio amenazada a partir de su elección popular (1992) y halló una excepción inesperada y pasajera cuando el indígena Floro Tunubalá ganó las elecciones de 2001.  Hoy el panorama sobre la persistencia estamental es confuso.

Placa 

Fotografía: Francisco José López, 2015.

Valencia y Mosquera son apellidos estamentales como lo son Iragorri Valencia, los del actual Ministro de Agricultura. De familia conservadora, Paloma es bisnieta del poeta Guillermo Valencia, ex gobernador y ex candidato presidencial en la primera mitad del siglo XX, nieta del ex presidente Guillermo León Valencia, e hija del ex senador Ignacio Valencia. Formada en la Universidad de los Andes de Bogotá, que fundó su abuelo, Mario Laserna, es el retoño más reciente del vetusto y decadente estamento payanés. Ganó la elección porque se  acogió al prestigio nacional de Álvaro Uribe de quien hoy es escudera. Por su parte el hasta entonces aguerrido liberal González Mosquera ganó la elección para gobernador en 2008 con un aval de afro-descendientes. Iragorri entró por arriba, por el Gobierno central, cuando su padre, el longevo senador liberal y ex gobernador Aurelio, renunció para abrirle espacio en la cúpula del poder.

La desintegración

Quien mire las dos imágenes del Cauca, que representan la enorme extensión del Departamento en 1886 y la que tiene desde 1910 puede advertir la capitis diminutio que han sufrido el Departamento y Popayán:

Colombia (1870).svgColombia (1942).svg

Quien desee conocer la impresionante transformación territorial que ha sufrido el Cauca bajo el cuidado de su dirigencia estamental puede consultarlo en este sitio web. Quien desee conocer el nudo de conflictos que viven sus regiones, indígenas o no, alrededor de la tierra puede consultar un informe reciente de la Universidad Javeriana de Cali. Y quien desee ponderar la pobreza transversal que asimila su situación a la del triste emblema chocoano puede leer un informe del Banco de la República.

Pero hay algo más que el diagnóstico de González. El actual departamento no sólo está descuartizado en regiones que miran hacia los cuatro puntos cardinales, sino que la Popayán estamental, la que tiene su residencia simbólica en la “Ciudad Blanca”, está aislada como en un museo o, peor aún, como ciertos monumentos sepulcrales. Ver  el sugestivo mapa adjunto.

 

http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/f/f7/Colombia_-_Cauca_-_Popayan.svg/250px-Colombia_-_Cauca_-_Popayan.svg.png

Hay en cambio vida en la otra Popayán, la que creció abajo y por fuera de la ciudad estamental. Esta vida circula por los intersticios que  hay entre las residencias-museos, cascarones vacíos, objetos eventuales de remodelación para fines comerciales. Es decir, el Cauca concebido como co-extensivo con la Popayán procera ya no existe sino en espacios muertos como el Panteón de los Próceres y “Casa Valencia” (Museo), que son sus símbolos eximios. En ese Panteón y en esa Casa no han tenido cabida apellidos distintos de los estamentales.

 

Fotografía: Francisco José López, 2015.

Para nosotros los caucanos no estamentales payaneses, Popayán es Cauca pero no es todo el Cauca, como creyeron los que hasta ahora han dirigido. Los caucanos urbanos y rurales, payaneses o no, tratamos de integrar como podemos las regiones entre sí y con Popayán, como también lo hacemos con el resto del país y del planeta.

La Catedral de Popayán ubicada en el Parque Caldas de la ciudad de Popayán.
La Catedral de Popayán ubicada en el Parque Caldas de la ciudad de Popayán.
Foto: inyucho

Lenguaje de palomas y de águilas

Manuel Quintín Lame (1880-1967) fue un indígena nasa, soñador, guerrero y escritor, que decidió convertir el terraje en tierra-territorio.

En virtud del llamado sistema de “terraje”, los indios de las haciendas alrededor de Popayán cambiaban días de labor campesina por el derecho a cultivos de pan-coger en un rinconcito de la hacienda. Quintín fue implacable en la tarea de recuperar tierras de las cuales habían sido despojados sus hermanos mediante artimañas legales. Fue inevitable entonces el conflicto con los hacendados y, en general, con el estamento payanés.

El poeta Guillermo Valencia (1873-1943) fue el gran contradictor de Quintín Lame. Como dice la profesora de los Andes Mónica Espinosa en un estudio titulado “El indio lobo”, Valencia veía en Lame una amenaza feroz y por eso pedía su destierro. Y Quintín alimentaba la ira del poeta, por ejemplo cuando en 1927 habló en una carta-manifiesto de mujeres que ellas eran “águilas encolerizadas” en la defensa tesonera de sus derechos.

Los caucanos cabemos todos en un Cauca unificado por el respeto a la diversidad étnica y cultural.

Y Valencia le correspondía. Alguna cartilla cuenta que el poeta se encontró con el indio que iba amarrado, camino de la cárcel, en el Puente del Humilladero, y agrega que el poeta lo escupió, aunque otros dicen que le dio un puñetazo. De todos modos, sí hay datos precisos sobre el  intento de Valencia por desterrar de Colombia al indio sedicioso. Quintín agradece en su libro al presidente Abadía Méndez por haber evitado el destierro.

En contraste con la mono-valencia excluyente de Paloma, Quintín jugaba con la ambivalencia, como advierte la ya citada Espinosa. El indio narra en su libro que: “un día me encontré con el célebre poeta en la Calle Florián en Bogotá, y como haberse separado del andén le llamé la atención y me atendió cortésmente y le dije ‘Doctor présteme esos cinco claveles’ y nos dimos la mano para hacerle comprender que yo no era el indio lobo sino su hermanito lobo; ya no era la fiera de la montaña ni tampoco el espíritu que grita en el bosque sino la paloma torcaz que había navegado sobre la montaña y el bosque para conocer dónde estaban los jardines de la ciencia para poderle cucurrutiar al Poeta que adivinaba el amor humano en sus estrofas.”

El líder Nasa Manuel Quintín Lame (al centro, fumando un puro).
El líder Nasa Manuel Quintín Lame (al centro, fumando un puro).
Foto: Wikimedia Commons

Otro lenguaje

Este mensaje florido del indio, que acataba el imperativo de buscar la convivencia  debe ser acogido – hoy más que nunca- tanto por la bisnieta del poeta como por sus contradictores indígenas, por el bien de un Cauca unificado en la diversidad de etnias y culturas.

Esto es particularmente cierto para quienes detentan el poder político y todavía se atienen a la herencia estamental, típica de Popayán. Sería preocupante que el ministro de Agricultura Iragorri, a cuyo cargo está el proceso de restitución tierras durante el postconflicto, comparta la mono-valencia excluyente de su prima la senadora Valencia. Una columna reciente de Alejandro Reyes, un experto en materia de tierras, aporta indicios de que así puede ocurrir.

Y es también cierto para los contradictores indígenas. Se pueden documentar instancias de su actitud fundamentalista y excluyente ante quienes no son indígenas. Ellas afectan a decenas de miles de campesinos del Cauca que fueron indígenas y decidieron dejar de serlo formalmente. Afectan además a otros tantos  que, “blancos” o afro-descendientes, son tan pobres como los mismos indios.

Si hay honestidad, el rechazo al “apartheid” que los indígenas organizados leen en la propuesta de la Paloma estamental debe tener una contraparte concretada en el acuerdo de que los caucanos cabemos todos en un Cauca unificado por el respeto a la diversidad étnica y cultural y por el equilibrio en el acceso a los bienes fundamentales, incluyendo el acceso a la tierra.

En resumen, en vez de dividir al Cauca, hay que tender puentes de convivencia, no réplicas del ícono del Popayán estamental que se llama con toda propiedad “Puente del Humilladero”.
 

* Ph.D. en Antropología, profesor titular (jubilado) de la Universidad del Valle, Cali.

 

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