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Doctorados para todos los gustos y propósitos

Escrito por Elías Sevilla

Elías SevillaAlgunos presumen del título sin tenerlo y otros se dejan llamar así sin aclarar la confusión, pero en Colombia muchos poderosos son “doctores” falsos. ¿Cuál es la situación verdadera de este grado académico en el país? 

Elías Sevilla Casas*

 

Ceremonia de entrega de becas Fulbright para estudiantes colombianos de maestría y doctorado.

¿Cuáles doctores?

Un reciente artículo de La República dice que Colombia es un “país de doctores que tiene pocos doctorados”.

Y en efecto estamos en un país de doctores: “siga doctor”, “¿cómo está doctor?”, “cuénteme doctor”. Este apelativo se aplica a personas que están en determinada categoría social por su estatus, su profesión, o simplemente por su atuendo. También se aplica a abogados y médicos, porque hasta 1980 su título profesional usualmente incluía el nombre “doctor”.

Este uso de “doctor” es parte de nuestro folclore. Un ejemplo de su amplio espectro ocurrió hace poco, cuando en los videos relativos a la sonada captura de un finquero poderoso, acusado de paramilitarismo, uno de los escoltas aparece llamándolo “doctor”.

Este título social (no académico) reemplaza al hoy desvalorizado título de “don” o “doña”.

Otra anécdota simpática: no hace mucho un docente universitario, durante una discusión sobre escalafón académico, sostuvo que él tenía un doctorado equivalente al PhD de sus colegas más jóvenes, porque su título profesional, expedido hace más de 40 años, decía literalmente: “Doctor en Derecho y Ciencias Políticas”.

Como tercer ejemplo digamos que casi nadie tiene reparo en llamar “doctor” al médico recién egresado que, con el infaltable estetoscopio al cuello, atiende una consulta. Pero muy pocos advierten que el MD bordado junto a su nombre en el bolsillo de la bata blanca significa literalmente “Medicinae Doctor”. Es decir que, hablando con rigor legal, su universidad le otorgó tan solo el título de médico-cirujano (MC). Este “doctor, MD” deberá estudiar unos cuantos años más y defender con éxito una “tesis doctoral” para que, según la ley, la academia le reconozca su PhD. La confusión se refuerza por la influencia anglosajona, pues en esa lengua una de las acepciones de “doctor” es physician.

Para explicar el uso del “doctor” en Colombia tal vez podría decirse que este título social (no académico) reemplaza al hoy desvalorizado título de “don” o “doña” que durante la Colonia se aplicaba a “las minorías honorables”. De ser válida la hipótesis, en Colombia seguiremos por décadas teniendo doctores de todo tipo y condición, sin mediación estricta de reconocimientos académicos.

Los doctorados académicos

Sede de la Universidad de Bologna, la institución universitaria más antigua del mundo.
Sede de la Universidad de Bologna, la institución universitaria más antigua del mundo.
Foto: Wikimedia Commons

El grado académico de doctor corresponde al nivel 8 de la Clasificación Internacional Normalizada de la Unesco. En él culmina la secuencia de niveles de “educación terciaria”: 5, 6 y 7, a la que se ajustarían nuestros niveles educativos de “tecnólogo”, “pregrado”, “especialización” y “maestría”. En nuestro sistema nacional los “posgrados” corresponderían a los niveles 6, 7 y 8.

En Colombia hay pocos doctorados académicos, ya sea que hablemos de programas universitarios o de personas graduadas por ellos. El Observatorio de la Universidad Colombiana informa que el número de programas doctorales en 2006 era de 85, con una matrícula de 1.607; mientras que en 2013 los programas llegaron a 148, con una matrícula de 3.800. El salto de 148 programas en 2013 a 256 en 2014 refleja el aumento en la demanda y en la oferta que actualmente tiene este frente académico.

No obstante esta tendencia, un índice de doctores graduados deja a Colombia en una muy mala posición comparativa para la región. Un informe de la Organización para la Cooperación y Desarrollo (OCDE) señala que en 2010:

  • Puerto Rico graduaba 388 doctores por millón de habitantes,
  • Estados Unidos, 218,
  • Brasil, 59,
  • Cuba, 55,
  • Argentina, 38,
  • México, 37,
  • Chile, 21 y
  • Colombia, 5.

Este índice muestra los problemas relacionados no solo con la baja matrícula, sino con la alta deserción y retraso en la graduación, que a su vez implican problemas de calidad. Igualmente, nuestro bajo nivel puede deberse a la todavía alta dependencia de las universidades extranjeras para formar nuestros doctores.

Los “honoris causa”

La ex-vedette y ex-rectora de la Universidad Autónoma del Caribe, Silvia Gette Ponce.
La ex-vedette y ex-rectora de la Universidad Autónoma del Caribe, Silvia Gette Ponce. 
Foto: Wikimedia Commons

Entre el uso del “don/doctor” como reconocimiento social, los antiguos y desuetos títulos profesionales de doctor para abogados y médicos y los modernos doctorados académicos, se ubica el caso de los doctores “honoris causa”.

Esta frase latina significa “en atención al honor”. En su mejor instancia este doctorado es otorgado por una universidad a personas cuya vida y obra intelectual son muy sobresalientes. Sin embargo, su condición excepcional hizo que el Consejo de Estado precisara que el título no habilita para el ejercicio legal de aquellas funciones públicas que requieren una graduación por la vía ordinaria.

Al vincularme a la Universidad del Valle en 1980 había en el ambiente una controversia interesante. En ese momento la Universidad otorgó el “doctorado honoris causa en Psicología” al filósofo, psicoanalista y docente Estanislao Zuleta. La controversia se centraba no tanto en su trayectoria intelectual, por casi todos reconocida, sino en que Psicología no tenía, para esas fechas, un programa doctoral.

También, al lado de los muy justificados casos de los doctorados honoris causa ha habido en Colombia otros no tan justificados. Un interesante caso de devaluación involucra a Silvia Gette, cuando en su condición de rectora de la Universidad Autónoma del Caribe otorgó el título al entonces presidente Álvaro Uribe Vélez, así como a cuatro periodistas deportivos.

Todavía se puede ver en un portal del Ministerio de Educación el programa en que la “doctora Silvia” instala la sesión y varios académicos llenan la agenda del sonado y colorido evento.

Nuestros doctores

La profesora Diana Elvira Soto ha trazado la evolución de estos títulos en nuestro país. Por ejemplo, en la época del Virreinato, las universidades menores de Santo Tomás y Javeriana de Santafé otorgaron títulos de doctor en Cánones, Derecho Civil y Derecho Eclesiástico.

En ese momento hubo restricciones para acceder a ellos, no solo por “limpieza de sangre” (exigencia asociada al uso del título de “don”) sino económicas, porque los beneficiados en un momento dado tenían que pagar grandes sumas para cubrir los gastos de “la pompa y propinas acostumbradas”.

Los que no cumplían con estos requisitos debían, en caso de optar por un título, contentarse con el grado de bachiller o licenciado. Estos doctorados dejaron de otorgarse en 1767 (Santo Tomás) y en 1826 (Javeriana).

El mercado de ofertas doctorales es variado y muy dinámico.

Una ley de 1852 suprimió el grado de bachiller y dispuso que se mantuvieran los títulos de doctor en Medicina, Jurisprudencia, y Ciencias Eclesiásticas, sin que exigieran estudios o investigaciones posteriores a la obtención del título profesional.

Así transcurrió buena parte del siglo XX, pues solo hasta 1980 el Decreto 080 reglamentó la formación universitaria avanzada para ajustarla a las normas internacionales. Sobre los doctorados, ese decreto dice que: “El título de doctor se otorgará a quienes habiendo aprobado el respectivo programa académico y cumplido con los demás requisitos hayan elaborado y sustentado un trabajo que constituya un aporte original a la ciencia o a sus aplicaciones”. 

Quien haya cumplido con estos requisitos, en especial el de la tesis doctoral, sabe que el doctorado es una ardua tarea, que algunos denominan “rite de passage. Por ello sería interesante decir que, al lado de los doctorados honoris causa que reconocen los aportes de eminentes intelectuales después de muchos años, están los doctorados laboris causa (en atención al trabajo), que implican un esfuerzo sostenido y concentrado de personas que se someten al calvario de producir y sustentar una tesis doctoral.

Oferta de títulos

Es muy amplia y variada la oferta de programas doctorales, creciente en el país y ya consolidada en otras partes, tanto en Latinoamérica como en Europa y Norteamérica. Por ejemplo, la Unión Europea inició, con motivo de los 900 años del primer doctorado en la Universidad de Bolonia, el Proceso de Bolonia que trata de estandarizar y asegurar el control de calidad de los programas de posgrado, entre ellos los doctorales.

En Latinoamérica y, concretamente en Colombia, hay procesos en curso de estandarización y mejoramiento de la calidad que están en manos de entidades especializadas como la Comisión Nacional de Aseguramiento de la Calidad de la Educación Superior (CONACES) para estándares mínimos y del Consejo Nacional de Acreditación (CNA), para alta calidad.

Está vivo el debate sobre los eventuales propósitos ocultos de estos procesos, que según algunos atentan contra la autonomía y amplitud del conocimiento doctoral. Las discusiones actuales sobre las Humanidades, las Ciencias Sociales, el mercantilismo de la cienciometría, y el papel de COLCIENCIAS en todo ello, hacen parte de esta problemática.

Sea como fuere, el mercado de ofertas doctorales es variado y muy dinámico. Al lado de los programas académicos de alta calidad, se encuentran casos de francos negocios que atienden a la demanda de títulos doctorales, con mínimo esfuerzo intelectual y no tan mínima inversión económica. Se acude a ellos porque, a falta de mejor oferta, los postulantes hacen lo que pueden para mejorar sus hojas de vida para el mercado de trabajo, o por el gusto de lucir.

Dentro de la variada oferta ha surgido la especie de “títulos propios” o “títulos privados”, que no tienen validez académica en el sentido arriba expuesto, pero cumplen con la función de adorno para las hojas de vida y reconocimiento de facto (no legal) de algunas experiencias universitarias. Aunque no reconocidos por los Estados, esos títulos cubren una amplia gama de niveles, paralela a la patrocinada por la Unesco, incluso hasta llegar al doctorado.

Por ello no causó sorpresa encontrar en la red que cierta universidad española ofreciera no solo maestría en “Administración de Fincas”, sino que hable de un futuro doctorado en esa disciplina. Los finqueros o funcionarios necesitados de reforzar el apelativo de “doctor” que ya le dan sus subordinados tienen entonces adonde acudir para el aval universitario, escrito en papel, que maquille eventuales falsedades de los currículos profesionales.

 

* Antropólogo PhD, Profesor Titular (jubilado) Universidad del Valle, Cali.

 

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