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La producción científica y el lugar equivocado

Escrito por Elías Sevilla

Elias Sevilla RazonPublica

Una denuncia de El Espectador sobre los méritos de un biólogo colombiano asociado con la NASA sirve de fondo a esta aguda reflexión sobre la fama, la propaganda y la genuina calidad del trabajo científico.

Elías Sevilla Casas*

El periodismo y la ciencia

Se ha producido un pequeño escándalo en el mundo periodístico a raíz de las dudas expresadas sobre el reconocimiento mediático otorgado al profesor Raúl Cuero por su producción en el campo de la ciencia y la tecnología.

Quiero anotar de entrada que reconocimiento mediático es distinto del reconocimiento académico otorgado por pares puesto que obedece a lógicas distintas. El primero está sujeto a veleidades incontrolables, el segundo a reglas de juego razonables o por lo menos explícitas.

Las ondas que perturban el recodo de la laguna de la opinión nacional creada por los medios respecto del doctor Cuero ya tiene efecto en otros recodos, interconectados como están. Por ejemplo, dado que él  es afro-descendiente,  hay turbulencia en el ámbito étnico-racial, al punto de que el director nacional de la oficina gubernamental para las negritudes salió en defensa del profesor.

Reconocimiento mediático es distinto del reconocimiento académico otorgado por pares puesto que obedece a lógicas distintas. El primero está sujeto a veleidades incontrolables, el segundo a reglas de juego razonables o por lo menos explícitas.

Es posible que otros ámbitos también se perturben y que un asunto que se dirimiría sin mucho aspaviento, y con argumentos ponderados, entre los pares del doctor Cuero, adquiera proporciones de tragedia o comedia nacional.

De lo que no queda duda es que el asunto se volvió comidilla de los medios y de las redes sociales con la consiguiente banalización de un tema y de una trayectoria profesional que merecen otra suerte. Daniel Samper Ospina ya comenzó a comer cuero de Cuero al incluirlo en su galería de personajes de caricatura, al lado, por ejemplo del tristemente célebre concejal de Chía.

En esta nota trataré de mostrar que es probable que nos estemos acercando a una comedia afín a aquella que cierta entidad bancaria bosqueja con sus viñetas de “el lugar equivocado”. El equívoco nace del trastrueque de criterios para el reconocimiento. Con o sin intención, se han mezclado lógicas y criterios de valoración que llevan a esta incómoda situación.

Anécdota diciente

Foto: Café de Colombia
Raúl Cuero

La secuela pudo haber sido inducida por el mismo doctor Cuero quien sin medir las consecuencias, acaso sin proponérselo, y probablemente a su pesar, permitió que su obra y su biografía llegaran a ser objeto de difusión, exposición, propaganda y manoseo por parte de los medios y de ciertos grupos con intereses distintos de los de la academia.  Ahora encuentra que su obra,  probablemente valiosa, es tratada de un modo banal y acaso desconsiderado. Hoy le comen el cuero, o lo encueran, por doquier mientras otros lo defienden. Con una anécdota aclaro la sutil pero importante diferencia.

Hace ya décadas –cuando, precisamente, el joven biólogo Cuero comenzaba a sobresalir en la Universidad del Valle por su ingenio, rigor y dedicación como investigador– en mi condición de director de la entonces oficina general de investigaciones (hoy Vicerrectoría) recibí una curiosa llamada de un campechano periodista que todavía mantiene su audiencia, aquella que gusta de la música para planchar. El comunicador respondía al llamado que la Universidad había hecho a los medios para que apoyaran la difusión de la “producción intelectual” de la entidad. Esa producción ocurre en la ciencia/tecnología pero también en la educación, las humanidades y las artes y se corona no sólo con artículos indexados y patentes.

El periodista, que tenía una amplia franja radial en las tardes caleñas, me propuso este arreglo: que al inicio de cada a semana hiciéramos un reportaje en vivo con el correspondiente autor acerca de “el invento de la semana”. Cuando le hice ver que “los inventos” son escasos incluso en las disciplinas a ello dedicadas, y que en algunas áreas universitarias no hay inventos sino otros productos intelectuales igualmente importantes, la propuesta perdió piso por falta de interés del periodista.

Bibliometría y medición del mérito científico  

Campus Party

Foto: Campus Party Colombia
Raúl Cuero en el Campus Party.

Pero no son sólo los periodistas sino otros personajes (con apoyo de los periodistas) quienes ayudan a montar la comedia del lugar equivocado que, en el extremo,  llega a la ridiculez de comparar la producción intelectual con una fábrica de salchichas. De salchichas pequeñitas para que rinda más el conteo en las estadísticas bibliométricas. Leí con sorpresa, no exenta  de hilaridad,  el titular con que El Espectador presentó una entrevista a la actual directora de Colciencias: ¡“El promedio de publicación de un científico es 10 artículos por año”!

La Espada de Damocles del “publique o muera” que amenaza a los académicos de carrera  ha desembocado en el montaje de una maquinaria imponente y trasnacional de producción de salchichas de coctel (perdón, de artículos), de citaciones de artículos, y de mediciones ¨de impacto”. El resultado numérico se traduce en puntos convertibles a  salario, bonificaciones y prestigio. Se traduce también en  dólares para ciertas empresas de un carrusel especializado en publicar los artículos, en administrar las citaciones de los artículos publicados, en sacar las estadísticas, y en cobrar por el servicio a los necesitados autores. Con la publicación en línea, los disminuidos ingresos por subscripción a revistas impresas se substituyen por un open access pagado no por los lectores sino por los investigadores.

Hay desde luego honorables excepciones, porque de todo ocurre en el ancho mundo. Colciencias, que de tiempo atrás había entrado en el criticado juego del factor bibliométrico de impacto, tiene el hoy el no pequeño reto de  evitar el mentado carrusel de anarquía, comercialización, explotación y corrupción. Su proyecto de nuevo modelo de medición de la producción científica nacional, hoy en discusión, en nada corresponde a la burda simplificación del título de El Espectador arriba referido. Curiosamente, la propuesta de este modelo tiene elementos que el doctor Cuero ha venido ensayando en su quijotesca tarea de producción y difusión del conocimiento.

Pero la tradición de Colciencias, forjada dentro del paradigma de las mal llamadas “ciencias duras” (léase “naturales”) que se especializaron en la proliferación de artículos, es hueso duro de roer. Ese paradigma dejó en el limbo, o sujeta a imitar el modo usual de esas “ciencias duras”, el reconocimiento en otros campos, por ejemplo en las artes.

hiciéramos un reportaje en vivo con el correspondiente autor acerca de  “el invento de la semana”.

Ilustro lo anterior con otra anécdota de la Universidad del Valle. En alguna ocasión tuve el honor de acompañar al profesor y colega Germán Colmenares, eminente historiador colombiano, a devolver en blanco un formulario de Colciencias porque su perfil “no clasificaba”. Su obra no estaba en artículos (aunque sí tenía algunos) sino en libros, decisivos por cierto para la historia colombiana.  No había forma (entonces) de darles reconocimiento.

Lugar equivocado

El profesor Cuero optó porque con su obra (y su persona) se hiciera el juego de la valoración en un campo que es extraño, que obedece a  otras lógicas que no son las adecuadas para la producción científico-tecnológica.

Importante el que se difundan la ciencia y la tecnología, como también las artes, las humanidades y el resto de producción académica y de investigación. Pero si uno acepta el juego de la propaganda, de la  publicidad, y del manoseo de los medios, debe atenerse a las consecuencias que, como dije, pueden volverse sabrosos ingredientes de comedia y melodrama. Para la víctima conllevan una molesta saga de inquietudes con visos de tragedia.

Pierre Bourdieu tiene un bello ejemplo de contraste entre dos criterios de valoración de una obra literaria que bien sirve aquí para ilustrar este dilema. Compara al best-seller que se mide por las  ventas inmediatas y la fama, sujetas como están a los vientos locos y en ocasiones fraudulentos de la publicidad y mercadeo, con el reposado y firme ascender del clásico de valor profundo:

· La página 204 de Les règles de l’art presenta la curva de ventas de “un premio literario” best-seller cualquiera: inicia con 6143 ejemplares vendidos, pero luego desciende para mantenerse horizontal en un nivel de 4000 anuales en los siguientes años. Al final, de su nombre y autor no queda rastro alguno.  

· Al lado aparecen los modestos inicios (menos de 1000 ejemplares vendidos) de dos obras ya clásicas, La Jaloussie de Robbe-Guillet, y En attendant Godot de Samuel Beckett. La curva de ventas se vuelve diagonal ascendente y persistente. Como sabemos, estas obras ya están definitivamente instaladas en la memoria colectiva. Cualquiera advierte que en el fondo  la lógica detrás de los best-seller es parecida a la que propicia el factor de impacto a que todavía están sujetas las publicaciones reconocidas por Colciencias.

¿Tragedia/comedia de lugar equivocado? Depende de qué tan en serio el doctor Cuero tome el juego de la fama aderezada por los medios  y de si la confunde con el juego de la ciencia en que el autor, con la grandeza de quien no necesita de la propaganda, se entiende directamente con sus pares.

*PhD antropología por Northwestern University y Profesor Titular jubilado de la Universidad del Valle, Cali.

Email: eliasevilla@gmail.com

 

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