Los “espectáculos taurinos” y la sensibilidad moral en movimiento - Razón Pública
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Los “espectáculos taurinos” y la sensibilidad moral en movimiento

Escrito por Elías Sevilla

toro levantando al torero

Elías Sevilla CasasUna sentencia de la Corte Constitucional y una mirada fina a las corridas de toros desde la antropología muestra que hay muy distintas maneras de entender, vivir y valorar una práctica que ha dado pie a muy intensas controversias recientes.

Elías Sevilla Casas*

Una simple diversión

En la Sentencia T 296-13 de la Corte Constitucional que revisa con cuidado la legislación y la jurisprudencia sobre la tauromaquia abunda el nombre de “espectáculos taurinos”. Esta expresión de la Corte tiene (o tendrá) consecuencias que trataré de precisar en este artículo.

Con ese nombre, en efecto, se reconoce la tendencia a banalizar y a “espectacularizar” la tauromaquia, a tomarla como simple diversión hecha para que la gente mire y tome trago. Tal anestesia de la sensibilidad moral puede llegar en otros contextos a extremos tan horrendos como la trivialización y mediatización de la tortura (por ejemplo en “el efecto Abu-Ghraib”).

En cambio, rara vez se leen en la Sentencia los tradicionales nombres de “festejos” y “fiesta (brava)”. Los de “arte”, “rito” y “juego” se utilizan aún menos – aunque son los que tienen implicaciones de fondo en la memoria cultural del Mediterráneo occidental y de las excolonias hispanas y francesas  donde la tauromaquia ha echado raíces centenarias. Con razón dice Antonio Caballero que quienes clasifican las corridas de toros entre los espectáculos “no saben de qué hablan”.  

La excepción de maltrato que existe para los casos del rejoneo, el coleo, las corridas de toros, las novilladas, las corralejas, las becerradas y las tientas, “así como las riñas de gallos”.

La degradación implícita de la tauromaquia siembra dudas sobre lo “razonable” que dice ser la Corte cuando admite que estas prácticas gozan de “un arraigo social determinable en regiones del país, y constituyen una manifestación de la diversidad cultural y el pluralismo social como elemento del patrimonio cultural de Colombia.” Se pierden, en efecto, la especificidad y la autenticidad cultural que desean protegerse porque la homogeneización superficial de la diversión pasajera, propia de “la sociedad del espectáculo” (en el sentido original de Debord), predomina sobre el sentido de rito, juego, arte o fiesta que pudo tener en el pasado.

La Corte da a la corrida clásica (la que tiene tres tercios, uno de muerte) el trato de evento taurino por antonomasia pero se permite hacer honor puntual a la “variedad y pluralismo” que estas prácticas han tenido en Colombia cuando recuerda una ley que protege a los animales del maltrato. Recuerda también la excepción de maltrato que existe para los casos del rejoneo, el coleo, las corridas de toros, las novilladas, las corralejas, las becerradas y las tientas, “así como las riñas de gallos”.

Los juegos sangrientos vistos desde la antropología

Los antropólogos tenemos mucho que aportar en el análisis juicioso y equilibrado de estas prácticas culturales, tanto en términos de prevalencia en comparación con otras prácticas, como de profundidad por nuestro intento de captar cuál es su trama íntima y qué piensan y sienten los participantes.

Como inspiración y para comenzar, el lector interesado en el juego sangriento con los toros puede leer un pequeño clásico de la antropología. Se trata del relato y análisis de un juego de hombres (varones) que se basa en la letal riña de gallos en la isla de Bali. Lo escribió Clifford Geertz y le dio un nombre que viene bien a la presente nota: Juego profundo.

En referencia a la tauromaquia, sea como juego profundo, (rito, arte, o fiesta) también explorar la rica literatura antropológica de investigadores que han superado los  simples alegatos apologéticos o acusatorios.  Doy sólo  un ejemplo. Manuel Delgado, profesor de la Universidad de Barcelona, sostiene que al defender las corridas como arte puede abrirse una ventana en su contra. El énfasis sobre la dimensión estética que ha sido  promovido por ciertas élites o círculos de entendidos que conversan en lenguajes arcanos se alejaría del proceso social que ha persistido ante todo como rito (o juego profundo, en el lenguaje de Geertz).

Delgado cierra de este modo su argumento: “Quienes quieran entender por qué el toro y su fiesta han devenido tan y tanto tiempo significativos social y psicológicamente, lo que deben hacer no es tanto buscarla en Las Ventas, donde las razones últimas y primeras del toro están pero requieren una mirada casi arqueológica, sino en fiestas en apariencia simples e ingenuas —y también brutales— donde esas claves que esclarecen se muestran en carne viva, exhibiendo su naturaleza primera, aquella que asusta en su evidencia y que, acaso porque nos revela lo que fuimos y acaso todavía somos sin saberlo, muchos quisieran ver sentenciadas a ser enterradas en vida.”

Un muy concreto y sangriento toro alado

Explorando Internet sobre las fiestas de toros llegué a un video que me llamó la atención por su nombre, copia de la novela del antropólogo peruano José María Arguedas, Yawar Fiesta (fiesta de sangre).

Las primeras escenas del video recuerdan a cualquier corraleja de la Región Caribe colombiana por el toro criollo, la participación popular en plaza pública, el esperado revolcón de algún borracho y la no tan esperada pero sí posible cornada mortal a otro espontáneo con peor suerte.

Pero hay un cambio radical cuando aparece otro toro, esta vez con alas enormes que se bambolean en forma grotesca a cada salto del animal en el ruedo polvoriento. Son las alas de un cóndor vivo (¡sí, un cóndor de Los Andes!) cuyas garras  han sido  cosidas al lomo del toro para crear una figura sublime, a los ojos de los creyentes indígenas. Por tanto, para ellos, la figura no es grotesca.

El video muestra la Yawar Fiesta anual en Coyllurqui, departamento de Apurimac, en las  montañas  del sur del Perú. El cóndor fue capturado en una faena ritual muy compleja, valiéndose de la carroña de un animal muerto para tal propósito. El toro fue provisto por los ganaderos locales y la autoridad local dirigió el proceso de conjunto.

Quiero resaltar de manera resumida el estudio de Antoniette Molinié los significados actuales y anteriores que tiene este juego de sangre para sus participantes. Los indígenas peruanos dicen hoy que el cóndor y el toro son animales de origen andino, aunque sepan   por la escuela que  los bovinos llegaron con los españoles. El cóndor viene de los cielos y representa el sagrado poder de las montañas. El toro sale por una laguna desde las profundidades de la tierra y representa el poder genésico que hace posibles la agricultura y la reproducción de la humanidad. La eventual muerte sangrienta de los humanos en la arena es la ofrenda del pueblo, como sacrificio humano, al toro alado que asegura tal fertilidad.

Se trata pues de una inversión simbólica del sentido mediterráneo -e iberoamericano urbano- donde la ofrenda es el sacrificio del toro (de allí la importancia en las corridas urbanas del tercio donde se juega la “suerte suprema”).

La versión era distinta siglos atrás, al comenzar La Colonia, cuanto las élites españolas trasladaron y ajustaron a América su práctica taurina. Era distinta también más adelante,  cuando el toro representó al español conquistador y el cóndor al pueblo liberado de su opresión colonial. De hecho la Yawar Fiesta se celebra el 28 de julio, día de la independencia peruana. Y es distinta también en la novela indigenista de Arguedas (1941), que no incluye al cóndor y elabora el tema de la dominación sufrida por los indígenas de parte de los mistis (blancos) y el contraste entre la corrida formal urbana con toreros profesionales y el festejo taurino de los indios.

Esta breve evocación pone de presente el movimiento continuo, por inversiones o transformaciones simbólicas, de la tradición cultural taurina, aquella que la Corte colombiana aduce como argumento para mantener intacta la corrida en Bogotá y las demás ciudades que la tienen.

La tradición, entendida en sentido antropológico, fue bien caracterizada por el poeta T. S. Eliot cuando, en su ensayo Tradition and the individual talent, dijo que lejos de ser una herencia pasivamente recibida de los ancestros, es una construcción selectiva intencional a partir de elementos selectos tomados de la memoria colectiva y de elementos nuevos.

La lectura cuidadosa de la legislación que revisa la Sentencia de la Corte permite encontrar indicios de apertura a este movimiento de la tradición cultural en relación con la  tauromaquia. En efecto -y en varios de sus apartes- la Sentencia supone ese cambio, porque  de otro modo caería en el folclorismo o en el museísmo que son apenas puntos de apoyo para la construcción colectiva y permanente del patrimonio cultural que – a falta de mejor nombre –  han denominado “inmaterial”.

Banalización y  sensibilidad en ascenso

Es muy sintomático, y preocupante para los taurinos, que la Sentencia hablara de la tauromaquia (o más precisamente, de la corrida urbana) como “espectáculo”, por sus  implicaciones de banalización vale decir, de insensibilización cultural.

La corrida de toros no es tanto, ni para la mayoría, una fiesta, un juego profundo, un rito o una manifestación de arte. Es un espectáculo más. Y esta mayoría parece ir en aumento, especialmente entre los jóvenes.

Pero en el ambiente hay algo más que muestra cambios en otro flanco de la sensibilidad de la gente cuya tradición se quiere defender. La sensibilidad moral, como distinta de la sensiblería, es cultura viva, conocimiento más posición ético-política en una escala precisa de valores. Y hay indicadores claros de la creciente sensibilidad moral en lo que atañe al maltrato animal y al respeto por la vida –humana, animal y vegetal– como parte de la ética ambienta contemporánea. 

Esta sensibilización arrasará en los casos donde  los toros sean un espectáculo y será resistida por un número decreciente de personas (mayores) que la consideran un “juego profundo”. Francis Wolff es un inteligente defensor de la tauromaquia, en especial de la corrida. Estuvo detrás de la declaratoria en Francia de estos eventos como patrimonio cultural nacional. La introducción de su  libro 50 razones para defender la corrida de toros se dedica a desmontar la principal razón en contra: la sensibilidad cambiante de la  gente. ¿Será que Wolff presiente una inversión en la jerarquía de valores que hasta hoy La Corte, en el caso de Colombia, ha considerado incólume?

Podría ser que el presentimiento del profesor Wolff se haga efectivo en el corto plazo cuando el Congreso o la misma Corte colombianos reconsideren la excepción normativa (o insensibilidad) ante el maltrato animal dada la evidencia de que se trata ahora de un “espectáculo” (trago incluido) no de un juego profundo como ocurrió en el pasado.

 

*Ph. D. en antropología, profesor titular jubilado de la  Universidad del Valle, Cali.

eliasevilla@gmail.com

 

 

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