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Los valores morales en el debate presidencial

Escrito por Elías Sevilla

Elias SevillaAborto, ideología de género, dosis personal…En un país diverso como Colombia no se deben confundir los valores universales con las creencias de una religión particular.     

Elías Sevilla Casas*

Los valores en el debate

Los temas relacionados con los valores morales desde una perspectiva cristiana jugaron un papel decisivo en  el plebiscito sobre la paz, pero han pasado a segundo plano en el debate presidencial.

Este enfriamiento podría deberse al poco éxito de Alejandro Ordóñez en la consulta y de los candidatos de movimientos cristianos en las parlamentarias del 11 de marzo.  Pero es posible que los asuntos en contienda (el aborto, la “ideología de género”, la defensa de la familia, la eutanasia, la penalización de la dosis mínima…) vuelvan a adquirir relevancia a medida que se radicalicen los debates y pasemos a una eventual segunda vuelta.

Además, el cambio generacional y la presencia de candidatos jóvenes pueden cambiar bastante el repertorio de preguntas y respuestas. Un tema nuevo puede ser el de nuestras obligaciones con formas de vida no humana y con la naturaleza en general, que ya han sido aceptadas como sujetos de derechos.

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En este artículo deseo contribuir desde la antropología a superar algunas confusiones sobre el complejo tema de los valores morales. Lo haré desde el ángulo de la diversidad cultural en cuyo núcleo actúa algo que llamaremos ethos, que no es otra cosa que la trama conformada por tres elementos que se mencionarán enseguida.

Distinciones fundamentales

Hablar de valores morales “vistos desde el ángulo cristiano” implica decir que hay otros ángulos de mira que deben respetarse.

Analíticamente puede decirse que el ethos consta de tres componentes entrelazados:

  1. Una plataforma básica de principios valorativos que tienen vigencia generalizada en las diversas culturas del planeta;
  2. Una notable variedad de prescripciones concretas que encarnan esos principios en cada cultura, y
  3. Una gran cantidad de motivaciones diferentes que mueven a cumplirlas, algunas de ellas elaboradas en cuerpos doctrinarios de trasfondo religioso o no religioso.

Esto implica que la diversidad está más en los hechos concretos donde se expresan dichos principios y en las motivaciones para cumplirlos –ambos altamente contextuales– que en los principios mismos, sobre los cuales hay convergencia cultural.

Los temas relacionados con los valores morales planteados desde una perspectiva cristiana han pasado a segundo plano en el debate presidencial.

Según la definición de Milton Rockeash, los valores morales son creencias prescriptivas acerca de la deseabilidad personal o social de ciertas acciones o metas. Hay evidencia antropológica que apunta a un núcleo universal de principios morales que se repite a través de las culturas. Una revisión reciente habla de cuatro principios que tienen formas variadas de concreción y de motivación:

  1. No hacer daño ni interferir con el cuerpo del otro o sus bienes (no matar, no asaltar, no violar, no robar, etc.)
  2. Honestidad (decir la verdad, cumplir promesas y contratos…);
  3. Cooperación (no engañar, no ser parásito de otros…), y
  4. Benevolencia (ayudar a otros en necesidad, principalmente a los del propio grupo y en casos de emergencia a los extraños).

Ahora bien, así como hay evidencia acerca de la convergencia en cuanto a principios y a la variedad en su aplicación, motivaciones y elaboraciones doctrinarias, también la hay en cuanto al no cumplimiento de estos principios. En todas partes hay sujetos que cometen desde fallas morales simples hasta delitos y crímenes, tipificados o no por las correspondientes leyes.

El ejemplo de la regla de oro

Un ejemplo sirve para comprender mejor la cuestión de la diversidad: el principio ético de la regla de oro (“no hagas a otro lo que no quieres que hagan contigo”), presente en todo el planeta.

Son muchas y diferentes las acciones concretas que se derivan de esta regla en las distintas sociedades, más ahora en época de globalización migratoria. Igualmente, para cumplir tales acciones se aducen diferentes motivos o justificaciones que, en el caso de la regla de oro, corresponden a tradiciones doctrinarias tan distintas como la judaica, la budista, la hinduista, la confucionista, la jaimista y la cristiana.

Esas motivaciones son usualmente elaboradas en cuerpos doctrinales, algunos de los cuales tienen como soporte la creencia y práctica religiosa, aunque también hay elaboraciones no religiosas, e incluso casos en los que no hay elaboración explícita sino creencia y motivación implícitas.

Decir que la regla, sus concreciones prácticas y sus motivaciones y elaboraciones doctrinarias tienen que ser cristianas para ser válidas es una muestra de que no se conoce la obvia variedad cultural colombiana (y del mundo) o de que, si se la conoce, no se la quiere respetar, lo cual es una violación de la Constitución.

En un caso como este último las cosmovisiones indígenas que, liberándose al menos en parte del lastre cristiano de la evangelización, apelan hoy a la Madre Tierra se verían constreñidas a acogerse a la tradición teológica cristiana o católica para ser tenidas como válidas. Presumir que El Buen Vivir de la tradición indígena no cumple con las exigencias de los valores morales en sus tres componentes es invalidarla porque implica que solo los valores propios del ángulo cristiano son morales.

Ethos y leyes en Colombia

Colombia ha visto a lo largo de su historia, que tuvo dominancia exclusiva de la tradición católica romana, transformaciones no solo en los ethos mismos sino en su reconocimiento legal, que con mucha dificultad fue tomando cuerpo durante el siglo XX.

La primera fue el ascenso de la tradición cristiana protestante ocurrida a partir de la República Liberal (1930-1946), cuando ganó la presidencia Enrique Olaya Herrera. Hoy es obvia su presencia en el plano electoral. Con motivo del plebiscito católicos y protestantes, antes enfrentados, se unieron para excluir las concreciones y valoraciones (no tanto los principios) de los otros ethos colombianos.

Colombia ha visto a lo largo de su historia transformaciones no solo en los ethos mismos sino en su reconocimiento legal.

Pero no solo ha habido transformaciones en el sustrato religioso, sino en los contenidos. Ejemplo de esto es la búsqueda del trato equitativo a las mujeres que, con motivo del reciente plebiscito, fue tildada por grupos católicos-cristianos militantes como “ideología de género”.

Pero la lucha ha sido de décadas. Enrique Olaya Herrera, por ejemplo, en un discurso de la campaña de 1930 propuso “un gobierno que promueva y sostenga con todo empeño las reformas de legislación que consagren la igualdad civil de la mujer, poniendo término a las iniquidades vigentes con respecto a ella y que son restos de épocas extrañas al período de cultura que hoy atravesamos en el desarrollo de la civilización cristiana”. Solo con la  Constituyente de 1954 se aprobó el voto femenino, que se hizo efectivo en el plebiscito de 1957.

La Constitución de 1991 dio un paso gigante al suprimir la dominancia de la tradición doctrinaria católico-cristiana y sentar la base general de la libertad de conciencia en su artículo 18 y la libertad de cultos en el artículo 19. Esa base general ha sido, y sin duda seguirá siendo, clarificada con autoridad por la Corte Constitucional que, por ejemplo, en la Sentencia T-507/16 definió la libertad de conciencia en términos de juicios y prácticas morales, sin mencionar los principios, las concreciones, ni las motivaciones y sus doctrinas de respaldo.

La variedad de formas concretas y de motivaciones de las que se ha hablado tiene un respaldo formal en la Constitución y también en lo que se denomina el Bloque de Constitucionalidad, conformado por el cuerpo de convenios internacionales que Colombia ha suscrito. Son relevantes, en particular, los convenios con la UNESCO sobre la diversidad cultural.

La convergencia en cuanto a los principios morales en todo el planeta permitió que, felizmente, se iniciara la secuencia de tales convenios con implicación legal/constitucional, de los cuales el primero fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.

En 1947 el influyente filósofo católico francés Jacques Maritain, con motivo de la controversia sobre esta Declaración, dijo en una frase algo que aquí se ha tratado de explicar: “Sí estamos de acuerdo con los derechos, pero con la condición de que no nos pregunten por qué". La diferencia de motivos es propia de cada tradición cultural y la debemos mantener porque enriquece la diversidad cultural colombiana. Nadie puede imponer a otro las motivaciones ni mucho menos confundirlas con los principios morales sobre los que hay convergencia generalizada.

Una curiosa posición presidencial

El 1 de marzo de 2018, días antes de las elecciones para Congreso, la Revista Semana publicó el artículo “Hay una Constitución más poderosa, la Biblia”: ¿de quién es la frase?”. Cualquiera estaría tentado a responder con el nombre de Alejandro Ordóñez o Viviane Morales. Pero no. Fue pronunciada por Juan Manuel Santos, retoño tardío (y renegado) de la familia Santos, que fue uno de los pilares fuertes del Partido Liberal Colombiano.

Nadie puede imponer a otro las motivaciones ni mucho menos confundirlas con los principios morales sobre los que hay convergencia generalizada.

La frase completa del hoy presidente de Colombia y miembro del Partido de la U fue: “Hay una Constitución mucho más poderosa, mucho más rica y mucho más inspiradora. Es la Biblia, lo que dice la Biblia, si cualquier gobernante se guía por ella, hará un buen gobierno, le entregará a su sucesor un mejor país y ese ha sido también una fuente de permanente inspiración, en mi caso”.

Quien haya leído y comprendido lo que he tratado de comunicar en este artículo tiene elementos para explicar la posición del señor Santos, quien, en su calidad de presidente de los colombianos, juró cumplir la Constitución en todos sus artículos, incluidos el 18 y 19.

Las opciones de explicación son varias, que el lector puede escoger y entrelazar a discreción: Santos no habló en serio; se bajó para el caso de la silla presidencial; no sabía lo que decía; hizo un gesto oportunista o cínico; renunció definitivamente a la estirpe liberal que durante décadas trabajó para llegar a la formulación de los mencionados artículos de la Constitución.

Esta triste anécdota puede inspirar unas cuantas preguntas a los candidatos que aspiran a la sucesión.

*PH.D. en antropología, profesor titular jubilado de la Universidad del Valle, Cali. Email: eliasevilla@gmail.com

 

 

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