Libertad de expresión, o violencia con fusiles y con lápices
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¿Ampara la libertad de expresión los ataques contra las creencias y los símbolos que los demás consideran sagrados? Una mirada controversial pero documentada sobre los atentados en Paris y lo que debe considerase “violencia” en Colombia.
Elías Sevilla Casas*
Libertad, igualdad, fraternidad
“Fusiles contra lápices” fue el titular que usó el El Espectador en su editorial sobre el asesinato de los caricaturistas en Paris. Adhirió así al clamor de millones de personas que con toda razón repudiaron el crimen.
Pero además el titular apuntó a un supuesto que parece estar generalizado; detrás de él creo leer la hipótesis de la inocencia a priori de los lápices, que a su modo resume una columnista del mismo rotativo: “Ninguna caricatura o artículo publicado por Charlie Hebdo ha matado ni matará a nadie, ni le impedirá a nadie practicar su fe”.
![]() Caricatura de Jean Jullien |
Que quede claro: repudio este hecho sangriento, que no se justificaba ni siquiera en la eventualidad de que los caricaturistas hubiesen provocado a sus autores. Pero deseo proponer una perspectiva donde juega la hipótesis de que los lápices también pueden causar sufrimiento y ejercer violencia de manera grave. Se trata de la violencia que los psicólogos y médicos denominan psíquica, los filósofos moral o existencial, y los sociólogos y antropólogos simbólica. No es violencia física ni derrama sangre pero en ciertos casos ofende más que la fuerza bruta.
Bastante se ha escrito sobre Francia, su democracia, y su “liberté” que fue agredida. Pero han quedado en la penumbra los otros dos componentes de la tríada, “egalité, fraternité”, claves también en su Revolución y en su democracia. Apenas comienzan a aparecer comentarios que rompen el unanimismo simplista en defensa de la libertad de expresión sin cortapisas que, como era de esperar, ha tenido bastante eco en los medios y en las redes. Ya se oyen voces de jóvenes franceses que resienten esta ausencia de igualdad y fraternidad.
La conexión de las caricaturas con la creciente xenofobia y racismo del ambiente europeo, invita a una reflexión más equilibrada sobre los ideales de la democracia tanto en Francia o como en otras latitudes. Para Colombia en especial es importante pensar muy bien lo que significa ser violento.
Definición de la violencia
Para los colombianos “La Violencia” (con mayúscula) ha tenido un sentido bien preciso, pues se refiere a la guerra entre partidos a mediados del siglo XX. “La violencia” (con minúscula) se refiere al conflicto armado subsiguiente donde han participado las fuerzas armadas legales, la insurgencia, el paramilitarismo y las bandas criminales. Sus víctimas se cuentan por millones.
Hoy, en el contexto previo a una anunciada firma de la paz, esas víctimas claman porque no se tengan en cuenta sólo el número de muertos, desplazamientos, despojos y violaciones como datos objetivos, sino que se atienda a la experiencia misma del sufrimiento causado. Es la contraparte subjetiva cuya magnitud y significación experiencial es imposible de medir. Los esfuerzos por construir una memoria colectiva tienen que atender a este clamor.
![]() Henry Laverde, “Colombia y la Violencia”, 1962 |
Esta violencia-sufrimiento es la otra cara que complementa la que los violentólogos de hace unas décadas, y luego los expertos en epidemiología de la violencia, se especializaron en contar y describir. La definición oficial de la violencia propuesta por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en la que jugaron papel central dos médicos colombianos, dice así: “El uso intencional de la fuerza o el poder físico, de hecho o como amenaza, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones.”
Es claro que ni los lápices que hacen ciertas caricaturas, ni las voces o escritos que hacen ciertas sátiras implican “la fuerza o el poder físico” que menciona la OMS. Esta definición impide considerar como “violencia” el daño moral, simbólico o existencial que se cause con lápices -y que puede ser enorme o catastrófico, como diré más adelante-. El “sufrimiento” en el enfoque de salud pública se reduce a las cifras finales de letalidad o discapacidad física o mental que reporten las entidades oficiales.
La violencia que los psicólogos y médicos denominan psíquica, los filósofos moral o existencial, y los sociólogos y antropólogos simbólica.
Curiosamente la ausencia de “sufrimiento” en las 374 páginas del informe de la OMS contrasta con el énfasis que recibe en su brevísimo Prólogo: Nelson Mandela, que sí vivió esa experiencia subjetiva de violencia, habla allí “del legado de sufrimiento individual y cotidiano”, que es “menos visible pero más difundido”, “se reproduce a sí mismo a medida que las nuevas generaciones aprenden de las anteriores, las víctimas aprenden de sus agresores y se permite que perduren las condiciones sociales que favorecen la violencia”.
La función crítica de la caricatura
Es aceptado de modo general que la caricatura y la sátira públicas juegan un papel decisivo, respetable y legítimo, no sólo en la tarea de sazonar la vida sino de mantener a raya los abusos del poder político. Los lápices en este caso son buenas armas defensivas para esgrimir desde abajo o desde el lado.
Cuando el poder político se ve influenciado o controlado por el poder clerical, como ha ocurrido en Colombia (y en Francia), la caricatura cumple su admirable función social y es por tanto bienvenida. No se puede, sin embargo, confundir el poder clerical con el sentimiento religioso de la gente del común y atacar al segundo so pretexto del primero.
![]() Ricardo Rendón. |
La síntesis histórica sobre la caricatura en Colombia que realizó Beatriz González documenta su loable función crítica y resalta el papel que han jugado o juegan maestros del lápiz como Alberto Urdaneta, Ricardo Rendón y Héctor Osuna, o de la sátira como el mártir Jaime Garzón.
Pero ninguno de ellos ha causado sufrimiento al pueblo en general y menos a personas en condición de vulnerabilidad o marginalidad. Sus “víctimas” han sido los políticos y sus aliados en el poder, que saben que los ataques de los lápices son gajes del oficio y por eso se blindan con piel dura. Habría que preguntar si Charlie Hebdo ha tenido el mismo cuidado en la mira precisa de sus lápices o si sus disparos han sido con regadera indiscriminada que afecta a seres indefensos.
Daños profundos y profanaciones
La antropología de la experiencia y del sufrimiento estudia cómo los seres humanos se las ingenian para dar sentido no sólo a las contingencias de la vida sino a la razón de ser última de la existencia propia y de los otros. El filósofo Charles Taylor compara este sentido, que él llama “orientación moral”, con el imprescindible sentido espacial que los seres vivos, humanos y no humanos, requieren para desenvolverse en el entorno.
Pues bien, para miles de millones de personas (incluidos los musulmanes), el sentido religioso cumple ese papel de brújula existencial que la reciente jurisprudencia colombiana llama opción axiológica. Así como es errado confundir poder clerical con creencia religiosa, también lo es en Colombia reducir las formas concretas de las opciones axiológicas, que protege la Constitución, al círculo cerrado de las creencias religiosas. La anacrónica frase “libertad de cultos” del artículo 19 de la Constitución es corregida hoy por la Corte para dar igual derecho a quienes optan por no tener religión. Por tanto los ateos, arreligiosos, agnósticos y cínicos también tienen opciones axiológicas que merecen idéntico respeto.
Perturbar estas opciones axiológicas con insultos o sátiras puede implicar conmociones individuales y colectivas de consecuencias impredecibles para las víctimas. El caso musulmán se agrava porque su sentido religioso es hipersensible ante el uso de imágenes pictóricas en materia sagrada, incluida la imagen del profeta. No se puede profanar ese “sentido último” ni siquiera en ejercicio del derecho a la libre expresión porque mi derecho termina donde comienza el de los otros (Artículo 95 de la Constitución colombiana).
No se puede, sin embargo, confundir el poder clerical con el sentimiento religioso de la gente del común
El ataque con sátiras al sentimiento religioso es entonces suicida porque socava la libertad de creencias, sean ellas religiosas o laicas. Como entre ellas figuran las de quienes defienden a muerte la libertad de expresión (es decir, han optado por el culto de los lápices), hacerlo indica inconsecuencia o, peor aún, hipocresía. ¡Por una cruel ironía Charlie Hebdo es un periódico satírico que antes se llamaba “Hara-Kiri”!
Hablé de consecuencias impredecibles: cuando se afectan ciertos valores cruciales, uno no puede anticipar las consecuencias sea de parte de los mismos “humillados y ofendidos” (recordemos a Dostoiesvki) sea de quienes, con legitimidad o no, dicen representarlos. También los musulmanes honestos han condenado el ataque terrorista que golpeó a Charlie Hebdo. Injustificado como es, el ataque ocurrió. Fue algo más que un gracejo del Papa Francisco decir, como dijo hace poco, que “si el doctor Gasbarri [su acompañante] dice una mala palabra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo.” La explicación sociopsicológica de una secuencia de actos humanos no siempre equivale a su justificación.
El refinamiento de la violencia simbólica
Pero volvamos a las víctimas de los lápices de la caricatura. Pueden causar mucho daño cuando afectan los ejes de la existencia de la gente. Para los antropólogos se trata de una instancia de violencia simbólica en sentido general, tan digna de atención como aquella que causan los fusiles.
Es también violencia simbólica en otro sentido, propuesto, precisamente, por el sociólogo francés Pierre Bourdieu: un arreglo de significaciones, no basadas en la fuerza física, que hacen que determinadas relaciones de dominación disimulen su verdadera condición y aparezcan como inocentes, aceptables y legítimas. A esos “arreglos disimulados” aludía Nelson Mandela en el Prólogo que atrás mencioné, al referirse a la obstinada persistencia de la violencia “invisible”. Alguien podría decir que los citados jóvenes franceses están apuntando también a este disimulo.
Esta nota busca develar la posible violencia simbólica que puede ser causada por unos lápices que reclaman libertad para expresarse sin recato en casos en que, merced a la amplificación de los medios de la red global, hieren a millones de personas. El sufrimiento por afrenta mordaz a las opciones axiológicas de personas o colectividades inocentes es una posibilidad concreta que impone prudencia a los lápices responsables y coherentes con su propia aspiración de libertad.
*PH. D en antropología, profesor titular jubilado de la Universidad del Valle, Cali. Correo electrónico: eliasevilla@gmail.com
Acerca del autor

Elías Sevilla
Antropólogo PhD, profesor titular jubilado de la Universidad del Valle, Cali. eliasevilla@gmail.com
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