Elías Sevilla, autor en Razón Pública
Foto: Twitter: General Henry Sanabria

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Las posturas del general Henry Sanabria abren el debate sobre hasta dónde los altos mandos de la Policía pueden mostrar sus creencias particulares. ¿Qué relación tiene esto con el pensamiento que refleja las identidades LGBTI+?

Elías Sevilla Casas*

“Libertad y orden”, “vivir en policía”

Las frases “libertad y orden” y “vivir en policía” pertenecen a la historia viva de Colombia.

La primera es el lema de nuestro escudo. Fue recordada hace poco en protestas de interpretación ambigua por parte de algunos gobernadores pues algunos comentaristas creyeron que iban dirigidas contra del gobierno Petro y otros creyeron que eran en su favor.

La segunda frase está refundida en nuestra historia colonial. Se refería al intento de los españoles invasores de imponer a los indígenas “vivir en policía”, es decir en paz de convivencia. En aquellos tiempos se trataba de un orden impuesto desde arriba, con reglas que hoy son inaceptables.

Aquí relaciono la frase con el comportamiento discriminatorio, fundamentalista y ofensivo, nada “en policía”, de un funcionario público que es el general de la Policía, nada más y nada menos, en una entrevista para Semana.

Hablé antes de historia viva porque esta paz “en policía” de 2023 se hace en un país regido por la Constitución de 1991. La de 1886 fue superada, aunque parece que el general Sanabria se rige aún por ella, como en el caso del exprocurador Ordóñez.

Como indica un editorial de El Espectador, este comportamiento no corresponde a un general de la República en 2023, sino a un particular que tiene derecho a pensar y decir lo que le venga en gana, pero dentro del orden constitucional vigente, que es distinto del orden colonial. El editorial mencionado concluye: al no estar este señor a la altura correspondiente a un general y director de la institución policial debería dejar el cargo.

Lea en Razón Pública: Pedir perdón es el primer paso: la iglesia católica colombiana y los abusos sexuales

Una palabra que llegó para quedarse

Adiciono un par de ideas a un argumento ya empezado en Razón Pública en febrero y marzo de 2014 sobre el vínculo entre las creencias básicas, religiosas o no, con el orden civil y social de nuestra nación. Además, lo relaciono con el pensamiento cuir y la idea de “vivir en policía”.

Hablé antes de historia viva porque esta paz “en policía” de 2023 se hace en un país regido por la Constitución de 1991. La de 1886 fue superada, aunque parece que el general Sanabria se rige aún por ella, como en el caso del exprocurador Ordóñez.

Sin embargo, es necesario entender que existe cada vez más diversidad en los modos de pensar y de ser. El ejemplo obvio son las identidades transgénero y post-género, de personas que al nacer fueron declaradas hombres y después deciden que son mujeres, o viceversa. Más aún, no son hombres o mujeres sino no-binarios. Para desconcierto de muchos, la Corte Constitucional ya respalda esta visión como lo confirma la Sentencia T-033/22. Por tanto, estamos ante cambios importantes, no sólo de género sino en otros dominios.

En un principio, la palabra anglosajona queer era una forma despectiva de referirse a las personas LGTBIQ+, aquellas que son “antinaturales” según el general y exprocurador mencionados. Pero esta palabra llegó para quedarse.

En castellano han traducido queer como “kwir” y se aplica y aplicará en contextos distintos. Ya lo hace, por ejemplo, un artículo de la Revista Colombiana de Antropología. Con ella se designa cualquier ejercicio hecho por humanos para cambiar moldes, normas, fronteras antes tomadas como “naturales” o “normales”.

La palabra antes equivalía a raro o anormal. Hoy equivale a transgredir fronteras, categorizaciones o clasificaciones hechas por el lenguaje humano sin que haya derecho a tratar a sus autores de tal modo. Lo dice o lo dirá en adelante la Corte Constitucional.

Conexiones transfronterizas

Un libro que comenta el pensamiento de la antropóloga Marilyn Strathern habla en el título de “conocimiento kwir”  y de su objeto de estudio que es hacer conexiones transfronterizas (CT). Se trata de actos de lenguaje y acción que cruzan y cruzarán en el futuro ciertas fronteras que el conocimiento humano aceptado ha tenido como inalterables y que, por lo que estamos viendo, pueden ser modificadas.

El proceso de CT —aún no llamado cuir— cobró fuerza en 1987, con las propuestas de una mujer chicana llamada Gloria Anzaldúa. Su libro Borderlands/La Frontera: The New Mestiza abrió el camino para trabajar la identidad variable de los sujetos fronterizos. Permite llegar con mirada crítica, por ejemplo, hasta las escenas de horror por discriminación y violencia que ocurren hoy en el Darién colombiano-panameño, en Ciudad Juárez —México-Estados Unido— o en la isla Lampedusa —Norte de África-Italia—.

Por definición, los migrantes son los que traspasan fronteras y en estos casos su discriminación llega a extremos que conmueven a cualquier conciencia humanitaria. La imagen del niño Alan en la arena de las playas de Turquía quedará para siempre como marca de vergüenza.

El ejemplo más conocido que no está asociado con el sexo-género ni con humanos como agente principal, es la CT que ocurrió con la oveja Dolly, resultado de la clonación a partir de una célula ya diferenciada, es decir no embrionaria. Lo que ha seguido en materia de edición de los genomas es impresionante.

Se traspasan fronteras del conocimiento/mundo que diferenciaban lo “natural” de lo “no natural”, y “cultura” de “natura” o “biología”. La antropóloga Sarah Franklin estudia el tipo de ejercicios CT que se hacen por humanos en los laboratorios de genética en la Universidad de Cambridge.

Por otra parte, Donna Haraway, una filósofa bastante apreciada por los antropólogos, los investigadores desde cuya perspectiva construyo mi argumento, presenta en su “Cyborg Manifesto” (1990) su creación de CT: los cyborgs. En 1990 decía que ellos no aspiraban a una “ciudad-cosmos” completa ni retornaban al polvo del barro del cual emergieron. Pero en 2017 Donna retorna al barro sin abandonar a los cyborgs. En una entrevista con la ya mencionada antropóloga Sarah Franklin habla de su diaria transacción creativa, CT, con el humus de su compostera en el jardín.

Y lo más importante: el diálogo entre estas dos autoras acepta como premisa de las CT –según se dice en la introducción—“hacer el esfuerzo de articular una política comprehensiva para un más viable hacer-mundos pensando en un futuro sostenible”. Hacer mundos con la palabra y acción que clasifica, categoriza y discrimina en positivo negativo.

Haraway dice moverse entre el Tecnocene a que apuntan sus cyborgs no frankenstenianos y el Chthulucene. Aclara que Chthulucene —en contraste con Anthropocene— no es la criatura patriarcal y monstruosa creada por H.P. Lovecraft. Se relaciona con Chthonic, el tejido de la tierra en formación cíclica y que está representado por el humus humilde de su compostera de jardín. En vez de Anthropos como agente destructor aparece el Chthulu para conformar la era geológica —cene— a que podemos aspirar.

Hacer CT, replantear, borrar o diluir fronteras que los humanos llamamos “naturales” supone para muchos crear caos. Esto quisieron expresar quienes, desde la orilla “derecha” alzaron en las calles el lema de ‘Libertad y Orden’. Y lo mismo pensarían Ordóñez y Sanabria desde su fundamentalismo impenitente.

Pero seamos razonables. Libertad y orden tienen sentido. Caos, como concepto, se opone al de ciudad-cosmos, que necesita un orden básico, unas regularidades que permitan la viabilidad y la sostenibilidad de conjunto construido. Como vimos, Haraway habla de ciudad-cosmos como utopía que abarca diferencias tanto rurales como urbanas. Es inalcanzable en su completud ideal, pero es trabajable en nuestro diario esfuerzo porque los resultados de las búsquedas humanas nunca son perfectos.

Superar los fundamentalismos

Por tanto, hay salidas no fundamentalistas ni excluyentes. Isabelle Stengers escribió con Ilya Prigorine —Nobel de física— un libro propositivo llamado “Order out of chaos” en 1984.

Foto: Wikimedia Commons - La imagen del niño Alan quedará para siempre como una marca de vergüenza.

Hacer CT, replantear, borrar o diluir fronteras que los humanos llamamos “naturales” supone para muchos crear caos. Esto quisieron expresar quienes, desde la orilla “derecha” alzaron en las calles el lema de ‘Libertad y Orden’. Y lo mismo pensarían Ordóñez y Sanabria desde su fundamentalismo impenitente.

En 2015, hizo propuestas muy precisas para evitar el barbarismo que nos amenaza dentro del Antropocene. Siguiendo a Haraway y Stengers se pueden transgredir fronteras al estilo kwir, y al mismo tiempo querer un mundo viable, una ciudad-cosmos sostenible. Se debe encontrar un orden que es imprescindible pero uno que acepte las cambiantes diferencias entre humanos y entre humanos y no humanos, para su convivencia “en policía”.

No hay espacio en esta nota para considerar propuestas, que las hay. Algunas incluso aceptan tanto la importancia de los sentimientos y convicciones religiosas como la de las posiciones seculares y post-seculares. En una nota posterior comentaré las que se perfilaron en el debate realizado en 2004 entre el filósofo Jürgen Habermas y el entonces cardenal Joseph Ratzinger, quien luego sería el papa Benedicto XVI.

En tal debate se superaron fundamentalismos religiosos y secularistas para  proponer soluciones con realismo crítico. Una de ellas, ya mencionada en los artículos de Razón Pública, es el orden constitucional de las naciones modernas que ofrece una base mínima y viable que se complementa con la plataforma –también de orden constitucional— correspondiente a los convenios internacionales.

Si es bien aplicado, el orden que aceptamos los colombianos en 1991 parece asegurar la viabilidad y sostenibilidad de una ciudad-cosmos en que podemos vivir en policía.

Le recomendamos: ¿Por qué se percibe que no funciona la Policía en Colombia?

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Elías Sevilla

Escrito por:

Elías Sevilla

Antropólogo PhD, profesor titular jubilado de la Universidad del Valle, Cali. eliasevilla@gmail.com

Foto: Radio Nacional de Colombia - La misión del Ministerio de las Culturas, tal como su nombre lo indica, es proteger las diversas culturas.

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El disruptivo juramento de la nueva directora del Archivo General apunta a la igualdad de género. Motivo para reflexionar sobre ‘patrimonio’ y ‘herencia’.

Elías Sevilla Casas*

Juramento a la matria

Lo recuerdo muy bien. Ocurrió en el Primer Encuentro Nacional de Patrimonio Cultural organizado por el Ministerio de Cultura. En una de las plenarias, una asistente de mediana edad levantó la mano y preguntó —¿Si estamos en igualdad de género, por qué no hablamos también de ‘matrimonio cultural’? Un silencio incómodo reinó en el salón. Detecté unas cuantas sonrisas entre los asistentes.

Este 24 de octubre, Ivonne Suárez se posesionó como directora del Archivo General de la Nación. Patricia Ariza, ministra de Cultura, tomó su juramento:

—¿Jura usted por Dios, por todas las diosas del Olimpo, por la patria y por la matria, cumplir y defender la Constitución y las leyes, y desempeñar los deberes que el cargo le impone?

—Sí, lo juro. Especialmente por la matria, que está en lo más profundo de mi corazón— respondió Suárez.

Hoy, las sensibilidades frente al género comienzan a tocar el campo del ‘patrimonio cultural’ con reclamos de desigualdad en los órdenes internacional y nacionales. El nombre ‘patrimonio’ puede entonces  añadir combustible a estos reclamos.

En el contexto nacional, el juramento de Ivvone Suárez demuestra un llamado a la coherencia en el uso del lenguaje y en las prácticas que de allí se derivan. Por tanto, es preciso pensar en los cambios que vendrán en materia de ‘patrimonio cultural’.

Uno de ellos, el que analizo en esta nota, es el de la nomenclatura. Por ejemplo, ¿la actual Dirección de Patrimonio se llamaría ‘de Matrimonio’? o ¿de ‘Mapatrimonio’ para conservar algún rasgo de igualdad?

Utilizo la coyuntura para colaborar desde la antropología con unas reflexiones que ponen el asunto en términos de mayor alcance. Espero en futuras notas abrir el debate más amplio porque hoy solo puedo dar puntadas.

Las culturas cambian

Conviene repensar los nombres. Estos esconden, como en este caso, modos persistentes, a veces inconscientes, de pensar y actuar.

Sin embargo, ‘las culturas’ son como ríos de colores, según Lourdes Arizpe, que están en permanente cambio. El cambio es muy lento, imperceptible, pero a veces se acelera. Siempre aparecen mesetas de estabilidad, pero no se pierde el dinamismo, sometido a ritmos y a escalas.

El ‘Ministerio de las Culturas’, como se llamará ahora y como lo analicé en una nota reciente, no se libra de esta inevitable condición cambiante, a pesar de que algunos en su burocracia piensen lo contrario.

Paterfamilias y patrimonio

En las familias de la Roma precristiana, el hombre estaba a cargo de todos los asuntos relacionados con su dominio familiar; era un paterfamilias, un patriarca. En virtud del manus —potestad concedida por el derecho civil—, el paterfamilias tenía poder hasta de vida o muerte sobre esposa(s), hijos, familiares y esclavos.

La Ley de las Doce Tablas fue elaborada hacia el 450 A. C y distinguía el derecho público del derecho privado. Esta último regía los usos y costumbres del pueblo romano. Entre ellas, había ordenado muy bien lo referente a la herencia de los bienes materiales, llamados patrimonium —patrimonio—.

Prueba de esto es la célebre lápida de hace unos 2000 años llamada Laudatio Turiae. En ella, un paterfamilias que enviudó honra la memoria de su esposa Turia: «Todo el patrimonio que habías recibido de tus padres lo hemos conservado junto con igual diligencia, y aunque era una adquisición tuya me lo entregaste enteramente. Dividimos nuestros deberes de manera tal que yo custodiase tus bienes y tú los míos. Sobre este punto omito muchos particulares para no apropiarme de parte de tus méritos, baste con lo dicho para dar cuenta de cuales fueron tus sentimientos».

Con el ascenso del Imperio Romano, que coincidió más o menos con la Era después de Cristo (D.C)  y con la cristianización de Occidente, se transmitió el legado romano: asuntos jurídicos, de lenguaje y la cultura en general.

La influencia ha sido tal que hasta los mismos “Derechos del Hombre y del Ciudadano”, formulados por el pueblo francés en 1789, se nutren del Derecho Romano. Por este motivo, algunas autoras hoy señalan que, a pesar de su talante libertario, la concepción ‘patriarcalista’ afecta a ‘los Derechos’.

El legado persiste en la actualidad. Todo abogado en el ámbito de influencia latina, incluida Colombia, tiene que estudiar Derecho Romano. En él se encuentran los antecedentes de lo que hoy nos rige en materia de patrimonio de bienes heredados, sin excluir las deudas. Y es que el patrimonium fue heredado por los pueblos del Imperio que hablaban lenguas romances —castellano, francés, italiano  y otras 37 lenguas más—.

Los hablantes de estas lenguas trasladaron a la Convención de la UNESCO de 1972 (iniciativa para el reconocimiento y salvaguarda de ciertas ‘manifestaciones de ‘las culturas’) el concepto y el término ‘patrimonio’ con sus antecedentes romanos. Es decir, se echaron a hombros un problema de nomenclatura ‘patriacalista’ que tarde o temprano tendrían que resolver.

Problemas con la ‘herencia cultural’

En aquella Convención, las lenguas no romances parecen haberse salvado del problema de la nomenclatura ‘patrimonio’ al optar por la palabra ‘herencia’ (hereditage en inglés, Erde en alemán, etc.). Sin embargo, hay otro problema de fondo con é sta, que afecta también a las lenguas romances, puesto que patrimonio se entiende como herencia romana.

El problema consiste en que ‘Herencia cultural’ o ‘Patrimonio cultural’ no es equivalente a cualquiera de las culturas locales del mundo.  Es un error categorial —cuando la respuesta dada es de un nivel diferente al requerido— expuesto en 2004 por Barbara Kirshenblatt-Gimblett en su artículo “Heritage as a metacultural production”(reproducido en castellano por la UNESCO).

En resumen, la ‘metacultura’ muestra la necesidad de distinguir entre (a) los miles de millones de culturas locales o de sitios naturales especiales que ha habido y hay en el mundo, y (b) Las ‘producciones’ o ‘artefactos’ que algunos funcionarios o autoridades estatales hacen sobre una mínima selección de estas. De ninguna manera se pueden confundir las dos categorías.

De hecho, en 2022, solo 1194 ‘sitios’ o ‘manifestaciones’ han entrado en la Lista de Patrimonio Mundial, de los cuales nueve están en Colombia.

Los Estados trasladaron estas filosofías y prácticas de la UNESCO a sus propios dominios a través de la producción de metaculturas del patrimonio en las diversas escalas de su organización política.

En Colombia, el Ministerio de las Culturas es el encargado de manejar estos procesos. Sin embargo, la inclusión de la Lista nacional de patrimonio también se ha hecho, a veces, a espaldas de Mincultura, por medio de decisiones del legislativo. Este modo de actuar se replica en los departamento y municipios.

Por otro lado, existen problemas adicionales al de la confusión de ‘las culturas’ con las metaculturas global y nacionales.

Kristin Kuutma y Laurajane Smith dicen que las metaculturas del patrimonio constituyen ‘regímenes de arbitraje e ingeniería’ que se pueden llegar a convertir en herramientas de poder para autoridades de todo nivel o para grupos particulares. Así, intervienen en dos derechos básicos: el del reconocimiento identitario de las comunidades y el de la participación equitativa ciudadana en los bienes públicos.

Por su parte, la antropóloga Lourdes Arizpe escribió que el trabajo de los investigadores independientes de la sociedad civil en conjunto con los funcionarios de la UNESCO y de los diversos Estados ha casi desaparecido. El control de los procesos metaculturales ha sido tomado por estos últimos y se han excluido a los independientes. Concluye que hay urgencia de que se restablezca esta colaboración.

Cómo podemos avanzar

Me permito sugerir:

  • Que se reconozca que ‘el patrimonio cultural’ es un ‘artefacto meta’, distinto de ‘las culturas’ que existen en todas las localidades de Colombia, urbanas y rurales. La misión del Ministerio de las Culturas, tal como su nombre lo indica, es proteger las diversas culturas. No se niega la importancia del ‘artefacto meta’, pero debe ubicarse donde debe ser.
  • Que los nombres de ‘herencia’ o ‘tradición’ no se usen en lugar de ‘patrimonio’ porque estos nombres cubren también los procesos no patrimonializados, que son la casi totalidad de ‘las culturas’.
  • Como el artefacto se inventó para la salvaguarda y el reconocimiento, que su nombre incluya estos dos nobles propósitos. Por ejemplo, ‘Oficina para la Salvaguarda y el Reconocimiento Cultural’.
  • Opción por defecto: dejar el nombre como está (“patrimonio cultural”) y seguir con la importante misión del artefacto en cuestión. Esto implicaría jugar diplomáticamente con pirotecnias verbales que distraen, al menos por un tiempo, las exigencias relacionadas con la igualdad de género.

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Elías Sevilla

Escrito por:

Elías Sevilla

Antropólogo PhD, profesor titular jubilado de la Universidad del Valle, Cali. eliasevilla@gmail.com

Foto: Gobernación del Atlántico

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Pasar del ministerio de Cultura al ministerio de las Culturas es mucho más que añadir una “s” al final. Implicaciones sociológicas del compartir de sentidos.

Elías Sevilla Casas*

Un cambio de nombre 

Este 12 de octubre, la ministra de Cultura, Patricia Ariza, radicó un proyecto de ley para cambiar el nombre de este ministerio. Se propone que su nuevo nombre sea “Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes (Micasa)”.

Cuando leí esta noticia, recordé que hace cuatro años, como consecuencia del nombramiento de la ministra de cultura Carmen Inés Vásquez, analicé la tensión entre los conceptos de ‘cultura’ y ‘culturas’; “¿Cultura o culturas?: una decisión difícil para la nueva ministra”.

Además, en aquel texto me preguntaba qué rumbo tomaría la cultura durante su administración. Y hoy es posible afirmar que el eje de la política de ‘economía naranja’ promovida por Iván Duque fue la ‘cultura’.

Con esperanza ante la noticia, aprovecho la hospitalidad de esta revista para escribir algunas notas adicionales sobre las implicaciones que tendría el cambio de nombre.

 Anécdota

La ministra ha hecho énfasis en que los cambios burocráticos deben ser profundos y en todos los niveles.

Tras el anuncio de la ministra Ariza, discutíamos en Cali los efectos del Festival Petronio Álvarez sobre la reafirmación de la diversidad cultural en la ciudad. El secretario municipal de cultura dijo que se debería hablar del impacto sobre la organización del naciente Distrito de Santiago de Cali. Pregunté si aquello implicaba que la nueva secretaría se llamaría ‘de culturas’. De modo ‘civilizado’ (o también ‘culto’), diluyó la respuesta.

‘Civilizado’ y ‘culto’ son términos que apuntan al polisémico y confuso significado de la palabra ‘cultura’. Su definición afecta, para comenzar, a tales burocracias. Ante la variedad de significados, es preciso ponernos de acuerdo sobre aquello a lo que nos referimos cuando hablamos. Es la necesidad de los lenguajes concretos de uso, como lo hizo ver un filósofo llamado Wittgenstein.

‘Sentipensar’, la base del análisis de las ‘culturas’

Con perdón de algunos colegas antropólogos que podrían incomodarse, para hablar de cultura y culturas me apoyaré en sociólogos. De modo especial, recordaré al querido amigo Orlando Fals, quien recogió de ‘pescadores-hicoteas’ del Río San Jorge el neologismo ‘sentipensar’.

El vocablo apunta no sólo a la base anfibia de las culturas (tierra-agua), sino a conectar el corazón con el cerebro para producir y compartir sentidos.

La referencia de Fals a la figura anfibia ‘hombre-hicotea’ nos recuerda que somos parte, no aparte, de los diferentes macrosistemas ecológicos, incluidos los urbanos. Quienes producen y comparten ‘sentidos’ luchan para mejorar su calidad de vida. Dado a que esto se practica en tantas localidades de Colombia, se justifica el plural de ‘las culturas’.

Qué significa “cultura”: un esquema tripartito

  1. Civilización y arte. De acuerdo con el sociólogo británico Raymond Williams, la significación de la palabra ‘cultura’, aunque compleja, es imprescindible y hace parte del tejido lingüístico recibido en Occidente.

Una primera acepción que Williams distingue para ‘cultura’ es ser ‘civilizado’ y ‘culto’. Son términos que en Europa denotaban una concepción evolucionista y unitaria; puso a los pueblos del mundo en una línea que iba de salvajes a civilizados. Hasta hace unas décadas, el lenguaje oficial en Colombia incluía esta costumbre.

Paralelamente, ‘la cultura’ se asoció con las artes y las formas refinadas de la estética occidental. Surgió un sentido de ‘cultura culta’, que todavía tiene vigencia en el lenguaje cotidiano. Dio nombre a las agencias especializadas de los Estados nacionales, es decir a los respectivos ministerios y secretarías. Inspiró logos como el de una emisora caleña cuya misión, según pregona, es ‘la difusión de la cultura’.

No tengo nada contra estas emisoras. Al contrario, las aprecio y frecuento para gozar las obras de Bach, Rachmaninoff, Debussy, Ives, Varèse, Cage y autores parecidos. Mucho disfruto también de la maravilla del teatro, el cine, la pintura, la escultura y las demás artes.

De hecho, en un artículo anterior, recomiendo disfrutar y fomentar la obra teatral Salida al sol, camino a la paz, dirigida por Patricia Ariza. En esta se representan hallazgos dolorosos de la Comisión de la Verdad. Además, es un ‘sentido’ selecto, pero no excluyente del vocablo ‘culturas’.

  1. Procesos biológicos. Por otro lado, Williams hace ver una segunda acepción. En su lejano origen, la palabra ‘cultura’ designaba (y aún designa) procesos biológicos de cultivos de vegetales, de animales y de ‘gérmenes’ bacterianos. De aquí que hablemos con propiedad de horticultura, floricultura, silvicultura, agricultura, piscicultura y demás.

Son términos que unen a los humanos con las bases ‘anfibias’ de la vida. Deberían por ello enlazarse con senticultura, nuestro ejercicio de producir y compartir sentidos.

  1. Modo de vida. Finalmente, Williams anota que, como punto intermedio, a fines del siglo XIX, con Johann Herder y Gustav Klemm apareció la interpretación antropológica de culturas como “modo de vida, de un pueblo, un período, un grupo o de la humanidad entera”. Esto implica que al existir tantos modos y colectivos humanos, hay que hablar en plural.

Ningún acuerdo

Edward Tylor propuso una codificación científica al concepto de ‘culturas’, la cual ha sido discutida por antropólogos reiterativamente. Parece que hoy aceptamos el acuerdo de no llegar a acuerdos sobre cuál es la definición correcta. Ni siquiera eminentes autores como Kroeber y Kluckhohn en la mitad del siglo XX, después de comentar en su libro 164 definiciones, pudieron convencer.

Renato Rosaldo fue invitado en 2006 a presentar un libro que hacía el enésimo esfuerzo por ‘re-definir’ cultura. De manera franca, Rosaldo reitera en su prólogo el fracaso y concluye que la definición depende de cada perspectiva histórico-concreta en la que se hace. Además, que el proceso de las culturas está enlazado, de comienzo a fin, con las crudas realidades del poder y de la desigualdad.

Desde mi perspectiva, quiero aclarar lo siguiente: (1) en línea con Herder y Klemm sobre las culturas, cada una tiene un modo propio de resolver el asunto de lo que en Occidente llamamos ‘valores estéticos’ y “arte”; y (2) en línea con Rosaldo, hay un entretejido histórico entre culturas, poder y desigualdad sobre el que podemos trabajar.

Las culturas como sentidos compartidos

El sociólogo Williams no estuvo solo en su intento de liberar a ‘la cultura’ de los enredos antropológicos. Sus colegas Richard Hoggart (también británico) y Stuart Hall (de origen jamaiquino) hicieron un intento sistemático de investigación y acción sobre las culturas, los medios y su inserción en los contextos actuales, rurales, pero sobre todo urbanos.

Hall sintetizó en una oración los diferentes discursos sobre la cultura: ‘To put it simply, culture is about shared meanings.”, que al castellano traduce ‘sentidos compartidos’. Sí, la cultura se trata de sentidos compartidos.

Sobre la base anterior, propongo una metáfora que permitirá una mejor comprensión de estos conceptos. Pensemos en escopetas de balines de cuatro cañones.  El cuarto de ellos está hecho de cinco, seis o más cañoncitos. ‘Culturas’ son el disparo conjunto y entreverado de los balines lanzados por varias de esas escopetas de cañones y cañoncitos en situaciones muy concretas. Con la adicional característica de que los disparos son procesos continuos, permanentes.

Hablo así porque, en nuestro idioma, ‘sentido’ cuenta con los siguientes significados:

(1) dirección de marcha, como digo que voy en sentido norte;

(2) la significación de un término, como es lo que trato de hacer en la presente nota al analizar qué son ‘culturas’;

(3) el sentimiento al decir o hacer algo, como es el sentido homenaje que hago a mi amigo Orlando Fals, y

(4) nuestras conexiones corporales con el mundo, que son cinco, seis o más, según los fisiólogos, fisiatras y psicólogos que consultemos.

El sentipensar de Orlando Fals

El ‘sentipensar’ que, como se mencionó, alude al ‘hombre hicotea’, combina los balines de las escopetas de múltiples cañones y cañoncitos, incluido el dinamismo procesal. Este término se difundió por América Latina por boca de Eduardo Galeano. Y entre los académicos, mediante escritos como los de Víctor Manuel Moncayo y Arturo Escobar.

Eduardo Galeano escribió sobre ‘Los nadies’: “Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Y elogió así a los que inventaron el término sentipensante: ¿Para qué escribe uno, si no es para juntar sus pedazos? Desde que entramos en la escuela o la iglesia, la educación nos descuartiza: nos enseña a divorciar el alma del cuerpo y la razón del corazón. Sabios doctores de Ética y Moral han de ser los pescadores de la costa colombiana, que inventaron la palabra sentipensante para definir el lenguaje que dice la verdad”.

Moncayo nos dice que la persona sentipensante “combina la razón y el amor, el cuerpo y el corazón, para deshacerse de todas las (mal) formaciones que descuartizan esa armonía y poder decir la verdad”.

Y Escobar, en su ‘sentipensar con la tierra’, expresa que se provee de herramientas apropiadas para quienes ya no quisiéramos ser cómplices del silenciamiento de los saberes y experiencias populares, por parte del saber eurocéntrico, a veces hecho en nombre de supuestas teorías críticas y progresistas”.

Se trata entonces de culturas que son procesos en curso para ‘compartir sentidos’ (Hall) en múltiples sentidos (escopetas). La dirección (‘sentido’ en la acepción 1) del múltiple movimiento cultural humano ya no es de solo arriba hacia abajo.

Así, el movimiento cultural se genera en todas las direcciones que convengan para lograr lo que Hall consideró prioritario y realista: ‘vivir dentro de y con diferencia’ y hacerlo del mejor modo para todos los involucrados.

Este ‘mejor modo’ tiene que atender el reclamo de Rosaldo, con el que Hall a su modo está de acuerdo: la diferencia cultural está signada por las condiciones de desigualdad y los juegos del poder.

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Elías Sevilla

Escrito por:

Elías Sevilla

Antropólogo PhD, profesor titular jubilado de la Universidad del Valle, Cali. eliasevilla@gmail.com

Foto: Twitter: Alta - Consejería de la paz de Bogotá

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Los ministerios de Educación y Cultura necesitan trabajar en conjunto. Pero no apenas en el plano burocrático, sino en reorientar las labores del Estado en procura del país que deseamos.

Elías Sevilla Casas*

Un proceso de toda la vida

Sentimos movimientos de cambio ante el nuevo periodo presidencial; también escuchamos comentarios sobre qué debe cambiar. El proceso no será fácil: habrá resistencias desde la oposición, desde dentro o desde el lado.

Por otra parte, hay euforia por las convergencias inesperadas hacia el acuerdo nacional, pero debe compensarse con un realismo crítico y constructivo. Necesitamos propuestas para los cambios urgentes. La presente nota sobre educación y cultura parte de las columnas de Moisés Wasserman y Juan Pablo Calvás, que nos ponen a pensar.

Moisés recuerda que la educación tuvo varios hitos, como proceso filogenético (lo relacionado con la evolución de la especie humana):

  • hace 100 000 años comenzamos a hablar;
  • hace 8000 inventamos la escritura;
  • hace 500 apareció la imprenta;
  • Y ahora, las tecnologías de información y comunicación, que —digo yo— inauguran el metaverso.

El profesor Wasserman concluye con algo fundamental sobre el proceso educativo ontogenético (lo relacionado con la formación de personas): “Todas [las teorías sobre el asunto] ven la educación como un proceso de toda la vida; priorizan el acento sobre el aprendizaje más que en la enseñanza”.

Juan Pablo Calvás menciona el vacío con respecto a la cultura en las gestiones de empalme. Concluye que “debería ser una preocupación máxima para este gobierno que se dice de cambio para Colombia. Cultura es educar bien. Cultura es educar más”.

Educación y cultura: instituciones separadas

Más de uno le diría a Calvás que confunde los campos de dos ministerios. Respondo que ese es, precisamente, el reto: se trata de arreglos institucionales que deben pensarse en relación, para que haya un cambio eficiente y profundo.

Me referiré puntualmente a los líderes del empalme en Educación y Cultura: Alejandro Gaviria y Patricia Ariza, quien fue designada como Ministra de Cultura.  Se rumora que Gaviria también podría ser nombrado como Ministro de Educación.

Alejandro escribió que a la opinión política del país “le falta antropología” y “le sobra sociología”. Desde la sociología, podemos sospechar que es inevitable la burocratización de las instituciones, como señalan Weber y Kafka. La sufren los ministerios y sus redes de instituciones aliadas; por ejemplo, los contratistas y los sindicatos —como Fecode, que ya comenzó a hacerse sentir—. Esta burocracia juega con intereses, territorialización y poder. Pueden petrificarse y rechazar el cambio.

El riesgo es entendible, pero debe sortearse. En el caso de los ministerios de Educación y Cultura, su rigidez puede impedir que trabajen en conjunto.

Por ejemplo, sospecho que las escuelas, colegios y casas de la cultura duplican ciertas actividades e inversiones. Podrían revisarse para ser más eficientes y, por tanto, economizar recursos. Cultura se queja de que su presupuesto es bajo; por su parte, Educación tiene el más alto.

Pero —para volver a Wasserman— el Ministerio de Educación trabaja más “en la enseñanza” y menos en “el aprendizaje” —el “de toda la vida”—.

El cultivo de la diversidad

Como aporte desde la antropología, aplico dos términos feos pero que vienen al caso porque permiten explorar posibilidades de mejora. Hablaré de cultidiversidad y endoculturación. Lo importante es la idea, no la terminología.

Cultura se relaciona estrechamente con cultivar, según el excelente resumen de Raymond Williams sobre su génesis lingüística y conceptual. Sí, se vincula con los cultivos de plantas, que marcaron el comienzo de la hominización. Cultura viene del latín colere, que significa ‘sembrar y cultivar’. Cultura implica —también— cultivar personas y pueblos. Se aprovecha todo:

  • desde la base material: físico química y biológica —que es imprescindible—
  • hasta los más refinados mitos, poemas y metáforas, que refuerzan y permiten el proceso.

Cultura humana es todo ello, en un estupendo espectro que a veces olvidamos.

Hoy es aceptado y obligatorio hablar de biodiversidad. En respuesta, el término cultidiversidad apunta a un vacío: la correspondiente diversidad de las culturas. El vacío ocurre en el orden filogenético (‘evolución de pueblos’) y ontogenético (‘evolución de personas desde el nacimiento a la muerte’).

Hay que llenar este vacío. Colombia —en particular, los ministerios de Educación y Cultura— puede pensar y, por lo tanto, cumplir dos de los artículos de la Constitución:

  • “El Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Nación colombiana” (artículo 7);
  • “Es obligación del Estado y de las personas proteger las riquezas culturales y naturales de la Nación” (artículo 8).

Obsérvese que cultura y natura se mencionan con la misma importancia. Hoy la antropología replantea la porosa relación entre cultura y naturaleza, a partir de autores clarividentes y algo olvidados —como Gregory Bateson—. Por fortuna, estos planteamientos están en ascenso.

Aprender desde abajo y desde adentro

También la antropología de tiempo atrás ha usado el término endoculturación (o enculturación), como término alterno a la educación de los educadores y a la socialización de los sociólogos. El término acentúa el giro que Wasserman expresó con su contraste entre aprendizaje y enseñanza.

El aprendizaje se hace desde abajo y desde adentro (por ello el prefijo endo-). Esto incluye la autonomía para crecer que caracteriza a un cultivo personal. La enseñanza opera desde arriba, según doctrinas y cartillas que codifican contenidos y pedagogías.

Este giro hacia el endo- plantea retos, por lo que acudo a una propuesta que, en parte, viene de la antropología. Me refiero a la ciudadanía cultural.

Ciudadanía, como lo señaló Thomas Marshall hace décadas, comprende inclusión y pertenencia: derechos y deberes en una nación-Estado. Según su propuesta, los derechos son los siguientes:

  • civiles: libre pensamiento, expresión, movimiento, religión y propiedad;
  • políticos: a elegir y ser elegido;
  • sociales: a los servicios disponibles en salud, educación, movilidad y demás.

A partir de su experiencia en California con el currículo para niños no anglos, el antropólogo Renato Rosaldo propuso hace años la noción de ciudadanía cultural. De este modo, añade los derechos a la diversidad cultural: aquella asociada con la educación como endoculturación, desde abajo y desde dentro.

Educación y Cultura en Colombia
Foto: Wikimedia Commons - Salida al sol, camino a la paz. Una obra recomendada.

Planes del Ministerio de Cultura

Por fortuna, ya hay avances culturales y educativos. Durante la administración de Paula Moreno, se formuló un plan de cultura, cuyos comienzos había propuesto su antecesora Araceli Morales.

El extenso título del plan ya indica sus implicaciones: Plan Nacional de Cultura 2001-2010. Hacia una ciudadanía democrático cultural. Un plan colectivo para un país plural. Consulta ciudadana.

Estos avances deberían aprovecharse según la estrategia actual de consolidar la paz mediante la igualdad.

Concertar de esta manera ambos ministerios es una tarea pendiente y urgente: mejoraría su eficiencia al detectar y corregir redundancias. El actual Ministerio de Cultura está trabajando en un plan que al parecer recoge —u ojalá recoja— el concepto de ciudadanía cultural aquí mencionado.

Una cultura que conmueva y abra al cambio

Patricia Ariza es la nueva Ministra de Cultura.  Nació en Vélez, Santander; se formó en la Universidad Nacional, y consolidó con Santiago García una experiencia muy importante en el Teatro de la Candelaria y la Corporación Colombiana de Teatro.

Lo interesante y oportuno es que Patricia y su grupo pusieron esta experiencia artística al servicio de una creación colectiva que ofrece un modo alterno de conocer y sentir el mensaje de la Comisión de la Verdad, recientemente presentado.

Al recibir el informe de la Comisión de la Verdad, Petro anotó que su informe final permite pensar en construir la convivencia nacional desde la paz plural. Allí todos tenemos que caber en condiciones de igualdad.

La obra teatral —que aconsejo disfrutar— es una expresión de “la cultura” en su versión refinada de “las artes” y la creatividad expresiva. Recrea en un proscenio transido de dolor lo que ha ocurrido, sigue ocurriendo y puede ocurrir en la trasescena (el backstage) nacional si no acometemos el cambio.

La trasescena se encuentra allá afuera: en un barrio bogotano, en un pueblo calentano, en un lejano rincón de la montaña, en todas las localidades del país. Allá seres humanos cultivan o comparten alimentos; también se cultivan —es decir, se educan y educan a sus hijos—.

Urge una conversación entre Alejandro Gaviria y Patricia Ariza como representantes y líderes de los funcionarios de los dos ministerios, de sus burocracias. Que “conmovidos” por el teatro de Patricia, diseñen propuestas concretas para que la educación y la cultura sean palancas efectivas y eficientes del necesario cambio.

Borges escribió que la función del arte (como expresión exquisita de la cultura) es distraer y conmover. Conmovidos, estos funcionarios pueden y deben pasar a la acción: mover las estructuras inmovilizadas para abrirse al cambio y unirse a las comunidades —los de abajo, los nadie—. Así podremos lograr, al menos en parte, lo que todos soñamos para nuestra Nación-Estado.

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Elías Sevilla

Escrito por:

Elías Sevilla

Antropólogo PhD, profesor titular jubilado de la Universidad del Valle, Cali. eliasevilla@gmail.com

Foto: Radio Nacional - “El aborto no es un delito, es una tragedia.

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Para evitar la tragedia que puede implicar un aborto, es necesario —y es posible—disminuir las tasas de embarazos no deseados.

Elías Sevilla Casas*

Pecado, delito y tragedia

A finales de febrero, Mauricio Cabrera publicó una columna sobre la despenalización del aborto titulada El pecado no es delito. En sus palabras: “El aborto no es un delito, es una tragedia. Creo que siempre es una experiencia traumática y que ninguna mujer aborta por gusto. Sin embargo, hay miles de abortos cada año, la mayoría de ellos clandestinos, muchos en condiciones higiénicas que ponen en peligro la vida de las mujeres, demasiados de ellos de niñas y adolescentes”.

En este texto quiero explorar esa dimensión trágica del aborto desde la antropología. Mi punto central puede resumirse así: si queremos evitar estas tragedias, debemos disminuir los embarazos no deseados (END), que son su antecedente necesario.

Hasta ahora no se ha dado un debate serio sobre los END y la prevención. El candidato Gustavo Petro ha dicho ser partidario del “aborto cero”. En esta misma revista,  Matthieu de Castelbajac escribió que una sociedad con cero abortos es “ciencia ficción”.

En este texto argumentaré que entre el “aborto cero” y la “ciencia ficción’” hay una línea razonable de políticas y acciones. Es decir, que es posible prevenir y disminuir los END, con el fin de evitar en la mayor medida de lo posible las tragedias que puede implicar un aborto.

La opinión derrotista

El artículo de Castelbajac traslada a Colombia las consideraciones teóricas de un libro de Luc Boltanski titulado La Condition Foetale. Ese traslado tiene varias limitaciones:

  • No tiene en cuenta las peculiaridades de las regiones y culturas colombianas o, si lo hace, acude a estadísticas de hace décadas;
  • No mira el proceso completo de las tragedias, que comienzan con los END, y
  • Lee las estadísticas mundiales sobre la relación entre END y abortos de tal modo que se ajusten a la concepción teórica tomada como supuesto inicial a partir de Boltanski. En otras palabras, el artículo pone los datos al servicio de una teoría y no al revés, como debe ser.

Quien desee explorar la idea de Bolstanski y su aplicación a Latinoamérica puede consultar este texto de Gabriel Calise.

Sobre la base de los errores anteriores, Castelbajac concluye que la “cuestión de fondo” es “el acompañamiento que debemos ofrecerles a las mujeres que abortan” porque “es inevitable que la tasa de aborto sea relativamente elevada en sociedades que prefieren las familias pequeñas”.

El autor tiene una opinión derrotista sobre la prevención de los embarazos.  En sus palabras, “mejorar el acceso a los anticonceptivos es un objetivo loable siempre y cuando esté claro que aumentar el acceso no disminuirá la tasa de aborto. Debemos separar los dos temas: el aborto es una cosa y la contracepción es otra”.

Las tasas de embarazos no deseados sí muestran cambios drásticos a medida que se pasa del ingreso bajo (93 %), al medio (66 %) y al alto (34 %).

En lo que sigue, mostraré que estas conclusiones derrotistas desconocen los esfuerzos que hacemos en la academia y fuera de ella por estudiar y disminuir las tasas de END. Las premisas alternativas que presentaré indican que estas tragedias pueden y deben eliminarse en la mayor proporción posible. Me tomo el trabajo de escribir esta nota porque creo que podemos lograrlo, “con paciencia y un palito” como dice el refrán.
Los Abortos y embarazos no deseados
Foto: Ministerio de Salud y Protección social - Los END no disminuyen con el simple “acceso a los anticonceptivos”.

Puede leer: La despenalización parcial del aborto es justa y razonable

Es posible prevenir los END

Desde luego, como dice Castelbajac, el aborto y la contracepción son diferentes. Pero como analistas debemos mirar hacia atrás y hacia adelante, atendiendo al proceso completo en el cual los procesos están encadenados.

La premisa alternativa que propongo es que la tragedia empieza con un END, que tiene dos salidas posibles, ambas trágicas: un infante no deseado o un aborto. Por lo tanto, cuando estamos ante un END son dos las tareas alternativas que se deben atender:

  • que los niños no deseados, sus madres y familias reciban atención esmerada; y
  • que los abortos sean menos traumáticos para quienes tienen que sufrirlos.

Ambas tragedias –la del infante no deseado y la del aborto– son evitables, si se buscan los puntos más sensibles del proceso antecedente en que aparece el END.

El autor cita a su favor las estadísticas mundiales del Instituto Guttmacher, que muestran que las tasas de lo que aquí llamo tragedias (y que el autor reduce a abortos)  no cambian con relación a las de los END. Las tasas de END que terminan en aborto se mantienen constantes, alrededor del 40 %, sin importar si se trata de un país de ingreso alto, medio o bajo. Esto es cierto.

Pero Castelbajac olvida otro dato que se presenta en la misma fuente: las tasas de END sí muestran cambios drásticos a medida que se pasa del ingreso bajo (93 %), al medio (66 %) y al alto (34 %), como lo muestra la gráfica siguiente:

Los embarazos no deseados y los abortos ocurren en todos los grupos de ingresos

Los Abortos y embarazos no deseados
Fuente: Instituto Guttmacher
Lo que se dice de países también puede predicarse de colectivos sociales dentro de una misma nación.

Aunque el efecto del descenso de END no es proporcional a las tasas de aborto, sí abre una esperanza: es posible disminuir las tasas de END, que lleva a las dos tragedias terminales. Esto se logra con intervenciones sistémicas, que más adelante llamaré “sindémicas”. Estas intervenciones modifican las diferencias entre contextos socioeconómicos para que todas las mujeres puedan gozar de su derecho a la salud sexual y reproductiva, que ha descrito bien la Comisión Guttmacher-Lancet.

El autor que cree imposible evitar el aborto no mira hacia atrás y por lo tanto no se percata de los END se pueden evitar. Acepta la tragedia del aborto como un hecho ineluctable, válido para todo tiempo y lugar. Por eso concluye que lo que resta por hacer es consolar a las víctimas de tales tragedias cumplidas. Ni el antecedente END ni el infante no deseado entran en su consideración.

La solución es “sindémica”

Los END no disminuyen con el simple “acceso a los anticonceptivos”, como supone la nota comentada. Este es un proceso complejo, como lo reconoce la Comisión Guttmacher-Lancet, y no debería ser simplificado tan fácilmente.

Para reducir las tasas de END, se deben aplicar estrategias “sindémicas”. La estrategia no consiste apenas en el “acceso” a los fármacos a los que se refiere el autor. Estos son apenas un componente de un entramado más amplio. No es “ciencia ficción”, es ciencia social empírica, inteligente y responsable con quienes pueden ser las víctimas. Como sucede con los accidentes viales, no basta con consolar a los afectados. Es preciso prevenir los hechos.

Sindémico” es un término de origen antropológico, que se aplicó originalmente al síndrome del SIDA, causado por el VIH, y luego a la COVID-19. Hoy se está extendiendo a otros procesos de salud, como el control de la diabetes. Una estrategia “sindémica” consiste en aislar el entramado de sinergias biológicas y socio-culturales que hacen posible la aparición de un fenómeno que afecta a determinada población humana. En ese tejido, el investigador detecta alguna o algunas condiciones que son particularmente sensibles a intervenciones efectivas y eficientes para incidir sobre ellas.

Hace ya mucho tiempo John  Mackie las denominó condiciones “INUS”: Insufficient, but Necessary part of an Unnecessary but Sufficient condition (insuficientes, pero parte necesaria de una condición innecesaria, pero suficiente). El clásico ejemplo es la ausencia de un breaker a la entrada de la energía doméstica, que actúa como una condición INUS en incendios domésticos populares. Dejo al lector profundizar en el ejemplo y trasladarlo a la prevención de END.

Para profundizar

El espacio disponible no permite dar ejemplos de las situaciones concretas a partir de las cuales he escrito lo anterior.

Quien quiera analizar el asunto en la escala global puede explorar el informe de la Comisión Guttmacher-Lancet, que detalla  con referencias empíricas concretas el carácter sindémico de las posibles intervenciones. Quien desee detenerse en una instancia local puede consultar la experiencia que en Cali, Colombia relata un libro llamado “Tramas”.

Durante treinta años, un grupo variado de universitarios, profesionales y estudiantes hemos analizado experiencias asociadas al ejercicio de las varias sexualidades. Por el inevitable sustrato biológico implicado, este ejercicio está entreverado con procesos de END y de infecciones (en particular, de VIH).

Los investigadores no solo hemos tenido en cuenta  los eventuales END, sino que los hemos mirado dentro del entramado de otros intereses y riesgos que conforman la cotidianidad de las muchachas y muchachos. Allí ellos toman decisiones sobre sus sexualidades, erotismos, afectos y bienestar existencial, y también sobre sus consecuencias.

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Elías Sevilla

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Elías Sevilla

Antropólogo PhD, profesor titular jubilado de la Universidad del Valle, Cali. eliasevilla@gmail.com

Foto: PxHere - Sociopatía colectiva.

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A propósito del caso de Mauricio Leal, una reflexión sobre la sociopatía que va más allá de las reacciones inmediatas de algunos ‘expertos’ consultados por los medios.

Elías Sevilla Casas*

¿Qué es eso que llaman sociopatía?

“Este caso toca fibras”, fue la metáfora de la juez en el proceso contra el asesino de su madre y de su hermano el estilista Mauricio Leal.  Algunos ‘expertos’ etiquetaron al responsable como sociópata.

La psicopatía y la sociopatía se traslapan en el lenguaje de la medicina y la psicología.  Ambas entran en la categoría de Personalidad Antisocial (PA), pero no existe consenso. Según el manual de 2022 de la Universidad de Cambridge “estos   constructos son altamente problemáticos”.

La psicopatía se refiere a la persona individual y la sociopatía al efecto dañino sobre otros. En la ‘sociopatía’ predominan las tres “i” del idioma inglés:

  • Insensibility, insensibilidad ante los sentimientos de los otros y las normas sociales vigentes;
  • Infringement, infracción de esos derechos y normas, e
  • Injury, daño y/o violencia material o psicológica.

Si miramos apenas la etiqueta que se aplicó al asesino de Leal —psicopatía—, cerramos la posibilidad de analizar a fondo el ‘tejido de fibras’ al cual aludió la juez con su metáfora. En esta nota desarrollo pues la idea de que el tejido de fibras no se limita a la personalidad de un asesino.

Entonces me enfocaré en las “relaciones” y “conexiones parciales”, pues ellas justifican el prefijo ‘socio’, como distinto de ‘psico’. Intento mostrar que estamos ante procesos preocupantes en el orden social general, pero también que hay salidas sobre las cuales podemos trabajar.

Sociopatía colectiva y neoliberalismo

Aunque poco usada por su aparente redundancia, la frase “sociopatía colectiva” es hoy objeto de controversia. Esto a raíz de los escritos del filósofo Robert Hanna, quien recogió la expresión en su libro The Mind-Body Politic (2019) publicado en   asocio con la psicóloga Michelle Maiese.

El libro parte de la idea de la mente encarnada (embodied mind) para analizar el papel de ciertas instituciones sociales que, por medios cada vez más poderosos, influyen sin darnos cuenta sobre nuestro ‘sentipensar’ —como diría Fals Borda—.

Los autores hablan primero de la “sabiduría colectiva” que nos ayuda a construir el sentido de la vida en términos positivos. Con ella asumimos perspectivas participativas, necesitados de empatía y solidaridad, es decir de “fibras” prosociales. Esta sabiduría facilita una autonomía individual que no deja de ser relacional, porque así se constituyó desde un comienzo.

Si miramos apenas la etiqueta que se aplicó al asesino de Leal —psicopatía—, cerramos la posibilidad de analizar a fondo el ‘tejido de fibras’ al cual aludió la juez con su metáfora.

Asesinato de Mauricio Leal
Foto: Pixsels - Estamos ante procesos preocupantes en el orden social general, pero también que hay salidas sobre las cuales podemos trabajar
Después describen la “estupidez colectiva” que hoy encarnan las instituciones al servicio de la ideología del “neoliberalismo” —también llamado por ellos “neo-conservatismo” o “centrismo”—. En resumen, “una manifestación más agravada de la estupidez colectiva es la que vamos a llamar sociopatía colectiva”.

En este sentido, “la sociopatía colectiva ocurre cuando instituciones sociales que son estúpidas dejan de preguntarse por completo si lo que están haciendo es moralmente correcto o incorrecto…; en cambio se concentran por completo en las formas eficientes de poner en marcha las políticas establecidas y de imponer coercitivamente las directivas de la élite administrativa y/o gobernante del grupo”.

El poder económico concentrado, en alianza con el poder político, permite que estas máquinas de hacer dinero creen y consoliden sistemas que anulan cualquier posibilidad de resistencia por parte de los ciudadanos afectados.

Por esta razón, estas empresas o redes de empresas pueden llamarse juggernauts —término tomado de otros analistas—: máquinas que arrollan a cualquier oponente, que consolidan su poder mediante un mecanismo perverso sobre el cual volveré más adelante.

Según los autores, “al mismo tiempo, la ‘élite del poder’, compuesta por aquellos individuos que administran, controlan y/o gobiernan directamente, son sociópatas bien adaptados: son ‘buenos ciudadanos respetuosos de la ley’ y aman, cuidan y, en general, cuidan a sus parejas, a sus hijos, a sus familiares y amigos, sus perros, etc. Pero, en un sentido operativo, son sociópatas socio-institucionales”.

El tinte sociópata del mito antioqueño

Al estudiar la presunta identidad “paisa”, la historiadora Patricia Londoño Vega habla de un “mito que se renueva”. Este mito comprende ciertos atributos que se reiteran por “fuera de los contextos que les dieron origen y sentido”.

La psicoanalista antioqueña Clarita Gómez de Melo resume el lado “feo” de uno de esos rasgos presuntamente “paisas” en la consigna: “mijo, consiga plata…”, una consigna que han estudiado varios ilustres antioqueños. Por ejemplo  Samuel Arango: «poseemos un desmesurado amor al dinero. Desde tiempos inmemoriales. “Consiga plata honestamente mijo, y si no puede, consiga plata’, aconsejaban los bisabuelos. La mamá solía decir: ‘La plata no lo es todo en la vida, pero quita los nervios…’. Pero convertir el dinero en Dios es otra cosa. ‘Mamá, el dinero es estiércol del demonio’, le dijo un hijo a la mamá. ‘¿Sí mijo? Pero qué bueno un diablito con diarrea, contestó ella’».

Sobre esto, Arango replica: «el amor desmesurado al dinero nos ha traído tantos problemas. Es de pronto la secuela más grave del narcotráfico en Medellín. Con razón hace días decía un cartel en la Avenida Oriental: “Era tan pobre que lo único que tenía era dinero”».

La franqueza y la entereza de los analistas antioqueños permiten desmontar ese mito regional. No son las culturas regionales abstractas las que operan según la consigna, sino individuos e instituciones concretas de cualquier parte del país. Esto no ocurre únicamente en Antioquia.

Entonces, —para dar un ejemplo— la famosa frase ya no dice ‘mijo’ sino ‘sumercé’. Esta proyección permite entender a cabalidad la implicación de lo que quiso decir la señora juez con aquello de “las fibras”.

En efecto, Clarita Gómez insistió en el vínculo insoluble del ‘mijo’ con las ‘faldas de mamá’ en Antioquia, pero vemos que en cualquier parte de Colombia hay hijos que matan a ‘sumercé la mamita” por dinero.

El sociólogo Pierre Bourdieu dijo que el homo economicus —el de la racionalidad cruda que maximiza la utilidad — “es un monstruo antropológico”. Surgen, entonces, sociópatas individuales y empresariales, sean o no calificados así por los psiquiatras, y pueden estar en todos los niveles de la clasificación social.

Estos niveles, por efectos del dinero bien o mal habido, son flexibles, accesibles, móviles de abajo hacia arriba y viceversa. El ascenso puede darse de modo instantáneo. Allí estamos. O mejor, allí estaríamos, en Colombia. Prefiero el pospretérito, porque, por fortuna, esta racionalidad monstruosa, individual o empresarial, no es generalizada en el país.

Estoy convencido de que cada región, comenzando por Antioquia, con sus peculiaridades, dichos y consignas, todavía mantiene los arraigos, es decir, las ‘fibras’ de las cuales habla la señora juez.

Preocupación por los nuevos educadores

Hay, sin embargo, preocupación porque aumentan los individuos desarraigados ‘de la falda de la mamá’ y de los pantalones del papá. Lo son desde la infancia. Están a merced de las redes y los medios.

Ellos atienden a influenciadores que no sólo hablan de su desarraigo —las ‘fibras’ rotas—, sino que se ufanan de ello. Renuncian, por ejemplo, a su nacionalidad colombiana para pagar menos impuestos, o rompen vidrios en instalaciones públicas para ganar audiencia. Se convierten en educadores de la juventud por el hecho de haber ascendido a la élite de las redes, y obtener dinero fácil.

La preocupación aumenta porque aparece el juggernaut. Hay ciertos medios y redes cuyos directores se hacen cruces frente a los ‘sociópatas’ individuales. No obstante, son ellos los mismos que, por los likes y el rating –es decir, por el dinero—, reproducen y amplifican los dichos-hechos de los ‘monstruos’, los nuevos educadores.

Como nuestros niños y niñas tienen acceso, a veces obsesivo, a las redes y los medios, lo que se nos viene encima es inquietante.

La banalización del mal

La preocupación ronda también entre las élites. Ese ‘monstruo’ o juggernaut engulle todo tipo de empresas que producen dinero, incluso, a medios tan respetados como lo fue Semana. De este modo se cierra el círculo que Hanna y Maiese denominan ‘sociopatía colectiva’.

Cristina de la Torre comentó hace unos días sobre las posibles consecuencias del asedio que sufre el Grupo Empresarial Antioqueño (GEA), por parte del juggerknaut. El lector de la columna puede sacar sus propias conclusiones sobre si en este caso se habían trenzado mecanismos ‘suaves’ de control que anticipaban al juggernaut, del cual el GEA habría sido o será víctima.

El mecanismo perverso está vigente. En 1963 Hanna Arendt anticipó la banalización y normalización de los mecanismos sociopáticos, como los bosquejados por Hanna y Maiese. Este mecanismo permite formar y consolidar el dominio del juggernaut. Todo se vuelve ‘normal’, ‘banal’, hasta ‘mediocre’ pero se mantiene porque resulta eficiente para el propósito buscado.

Arendt mostró que en el caso de Adolf Eichmann los exámenes psiquiátricos no encontraron nada que permitiera etiquetarlo como sociopático, a pesar de que a todas luces el señor era un criminal.

No está todo perdido: la alternativa prosocial

El manual sobre Personalidad Antisocial abre una ventana de esperanza, muy válida para Colombia.

Dicen los autores que la construcción psiquiátrica de la sociopatía tiene una premisa fuerte: debe mirarse desde la perspectiva de las normas, valores y metas que guían el comportamiento prosocial que predomina aún en las diversas comunidades culturales del mundo.

Estoy seguro de que en Colombia —con las variaciones que se han dado en estas comunidades— hay esperanza de que los valores prosociales puedan mejorarse y ajustarse a los nuevos tiempos. De este modo, evitan el horror de la sociopatía colectiva e individual en todos los niveles, escalas y formas de presentación.

Esta nota fue escrita con el ánimo de advertir qué nos amenaza para, a partir de allí, y con ayuda de quienes están en capacidad de hacer buenas propuestas, evitemos el avance astuto y silencioso del juggernaut. Ese que a los niños y jóvenes musita en tono bajo: “sumercé: consiga plata…”.

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Elías Sevilla

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Elías Sevilla

Antropólogo PhD, profesor titular jubilado de la Universidad del Valle, Cali. eliasevilla@gmail.com

Foto: Elaboración propia - Un comentario al libro de Gaviria.

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Elías Sevilla Casas

Una lectura de Otro fin del mundo es posible da luces sobre el carácter y las ideas del hoy precandidato presidencial.

Elías Sevilla Casas*

El libro

A finales de agosto, después de varios meses de expectativa, Alejandro Gaviria renunció a la rectoría de la Universidad de los Andes para ser candidato presidencial.

Hace ya casi un año, todavía lejos de la carrera por la presidencia, Gaviria publicó Otro fin del mundo es posible, un conjunto de ensayos sobre la crisis climática, la tecnología, la ética y la vida en sociedad a partir de la obra de Aldous Huxley.

En noviembre de 2020, escribí este comentario de su libro, que hoy adapto y ofrezco a los lectores como ayuda para valorar, para bien o para mal, el posible aporte de Gaviria a la contienda electoral.

Atención, compasión y acción

Cuando acabé de leer el libro de Gaviria, me encontré con una nota de opinión en la que Adriana Cooper comentó la muerte del sabio rabino y filósofo inglés Jonathan Sacks. La columna cierra con una cita de otro sabio, premio nobel de literatura, Isaac Bashevis Singer: “la bondad es la forma más elevada de inteligencia”.

A mi entender, esa dupla inseparable –bondad e inteligencia– coincide con la que Gaviria abre y cierra su libro y que representa el eje conceptual y ético de sus ensayos: “atención y compasión”. No en vano, el último capítulo del libro tiene como epígrafe la frase de Meister Eckhart: “lo que es tomado por contemplación debe ser entregado en amor” (“What is taken in by contemplation must be given out in love”).

Contemplar es el compromiso de quienes tienen la fortuna de traspasar las puertas de la percepción cotidiana. La metáfora de la puerta que se abre es recurrente no solo en Otro fin del mundo es posible, sino en la reflexión actual de Gaviria y de otros autores. La idea es que la escritura lleva más allá del muro de la cotidianidad.

Pero la contemplación tiene un gesto complementario: la entrega en forma de amor, es decir, la acción. En la introducción de su libro, Gaviria justifica lo que él llama su “pesimismo cósmico”, una expresión que se complementa con el título utópico de la obra: Otro fin del mundo es posible. Comprender que “todos somos hijos de la misma penuria”, como lo ha dicho Gaviria, nos lleva a la compasión y a trascender el presente con nuestra acción decidida.

En 2015, la Revista de la Universidad de Antioquia publicó una entrevista titulada “La doble vida de Alejandro Gaviria”. El texto contrasta su vida como ministro de Salud con su interés por el pensamiento y las letras. La entrevista termina con un “decálogo reformista” que, como lo señala la entrevistadora, “deja la sensación de ser escrito por alguien que piensa actuar desde el poder político”. Porque, como lo muestra Eckhart, el pensador y el político no tienen por qué ser dos personas distintas.

Entre el pesimismo y el optimismo

La otra cara del “pesimismo cósmico” es el que Gaviria llama su “optimismo axiomático” que en otros escritos ha llamado un “optimismo de la acción”. Según Gaviria, este optimismo “no [está] basado en la evidencia ni en la observación meticulosa del mundo”, sino en las ideas, que individualmente dan sentido a nuestra vida y colectivamente propician la deliberación y permiten enfrentar los problemas más serios.

En una controversial columna, Gaviria escribió que “a este país le sobran defensores intelectuales del irracionalismo y la charlatanería, y le faltan promotores de la ciencia y la razón”. La diferencia entre unos y otros es que los últimos reconocen y practican “la importancia de la coherencia y la validación empírica”. Vistas en conjunto, la “validación empírica” puede ser el complemento del “optimismo de la acción”.

Para ilustrar a contrario sensu la relación entre pensamiento y acción, copio una frase de Isaac Bashevis Singer, tal como aparece en Wikipedia: “los escritores pueden estimular la mente, pero no pueden dirigirla. El tiempo cambia las cosas, Dios cambia las cosas, los dictadores cambian las cosas, pero los escritores no pueden cambiar nada”.

El optimismo que defiende Gaviria busca liberarse al mismo tiempo de la charlatanería y de la intrascendencia de la que habla Singer. Por eso, se concreta en acciones basadas en “validación empírica”. Dos citas de otros autores, al final del libro de Gaviria, resumen esta disposición a actuar después de escribir: una de Andrés Caicedo, “lo odio porque lucho por conseguirlo” y la otra de Elkin Restrepo, “[aferrándose hasta sangrar] (…) a fin de alcanzar en verdad lo que nunca se te ha pedido”.

Hoy se le pide a Gaviria que alcance algo para Colombia, aunque ello implique odiar lo pedido. Lo odia, justamente, porque lucha por ello. Así interpreto sus palabras y la consecuencia de su compromiso como intelectual.

Foto: Flickr - ¿Cómo mantener una distancia sana de la academia?

Puede leer: Ya hay 42 candidatos probables a la presidencia… y contando

Una lectura desde la antropología

Según la filósofa belga Isabelle Stengers, en estos tiempos catastróficos los intelectuales tenemos el deber de movernos como mejor podamos y de comprometernos “hasta el fondo” (“all the way down”).

Ese es el reto que ha asumido la antropología desde la que escribo, que se caracteriza por tres “p”: es pragmatista, pragmática y práctica. Esta perspectiva coincide con el optimismo que describe Gaviria, que se vincula a la acción política directa, la que está por encima de intrigas partidistas, con las cuales, sin embargo, hay que entenderse para el manejo del Estado. Es el costo personal del “giving out in love” de Eckhart y el objeto del odio que leyó Gaviria en Andrés Caicedo.

¿Por qué hacer una lectura de Gaviria desde la antropología? Porque en varias ocasiones ha mostrado esperanzas en esta disciplina: por ejemplo, en una nota de blog, sostuvo que a la opinión política del país “le falta antropología” y “le sobra sociología”. Y en la nota sobre los chamanes y la charlatanería que mencioné anteriormente, Gaviria acude al antropólogo Carl Langebaek para hacer precisiones sobre el cometido científico, no charlatán, de la disciplina.

Desde la antropología de las tres “p”, la propuesta de Stengers de comprometerse “hasta el fondo” tiene al menos tres dimensiones.

  • En primer lugar, permite analizar todo el espectro del fenómeno humano, desde las alturas de lo simbólico hasta la materialidad de lo más pequeño del mundo físico.
  • En segundo lugar, esta antropología usa la inferencia científica para encontrar patrones en fenómenos que son aparentemente distintos. Como lo expresa la frase popular colombiana, el objetivo es ver a “la misma perra con distinta guasca”.
  • Por último, este tipo de antropología nos invita a dejar la “distancia segura” que nos da la academia y, en su lugar, involucrarnos en construir y solucionar los problemas concretos de nuestros conciudadanos, aprovechando el discernimiento que nos procura la indagación científica.

En Otro fin del mundo es posible, Gaviria concluye con el relato de una acción directa, minúscula, pero iluminadora y compasiva. Gaviria cuenta que una tarde salió a dar un paseo por su vecindario y se encontró con un joven venezolano que había conocido días atrás. En cada encuentro, el joven lo abordaba con una misma fórmula y “una amabilidad y precaución impostada”. Según Gaviria, conocer esa fórmula, ayudar al joven y “entender sin juzgar” lo llevó a “una especie de compasión expansiva”.

Vista desde la antropología de las tres “p”, el joven venezolano deja de ser un individuo ocasional y se vuelve la encarnación de un país que cree encontrar en Gaviria a la persona que puede guiar el discernimiento sistemático de los problemas colombianos en los próximos años y la solución (o disolución) de sus urdimbres y entramados problemáticos.

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Elías Sevilla

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Elías Sevilla

Antropólogo PhD, profesor titular jubilado de la Universidad del Valle, Cali. eliasevilla@gmail.com

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Director del ICANH, Ernesto Perez Montenegro reunido con el Embajador de Perú en Colombia.

Elias SevillaEl director del Instituto Colombiano de Antropología e Historia olvidó que su función es dirigir un organismo científico, no sumarle popularidad al Presidente.

Elías Sevilla Casas*

Continue reading «El ICANH y la Minga indígena: ¿la ciencia al servicio de Duque?»

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Antropólogo PhD, profesor titular jubilado de la Universidad del Valle, Cali. eliasevilla@gmail.com

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Elias SevillaA propósito del caso del Centro Comercial Andino, un análisis jurídico, político y antropológico que puede desconcertar a los lectores.

Elías Sevilla Casas*

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Elías Sevilla

Antropólogo PhD, profesor titular jubilado de la Universidad del Valle, Cali. eliasevilla@gmail.com

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Elias SevillaLas dos últimas ministras tomaron dos caminos radicalmente distintos en defensa de la cultura en Colombia. ¿Cuál será la escogencia de la próxima ministra?

Elías Sevilla Casas*

Continue reading «¿Cultura o culturas?: una decisión difícil para la nueva ministra»

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Antropólogo PhD, profesor titular jubilado de la Universidad del Valle, Cali. eliasevilla@gmail.com

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