Tomémonos unos tragos… (A propósito de conductores ebrios) - Razón Pública
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Tomémonos unos tragos… (A propósito de conductores ebrios)

Escrito por Elías Sevilla
Elias Sevilla conductores ebrios amanecido

Elias Sevilla conductores ebrios amanecido

Elias Sevilla Casas RazonPublicaEn Colombia no se consume tanto alcohol como se piensa. El énfasis sobre los aspectos negativos oculta la existencia de un “saber beber”, profundamente enraizado en prácticas culturales milenarias.

Elías Sevilla Casas*

Uso y abuso

Si al calor de la discusión mediática actual, la frase del título se toma en uno de los dos sentidos más comunes en Colombia, alguien podría acusarme de invitar al alcoholismo y a los delitos asociados con el abuso del alcohol, entre ellos el asesinato causado por conductores borrachos en calles y carreteras.

Si se interpreta en el otro sentido — también usual, por ejemplo, en Antioquia la Grande a las seis de la mañana — se trata de una invitación a tomarse un inofensivo cafecito, amistoso y saludable.

La presente nota parte del segundo sentido y lo aplica al alcohol etílico. Mi propósito es dar pistas, desde el ángulo de la antropología, que ayuden a entender no sólo el debate sobre los conductores ebrios, sino la cuestión más general del uso y del abuso — componentes de un mismo espectro de prácticas culturales — en el consumo de bebidas alcohólicas en Colombia.  

Elias Sevilla conductores ebrios paseo

Foto: Katie Yaeger Rotramel 

Ante la coyuntura de los accidentes de
tránsito de los últimos meses se habla de
un culpable abstracto “el alcohol”.

Colombia en el punto medio

Un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para 2011 indica que el consumo promedio en Colombia — 6,2 litros de alcohol puro per capita por año — está muy cerca de la media mundial  (6,1) y es más bajo que el de las Américas en su conjunto (8,7). De hecho, es casi la mitad del europeo (12,2).

Los abstemios de toda la vida se calcularon para Colombia en 19,4 por ciento. Quienes han dejado de beber representan un 14,4 por ciento. Esto contrasta con las cifras respectivas para las Américas (21,5 por ciento; 20,2 por ciento) y el Mundo (45,0 por ciento; 13,1 por ciento).

Conviene pues resaltar que entre nosotros el alcohol es una bebida común: lo usan 80 de cada 100 personas mayores de 15 años, más los hombres que las mujeres, y la cantidad ingerida por año y per cápita es relativamente baja, comparada con la de las Américas y, sobre todo, con la de Europa.

Pero una cosa es el volumen de consumo y otra el modo como se bebe. Haciendo énfasis en el daño potencial a la salud/vida, la OMS usa un “drinking score” que atiende no tanto al volumen consumido como a las circunstancias y al modo de hacerlo.

El indicador se basa en preguntas sobre la cantidad consumida cada vez, el consumo festivo, la proporción de ebrios cada vez, la proporción de usuarios diarios o casi diarios, la bebida en comidas, y la bebida en sitios públicos.  Según este “score” -elaborado a partir de encuestas — Colombia vuelve a estar en el punto medio de riesgo de daño por alcohol.

Además, el informe indica que los patrones observados durante los últimos años apuntan a la estabilidad, es decir, a niveles relativamente constantes. Según las cifras autorizadas de la OMS, no ha ocurrido nada nuevo en el horizonte.  

Alarma mediática local

Estos datos contrastan con la alarma local debida a un efecto mediático que obedece más al rating que a una auténtica preocupación por la salud y por la vida: el énfasis noticioso reciente se enfoca en uno de los efectos dañinos del alcohol, asociado con la muerte de inocentes en accidentes vehiculares.

Es preciso poner la cuestión en perspectiva y entender que no hay relación directa y automática entre “tragos” y estas consecuencias fatales. Está involucrada, como anotó un informe reciente de El Espectador, “la cultura” o, como dice la OMS, la circunstancia precisa como se consume el alcohol.

El proceso que concluye en estas muertes es mucho más complejo de lo que pinta la prensa, pues hay otros factores decisivos en el entramado, cuyo detalle resulta imposible exponer en esta nota, pero que puede ser consultado en un informe reciente de la OMS (2013).

Lo interesante es que en ese informe Colombia también se ubica en un punto medio de riesgo, incluso por debajo de algunos países latinoamericanos. Las tasas calculadas de muertes por cien mil habitantes atribuidas a accidentes de tráfico relacionados con conductores borrachos son las siguientes:

·  Colombia: 15,6;

·  Venezuela: 37,2;

· Brasil (donde existe “tolerancia cero” de alcohol para conductores): 22,5;

· México (que sobresale por el alto consumo de alcohol per cápita): 14.7;

· Chile (alabado por sus drásticas políticas sobre alcohol y conducción): 12,3;

· Estados Unidos:11,4;

· Canadá: 6,8;

· Región de las Américas:16,1;

· Mundo: 18,0. 

Elias Sevilla conductores ebrios bar
Foto: Victor Hugo Hernández 

Falta estrategia, sobra ingenuidad

De ninguna manera quiero minimizar el daño por colisión vehicular y su relación con el alcohol. Todo lo contrario — porque lo tomo muy en serio — hago estas consideraciones, pues las soluciones simplistas — como el  “populismo punitivo” o el abstencionismo radical — no hacen sino entrabar, agravar, o postergar las soluciones.

Me sumo a la afirmación de la OMS sobre el estado de la cuestión: “el número de muertes en carretera/calle no ha aumentado, pero permanece inaceptablemente alto en 1,24 millones por año”.

En un ensayo anterior en Razón Pública— referente a las sustancias psicoactivas (SPA) — escribí que la meta es experimentar, valorar, y enriquecer un modelo alternativo de manejo de las mismas. Elaboraba así el apunte ya hecho por el director de RP sobre el tema, que sirve de subtítulo a la presente sección.

Se debe promover un uso culturalmente controlado, distinguiendo entre uso y abuso, reconociendo sus eventuales beneficios (que los tiene y se olvidan), evaluando con realismo sus riesgos y daños, y — cuando éstos ocurren— convertirlos en objeto de vigilancia, reparación y educación, no de criminología.

Nos hace falta, sin embargo, conocer más  y mejor el amplio espectro de la producción, del consumo y del uso moderado del alcohol  — legal y no legal — para poder avanzar en la práctica de tomarse los traguitos bien y sin daño.

Lo que sabemos del alcohol en Colombia proviene de encuestas y estadísticas que enfocan de modo casi exclusivo el alcohol como problema y tienen las limitaciones técnicas surgidas de los enfoques estadísticos, sean ellos de medicina, psicología, epidemiología o medicina legal. Estos enfoques son importantes, pero aportan tan sólo una versión parcial de la cuestión.  

Mirada etnográfica del alcohol

Acaso por la cercanía profesional a la vida cotidiana de la gente y el gusto de  comparar casos, los antropólogos hemos tendido a tener sobre el alcohol (y sobre las otras sustancias psicoactivas) una mirada relacional e integral que algunos interpretan como complaciente, “deflacionista”, por no decir cómplice con referencia al abuso.

La británica Mary Douglas escribió en 1987 un libro sobre el alcohol: “Constructive drinking: perspectives from anthropology” cuyo título atiende a los aspectos positivos del beber. A su turno, en Francia — en donde se generó la paradoja del boire y la buena salud — Guy Caro publicó en 2006 “De l’alcoolisme au savoir-boire”.

Por su parte, el experimentado estadounidense Dwight Heath hizo la lista de los beneficios del beber moderado en 2007 y explica por qué no se habla de ellos ni se los investiga. Su contrincante preferido es el sociólogo Robin Room, quien se ha dedicado a hacer énfasis en los problemas que causa el alcohol.

En resumen, la versión antropológica se bosqueja así: estamos ante un producto natural de la fermentación de azúcares y almidones que posiblemente afectó la experiencia vital  muy temprana de los ancestros homínidos que, como se sabe, eran consumidores de frutas y otras sustancias sujetas a procesos naturales de fermentación.

Luego — ya dentro de la prehistoria humana propiamente dicha — a partir de la domesticación de plantas durante el neolítico, la producción y el consumo de este alimento tan especial (porque también es psicoactivo y eventualmente tóxico) se generalizaron bajo la forma de chicha, de hidromiel, de cervezas y de productos similares.

Milenios más tarde apareció el proceso de destilación, que amplió y refinó las formas como las comunidades se alimentan y celebran con etanol las penas y delicias de la vida, regalo de Baco, dios del vino.

El valor funcional de un producto tan especial y a la mano llevó a que adquiriera acendrado valor social, ritual y político. Esto indujo a que, por ejemplo, alcohol y religión resultaran estrechamente emparentados.

Por supuesto, la América indígena participó a su modo con la chicha, el pulque, el mezcal, el balché y formas parecidas, a partir del maíz, la yuca y otras plantas. Posteriormente se agregó a esta lista la caña de azúcar.

La actual revitalización cultural y religiosa indígena ha vuelto a poner en lugar prominente a la chicha (hoy en forma de guarapo fermentado) que había sido perseguida y casi extinguida por las campañas de higiene, bajo presión de las cervecerías en ascenso.

Por ejemplo, celebración nasa en el Cauca que se respete implica la preparación en grandes « fondos » comunales de guarapo fermentado, que se reparte al comenzar los ritos presididos por el chamán de turno. 

También se usa en situaciones no rituales. No olvidaré nunca que hace décadas, en la ronda mañanera que hacía en uno de los fríos resguardos de Tierradentro, tenía que beber los « tragos » que me ofrecían algunas familias cuando llegaba a saludarlas. Esos tragos no eran de tinto o aguardiente, sino de guarapo fermentado y tibio, sin que ello implicara que fueran « alcohólicos ».

No resulta entonces extraño que la cultura colombiana — forjada por el entramado de tradiciones amerindias y mediterráneas, ambas adictas al alcohol —  tenga tan acendrada la tradición de su consumo bajo diversas formas.

A las chichas, masatos, guarruces, majules, sabajones, guarapos y cervezas se unieron los rones y aguardientes, cuya producción popular de amplio rango — chirrinchis, ñeques, guaros, guandoles, tapetusas, vinetes, biches — llevó a las autoridades coloniales a establecer la política de estancos, que todavía sobrevive en las rentas departamentales.

Se pretendió así asegurar el monopolio estatal de la producción y comercialización, lo que no impidió la persistencia de formas « ilegales » y artesanales de producción, distribución y consumo, como todo colombiano que conoce su país lo ha experimentado.

No se puede olvidar el consumo medicinal popular de combinaciones balsámicas que contienen etanol, ni el consumo ritual, que persiste hasta en momentos sociales altamente dignificados: en el clímax de la « santa misa » católica se hace una libación de vino combinado con pan ázimo. Es decir, pan no fermentado, distinto del fermentado o leudado que consumimos diariamente.  

Saber beber

De este entramado con antecedentes milenarios y de tan amplio espectro social y valorativo sabemos muy poco todavía como para atrevernos a construir una plataforma eficaz de intervención, que nos enseñe no tanto a « dejar de  beber » como a « saber beber ».

Bienvenidos los abstemios, que en Colombia son minoría, como son bienvenidas otras minorías. Para la mayoría no abstemia, cuya proporción de mujeres y de jóvenes aumenta, queda una importante tarea educativa, no punitiva y, menos, « populista punitiva ».

La antropología colombiana ha debido contribuir más al conocimiento del amplio espectro de nuestro uso del alcohol para complementar los estudios por medio de encuestas de los patrones de abuso, propiciados por la OMS.  En Colombia las excepciones son raras y se concentran en un meritorio trabajo socio–antropológico de la maestría en Cultura y Drogas de la Universidad de Caldas y en el Instituto Colombiano de Antropología e Historia.

Los trabajos de psicólogos, salubristas, epidemiólogos (incluidos los de la OMS), casi siempre por medio de encuestas, han hecho énfasis casi exclusivo en «el problema del alcohol », aquello que el informe de la OMS denomina « harmful drinking ».  Esta nota llama la atención sobre la importancia estratégica del otro polo, el del « constructive drinking » estudiado por la etnografía.

Desde allí, podremos con alguna eficacia atender a los problemas.  

* Ph.D. en antropología de la Northwestern University, profesor titular jubilado de la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas, Universidad del Valle, Cali. Email: eliasevilla@gmail.com 

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