Agresiones sexuales contra las mujeres: el complejo del honor y la vergüenza - Razón Pública
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Agresiones sexuales contra las mujeres: el complejo del honor y la vergüenza

Escrito por Elías Sevilla
Andres carne de Res

Andres carne de Res

Reflexión antropológica sobre la vulnerabilidad de las mujeres, a propósito de otro episodio escandaloso. Un contraste entre lo deseable y lo real en las interacciones humanas en una sociedad llena de prejuicios, machismo y agresiones.

Elías Sevilla Casas*

 

Tradición y machismo

Esta vez Don Andrés, el “paisa de Chía”, nos ha servido en bandeja, no una deliciosa “carne de res”, sino una excelente instancia de lo que los antropólogos interesados en la cuestión de la cultura de amores (incluidos el erotismo y la sexualidad) denominamos “el complejo del honor y la vergüenza”. Es un modo de pensar y obrar de los varones frente al comportamiento femenino en estos sensibles temas. Persiste en Colombia como una huella de la colonización mediterránea, difícil de borrar.

En la presente instancia, estamos ante una bien redondeada muestra del complejo en “Paisalandia”, que hoy tiene sus embajadas en todas partes, incluyendo Chía. Pudo haber ocurrido, también, en otras “regiones culturales” colombianas.

Se trata de una formulación refinada del común machismo. Divide en dos conjuntos a las mujeres con quienes los hombres conviven. Como dice el picaresco refrán, las buenas, “las que van al cielo”; y las otras, “las que van adonde usted las lleve”. El honor de la familia, a cargo de los varones, consiste en defender con acendrado celo la pureza de las primeras, representadas por la madre, las hermanas y las hijas.

Se trata de una formulación refinada del común machismo. Divide en dos conjuntos a las mujeres con quienes los hombres conviven. 

La antropóloga Virginia Gutiérrez fue pionera en Colombia en describir y analizar este complejo no sólo en su nativo Santander sino en el conjunto cultural del Gran Antioquia. Mostró cómo las mujeres “buenas” están representadas por las ya mencionadas damas “de la casa” destinadas al matrimonio casto y formal. En Antioquia las acompañan otras figuras laterales,“la biata” y “la monja” (recuérdese a la Madre Laura).

Y las “malas”: “las mujeres de la calle” que, como anota la antropóloga, se refugian en las “zonas de tolerancia” de cualquier pueblo antioqueño, y desde luego, también de las ciudades. Ellas cumplen, según doña Virginia, una función imprescindible en el conjunto social del Gran Antioquia. No existirían si algunos de los celosos varones no fueran sistemáticamente donde ellas.

Andrés Carne de Res

Restaurante Andrés Carne de Res en Chía.
Foto: 
Ratha Grimes 

Dos platos fuertes con un postre

Volvamos a Don Andrés. Tenemos, como primer plato fuerte, el lamentado comentario sobre “el juego” de las mujeres que con minifalda asisten a su restaurante-bailadero. Con perdón de las damas, ese lapsus linguae es una versión del refrán de la estaca: “¿Qué culpa tiene la estaca si el sapo salta y se estaca?” En sana lógica, la estaca estaba clavada en el restaurante-bailadero que, como es de esperar, el dueño conoce muy bien.

El segundo plato, también fuerte, no es la excusa pública ofrecida una vez comenzó a crecer la ola de repudio, que podría ser el postre. Lo es la publicación de un facsímil del manuscrito de don Andrés donde “juegan” (la palabra es de don Andrés) sus mujeres buenas, la abuelita, la mamá, la “media naranja”, y la hija (ver imagen).

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El empresario acude a estas figuras impolutas para lavar la imagen, por él manchada, del restaurante-bailadero, y para asegurar la amenazada prosperidad de su negocio. Sería un desastre si las muchas mujeres que allí van decidieran tomar en serio la metáfora de la estaca y optaran por irse a otros restaurantes-bailaderos, aduciendo que el mismo dueño las ha disuadido al caracterizar, como lo hizo, el entorno de su empresa. Apuesto a que fue una de las mujeres indignadas quien se ingenió El Juego de Andrés Jaramillo que hoy es viral en internet.

 

El mundo como debería ser y como es

En el programa de debates Hora 20, de Caracol Radio, el exministro Néstor Humberto Martínez también intervino sobre el primer plato de Don Andrés y en su opinión experta recurrió a un lugar común: “el tema es cultural”.

Con la introducción sobre el complejo cultural del honor y la vergüenza quiero en la presente nota dar alguna profundidad a aquella vaguedad de “tema cultural”. Lo haré a partir de la distinción entre lo que debe ser y la cruda lógica social que nos golpea, lo que es. Me detendré en lo segundo porque sobre lo primero abundan los aportes.

Se trata de balancear los riesgos positivos de afirmarse como personas y los riesgos negativos de sufrir efectos indeseados. La trama de estos riesgos es variable según en entorno social en que se mueven. 

Los procesos cotidianos constituyen tejidos que no siempre reflejan los valores ideales. Por fortuna, en el caso de las mujeres, esos valores positivos se están codificando en derechos que buscan unificarse y hacerse valer a través de las culturas. La reciente (2010) creación de ONU Mujeres es una muestra de ello.

Pero “lo que es” varía a través de regiones, naciones y culturas. Lo que tenemos hoy entre manos es una muestra de ello. Hay, en efecto, actores que  ajustan antivalores recibidos a nuevos contextos, de tal modo que estas hegemonías del práctico pensar y hacer mantienen su vigencia. Cuando son graves en sus consecuencias, esos antivalores son clavados como estacas filudas en un camino de penumbra, son similares a las minas antipersona  que ciertos perversos estrategas esconden en los campos. La tarea es desactivarlas porque “no deberían existir”. Y en ello estamos. Pero existen y mientras existan hay que extremar el cuidado con las mismas.

Los psicólogos han estudiado desde hace mucho tiempo el llamado “sesgo optimista”, el que nos hace pensar que “a mí no me pasa nada”. Ese mal aqueja a unos más que otros y puede convertirse en una verdadera trampa.

La figura femenina en sitios públicos

Varios años de trabajo etnográfico en las calles de Cali, con un grupo de muchachas y muchachos estudiantes de sociología, permitió explorar la lógica de “los amores femeninos” en los medios consolidados populares. Pudimos aprender algunas lecciones que, con modestia, esperamos contribuyan a un debate serio de la cuestión que nos ocupa. Por fortuna comienza a dejar de ser banal.

Uno de los temas fue la estrategia actual, del todo legítima, con que estas mujeres construyen su figura, incluido el opcional aderezo y realce de los senos mediante cirugías estéticas. El modelo paralelo fue un estudio sociológico francés sobre el trato que entre hombres y mujeres ocurre en una playa de la Riviera en donde ellas deambulan con el torso desnudo. Nuestro informe, en forma de libro, puede ser consultado en internet.

A qué juegan

Foto: Chuy-Ignatius244

Primera conclusión: sobre la lógica social

Trátese de minifaldas, ropa ligera, o bustos resaltados, lo aprendido en Cali nos llevó a reafirmar, en primer lugar, que la ciudad por su clima físico y social, facilita lo que denominamos las epifanías del cuerpo femenino (y masculino). El ambiente se presta para la presentación personal que realza los atributos físicos.

En segundo lugar aprendimos que la exhibición femenina impone, por parte de ellas, unas barreras simbólicas fuertes a la audacia masculina de miradas y manoseos indeseados. El porte (hexis, que es una variante del habitus propuesto por Bourdieu), en este caso es expresión de la dignidad personal. Impide que se traspasen los límites. Estas mujeres caleñas, según lo aprendido, con su porte imponen respeto y pueden darse el lujo de ostentar su cuerpo sin que haya abusos.

Todo ocurre según los contextos y las opciones personales. Porque también aprendimos que hay algunas mujeres que, con la dignidad correspondiente a su opción (porque también se hacen respetar y merecen respeto) tienen un porte diferente, que es estratégico dentro de sus fines, usualmente comerciales. El argot popular denomina “fufurufas”, “diablas”, y “bandidas” a estas avezadas jugadoras.

Segunda conclusión: sobre el riesgo y la vulnerabilidad

Si con la Organización Internacional de Estandarización (ISO) definimos el riesgo como el efecto de la incertidumbre sobre nuestros objetivos, podemos convenir que las mujeres en el juego con su cuerpo pueden tener riesgos: positivos, de lograr sus propósitos, y negativos, de los daños que el entorno causa. Se trata de balancear los riesgos positivos de afirmarse como personas y los riesgos negativos de sufrir efectos indeseados. La trama de estos riesgos es variable según en entorno social en que se mueven. Los negativos pueden llegar a ser abrumadores.

Arriba hablé de estacas (y de minas antipersona) al referirme a la existencia de actores con antivalores que imponen su voluntad, usualmente por la fuerza. Esas estacas metafóricas suelen concentrarse en determinados entornos. Por ejemplo, las “fufurufas” suelen trabajar en entornos altamente riesgosos para su seguridad personal. En contra del sentir común, ellas están expuestas a múltiples violaciones y las sufren de veras. Entonces, el sabio manejo de los riesgos en la afirmación y presentación personal implica un ejercicio muy bien dosificado de prudencia.

Sin pensarlo, Don Andrés parece haber sido certero en el diagnóstico contenido en su primer comentario. Hizo ver que un sitio “bien” puede esconder estacas que hacen daño. 

Los jóvenes, por su fogosidad, rebeldía, y ganas de vivir, suelen exponerse a ciertos “deportes extremos” sin medir las consecuencias. Olvidan que el mundo, como dije arriba, es un tejido de oportunidades pero también de riesgos negativos cuya naturaleza y alcance no conocen bien. Puede haber, entonces, resultados lamentables, trágicos, como los que han dado origen a la presente nota. Allí entra entonces el diálogo con los mayores que, así sea por viejos, saben de los peligros de la vida en los entornos que conocen.

Las mujeres que juegan legítimamente con su presentación física y simbólica (porte) van seguras si han logrado reducir la incertidumbre y ajustan su comportamiento en consecuencia. Quienes lo hacen en entornos dudosos se vuelven vulnerables por más que piensen lo contrario. Los psicólogos han estudiado desde hace mucho tiempo el llamado “sesgo optimista”, el que nos hace pensar que “a mí no me pasa nada”. Ese mal aqueja a unos más que otros y puede convertirse en una verdadera trampa.

Además, la vulnerabilidad, que es la relación entre la magnitud del riesgo negativo y la capacidad personal de sortearlo, crece en proporción directa al grado antivalórico del entorno social en que uno se mueve. Hay entornos en donde no valen las barreras simbólicas que admiramos en el estudio de Cali ni las arengas en favor de los derechos. Quien por allí se atreve debe ir prevenido y dispuesto a sortear serios peligros y a asumir las consecuencias. Así  lo hacen las “fufurufas”, quienes desarrollan tácticas de protección y mutuo apoyo. Es como atreverse a caminar por un sendero plagado de minas quiebrapatas.

Sin pensarlo, Don Andrés parece haber sido certero en el diagnóstico contenido en su primer comentario. Hizo ver que un sitio “bien” puede esconder estacas que hacen daño. Una de esas estacas pudo ser la de alguien que abandona a su suerte a una circunstancial compañera de sexo que estaba desvalida. Al parecer, los hechos del parqueadero de la empresa, que estaba en la penumbra, le dieron la razón. En clarificar las dudas trabaja hoy la Fiscalía.

*Antropólogo, Ph.D. por Northwestern University y profesor yitular jubilado de la Universidad del Valle, Cali. Email: eliasevilla@gmail.com

 

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