Angélica Bernal Olarte
Foto: Facebook: Verónica Alcocer

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En Colombia, a las primeras damas se les juzga como objeto decorativo del presidente. La forma en la que actúan es vigilada por una sociedad que no les permite salirse del molde machista al que fueron sometidas.

Angélica Bernal Olarte*

En la mira

Un cambio de gobierno implica casi de manera inevitable que la familia del nuevo mandatario se vea sometida al escrutinio público, y en particular la pareja, que es objeto del análisis desde sus formas de vestir, su sonrisa o su involucramiento en los asuntos nacionales de diverso orden.

Hay que recordar que Ana Milena Muñoz de Gaviria, Jacquin Strouss de Samper, Nohra Puyana de Pastrana, Lina Moreno de Uribe, María Clemencia Rodríguez de Santos y María Juliana Ruiz (por nombrar las más recientes) estuvieron en uno u otro momento de los gobiernos de sus esposos en la mira pública por diversas razones, pero siempre como objeto de controversia sobre la figura de la primera dama y sus prerrogativas.

En este momento el turno es para Verónica Alcocer, que ha estado en el centro de la polémica por diversas razones, desde agosto pasado, cuando el gobierno Petro comenzó: sus viajes internacionales, sus fotografías y, más recientemente, por su participación directa en escenarios institucionales donde se debaten las reformas impulsadas por el gobierno y en curso actualmente.

La primera pregunta que surge es si esta primera dama es especialmente problemática por tomarse atribuciones que no le corresponden. En este sentido cabe recordar que, desde 1994, a través de la sentencia C-089 la Corte Constitucional emitió un concepto sobre la figura de “Primera Dama” y estableció que “no ostenta el carácter de servidor público, y, por tanto, solamente puede desempeñar las atribuciones públicas que la ley específicamente le confiera, en virtud de lo dispuesto en el artículo 210 de la Carta”.

Dicho artículo señala, entre otras cosas, que “los particulares pueden cumplir funciones administrativas en las condiciones que señale la ley”. Hay entonces un problema, ya que la primera dama no hace parte de la función pública, pero sin embargo se le pueden asignar funciones siempre y cuando no sean atribuidas directamente por el presidente.

El terreno jurídico, siempre sujeto a interpretaciones, no permite un panorama completo y por ello una segunda consideración que debe ser tomada en cuenta es el carácter mismo de la figura con independencia de quien lo ejerce.

Aunque no es del todo claro el origen de la figura, lo cierto es que existe primordialmente en sistemas políticos presidencialistas, es decir, que el hecho de que este tipo de sistemas tenga una única cabeza en el ejecutivo, que además es electo mediante votación, otorga grandes poderes a una persona y le da una visibilidad extraordinaria, así como a su pareja.

Algunos estudios indican que fueron las esposas de los presidentes de Estados Unidos las primeras que ostentaron esta denominación y dicha figura fue retomada en otros países presidencialistas, aunque en la actualidad se ha extendido a otros sistemas políticos.

En Colombia la primera vez que se usó esta expresión parece haber sido en 1934, para referirse a María Michelsen de López, esposa del presidente Alfonso López Pumarejo.

Foto: Facebook: Verónica Alcocer La figura de la primera dama ha sido tradicionalmente ideológica: permite mostrar que el presidente es heterosexual y tiene una familia.

Una figura decorativa

La polémica que entraña la figura es que de partida es ideológica y decorativa porque permite mostrar que el primer hombre de la nación es heterosexual y que tiene una familia de acuerdo con la tradición.

La primera dama sirve de compañía en ceremonias oficiales y recepciones protocolarias de Estado y usualmente suele ser vista como una figura cuyos alcances están determinados por jugar un papel en asuntos de asistencia social, caridad pública, recolectar regalos de navidad, asistencia a la niñez desamparada o cualquier otro asunto tomado por la tradición machista como el papel público adecuado para las mujeres, que se relacionan con hacerse cargo desinteresadamente del cuidado de las personas desprotegidas.

En este sentido, la figura ha servido para reproducir, en primer lugar, los roles tradicionales de género: el hombre como presidente público, racional, político y poderoso; y mujer cuidadora, emotiva, decorativa.

En segundo lugar, ha servido para reproducir estereotipos sobre los significados de la presencia pública o política de las mujeres, ya que las primeras damas ocupan lo público solo mediante el vínculo con un hombre.

Este es un imaginario que ha estado siempre presente en la tradición misógina que considera que las mujeres usan a los hombres para escalar en el mundo laboral, académico o político. La polémica entonces subyace a la figura que ni legal ni políticamente parece conveniente.

Lucha contra la tradición

Las mujeres en Colombia han trabajado por décadas para desestructurar la opresión que ha limitado el ejercicio de su libertad, su autonomía y el goce efectivo de sus derechos, pero además para que su ciudadanía se materialice en una presencia pública que les permita incidir en la toma de decisiones colectivas, lucha que no ha sido sencilla y cuyos logros son siempre parciales.

Aunque hoy hay instrumentos legales que impulsan la presencia pública de las mujeres la realidad sigue siendo que apenas son el 30% del Congreso, por ejemplo.

La política ha sido un escenario especialmente difícil para estas porque las mejoras en materia de educación, la expedición de leyes y el avance en las políticas de género no ha tenido éxito en alcanzar una representación paritaria en los cargos de elección popular, en tanto se lucha contra una profunda tradición que considera que el lugar de las mujeres es lo doméstico, que su palabra no tiene valor en el debate público y que la supuesta racionalidad masculina es la que debe conducir los asuntos del Estado.

Muchas mujeres en política luchan contra los estereotipos, contra las prácticas políticas que las excluyen y contra los hombres, incluso los de su propio partido, para hacerse un espacio.

Estas mujeres tratan de ser creíbles para los votantes y de que los medios de comunicación hablen más de sus posiciones políticas que de sus formas de hablar o de vestir, de modo que la existencia de un papel como el de primera dama representa, cuando menos, un lastre en estos esfuerzos.

Entre el papel activo y pasar desapercibidas

Desde otra perspectiva, las primeras damas han sido criticadas tanto por jugar un papel activo y tener presencia pública como por tratar de pasar desapercibidas. A las primeras se les critica porque supuestamente “se aprovechan” de los privilegios que otorga la figura; a las segundas por no tener visibilidad y reproducir la imagen de “la mujer detrás del hombre”, asunto que tampoco es bien visto.

Estas mujeres han tenido que lidiar con uno u otro señalamiento en algún momento del periodo de gobierno de sus conyugues.

Sería en todo caso simplista homogenizar sus experiencias y por eso hay que señalar que las primeras damas que han sido mejor valoradas son aquellas que no se destacan, no tienen una palabra pública propia y aquellas que hacen parte de la élite política o económica del país.

Aunque de estas últimas los medios realizan sesudos análisis sobre su porte, estilo, sentido de la moda, etc. Una primera dama sin sentido de la moda es especialmente señalada, aunque si gasta demasiado dinero para tener una apariencia elegante también lo será.

Pero no sólo se les juzga por este tipo de asuntos sino que algunas han sido señaladas por aprovecharse de su posición para usar recursos del Estado en sus asuntos privados (aviones o helicópteros para llevar sus hijos de paseo, por ejemplo), entre otras situaciones que pueden ser incluso ilegales.

Aunque este papel parece tener una existencia sustentada en la costumbre y tal vez no se elimine mediante una decisión formal de acabar con él, es necesario ser críticos ante su propia existencia desde los medios de comunicación, la sociedad civil, los movimientos de mujeres y en general las mujeres en política.

Es posible afirmar que las “primeras damas” han sido sujetos políticos activos con independencia de sus esposos, defienden ideologías y posiciones políticas propias, han tenido trayectorias profesionales o académicas, en fin, tienen una vida más allá de ser esposas, de modo que también ellas podrían contribuir a derrumbar este anacronismo dejando de presentarse públicamente con este apelativo.

Es legítimo que las esposas de políticos tengan aspiraciones políticas, ya que son ciudadanas y deberían tener la posibilidad de actuar en este sentido, pero no apelando a una figura que no las reconoce como sujetos políticos, sino que las transforma en un objeto decorativo que además es usado como arma política en múltiples momentos de la confrontación entre gobierno y oposición.

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Angélica Bernal Olarte

Escrito por:

Angélica Bernal Olarte

*Politóloga de la Universidad Nacional, magíster en Estudios Políticos del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la misma universidad, Doctora en Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona y profesora de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP).

Foto: Ministerio de Agricultura

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La violencia contra las mujeres por ser mujeres sigue presentándose en la sociedad colombiana, pese al reconocimiento legal de sus derechos. Un cambio cultural es urgente.

Angélica Bernal Olarte*

El término “violencia de género”

Desde la lucha feminista y, más recientemente, en las leyes, se reconoce la existencia de una pluralidad de hechos que configuran un fenómeno extendido que atenta contra la integridad física, mental, económica y contra la vida de las mujeres de todas las edades, condiciones, orígenes, clases sociales, pertenencias étnicas, orientaciones sexuales o identidades de género.

Pocas escapan al acoso, abuso y ejercicios diversos de violencia, porque a lo largo de la historia se han naturalizado como prácticas esperables en las relaciones entre hombres y mujeres.

Dicen los críticos del uso del término “violencia de género” que la violencia hace parte de las relaciones humanas y que no es necesario un término particular. Este escepticismo, sin embargo, parece obviar las aterradoras cifras que cada año entregan las fuentes oficiales.

Y es aquí donde el término “violencia de género” toma sentido e importancia: muchas víctimas ni siquiera son capaces de identificar que lo son porque somos parte de una cultura que normaliza el control sobre las mujeres, sus cuerpos, sus decisiones y su sexualidad por parte de los varones de sus familias y de sus parejas.

Para el 2022 el DANE reportó al menos 3.500 bebés nacidos de niñas entre 10 y 14 años. Según el Instituto Colombiano de Medicina Legal (2022), cada 8 horas es asesinada una mujer, y 8 mujeres cada hora son víctimas de violencia intrafamiliar o sexual. La misma fuente mostró que, entre enero y octubre de 2022, 827 mujeres fueron asesinadas y 58117 sufrieron violencia intrafamiliar o han sido abusadas sexualmente. En lo que va corrido de 2023 ya son 10 los feminicidios reportados.

Estas cifras son la punta del iceberg, ya que se da un alto subregistro debido a que muchas víctimas no reportan sus agresiones por temor, falta de información o porque no se reconoce la violencia como algo que deba ser denunciado. Es más bien una situación que las víctimas consideran vergonzante y tratan de ocultar, ya que creen que merecen sufrir o que hicieron algo y por ello son castigadas.

Y es aquí donde el término “violencia de género” toma sentido e importancia: muchas víctimas ni siquiera son capaces de identificar que lo son porque somos parte de una cultura que normaliza el control sobre las mujeres, sus cuerpos, sus decisiones y su sexualidad por parte de los varones de sus familias y de sus parejas.

Foto: Secretaría de integración social - Es común que cuando las mujeres víctimas de violencia basada en género acuden a los servicios estatales sus relatos sean cuestionados y no creídos.

Le recomendamos: Violencia de género: un tema ausente en seguridad y justicia

La supuesta superioridad masculina

Algunas estudiosas lo llaman el mito del amor romántico, otras lo llaman misoginia y otras, patriarcado. En todo caso, esta violencia tiene sus raíces en unas relaciones de poder que se sustentan en una supuesta superioridad masculina.

Hay demasiado escrito sobre esto y este apenas es un esfuerzo de sintetizar la gravedad del asunto. Pero es importante subrayar lo complicado que es que los cambios sociales logrados a través de décadas, que han hecho que hoy las mujeres, en particular las jóvenes, sientan que ya son libres y autónomas, que sus vidas no se comparan con las de sus abuelas o madres y que hablar de discriminación, opresión o marginación por cuestiones de género es anacrónico, contrastan con la terrible realidad de que dichas relaciones de poder siguen estructurando la manera cómo se relacionan las mujeres con los varones.

Una nueva ola de conservadurismo

Hombres y mujeres hemos cambiado en muchos sentidos y tal vez la magnitud de esos cambios ha llevado a una nueva ola de conservadurismo, donde iniciativas políticas y religiosas quieren recortar los derechos y libertades obtenidas por las mujeres en décadas pasadas.

Hablan de la pérdida de valores, de la destrucción de la familia, de la liberalización de la sexualidad y culpan de estos supuestos males al avance en la igualdad entre hombres y mujeres.

Esta corriente reaccionaria, en Colombia y en varios países, ha querido echar atrás las garantías del derecho al aborto (con éxito en los Estados Unidos), el acceso a la contracepción de emergencia o incluso a los anticonceptivos en general.

Quieren que la niñez y la juventud no tenga información sobre sus cuerpos y su sexualidad porque lo consideran inmoral. Quieren que las mujeres retornen al hogar a jugar el papel reservado para ellas en las sociedades patriarcales: preñarse, parir y cuidar hijos.

Volver al pasado es posible

Aunque esta vuelta al pasado parece imposible, muchos han reaccionado al avance de las mujeres empleando todos los medios para volver al ideal del ama de casa obediente, reservada y sumisa.

Como parte de esta reacción, ponen en duda a quienes acuden a los servicios estatales al necesitar ayuda: comisarías de familia, policía, fiscalía, etc. Descreen a las denunciantes y no a sus agresores. Casi de manera generalizada, los relatos de las víctimas que necesitan ayuda no son creídos. Suponen que son inventos para vengarse de las parejas o que, seguramente, después volverán a su casa y se reconciliarán con el agresor. Esto, en el caso de la violencia de pareja.

Cuando la violencia es sexual, la víctima es sometida a la repetición de su relato en múltiples ocasiones, a tortuosos trámites y a tratos humillantes en lo que parece ser un esfuerzo institucional por hacer desistir a la víctima de su denuncia. Incluso en los casos en los que la víctima es una niña, se tiende a perder de vista al agresor y se empieza, por ejemplo, a criticar a la familia por no haberla cuidado bien.

Violencia en la política

La reacción conservadora no se da apenas en el ámbito familiar o el de las relaciones de pareja. En política cada vez más estudios muestran que, en la medida en que las mujeres avanzan en sus carreras, aumentan las agresiones físicas, el acoso y el abuso sexual, entre otras violencias que vulneran el derecho de las mujeres a ejercer el poder político.

De hecho, en varios países se ha creado un tipo penal específico para castigar esta violencia, que fue identificada primero en Bolivia, donde una mujer regidora fue asesinada por su ejercicio político. En Colombia hay un proyecto de ley en curso que reconoce esta violencia ante los múltiples casos identificados.

Es este contexto deberían ser analizadas las denuncias recientes de hechos de violencia y acoso sexual en la esfera política. Una primera observación es que la violencia de género tiene una caracterización precisa y, en ese sentido, no todo es violento. Por ejemplo, criticar la gestión de una funcionaria que no cumple su papel de manera adecuada no es violencia política, pero esto que parece sencillo debe analizarse a fondo.

En la sociedad colombiana se mantiene un doble estándar para medir el desempeño del hombre y la mujer. En una investigación para mi tesis doctoral en 2014, encontré cómo el discurso de un medio de comunicación tendía a presentar a las mujeres en política haciendo énfasis en su apariencia, poniendo en duda sus capacidades, obviando sus trayectorias profesionales o académicas y centrándose en sus conexiones con varones, como si fueran estas las que les permitían a las políticas tener una carrera.

Cuando un hombre usa una posición de poder para exigir contacto sexual a cambio de un puesto de trabajo o un contrato hay acoso y abuso sexual. Sin matices ni mediaciones. Debería ser retirado de su posición y juzgado de acuerdo a la normativa fijada. Esto en cualquier contexto público o privado, en cualquier partido político o escenario social.

Parecía que ninguna de ellas había logrado su posición de poder por mérito propio y una vez en el ejercicio de sus cargos nunca fueron reconocidas como titulares en pleno derecho de sus posiciones.

Ejercicios de discriminación

En este sentido, ese doble estándar que juzga con dureza a las mujeres sobre aspectos que se dan por sentados en los hombres (estar preparados, tener carácter, etc.) no es una forma de violencia, pero sí es un ejercicio de discriminación. Por lo que quisiera finalizar con algunas reflexiones:

  • Si una mujer enfrenta dificultades para ejercer una función pública se debería juzgar precisamente su capacidad y no el hecho de que es una mujer. Pensar que la razón de sus errores es el hecho de ser mujer es discriminación.
  • Usar un micrófono en un medio de comunicación para decir que “ahora no se puede criticar las ministras porque se defienden con que es supuesta violencia”, conlleva el grave problema de que niega la existencia de la violencia política contra las mujeres, o al menos la hace parecer un capricho o un asunto de sensibilidad. Puede criticarse la gestión de las ministras y se puede estar en desacuerdo con sus posiciones políticas, pero lo que no puede negarse que la violencia de género existe, aunque no sea este el caso.
  • Cuando un hombre usa una posición de poder para exigir contacto sexual a cambio de un puesto de trabajo o un contrato hay acoso y abuso sexual. Sin matices ni mediaciones. Debería ser retirado de su posición y juzgado de acuerdo a la normativa fijada. Esto en cualquier contexto público o privado, en cualquier partido político o escenario social.
  • Una mujer puede ser infiel, cometer delitos, equivocarse en el ejercicio de un cargo público, realizar mal su trabajo, aceptar un contacto sexual no deseado para acceder a un trabajo, etc., pero nada de esto niega que existe la discriminación y la violencia de género. Más importante aún, ello no justifica que nos violenten, torturen o asesinen.

Las mujeres tenemos dignidad humana y los castigos que se impongan a nuestros crímenes deben ser establecidos por las autoridades judiciales en un proceso con garantías y sin sesgos sexistas. Las faltas de las mujeres no son excusas para atentar contra su integridad y menos para quitarles la vida.

Puede leer: Mujeres y niñas: víctimas de las violencias de sexo-género

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Angélica Bernal Olarte

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Angélica Bernal Olarte

*Politóloga de la Universidad Nacional, magíster en Estudios Políticos del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la misma universidad, Doctora en Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona y profesora de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP).

Foto: Facebook: María José Pizarro

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En qué consiste la agenda feminista del nuevo gobierno, cuánto se ha avanzado, cuáles son las resistencias, los riesgos y las alianzas necesarias para el avance de esa ambiciosa agenda.

Angélica Bernal Olarte*

Esperanza y temor

Tras el largo proceso electoral que culminó con el cambio en la composición del Congreso y la elección Petro y Márquez como cabeza del ejecutivo, se han despertado grandes esperanzas entre los sectores históricamente excluidos de la toma de decisiones colectivas.

La política renace como un espacio de encuentro, como proyecto de cambio y de futuro. En buna hora este escenario implica la revalorización de la democracia, la política y la ciudadanía.

Pero también se percibe cierto temor de que las inercias del aparato general y, en   general, del ejercicio político impidan las reformas esperadas y con eso se frustren ilusiones.

En este escrito propongo algunas reflexiones sobre la agenda feminista del nuevo gobierno que parece confluir alrededor de la vicepresidenta, como una posibilidad para avanzar en algunos aspectos centrales de estas luchas históricas.

Los primeros proyectos de ley

Por primera vez, además de vicepresidenta, tenemos un Congreso conformado por un 30 % de mujeres Algunas de ellas son feministas y han expresado su interés de promover los derechos de las mujeres. También se ha venido conformando un gabinete ministerial con un 49 % de mujeres.

La situación parece pues muy buena. Pero lo de veras importante se verá en el desarrollo de la agenda legislativa, en la creación del Ministerio de Igualdad, en los programas o medidas concretas y en la incorporación del enfoque diferencial en todas las políticas sociales.

En cuanto a la agenda legislativa es de notar que una alianza entre políticas y organizaciones sociales de mujeres, encabezada por la senadora María José Pizarro y la primera dama Verónica Alcocer, radicó en unos pocos días varios proyectos de ley sobre asuntos de género, entre los cuales se destaca la participación política de las mujeres.

Uno de los proyectos se denomina Ley de los 1000 días y su intención es proteger  integralmente  la salud durante el embarazo y los tres primeros años de vida de los niños y niñas para reducir las tasas de mortalidad, la malnutrición y la desnutrición infantil y materna.

Otra propuesta, denominada Ley de paridad, obligaría a los partidos o movimientos políticos a inscribir listas únicas, cerradas y con alternancia de género.

En el mismo sentido se propuso una ley para prevenir, sancionar y erradicar la violencia y el acoso político contra las mujeres y garantizar su participación en todos los escenarios participativos.

El Ministerio de Igualdad

Esta iniciativa de la vicepresidenta Márquez consistiría en elevar al más alto nivel de la administración la exigencia o el criterio de equidad social, de género y racial, mediante la creación de un ministerio especializado y capaz de orientar y coordinar las acciones del Estado en este frente: El ministerio está en proceso de gestación, pero falta por precisar sus condiciones concentras de operación.

La agenda feminista del gobierno Petro
Foto: Facebook: Francia Márquez - Hoy, además de vicepresidenta, tenemos un nuevo Congreso conformado por primera vez por un 30% de mujeres.

En cuanto a la agenda legislativa es de notar que una alianza entre políticas y organizaciones sociales de mujeres, encabezada por la senadora María José Pizarro y la primera dama Verónica Alcocer.

La vicepresidenta ha señalado que el Ministerio pretende “asumir el desafío más grande que tiene Colombia: la desigualdad”. En este campo el desafío es grande, porque hasta ahora la equidad ha sido encomendada a direcciones y consejerías con muy poco presupuesto, escaso personal y casi nula influencia sobre el resto del gobierno.

Además de estos problemas administrativos, debe advertirse que ciertos sectores con reivindicaciones feministas, antirracistas y anticapitalistas desconfían de la institucionalización de las agendas y, en general, desconfían de la capacidad de Estado para combatir el racismo, la desigualdad de género y la injusticia social porque ha sido uno de sus motores.

En un plano más pragmático, son muchas las organizaciones o grupos populares que compiten por tener prioridad en la agenda del nuevo gobierno, y es probable por eso que las ofertas no sen suficientes y que muchos se sientan decepcionado. Por eso la vicepresidenta y su equipo tendrán que informar de manera clara y permanente los avances y las restricciones en el proceso de formar el ministerio.

Además, deberán aclarar hasta dónde los nuevos programas responden a las ofertas de campaña y encontrar rápidamente las herramientas eficaces para hacer realidad los cambios esperados.

Este es tal vez el punto más complicado, porque no es fácil manejar las expectativas y explicar que ni el ministerio ni las nuevas políticas pueden resolver mágicamente problemas tan complejos como la desigualdad. Los funcionarios pueden tener buenas intenciones, pero no tiempo, recursos y capacidad técnica para mostrar resultados en el corto plazo.

La legitimidad del Ministerio

Para que el ministerio de Igualdad logre la legitimidad política que necesita será preciso dialogar y aprender de las organizaciones sociales a lo largo y ancho del país, en particular las de aquellas zonas donde estas desigualdades han sido más intensas.

En estos diálogos habría que concatenar los lineamientos de la nueva política con el reconocimiento de lo construido hasta ahora, particularmente en materia de   políticas de genero de los gobiernos locales. También habría que el centralismo de las políticas nacionales formuladas desde Bogotá, que no toman en cuenta los procesos organizativos territoriales de mujeres y de los grupos étnicos.

Un reto aún mayor es lograr que ese Ministerio no se convierta en el Estado para las mujeres y los grupos históricamente discriminados. Su verdadero papel es el de una institución capaz de dirigir al Estado en su conjunto para que cualquier política incorpore sus perspectivas, necesidades, demandas y derechos.

Estos asuntos no pueden quedarse encerrados dentro de un ministerio, sino que deben ser asumidos como propios por todas las entidades responsables de las políticas del Estado: los enfoques diferenciales, de género y étnico-racial deben ser parte sistemática de las acciones del sector público.

El compromiso con ese enfoque diferencial de ministerios como los de Agricultura, Hacienda, Justicia, Defensa, Salud o Educación, es indispensable para combatir la violencia, la pobreza y la marginación que afectan de manera marcada a las mujeres y a los grupos étnicos.

Esta estrategia se conoce como transversalización y en las experiencias de muchos gobiernos locales hay aprendizajes e instrumentos para hacer realidad un cambio que no se puede quedar otra vez en la retórica, sino en avances tangibles en la lucha contra la desigualdad socioeconómica, de género, de etnia y territorio.

Una alianza estratégica entre la vicepresidenta/ministra de igualdad, una bancada feminista en el Congreso y mujeres comprometidas en altos cargos del Estado puede ser el escenario más favorable para avanzar hacia el cierre de brechas de desigualdad que han afectado a las mujeres en Colombia.

Pero alianza debe ser también con las distintas expresiones de los movimientos sociales en todo el país, que los convierta en protagonistas del diseño, seguimiento y evaluación de las iniciativas del nuevo gobierno. La alianza debe basarse en una idea clara sobre las metas, los procedimientos y los papeles de cada uno de sus integrantes, manteniendo en todo caso la distancia para que la sociedad civil pueda criticar y controlar las actuaciones del gobierno.

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Angélica Bernal Olarte

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Angélica Bernal Olarte

*Politóloga de la Universidad Nacional, magíster en Estudios Políticos del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la misma universidad, Doctora en Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona y profesora de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP).

Foto: Twitter: María José Pizarro - Estas elecciones fueron especialmente importantes para las mujeres.

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La participación femenina en el Congreso será la más alta de la historia, pero todavía falta mucho para la igualdad de género en la vida política.

Angélica Bernal Olarte*

Tres novedades

Las elecciones del 13 de marzo estuvieron marcadas por varias crisis: una económica y social, agravada por los efectos de la pandemia y otra política, a causa de la desaprobación del presidente y de las denuncias de actos de corrupción.

En este contexto turbulento, hay que decir que las pasadas elecciones fueron especialmente importantes para las mujeres por al menos tres motivos:

  • Algunas listas pusieron a prueba la inclusión del 50 % de mujeres;
  • Francia Márquez fue la tercera precandidata presidencial más votada de todas las consultas, y
  • El movimiento feminista Estamos Listas obtuvo una notable votación al Senado.

La cuota de género, a prueba

En 2020, el Congreso aprobó una reforma al Código Electoral, que incluye un cambio en el diseño de la cuota de género. Todos los partidos y movimientos estarían obligados a incluir un 50 % de mujeres en las listas de aspirantes a corporaciones públicas. Sin embargo, por tratarse de una ley estatutaria, la reforma aún necesita la revisión de la Corte Constitucional.

Aunque la reforma no está en firme y por tanto no obligaba a los partidos, algunos optaron por acercarse al 50 % de mujeres en sus listas. Mirando Senado y Cámara en conjunto:

  • el Partido Liberal incluyó un 52 % de mujeres;
  • El Partido Comunes, un 48%;
  • Cambio Radical, un 45%;
  • El Pacto Histórico, un 43%; y
  • el Nuevo Liberalismo, un 40%.

Además, algunas fueron “listas cremallera”, es decir, alternaron a hombres y mujeres, lo que caracteriza a algunos de los diseños de cuotas de género más exitosos en otros países.

Con los resultados actuales –aún en proceso de escrutinio–, de un total de 294 escaños entre Senado y Cámara, tendremos 83 curules ocupadas por mujeres, lo cual equivale a un 28 % del total: el porcentaje más alto en la historia de Colombia. Sin embargo, esta cifra aún está lejos de la que tienen países como Ruanda (61 %), Cuba (53 %), México (50 %) o Nueva Zelanda (49 %), de acuerdo con las últimas estadísticas disponibles.

En todo caso habrá más mujeres en el Congreso. Y su presencia será más plural; el domingo pasado fueron elegidas:

  • Martha Peralta (Senado) y Karmen Ramírez (Cámara), del pueblo Wayuu;
  • Cha Dorina Hernández (Cámara), de San Basilio de Palenque, un pueblo afrodescendiente que por primera vez logra una curul en el Congreso; y
  • Aida Quilcué (Senado), de la comunidad indígena Nasa de Tierradentro, Cauca.

En suma, este ha sido el mejor resultado que han obtenido las mujeres en términos de la representación de pueblos étnicos en el parlamento colombiano.

Pero también se debe resaltar que en las 16 curules de paz apenas fueron elegidas tres mujeres, lo cual contrasta con los resultados anteriores. Esto refuerza la hipótesis de que la elección de las curules fue cooptada por las fuerzas más tradicionales o, incluso, por grupos que tenían el apoyo de los victimarios del conflicto armado.

mujeres en las elecciones 2022
Foto: Facebook: Aida Quilcue - Este ha sido el mejor resultado que han obtenido las mujeres en términos de la representación de pueblos étnicos en el parlamento colombiano.

Puede leer: No es suficiente elegir mujeres para elegir feministas

Francia Márquez: una revelación

La afrocolombiana y ambientalista Francia Márquez obtuvo más de 785.000 votos en el preconteo, situándose como la tercera persona más votada en todas las consultas, después de Gustavo Petro y Federico Gutiérrez. Su votación estuvo muy por encima de otros precandidatos con maquinarias electorales probadas.

Aunque algunos medios manifiestan sorpresa antes estos resultados, Márquez en realidad lleva décadas de trabajo político que la ha llevado a ser reconocida como defensora ambiental y social. El reconocimiento ha ido más allá de las fronteras: en 2019 obtuvo el premio ambiental Goldman, que es considerado el “nobel” en defensa del ambiente.

Además, Márquez fue una de las pocas personas que trajo a la palestra temas serios y casi siempre ignorados en los debates electorales, como la lucha contra el racismo, la necesidad de repensar el modelo de desarrollo y de buscar alternativas que no destruyan la naturaleza como motor de crecimiento económico. Habló de violencia sexista y racista y criticó el sistema penitenciario y carcelario del país.

Como candidata, tuvo la capacidad de hablar con nuevos sujetos, como la juventud, las feministas, los grupos étnicos y campesinos y las víctimas del conflicto armado. Sus resultados le permiten un amplio margen de negociación y, aunque aún no se define si será la fórmula vicepresidencial de Petro, muchos sectores esperan que así sea.

Estamos Listas, balance agridulce

Con los últimos resultados del preconteo, esta agrupación política habría obtenido 108.761 votos, lo cual implica un logro inmenso, en especial para una iniciativa “primípara” en la política nacional, autofinanciada y feminista.

Estamos Listas había obtenido apenas una curul en el Concejo de Medellín, en 2019. Esta vez intentaba proyectarse más allá de Antioquia y, para eso recorrió varias regiones, proponiendo su agenda con poco más que los medios aportados por sus militantes, es decir, en franca desventaja frente a las otras campañas. Inclusive tuvieron que acudir a acciones legales, para obtener los anticipos a los que tenían derecho por ser una lista reconocida e inscrita.

El saldo, sin embargo, es agridulce pues, aunque prácticamente cuatriplicaron su votación en tres años, al no haber alcanzado el umbral deben devolver el dinero recibido. Esta agrupación quedó sin curules y con una deuda enorme.

Un riesgo similar es el que enfrentan todos los grupos nuevos que se presentan a elecciones. Estamos Listas es apenas un ejemplo de lo que les ha ocurrido a muchas mujeres en política: no tienen los recursos financieros suficientes y al no obtener la votación esperada se enfrentan a cuantiosas deudas. Esto además muestra que las campañas políticas en Colombia son tan costosas que les cierran la puerta a agrupaciones políticas nuevas o que provienen de procesos sociales o comunitarios de sectores no privilegiados.

Por eso, este es un buen momento para apoyar la supervivencia de Estamos Listas pues, de superar este obstáculo, podría llegar a ser un partido con mucho que aportar al debate democrático en Colombia.

Los balances son aún preliminares y habrá mucho que analizar en la conformación final de Cámara y Senado. Lo que suceda en las próximas semanas en la campaña presidencial también será indicativo de qué cambia y qué sigue en la inclusión política de las mujeres.

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Angélica Bernal Olarte

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Angélica Bernal Olarte

*Politóloga de la Universidad Nacional, magíster en Estudios Políticos del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la misma universidad, Doctora en Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona y profesora de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP).

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Angelica Bernal

Las dos destacadas afrodescendientes hicieron un diagnóstico sobre la crisis global que sirvió para enunciar las bases de la precandidatura de Márquez a la presidencia de Colombia.

Angélica Bernal Olarte*

Las protagonistas

Una frase que describe bien a Angela Davis es: “Tenemos que actuar como si fuera posible transformar radicalmente el mundo”.

Esta filósofa, profesora de Historia de la Conciencia en la Universidad de California, dirigente del Partido Comunista de Estados Unidos, investigadora especializada en feminismo, marxismo, abolicionismo del sistema penitenciario, teoría crítica y estudios afroamericanos, es considerada como una de las mujeres que ha cambiado la historia.

Fuera de la academia, Davis encarna las luchas históricas por la liberación de la comunidad afroamericana, por el movimiento internacional para excarcelar los presos políticos, por la abolición de las prisiones, por la igualdad de género, raza y clase.

La interlocutora Francia Márquez es una dirigente ambiental afrocolombiana, ganadora del Goldman Environmental Prize y del premio Nacional a la Defensa de los Derechos Humanos. Ha realizado un enorme trabajo de resistencia con el pueblo negro del Cauca contra la explotación minera de las grandes multinacionales.

Esta trayectoria le otorgó a Márquez una visión crítica del desarrollo, pues las multinacionales llegan a los territorios con grandes inversiones, pero ejecutan proyectos a costo de las comunidades étnicas. En esta situación la humanidad parece no importar frente a las ganancias económicas. Al comienzo tomaba esta lucha como la disputa de una comunidad, pero ahora sostiene que es la lucha de la humanidad por preservar la vida.

Durante la conversación, las preguntas de la moderadora Mamyra Dougé Prosper, profesora en la Universidad de California en Irvine y Coordinadora Internacional de Community Movement Builders’ Pan-African Solidarity Network, permitieron que tanto Davis como Márquez caracterizaran los desafíos globales que hoy en día enfrenta la humanidad.

La democracia vacía

¿Qué es la democracia para una mujer negra de Agua Blanca, Cali, que después de una larga jornada laboral encuentra que su hijo ha sido asesinado?, ¿qué es la democracia para una mujer cuyos hijos no tienen comida, ni escuela, ni acceso a la universidad, ni al empleo?

Márquez se pregunta por el sentido de la democracia en Colombia. Esta democracia vacía que se revela cuando el Estado da un tratamiento de guerra a los jóvenes desarmados que protestan.

En el paro del pasado marzo muchos de los jóvenes eran afrodescendientes que habían llegado a Cali desde el Pacífico en busca de oportunidades de empleo o que huyen de la violencia. Los jóvenes negros fueron asesinados, desaparecidos y violentados, y el único apoyo que encontraron fue el de mujeres negras que salieron con ellos a resistir como una familia extensa.

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La crisis ambiental 

El sistema económico actual reproduce el racismo sobre los cuerpos y los territorios. Los Estados, en alianza con las corporaciones económicas y financieras, son los directos responsables de esta crisis. Mientras las consecuencias llegan a los que históricamente han sido empobrecidos, racializados y excluidos por el mismo sistema económico.

Ante los detractores, Márquez explica que la crítica al tránsito de una economía extractiva a una basada en energías limpias no reconoce que la economía ya está en crisis. De modo que sostener que este cambio implica una crisis económica, es insuficiente para negar esta urgencia de cambio.

Frente a esta crisis Márquez propone el cuidado de la vida como postura radical. Además, recordó que no hay planeta B, así que la humanidad tiene el deber de poner en marcha alternativas, así como de recuperar el saber ancestral que enseña que no somos dueños de la naturaleza, sino que somos parte de ella. De esta manera acude a los saberes ancestrales como camino para encontrar alternativas.

Esta lucha contra la minería le ha dejado a Márquez la responsabilidad de proteger el territorio, como necesidad para el cuidado del ser. Propone una economía para la vida basada en la redistribución, la justicia ambiental, ecológica, racial y de género. Propone un modelo económico que piense en el bienestar de la humanidad.

La verdadera resistencia

Tras 500 años de capitalismo, de esclavitud y de colonización, las resistencias caminan desmembradas. Márquez y Davis diagnosticaron que el sistema económico ha desgastado la inspiración para el cambio y que la globalización capitalista ha limitado nuestra capacidad de imaginar un mundo distinto. Incluso, las luchas se ven interferidas por el individualismo y el deseo de protagonismo.

En contraste, afirmó Márquez, el sistema actúa a través de estrategias como el complejo carcelario, el conflicto armado, la violencia, el despojo y las leyes injustas para someter.

Aunque su posición es de esperanza y representa la voluntad de cambio de los pueblos étnicos, campesinos, sectores populares y jóvenes; reconoce que la transformación enfrenta resistencias y violencias ejercidas por el Estado. En su opinión, la política colombiana funciona con el miedo, el destierro, el hambre, la miseria, la expropiación y la muerte para mantenerse.

Márquez sostuvo que en Colombia “se usa la violencia armada para luego vender seguridad al pueblo”. En su opinión, este país estaría peor de lo que está si las mujeres, y en particular las mujeres negras, no hubieran hecho su papel de cuidar, aun cuando no saben leer ni escribir.

Recordó a las lideresas negras, indígenas y campesinas que han sido asesinadas por la defensa de la vida y el territorio como María del Pilar Hurtado, Ana Fabricia Córdoba en Colombia y en América Latina, Berta Cáceres y Marielle Franco.

Foto: Facebook: Francia Márquez - ¿Cuál es la posibilidad de gobernabilidad de Márquez?

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Su propuesta política

La dirigente afrocolombiana delineó las bases programáticas de su candidatura. Para Márquez su “decisión de aspirar a la presidencia no es caprichosa, es un sentir de los pueblos”. Es una decisión que atiende su deseo de apoyar la paz, parar la guerra, buscar la redistribución y frenar la acumulación en manos de minorías.

Propone legalizar las drogas, debido al despojo y persecución que ha producido el prohibicionismo entre la población negra, indígena y campesina. Este prohibicionista permite que en los territorios haya grupos armados obliguen a cultivar coca a las comunidades. Y, al tiempo, permite que estas comunidades sean atacadas por el Estado, pues con la represión y la política criminal se ataca al eslabón más débil en la cadena del narcotráfico.

Para frenar la crisis ambiental sostiene que se debe enfrentar a las multinacionales que usan la violencia para expulsar a los habitantes de sus territorios. De esta manera alienta la creación de alternativas, pues la concepción tradicional del desarrollo ha condenado a las comunidades étnicas y campesinas a vidas indignas.

Hizo un llamado a la solidaridad internacional pensada en la lógica de la familia extensa, donde actúan los pueblos y comunidades. Reconoce que en la diferencia hay una virtud para construir y no una razón para el exterminio físico, moral y espiritual. Desde su propuesta la solidaridad es un principio de lucha, como siempre lo ha manifestado Angela Davis.

La expresión “Soy porque somos” se inspira en la filosofía Ubuntu que nos invita a pensarnos con el otro y con la naturaleza; nos invita a la solidaridad para la acción y para el cambio. Por tanto, su deseo de competir por llegar al Estado no es un fin, sino un medio para sembrar esperanza de cambio.

A Márquez le han dicho que no tiene experiencia para postularse a la presidencia, y ella responde que, en efecto, no tiene experiencia en la política de muerte, ni en la corrupción, pero si tiene una larga trayectoria en políticas del cuidado. Su propuesta es la de una gobernanza colectiva, feminista y antipatriarcal. Por esta razón, su candidatura representa una transformación en las formas de hacer política.

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Angélica Bernal Olarte

Escrito por:

Angélica Bernal Olarte

*Politóloga de la Universidad Nacional, magíster en Estudios Políticos del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la misma universidad, Doctora en Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona y profesora de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP).

Foto: Facebook - Estamos Listas El 5 y 6 de abril en Honda, Tolima el movimiento político Estamos Listas llevó a cabo su primera Convención nacional feminista donde se proclamaron dos candidaturas presidenciales.

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Angelica Bernal

Las candidaturas de mujeres a la presidencia no son nuevas y no deben ser resaltadas como si lo fueran. Además, el término “feminizar la política” puede jugar en contra del feminismo.

Angélica Bernal*

Candidaturas y representación de las mujeres

El 5 y 6 de abril en Honda, Tolima el movimiento político Estamos Listas llevó a cabo su primera Convención nacional feminista donde se proclamaron dos candidaturas presidenciales. Este hecho permite entender la relación entre las mujeres y la política.

Muchos de los trabajos académicos sobre el tema han dejado en evidencia la histórica exclusión de las mujeres de los escenarios de la política y de los cargos de decisión política. En el caso de Colombia, el número de mujeres en el Congreso nunca ha superado el 23%. Apenas ha habido gobernadoras o alcaldesas, y nunca hemos tenido una presidenta. Hablamos aquí de lo que María Emma Wills denomina “presencia”, que es la ocupación de estos espacios por mujeres.

Pero esa “cuota” o esa presencia femenina no es lo mismo que la representación de las mujeres, es decir la defensa de los derechos, necesidades, demandas e intereses de las mujeres en su pluralidad, para lo cual el análisis no se puede circunscribir al número de mujeres elegidas o designadas en cargos de decisión.

Por el contrario, tendríamos que hablar de la lucha para lograr reformas legales, políticas y marcos de acción que eliminen o al menos reduzcan las brechas de desigualdad que siguen determinando la vida de amplios sectores de mujeres.

La tensión entre presencia y representación que tan claramente estableció Wills permite analizar las candidaturas a la presidencia de mujeres más allá de las alegrías que trae que la agenda feminista cobre protagonismo en la contienda electoral.

Mujeres en política

Hay tres puntos importantes para entender la importancia de la presentación de las candidaturas de Francia Márquez y Ángela Robledo a las elecciones presidenciales de 2022.

En primer lugar, voy a describir algunos hechos que permiten reconocer la lucha histórica de las mujeres en el campo político de modo que se recuerde el camino recorrido.

En segundo lugar, quiero señalar el problema que implica considerar todo avance de las mujeres en el campo político como pionero y sin antecedentes.

En Colombia seguimos lejos de la presencia femenina en la política, no hablemos ya de la representación de una agenda feminista

Por último, hablaré de la necesidad de combatir los estereotipos que siguen señalando la presencia de las mujeres como una anomalía o algo excepcional que debe ser destacado una y otra vez. Estos estereotipos incluyen aquellos que incluyen la idea de “feminizar la política”, una expresión usada con frecuencia en las últimas semanas.

El siglo XX en Colombia fue un periodo de luchas y grandes logros para las mujeres, entre ellos de derechos políticos como el voto en 1957. La presencia pública de las mujeres fue permanente y se dio en el marco de movimientos tan importantes como el sindical, el campesino, los movimientos revolucionarios y de militancia de izquierda, por nombrar algunos.

En materia electoral hay que señalar la candidatura a la presidencia en 1974 de María Eugenia Rojas por el partido ANAPO, la de Socorro Ramírez en 1978 en nombre del Partido de los Trabajadores, pero con una militancia feminista pública.

Después vinieron varias candidatas por diversos movimientos, algunos tradicionales y otros nuevos: Noemí Sanín, Ingrid Betancourt, Martha Lucía Ramírez, Clara López Obregón, Myriam Pinilla, Piedad Córdoba, Claudia López, Vivianne Morales, entre otras.

Esta lista de mujeres puede ser corta, pero permite afirmar que no hubo que esperar hasta 2021 para contar con candidatas mujeres, pero tampoco para contar con candidatas feministas. Como se mencionó, Socorro Ramírez y Piedad Córdoba defendieron desde sus orillas aspectos centrales de la lucha política feminista.

No se puede perder de vista que algunas mujeres presentes en la política no defienden agendas vinculadas a la lucha feminista, y que de hecho están en contra de ellas. Por eso es importante remarcar la diferencia entre presencia y representación.

Otro antecedente importante y es la existencia previa de un movimiento político de mujeres: el Movimiento Político Mujeres 2000 que articuló las luchas de mujeres campesinas, comunitarias y de sectores populares en un intento de incursión electoral en Cundinamarca y Bogotá.

Con una agenda a favor de los derechos de las mujeres, el Movimiento Político Mujeres 2000 presentó candidaturas a concejos municipales, alcaldías e incluso en las elecciones de 1998 presentó listas a Senado y Cámara. Ésta última fue encabezada por Zulia Mena García. Si bien no tuvo éxito en las elecciones nacionales si lo tuvo en lo local obteniendo algunas curules en Concejos Municipales.

Foto; Facebook - Mujeres 2000 No hubo que esperar hasta 2021 para contar con candidatas mujeres, pero tampoco para contar con candidatas feministas.

Puede leer: Feminismo en los partidos políticos: un debate necesario

¿Es excepcional?

Es muy común que cuando se habla de mujeres en política se aluda o note su excepcionalidad, lo novedoso de su presencia o la falta de precedentes. En mis propios trabajos encontré cómo se registraba a Dilian Francisca Toro como la primera mujer presidenta del Senado en 2006 cuando en realidad la primera había sido Claudia Blum (2005). Después en el 2007 cuando la presidenta del Senado fue Nancy Patricia Gutiérrez, también se señaló la importancia de que por “primera vez” una mujer estuviera a la cabeza del cuerpo legislativo.

Este ejemplo sirve para mostrar cómo parte de la exclusión política de las mujeres tiene que ver con su invisibilidad en la narración ordinaria de la política.

Parece que siempre hay que señalar el hecho de que son mujeres, de que ocupan algún cargo por primera vez o de que son las primeras. Desde el lenguaje mismo su presencia sigue siendo sorprendente.

Esto es comprensible en la cultura mayoritaria, pero no en el discurso de políticas que pretenden mostrarse como pioneras como parte de su campaña electoral. Esto a la larga desvirtúa la larga lucha por lograr una inclusión plena de las mujeres desde el reconocimiento de son sujetos políticos, ciudadanas y por lo tanto su presencia pública no es excepcional ni una rareza.

Le recomendamos: Las mujeres en las presidenciales: ¿será que vamos avanzando?

Los estereotipos

En tercer lugar, quiero señalar algunos ejemplos que muestran la persistencia de algunos estereotipos arraigados que refuerzan la idea de que la política no es un escenario adecuado para las mujeres.

Por estos días he recibido algunas llamadas de periodistas preguntándome por la Primera Convención Nacional Feminista y por mi opinión acerca de las candidaturas de Márquez y Robledo. Me preguntaron si no se habían apresurado, si era positivo que expresaran tan abiertamente sus ambiciones electorales y si estaban preparadas.

Al responder esas preguntas señalé que estamos en campaña electoral y que ya varias figuras públicas masculinas han presentado sus candidaturas, pero ninguno de ellos ha sido criticado por apresurarse, por si está listo o por si es negativo hacer públicas sus ambiciones personales.

Esto resulta hasta simpático, en un país donde hombres con muy poco mérito ocupan incluso el cargo más importante de la Nación.

Ojalá esto nos sirva para normalizar la presencia política de mujeres, que no nos pensemos como recién llegadas sino como protagonistas de importantes luchas y con la posibilidad de competir en la política electoral y de ser parte de la acción política colectiva tan necesaria en este momento en Colombia.

Parte de la exclusión política de las mujeres tiene que ver con su invisibilidad en la narración ordinaria de la política

El feminismo es un campo plural, de disputas de sentido y que se mueve tanto por los mecanismos institucionales de la política formal como por otras vías de lucha más comunitarias, cívicas, culturales y artísticas, desde las universidades y desde diferentes organizaciones étnicas y sociales.

De ninguna manera lo electoral agota al feminismo ni la acción política que en ocasiones llega incluso a rechazar la interlocución con el Estado ya que no lo validan como medio para eliminar las injusticias que afectan a las mujeres.

El problema de feminizar la política

Para cerrar quiero señalar el problema que implica hablar de “feminizar la política” —expresión que la propia Convención Nacional Feminista ha repetido en estas semanas —.

“Feminizar” per se no es un atributo positivo: de hecho, tiene que ver mucho más con la opresión y la subordinación que histórica y culturalmente hemos combatido.

Lo femenino no es una esencia propia de los cuerpos feminizados que haya que reivindicar. Por el contrario: ha sido más una camisa de fuerza para controlar y regular las experiencias vitales de las mujeres.

Considero que la oportunidad de contar con candidaturas con agenda feminista en una contienda electoral debe servir precisamente para escapar de la unidimensionalidad que tradicionalmente se atribuye a lo femenino y mostrar cómo la agenda feminista no es apenas para las mujeres sino una agenda para el cambio social, para la desestructuración de las relaciones de opresión, dominio, violencia y explotación que siguen condenando a miles a vidas indignas y a la pobreza.

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Angélica Bernal Olarte

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Angélica Bernal Olarte

*Politóloga de la Universidad Nacional, magíster en Estudios Políticos del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la misma universidad, Doctora en Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona y profesora de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP).

Foto 5.1 Policía Nacional: Homicidios en Colombia

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Angelica Bernal

La igualdad de género sigue siendo una fantasía, pues incluso los partidos más progresistas, dificultan que las mujeres tengan carreras políticas exitosas.

Angélica Bernal Olarte*

Las complejidades del feminismo

El feminismo es a su vez una propuesta teórica que busca entender el mundo y una práctica política que busca transformarlo. El feminismo ha estado presente en todas las denuncias y luchas en pro de la igualdad de género. Ha sido un movimiento político y social, pero nunca una estructura política. Las feministas hemos aprendido a desconfiar de las jerarquías y los partidos políticos que buscan hablar por todas y fijar una agenda única.

El feminismo es tan amplio y heterogéneo que es mejor hablar de él en plural. Así mismo, es transversal, pues ha participado de muchos movimientos sociales y políticos como colectivos antirracistas, académicos, étnicos, juveniles y campesinos. El feminismo ha supuesto una crítica profunda a las grandes desigualdades de género que aquejan al mundo entero.

El feminismo ha enfrentado un gran número de conflictos internos y se ha enriquecido de las agudas críticas que muchas mujeres negras, indígenas, campesinas, jóvenes, lesbianas y transgénero le han hecho al feminismo académico y liberal.

Esas mujeres han señalado acertadamente que el feminismo hegemónico ignora muchas voces y luchas, y habla en nombre de todas las mujeres pese a que solo beneficia a las más privilegiadas. El feminismo ha fallado cada vez que se ha abstenido de criticar el racismo, el etnocentrismo, la primacía del binarismo heterosexual y las lógicas del capitalismo salvaje que condenan a la pobreza a millones de personas. También ha fallado cada vez que se ha prestado para recortar derechos, legitimar guerras y justificar la violencia colonizadora.

Foto: Wikimedia Commons - El vacío de poder de las Farc y la falta de decisión del Estado para ocupar los territorios que dejaron explican la nueva ola de violencia.

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Una relación tensa

Teniendo en cuenta estas tensiones, vale la pena preguntarnos por la relación entre el feminismo y los partidos políticos en Colombia. Para empezar, es importante señalar que se trata de una relación de vieja data. Tras el Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe que tuvo lugar en 1981 en la capital colombiana, se decidió que el 25 de noviembre se conmemoraría el día contra la violencia de género, pero también se excluyó a varias mujeres de diversos partidos políticos con el argumento de que su principal militancia era el feminismo y no la ideología de dichos partidos.

Ese es el origen de un debate que sigue vigente en nuestros días: mientras algunas personas afirman que es posible hacer feminismo dentro de los partidos políticos, otras aseguran que es impensable porque se trata de organizaciones jerárquicas que aceptan las reglas de la democracia procedimental que no se ha interesado en combatir la desigualdad de género.

Uno de los interrogantes que ha tenido más importancia dentro de este debate es si las mujeres que forman parte de partidos políticos que están en contra del reconocimiento de las mujeres como sujetos políticos que tienen autonomía sobre sus cuerpos y sus vidas pueden identificarse como feministas.

Aunque este interrogante no tenga una respuesta definitiva, sí tenemos certeza de que los partidos políticos colombianos no han sido terreno fértil para la lucha feminista. De hecho, muchas mujeres que no se identifican como feministas han enfrentado un sinnúmero de obstáculos dentro de los partidos a los que pertenecen. Por ejemplo, Piedad Córdoba pudo llegar a ser Directora Nacional, pero los demás miembros del Partido Liberal lo impidieron. La persecución en su contra fue tal que llegó a ser despojada de sus derechos políticos pese a que comprobó su inocencia. Sin embargo, su partido nunca le manifestó su apoyo oficialmente.

Algo similar ocurrió con Cecilia López, pues pese a su impresionante preparación académica y su trayectoria pública, nunca fue impulsada como directora ni como candidata presidencial del Partido Liberal. Por su parte, Clara López llegó a ser presidente y candidata del Polo Democrático Alternativo, pero nunca contó con un apoyo real de sus compañeros, por lo cual se vio obligada a armar su propio partido. Ángela Robledo ha militado en el Verde y en la Colombia Humana, pero su militancia feminista le ha costado bastantes detractores.

Todos estos ejemplos demuestran que en Colombia, incluso los partidos que aseguran defender la igualdad de género, dificultan que las mujeres tengan carreras políticas exitosas. Numerosos estudios han demostrado que los partidos colombianos son propensos a reconocer la importancia de las mujeres en sus estatutos, pero se rehúsan a tomar decisiones concretas que promuevan sus candidaturas. En efecto, muchos obedecen la Ley 1475 por obligación y no por convicción.

Los partidos colombianos son propensos a reconocer la importancia de las mujeres en sus estatutos, pero se rehúsan a tomar decisiones concretas que promuevan sus candidaturas

El caso de la Colombia Humana

Un tema tan importante como la violencia de género dentro de los partidos políticos fue discutido por primera vez cuando Hollman Morris fue denunciado por acoso y Ángela Robledo se distanció de la Colombia Humana a pesar de haber sido la fórmula vicepresidencial de Gustavo Petro.

Muchas militantes de la Colombia Humana son feministas y quieren que su partido se identifique como tal. Concejalas como Ati Quigua, Ana Teresa Bernal, Heidy Sánchez y Susana Muhamad ofrecen una luz de esperanza a todas las mujeres que sueñan con un partido político que respalde los liderazgos femeninos en la práctica y en el papel.

Hacer feminismo en organizaciones mixtas que no tienen una tradición feminista es sumamente difícil porque sus miembros suelen reproducir ideas y prácticas sexistas

Si bien se ha acusado –con argumentos válidos– a la Colombia Humana de hacer un uso instrumental del feminismo para ganar adeptas, debemos reconocer que es un logro que un partido en el que priman las voces masculinas esté avanzando en este aspecto. Además, es injusto desconocer la labor de las mujeres que han impulsado este proceso.

Sin embargo, es cierto que la adopción de un protocolo para evitar el acoso y la violencia de género no necesariamente implica que el partido vaya a librarse automáticamente de ese tipo de episodios.

Sin duda, las feministas están trabajando para que la Colombia Humana reconozca a las mujeres como sujetos políticos y asuma la igualdad de género como uno de sus principios más importantes. El principal reto que enfrentan es desarrollar una herramienta que permita juzgar ética y políticamente a quienes inflijan violencias contra las mujeres. Además de obligarlos a reconocer sus errores y a ofrecer disculpas, es necesario establecer garantías para garantizar que estos hechos no se repitan.

Le interesa: Gustavo Petro o la instrumentalización del feminismo

Hacer feminismo en organizaciones mixtas que no tienen una tradición feminista es sumamente difícil porque sus miembros suelen reproducir ideas y prácticas sexistas, racistas, heteronormativas y clasistas. Esto no significa que se imposible hacer feminismo en esas organizaciones, sino que no debemos ignorar las violencias estructurales cometidas por sus integrantes.

Muchas feministas que forman parte de partidos políticos alternativos han impulsado luchas valiosas por la igualdad dentro de sus organizaciones, y las feministas que formamos parte de la academia y de distintos movimientos sociales no debemos demeritar su labor ni creernos superiores a ellas.

No tiene sentido exigirle al feminismo que sea unánime porque aún debemos avanzar en muchos frentes para lograr que todas las mujeres tengan una vida digna en Colombia. Se equivocan quienes pretenden erigirse como la autoridad del feminismo, determinar quién es feminista y dictaminar dónde se puede o no hacer feminismo.

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Angélica Bernal Olarte

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Angélica Bernal Olarte

*Politóloga de la Universidad Nacional, magíster en Estudios Políticos del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la misma universidad, Doctora en Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona y profesora de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP).

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Angelica BernalHay casos notables de mujeres elegidas para las alcaldías, los concejos y las gobernaciones, pero el balance general no es positivo. ¿Qué debe cambiar?

Angélica Bernal*

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Angelica BernalLa decisión de Consejo Nacional Electoral es positiva, pero las leyes que deben garantizar la inclusión de las mujeres son limitadas y poco efectivas.

Angélica Bernal Olarte*

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Angélica Bernal Olarte

*Politóloga de la Universidad Nacional, magíster en Estudios Políticos del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la misma universidad, Doctora en Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona y profesora de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP).

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