
Política y confrontación: opositores y contradictores
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La debilidad congénita de los partidos explica mucho de la política colombiana: una oposición de izquierda sin opción de poder, y un contradictor irracional y furibundo, inflado por los medios masivos.
Foto: Archivo, El Espectador Montoneras en vez de partidos La escena política reciente se ha caracterizado por una gran beligerancia, por confrontaciones frecuentes y por una intensa polarización. Cierto es que en las democracias consolidadas se confrontan ideas, programas o modelos opuestos de sociedad, y que abundan las pugnas entre los partidos. Pero aquí imperan los ataques personales, escasea la deliberación, y los protagonistas no son los partidos. Aquí no se defienden concepciones de sociedad o programas diferentes de los del gobierno. Existen contradictores individuales, que incluso prescinden de los partidos, o los usan como vehículo de sus aspiraciones. Con excepción de la izquierda democrática — marginal y anti–sistema hasta la década de 1980, luego con una cierta fuerza electoral y algún peso en la opinión — durante las últimas décadas no ha existido oposición partidista en Colombia. La falta de un sistema de partidos ha impedido expresar alineamientos ideológico–programáticos, ha frenado el surgimiento de actores políticos alternativos, ha facilitado la existencia de organizaciones que giran exclusivamente en torno de sus jefes, y por supuesto ha permitido desarrollar un régimen legal de oposición que establezca condiciones y garantías para su ejercicio.
Tres enfrentamientos Dentro del aparato bipartidista vigente hasta 2003 y luego entre los movimientos o partidos desagregados y reagrupados tras sucesivas reformas políticas, se han producido reacomodos y realineamientos que ocasionan fisuras y confrontaciones entre la clase política, reflejo en mucho de las rivalidades personales. Durante las dos últimas décadas se dieron tres eventos destacados que implicaron división entre los políticos, confrontaciones y polarización, pero no una oposición basada en un programa opuesto al del gobierno. Se trató de enfrentamientos por asuntos específicos y de rivalidades personales en coyunturas críticas:
Han sido, pues, disputas donde se mezclan posiciones sobre asuntos específicos con discusiones y rivalidades personales. Los partidos han sido los grandes ausentes. No puede hablarse de alternativas políticas distintas y defendidas de forma colectiva por partidos organizados, que confrontan ideas y se disputan el acceso o la continuidad en el poder. Los tres eventos ponen de manifiesto un rasgo central del sistema político colombiano: la debilidad de sus partidos y el profundo y constante personalismo. Los debates y la polarización confluyen en un liderazgo entre contradictores, sin una oposición estructurada. Los partidos políticos no son los protagonistas de la política colombiana, con excepción de la izquierda que ha asumido una oposición partidaria. De los quince partidos con representación en el Congreso, sólo el Polo Democrático Alternativo (PDA) y eventualmente, en temas puntuales, el partido Verde y el MIRA dejan escuchar sus voces. El Partido Liberal pasó de la confrontación durante el gobierno de Álvaro Uribe a ser socio de la Unidad Nacional, desdibujado ideológicamente y en contradicción con sus principios y valores históricos en muchas de sus decisiones.
La izquierda Durante los últimos años, la izquierda unificada en el PDA ha ejercido una oposición a los gobiernos sucesivos, consistente y de carácter programático, en contraste con décadas pasadas, cuando su fuerza electoral era mínima, sostenía posiciones anti–sistema, no promovía la democracia como forma de gobierno y su oposición era fundamentalmente testimonial, ante la ausencia de espacios y el escaso eco que tenían sus iniciativas en la opinión pública. Gracias al sobresaliente ejercicio parlamentario de algunos de sus congresistas y a su activo papel en algunas movilizaciones sociales, la izquierda ha sido oída: jugó un papel central en el destape de la parapolítica, en las denuncias de los “falsos positivos” y de la corrupción administrativa — que involucró al alcalde Moreno, de su propio partido — y en la defensa de las Altas Cortes, cuando el gobierno Uribe arreció sus ataques y acciones ilegales en contra de la Corte Suprema de Justicia. También ha ejercido la oposición a los gobiernos de Uribe y de Santos — sobre los cuales insiste en que no hay diferencias sustanciales — y ha mantenido la crítica al modelo de desarrollo, a los Tratados de Libre Comercio, a las relaciones especiales con Estados Unidos, a las leyes de tierras, de sostenibilidad fiscal, a la reforma tributaria y al Sistema General de Regalías. Aunque han respaldado la negociación del gobierno con las FARC, critican su uso como plataforma electoral para reelegir a Santos. La izquierda democrática ha representado la única oposición partidista y programática en Colombia. El contradictor del Twitter No hay oposición, pero si un fuerte contradictor. Un rasgo central del modo de hacer política de Álvaro Uribe ha sido el uso de etiquetas partidistas o movimientos oportunistas, que luego deshecha sin mayor reato:
Así como desecha partidos, también rehúye los espacios plurales de deliberación, la controversia y los argumentos racionales. Prefiere los mensajes cortos en twitter sobre hechos del día o decisiones del gobierno, con frecuencia sobre la base de información manipulada con propósitos efectistas. Cuando se trata de entrevistas, elude las respuestas a las preguntas que le incomodan. Un contradictor que prescinde de los partidos y armado del adminiculo pretende mantenerse vigente. No se trata de un partido de oposición, sino de un contradictor furibundo, que se siente traicionado y despotrica contra el presidente. ¿Diferencias de fondo con el gobierno Santos? En aspectos sustanciales no las hay: ni en el modelo de desarrollo, ni sobre los TLC, ni sobre las relaciones con Estados Unidos, ni en el estilo de subordinar al Congreso, ni en estrategias para la redistribución de la riqueza que afecte a los poderosos que ni siquiera tributan. Tampoco hay mayores diferencias en el crear una macro–coalición parlamentaria que asegure el apoyo suficiente para sus propuestas y programas. No obstante, en tres aspectos centrales sí hay claras diferencias:
Estas diferencias, además del acercamiento a sectores y a personajes que el expresidente consideraba como sus enemigos (algunos de los cuales en efecto fueron incluidos en el gabinete) produjeron una furiosa reacción: “ganamos la presidencia, pero perdimos el gobierno” manifestó uno de los miembros de su círculo de resonancia. Luego vendrían las acusaciones de traidor y canalla, los insultos personales, la creación del nuevo partido y el anuncio de que presentarán candidatos: hacia la reconquista obsesiva del poder. Oposición de izquierda y contradictor de derecha En la situación actual, la oposición al gobierno procede de la izquierda y del principal contradictor de la derecha. La primera se ejerce desde un partido con tensiones internas que busca mantenerse en la competencia y que no cuenta con reglas claras que garanticen a la oposición espacios y mecanismos para un control político efectivo. Mientras tanto, el contradictor cuenta con fuertes apoyos económicos, ejerce presión sobre sectores políticos cercanos en espera de tomar decisiones — como el partido conservador y un sector del Partido Social de Unidad Nacional — y dispara dardos mediante el twitter, que inmediatamente son multiplicados por los medios masivos, haciéndole el juego y sirviéndole de caja de resonancia. Opositores de izquierda y contradictores de derecha han coincidido recientemente en posiciones en contra del gobierno: rechazaron la reforma tributaria, apoyaron las protestas de los propietarios cafeteros en contra del gobierno y se abstuvieron de participar en la marcha por la paz del 9 de abril reciente. ¿Tiene alguno de ellos poder para alterar el curso del poder y forzar una alternancia en la presidencia? No parece. Pero sí pueden seguir siendo actores importantes en la controversia y la deliberación, en la confrontación y la polarización. Si Uribe mantiene la decisión de postularse al senado, en las próximas legislaturas el congreso va a contar con un actor capaz de imprimirle una dinámica especial. Cabría esperar, por lo menos, más civilidad, más respeto a los contradictores y menos intemperancia.
* Ph.D. en Ciencia Política y profesor de la Universidad del Valle.
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| Javier Duque Daza*
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Acerca del autor
Javier Duque Daza
* Ph. D. en Ciencia Política y profesor de la Universidad del Valle.
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