La oposición del Centro Democrático: rupturas en la cúpula y radicalización - Razón Pública
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La oposición del Centro Democrático: rupturas en la cúpula y radicalización

Escrito por Javier Duque
Javier Duque

Javier DuqueDesde hace 15 años las divisiones entre dirigentes tradicionales han derivado en un sistema de gobierno-oposición, pero muy altamente personalizado, con descalificación del otro como enemigo, y con enemistades e intereses de carácter puramente privado.

Javier Duque Daza*

El expresidente y actual Senador por el Centro Democrático Álvaro Uribe Vélez.

Uribe en el gobierno: los opositores son enemigos

Durante sus dos periodos de gobierno Álvaro Uribe ejerció un liderazgo personalista, populista en su estilo y de derecha en su contenido, con innegable apoyo ciudadano y mayoría contundente en el Congreso: contó con 63 de los 102 senadores y con 89 de los 165 representantes durante su primer periodo, y con 70 senadores y 112 representantes bajo el segundo mandato.

El liderazgo de Uribe se ha caracterizado también por el autoritarismo, la intolerancia y la descalificación de los opositores. En esta lógica de amigos-enemigos”

  • Los dirigentes del Polo Democrático fueron tildados con dureza – “recibieron indultos, se quitaron el camuflado y ahora son terroristas vestidos de civil”-El entonces director del liberalismo César Gaviria fue acusado de mantener relaciones con los “pepes” en la guerra contra Escobar y de haber amnistiado a narcotraficantes. El senador Juan Fernando Cristo habría recibido dinero de la mafia para sus campañas.
  • El Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), cooptado e infiltrado por el paramilitarismo, interceptaba a magistrados, periodistas y dirigentes de la oposición en busca de información para desacreditarlos.
  • La Corte Suprema de Justicia fue vista como parte de la oposición y declarada enemiga. Diciendo que sus decisiones eran actos de persecución contra él y las personas en su entorno, el presidente la descalificó en múltiples ocasiones y adelantó acciones ilegales en su contra: las interceptaciones y seguimientos  a los magistrados.
  • Por su parte las guerrillas pasaron de delincuentes políticos a terroristas, mientras los grupos narco-paramilitares recibieron el trato de actores políticos con los cuales negociar la “desmovilización” en un proceso marcado por la franca impunidad.
  • A los periodistas que afectan al líder, a sus familiares o sus allegados, los tilda de enemigos que “maltratan” su honra; las personas que declaran contra él o sus gentes cercanas son testigos falsos al servicio  de sus enemigos; los medios de comunicación que lo critican tienen odios viscerales o se desquitan por que el gobierno no les dio algún contrato. Los fiscales y jueces que toman decisiones que lo afectan están obrando de forma sesgada e ilegal.

En fin: todos contra el indefenso expresidente.

Uribe en la oposición: el enemigo es el gobierno

El Presidente Santos junto al expresidente Uribe durante su primera posesión en agosto de 2010.
El Presidente Santos junto al expresidente Uribe durante su primera posesión en
agosto de 2010.
Foto: Blog do Planalto

A partir de la misma lógica Uribe y sus amigos consideran enemigos a Juan Manuel Santos y a quienes forman su gobierno.

Cuando Santos ganó las elecciones con el respaldo decisivo del uribismo lo enaltecieron como la  garantía de continuidad de las políticas y prácticas de gobierno. Antes de entregar la presidencia Uribe manifestó: “Todas las felicitaciones a usted y a su familia [….] Lo felicito de todo corazón. Dios le ayude. Todo lo mejor y me alegro en el alma”. Cuando Santos tomó distancia y empezó a obrar con autonomía esta “alegría del alma” se convirtió en depresión y derivó en una oposición corrosiva y destructora, con cuatro rasgos centrales:

  1. La oposición radical al proceso de paz, donde ve reunidos a todos sus enemigos: a las FARC, a Santos, al Partido Liberal, al Polo Democrático, a periodistas y columnistas. El líder y sus incondicionales envían mensajes que casi siempre son muy poco creíbles: que se le está entregando el país a la guerrilla; que se pretende establecer un gobierno “castro-chavistas”; que está en juego la democracia, y un largo etcétera.

Con los avances del proceso se ha ido modificando parcialmente el discurso. Uribe ha pasado de los ataques con frases impactantes para algunos (y delirantes para otros) a propuestas que implican condiciones: que no haya impunidad y que los jefes guerrilleros vayan a la cárcel; que la insurgencia no discuta el modelo de desarrollo ni las instituciones; que los excombatientes se  reubiquen en zonas alejadas de las ciudades, de los centros mineros y de cultivos ilícitos es decir, en otro país o en otro planeta.

  1. Ataques personales y la culpa de los otros. Mientras Óscar Iván Zuluaga aceptaba el resultado de las urnas en 2014, Uribe acusó a Santos de haber comprado votos y de fraude electoral e incluso de que su campaña había sido financiada por la mafia. Cuando en las elecciones regionales de 2015 obtuvo cerca del 10 por ciento de los votos, le echó la culpa a otros: “candidatos sin discurso para promover sus ideas”; “enfrentamientos entre directivos regionales”, “candidatos que no midieron su poca acogida”; “se descartaron candidatos excelentes”. No faltaron las FARC: “amenazas de grupos terroristas”. Tampoco falto Santos: “borbotones de dineros corruptos del Gobierno”. Ni la Fiscalía: “acusaciones  electoreras y prevaricadoras del Fiscal y de jueces en mi contra”.
  2. Concertados en su contra. Según Uribe y sus amigos existe un contubernio entre el Gobierno y la Fiscalía para perseguirlos (como lo hubo entre la Corte Suprema y la izquierda durante su mandato). Por eso han adoptado la estrategia de presentarse como víctimas para buscar inmunidad de facto. Las acciones legales en su contra por los presuntos (y los demostrados) nexos con la criminalidad se presentan como actos de persecución, tal como sucedió esta semana con su hermano Santiago, y ha sucedido con decenas de exfuncionarios condenados, procesados, o en dudosos exilios.
  3. Oposición desleal: política de calle, exacerbación y desestabilización. Estos tres atributos describen el tipo de oposición que ejercen Uribe y su partido. Durante los casi seis años de gobierno Santos hemos visto a Uribe y a su séquito hacer presencia y azuzar manifestaciones callejeras. A finales de 2014 se sumó al movimiento de protesta “Yomarcho#Pazsinimpunidad” y encabezó su marcha en Medellín. Tras la detención de su hermano Uribe proclamó que “era hora de salir a la calle” para protestar contra el derroche del gobierno, contra la impunidad, contra los impuestos, contra el desempleo, para que el país no se le entregue a las FARC… en fin, para que no haya gobierno de Santos.

Este llamado a la calle (la próxima protesta está citada para el 2 de abril), de quien tildó de terroristas a quienes protestaban contra su gobierno resulta cuando menos paradójico. Es un intento peligroso de exacerbar los ánimos, es una oposición que corroe la confianza de los ciudadanos, que pretende destruir o subordinar al contrincante, que distorsiona los hechos, que manipula el pasado reciente o lejano.

Santos en el gobierno: respondiendo al enemigo

Los estilos de liderazgo de Uribe y Santos son radicalmente distintos:

  • Uribe apela a estrategias populistas de acercamiento a la gente, al “Estado de opinión” hasta ponerlo por encima de la ley; absorbe toda la atención, dirige, orienta, ordena, manda, impone. Su partido es un vehículo personal para recapturar el poder por interpuesta persona e imponer su lista única y cerrada  al Senado.
  • Santos, por el contrario, procedente de la elite bogotana, sin trayectoria en cargos de elección popular –aunque con una larga lista de altos cargos y ministerios-, sin carisma ni cercanía a la gente, más pausado y menos pasional, ejerce un liderazgo de menor intensidad, más abierto y menos auto-centrado. Aunque es desvalorizado –y despreciado- por el uribismo, se valió de este para acceder a la presidencia, supo tomar distancia y optó por gobernar por su cuenta.  

Las posiciones lenguaje y acciones de Santos frente a Uribe han ido ganando intensidad, aunque siempre deja una ventana abierta para un posible acercamiento:

  • Ha persistido en las negociaciones con las FARC e invitado a sumarse al ELN. Los avances no tienen precedentes y es muy probable que pronto se firme el acuerdo final.  
  • Para enfrentarse a Uribe optó por sumar fuerzas en una coalición de “Unidad Nacional”, que en efecto le ha servido para hacer aprobar en el Congreso sus proyectos principales de gobierno.
  • Desde el comienzo anunció un giro en las relaciones con la Corte Suprema, después pidió acabar con la reelección presidencial (a lo cual se opuso el uribismo), designó a un Fiscal que ha defendido el proceso de paz y es aliado del gobierno y designó ministros a quienes Uribe veía con recelos.
  • Ha venido respondiendo con lenguaje cada vez más fuerte las invectivas de Uribe. En la convención del Partido Social de Unidad Nacional de 2012 y en presencia del expresidente, Santos sostuvo que  “es una doble moral venir aquí a hacer votos de fe, a rasgarse la vestiduras mientras debajo del poncho se prepara un puñalada contra nuestra colectividad”. Respondió al calificativo de canalla que le endilgó Uribe con el de “rufián de barrio”. Después advirtió que sus hijos no tenían negocios con el Estado, en una clara alusión a los hijos del expresidente. Más fuego a la hoguera.

Disputas y rupturas en la cúpula…y la sociedad en el medio

El Presidente Santos junto al expresidente Uribe durante su primera posesión en agosto de 2010.
El Presidente Santos junto al expresidente Uribe durante su primera posesión en
agosto de 2010.
Foto: Blog do Planalto

Este escenario de amigos-enemigos expresa disputas en la cúpula penetradas por ambiciones personales e intereses grupistas:

  • Santos pasó de aliado y de “ministro estrella” –principal defensor y ficha clave de la Seguridad Democrática- a ser contradictor y enemigo principal del uribismo.
  • El “uribismo” había chocado desde antes contra la dirigencia del Partido Liberal y se llegó a enfrentamientos personalizados con los expresidentes Samper y Gaviria. Tras regresar de la OEA, este último asumió la dirección de su partido y encabezó uno de los dos frentes opositores (el otro fue del Polo Democrático). Gaviria y Uribe se acusaron mutuamente de cercanías con narcotraficantes y hasta el día de hoy siguen  “sacándose los trapos al sol”.
  • También hubo ruptura con Cambio Radical, que pasó de integrante de la Unidad Nacional a una confusa situación donde su jefe Germán Vargas ha sido blanco de acusaciones y maneja una cierta ambigüedad estratégica frente a Santos y llena de recelos con el Partido de la U por sus aspiraciones presidenciales.
  • Asimismo, antiguos incondicionales de Uribe ahora son “enemigos” aliados de Santos (como Roy Barrera o Gina  Parody).
  • Y mientras tanto el Partido Conservador se pliega a quién gobierne y le ceda un trozo de la burocracia. También se alineó con Santos (aunque en su interior hay disputas entre sectores y entre políticos regionales).

La dificultad para lograr consensos

Detrás de las disputas están las ambiciones personales en un país en donde los partidos son muy  débiles. Santos, Uribe, Samper, Gaviria, Serpa, Vargas y otros de segunda o de tercera línea enfrascados en disputas en defensa de sus aspiraciones y de los intereses de allegados, socios políticos y familiares.

La radicalización y personalización de la oposición, los enfrentamientos entre segmentos de la cúpula política crean un ambiente enrarecido que enerva los ánimos de los seguidores de unos y de otros. Se nubla la razón y se diluyen los argumentos en el mar de mensajes efectistas que recogen los medios y las redes sociales.

Estas rencillas impiden construir consensos para avanzar en torno a propósitos comunes, como la paz, la menor inequidad o el superar la tan difícil situación económica.

 

* Profesor de la Universidad del Valle. Jduqued86@hotmail.com

 

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