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El enigma de Víctor Carranza

Escrito por Gustavo Duncan
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Gustavo Duncan RazonPublica¿Cómo pudo acumular tanto poder y tanta riqueza un campesino de Guateque, Boyacá? Biografía penetrante y preguntas sin respuesta sobre uno de los personajes más importantes de los últimos 40 años. Hasta el presidente Santos le debía favores.

Gustavo Duncan*

Paga, pero hay que ser muy vivo

No es cierto que el crimen no pague en Colombia: aquí el crimen sí paga, y mucho, si uno sabe dedicarse solo a aquellas actividades ilegales que le permiten seguir impune a lo largo de los años por su menor visibilidad, por su escaso uso de la violencia y por su gran capacidad de corromper gobiernos.

Una cantidad relativamente elevada de políticos, de lavadores, de narcotraficantes, de estafadores y de contratistas del Estado viene acumulando riqueza desde hace décadas, sin que la justicia haga mayor cosa al respecto. Ellos se han especializado en corromper y en capturar de manera discreta las instituciones estatales — sin pretender sustituirlas por sus propios aparatos armados — de modo que sus crímenes no parecen representar una amenaza directa para la autoridad del Estado.

Pero si uno elige una carrera criminal basada en competir por el control violento de las principales rentas ilegales del país, es decir, la de un verdadero mafioso, es casi imposible salir impune en el largo plazo.

Tanta violencia y tanto desafío a los poderes legítimamente establecidos pone los reflectores sobre sus protagonistas. Por más sobornos que reciban las autoridades, en algún momento la sociedad y las élites legales que ven amenazadas su posición obligan a que los mafiosos sean neutralizados, si no es que antes son asesinados por otros mafiosos en ascenso.

Tal cual ocurrió con Escobar, con el cartel de Cali, con el cartel del Norte del Valle y con los paramilitares. Cuando su poder comenzó a amenazar la capacidad de control de las instituciones del Estado, las élites del establecimiento — incluso las más corruptas — cerraron filas para neutralizar al poder emergente de cada una de estas mafias.

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Foto: Colprensa, vía bandolaestereo.com

El elegido

Por eso el fallecimiento en libertad y por causas naturales de Víctor Carranza es la gran excepción en la biografía trágica de los capos colombianos. Sobre todo si uno toma en cuenta que no se trató de cualquier jefe mafioso.

Carranza ha sido desde hace varias décadas uno de los actores de poder más importantes del país, no solo en el mundo de lo ilegal, sino del poder en general. Cualquier historia del poder de finales del siglo veinte y de principios del veintiuno estaría incompleta sin él. De acuerdo con los escasos relatos biográficos y reportajes más o menos confiables que existen de Carranza, se sabe

  • Que estuvo en las guerras de las esmeraldas de la década de los setenta.
  • Que financió campañas presidenciales desde entonces.
  • Que estuvo en la formación de los paramilitares en los Llanos en alianza con el futuro candidato presidencial Hernando Durán Dussán y un conocido general de la República.
  • Que se enfrentó a Escobar y a El Mexicano cuando se fueron en guerra contra el Estado.
  • Que tras la eliminación de El Mexicano, se convirtió en el gran patrón de las esmeraldas en Colombia.
  • Que políticos, sacerdotes y periodistas del más alto nivel lo protegían, sin que la opinión supiera muy bien las razones de tantas indulgencias para él.
  • Que a mediados de los noventa llevó a los paramilitares de Castaño a los Llanos Orientales para frenar la mayor ofensiva de la historia de las FARC.
  • Que luego se vio obligado a unir fuerzas con los paramilitares locales para sacudirse del control de los paramilitares venidos de Córdoba y de Antioquia, pero años más tarde se fue en guerra contra sus aliados.
  • Que la policía dio de baja a su principal enemigo — alias “Cuchillo” — quien había llevado a cabo dos atentados espectaculares en su contra.
  • Y que al final, poco antes de morir, estaba tratando de negociar un pacto de paz en la zona esmeraldera, por intermedio de las autoridades eclesiásticas y del gobierno.

Esta no es una biografía cualquiera. Es la de un criminal elegido por el destino para protagonizar todas las guerras de las últimas cuatro décadas de nuestra historia y salir triunfante.

Es también el retrato de un mafioso que, pese a todos sus antecedentes criminales, mantuvo incólumes unas alianzas con el poder central para que delegaran en su capacidad económica y militar la imposición de algún orden estable en áreas violentas e incontrolables para el Estado.

Su supervivencia no podría comprenderse sin estos poderes, que lo apoyaron para que ganara todas las guerras de las cuales hizo parte. Y lo hicieron porque una y otra vez han necesitado de criminales como Carranza para gobernar ciertos pedazos del país que escapan no solo a su control… sino a su interés.

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Foto: Colprensa-Vanguardia
www.vanguardia.com

Las razones

¿Cómo hizo Carranza para sobrevivir libre e ileso en medio de tantas guerras? ¿Por qué las élites nacionales no lo traicionaron ni presionaron para que las autoridades lo eliminaran, como sí ocurrió con el resto de mafiosos? ¿Qué hizo distinto de los demás para no acabar chocando con los poderes legales?

Una biografía rigurosa — bien documentada, sin sesgos ideológicos o prevenciones moralistas — que responda estas preguntas debería ser prioritaria para nuestros historiadores. Mientras tanto debemos conformarnos con intuiciones y especulaciones.

Mi impresión es que el secreto de Carranza consistió en que sabía medir sus exigencias en las negociaciones con las élites nacionales y en que -aún en los peores momentos de sus guerras contra otros mafiosos- no perdió la cabeza ni traspasó los límites de lo tolerable para las autoridades. Mientras otros se embriagaban de poder, pretendían ocupar los espacios reservados para las élites políticas en Bogotá e incomodaban a sus aliados en la legalidad, Carranza no dejaba que el poder le hiciera perder el sentido de las proporciones.

Se especializaba en hacer lo suyo: dominar a sangre y fuego aquellas sociedades donde esto era factible, cuidándose de no afectar los nichos de poder de sus aliados en el centro del país. Quizá por eso siempre actuó en público como un campesino común y corriente que no aspiraba a ningún tipo de aceptación social por parte de las élites nacionales, pese a negociar permanentemente con ellas.

Sin duda era el mejor socio que podía tener el establecimiento para acceder a recursos frescos cuando andaban cortos de capital, para dominar ciertas sociedades donde la explotación de rentas criminales hacía inviable el dominio de las instituciones estatales y para someter a aquellos criminales que al acumular demasiado poder pretendían desplazar a las élites legales.

Carranza supo además marcar distancias, al menos en su situación legal, con el narcotráfico. Lo cual es sorprendente porque vivió en medio del fenómeno. Sus aliados y sus enemigos siempre fueron narcotraficantes. Es irónico que el veto impuesto por Estados Unidos al narcotráfico pese más que la sanción de nuestra sociedad por organizar ejércitos privados y participar en masacres.

A las élites de Bogotá se les pueden perdonar sus devaneos con paramilitares — la lista de casos sobran — pero es imperdonable que tengan acuerdos con empresarios de la droga. Basta con recordar el caso de Ernesto Samper.

Pagando favores

Si Carranza hubiera estado públicamente untado de drogas, el hoy presidente Santos no se habría atrevido años atrás a llamar a medianoche al fiscal Alfonso Gómez Méndez… para preguntar por la suerte de Carranza, la única vez que la justicia lo detuvo.

No puede ser más elocuente sobre el extraño poder de Carranza que uno de los Santos de El Tiempo — de las entrañas de las élites políticas, económicas y sociales de Bogotá — haya tenido que salir después a explicar esta llamada a la opinión pública. Su justificación hace agua por todos los lados: se habría tratado de una acción ‘humanitaria’ para confirmar que no se trataba de un atentado planeado por sus enemigos.

¿Por qué no estuvo presto a llamar al fiscal cuando mataban a las víctimas de los falsos positivos? ¿Cómo pudo Carranza acceder al teléfono personal de Santos? Tuvo que ser el número personal, porque la operación de la fiscalía fue a medianoche. ¿Por qué a Santos le preocupó tanto que un delincuente corriera el riesgo de ser asesinado por otros delincuentes?

Una deuda muy grande debió tener para tragarse toda su soberbia y exponerse a proteger a alguien que en sus orígenes no era más que un campesino de Guateque, quien para poder sobrevivir de niño tuvo que trabajar en frías porquerizas y colgarse los carteles que anunciaban los estrenos de cine en su pueblo.

 

[1] Este texto es una versión ampliada de la columna Carranza aparecida en el País de Cali el 5 de abril de 2013.  

 

* Máster en Global Security de la Universidad de Cranfield, investigador en temas de construcción de Estado, sociología, conflicto armado y narcotráfico en Colombia.

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