La condena de Noguera y la sombra del gobierno al cual sirvió - Razón Pública
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La condena de Noguera y la sombra del gobierno al cual sirvió

Escrito por Juan Guillermo Gómez
Juan Guillermo Gomez

Juan Guillermo GomezLa condena del ex director del DAS por gravísimos delitos obliga a preguntarse si el actúo por motivos puramente personales, si las cosas sucedieron a espaldas de su jefe, si él era apenas la “manzana podrida”, si llegó a ese cargo por inercia burocrática, y si ese horror no era después de todo la expresión de una política de Estado. 

Juan Guillermo Gómez García* 

Otro más

0175La condena del ex director estrella del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) de la era Álvaro Uribe Vélez, Jorge Noguera, a veinticinco años de prisión por parte de la Corte Suprema de Justicia, parece correr el riesgo de hundirse rápidamente en el olvido.

Una vez más, la serie de atrocidades ejecutadas por altos funcionarios del gobierno anterior y que fueron amparadas o disimuladamente protegidas por el propio presidente de la República, son objeto primero de escándalo periodístico y luego son juzgadas por los tribunales competentes, pero terminan arrinconadas para la mayoría de ciudadanos; es decir, el crimen sigue impune, pese a ser juzgado, y la reputación del exjefe de Estado sigue campante.

Casi-política de Estado

El cinismo exhibido por el ex director del DAS, y sobre todo la capacidad operativa necesaria para llevar a cabo los asesinatos, persecuciones de ciudadanos inocentes, intercepciones telefónicas arbitrarias y demás ilícitos, ponen bien de presente que no se trató de un capricho perverso de algún psicópata sino de un modus operandi gubernamental.

Cuando se habla de modus operandi se habla casi, casi, de una política de Estado. Esta política se orienta por patrones de conducta, pero igualmente por ambientes o por estilos dentro del gobierno de turno. Una va de la mano de los otros. Pues bien: Noguera actuó en complicidad estrecha e indudable con delincuentes empeñados en erradicar a las guerrillas, cuya eliminación era también el propósito obsesivo de la política de seguridad democrática; los delitos de Noguera no pueden entenderse sino a la luz de la política, y esa política no puede entenderse sino a la luz de las políticas que el Estado colombiano asumió en ese momento.

Cheque en blanco

Algunas de esas conductas –como el tan aberrante caso personal que da motivo a esta reflexión– se interpretan, en un contexto de conflicto, como un hecho casual o como algo perfectamente explicable. Y sin embargo en ausencia de las expectativas enormes y el entusiasmo gigante que despertó la presidencia de Uribe no podrían explicarse fácil o lógicamente estos desmanes contra la democracia colombiana.

Uribe y sus funcionarios actuaron bajo el motivo de defendernos de un flagelo nacional, a saber, las guerrillas comunistas que real o presuntamente habían sido alimentadas por la debilidad de los gobiernos anteriores. La mano débil contra las FARC, o sea el fracaso de los diálogos del Caguán que adelantó el gobierno de Pastrana fue el marco donde se desprestigió la paz y se le dio razón a la guerra frontal contra la subversión. La debilidad o la ineficaz acción del Estado, encarnado por un “oligarca” capitalino, fue la gota que rebozó el vaso de la paciencia colombiana.

En el marco de la desesperanza, y en mejor sentido, en el desgaste justificado de los gobiernos anteriores, se erigió una figura de por sí insípida –un “no a la paz”– que primero captó la atención, después el entusiasmo y finalmente el fervor ciego de las mayorías. Este fervor fue como un cheque en blanco que giraron el “país político” y el “país nacional” al finquero de Salgar, un gobernador de mano dura que había querido domar a las guerrillas de Antioquia con un experimento que, si bien no era novedoso, se quiso convertir en política de Estado.

Me refiero al experimento de las llamadas Convivir o sea, a la legalización disfrazada de los grupos de paramilitares que desde la época de Turbay Ayala venían actuando de la mano del narcotráfico.

Y fue, en efecto, política de Estado. Pero una cosa es azotar un departamento y otra al país entero; una cosa son los grupos paraestatales en determinada región, en el entorno de sus grandes haciendas, y otra el Estado convertido en una máquina de guerra, sin control.

Jorge Noguera fue una pieza clave de este atroz experimento.

Uribe lo nombró él solo

Pero Noguera llegó a esta posición de mando gracias a una característica de la burocracia colombiana que no depende del gobernante de turno, porque es herencia del Frente Nacional. El clientelismo que institucionalizó el Pacto de Benidorm, suscrito por Alberto Lleras y Laureano Gómez en 1956 para sacar del poder a Rojas Pinilla y que consistió en una fórmula elemental, pero efectiva: “miti-miti”. Esta es la base de la corrupción del Estado colombiano, es decir, de favoritismo compartido, que predica como consigna de gobierno: “hagámonos pasito” y que en la práctica significa la pérdida del control de la oposición sobre los desmanes de gobierno. El favoritismo es el amiguismo, el amiguismo es el chorro abierto de la corrupción.

Al llegar a la presidencia, Uribe solo se despojó del incómodo peso bipartidista a favor de un mando personalista. Atacó la institucionalidad del partido para su beneficio propio. Esto se llama caudillismo, o populismo; hablarle al pueblo en el lenguaje que quiere oír -en este caso, el “aquí estoy y mando yo”. De donde se desprende que un acto del Estado, por ejemplo, nombrar a un Jorge Noguera “por su hoja de vida y su familia” de director del DAS (es el último twitter de Uribe) pasa a significar que el caudillo nombra a quien se le da la gana, pues no hay canales regulares o un estatuto administrativo que sopese hojas de vida y prescinda de los “buenos” apellidos y no nos haga sentir como si el resto de nosotros no tuviéramos familia.

Esta es apenas la inferencia lógica de la disculpa –claramente ofensiva– del ex presidente Uribe para explicar los actos criminales de Noguera (¿y dónde quedan las víctimas?). En otras palabras: el carisma indiscutible de Uribe como presidente de la antiguerrilla se conjugó con la “desinstitucionalización” institucionalizada del Estado colombiano para crear, en el laboratorio de la Casa de Nariño, este Frankestein suelto, armado con las pistolas oficiales, dueño de un número desconsiderado de recursos y de hombres para hacer lo que hizo.

Pues lo que hizo ya lo juzgó la Corte.

Una palabra más a este respecto. En el gobierno de Uribe no hubo gobierno: solo gobernó Uribe. Esto explica, por ejemplo, que el choque entre dos ramas del poder público fuera percibido por tirios y troyanos como una pelea entre Álvaro Uribe y el magistrado X. No como una confrontación de poderes en términos de competencia constitucional. Pero también este dominio era intromisión, o mejor dicho, que Uribe estaba en todas. Pero al final no estaba, por el arte de gobernar sin gobierno, en nada.

No era manzana podrida

Tras la condena –que en realidad no es ejemplar y solo cubre algunas de sus actuaciones– se ha querido salvar el prestigio de la institución, argumentando que una cosa es el DAS y otra su director.

Pero no es fácil trazar esa división: la cabeza del DAS se inserta en el cuerpo del DAS. Esta entidad, que en teoría vela por la seguridad de los ciudadanos, vino en realidad a ser la CIA colombiana, o por mejor decir la KGB en su época más sombría. El director del DAS actuó en ese entorno institucional – el de chuzadas, infiltraciones y denuncias por todo tipo de irregularidades– y en ese entorno de algún modo le fueron facilitados los cómplices y gatilleros para perpetrar sus delitos.

Resulta difícil pensar que Noguera hubiera podido ejecutar los crímenes con, por ejemplo, las trabajadoras sociales o auxiliares de enfermería del Instituto de Bienestar Familiar. Solo con hombres entrenados para el trabajo policíaco, solo con una gran capacidad de operación e inteligencia militar, solo con agentes acostumbrados a saltar la línea divisoria de lo legal a lo ilegal sin mayores consecuencias, pueden llevarse a cabo estos trabajos sucios. Sin los medios adecuados a sus propósitos de bandolerismo de Estado, la cabeza Noguera se habría quedado sin los ejecutores materiales de los delitos en cuestión.

A sus espaldas

Tras la condena también ha salido el ex presidente Uribe a trazar otra línea divisoria entre él y su alto funcionario. Como en los otros, ya muchos, casos de corrupción de la era uribista, se ha querido aducir que una cosa era el intachable presidente y otra los corruptos parlamentarios que lo apoyaban, que una cosa era Uribe y otras los corruptos ministros que él escogía, que una cosa era el jefe del Estado y otra los corruptos directores del servicio de inteligencia que el mismo designó (pues además de Noguera está María del Pilar Hurtado, quien huyó de la justicia colombiana con la bendición del ex presidente colombiano).

Pues no es cierto. Álvaro Uribe debe arrastrar, si no con la condena penal que por supuesto es individual, con las consecuencias políticas, con las consecuencias morales y con las consecuencias éticas de un funcionario de esta jerarquía.

Noguera no solo fue de su plena confianza como candidato –capitaneó su primera campaña en el Caribe, que para él era decisiva– y de su plena confianza como funcionario (lo dijo Uribe), sino además de su íntima confianza como persona –a quien defendió con denuedo y vehemencia, y de quien dijo, con gesto de patricio hechizo, que ponía “las manos en el fuego” por su honor. Pero Noguera, el nombrado por Uribe, el defendido por Uribe, resulta que actuó a espaldas del presidente; que, como todos los demás funcionarios, parlamentarios, ministros, directores administrativos, ejecutivos de las superintendencias –y la lista sigue– lo traicionaron, lo engañaron y le ocultaron cosas… que sin embargo redundaban en beneficio de las políticas de Uribe o de la reelección de Álvaro Uribe.

Nada. O paradoja casi completamente inexplicable entre funcionarios que desempeñaban sus cargos bajo el mando del hombre más poderoso de la historia política en las últimas tres o cuatro décadas, bajo las órdenes directas y la supervisión agobiante de un presidente que se distinguió por su atención al detalle y sus interferencias continuas en los asuntos grandes y pequeños de todos los despachos a lo largo y lo ancho de todos los sectores y todos los rincones.

Pues ahora resulta que el más poderoso hombre de Estado en Colombia era el menos poderoso; era la víctima de sus amigos, de sus hombres de confianza, que actuaban a sus espaldas, en contra de su voluntad. Nunca supo de las andanzas de sus hijos, nunca tuvo idea de lo que hacían sus ministros y fue ajeno a las quiebras del sistema de salud, de educación, de las carreteras. Y nunca sospechó que su director del DAS Jorge Noguera, escogido para proteger a los colombianos por “su hoja de vida y su familia”, era un hampón capaz de todos los excesos.

Si Bacon dijo que “saber es poder”, Uribe añade que “poder es no saber” nada de nada. No saber, no oír, no ver, no enterarse nada de su incumbencia directa.

¿A quién beneficiaban los delitos?

Cabe en fin preguntar si esos crímenes fueron ajenos por completo a la línea de gobierno. ¿Acaso las víctimas no “coincidían” en ser personas de izquierda y en estorbar de algún modo al interés del gobierno?

Lo que se sabe es que Noguera no es un psicópata que prefiriera, digamos, descuartizar damiselas en algún motel de lujo o ensayar otras acciones en el estilo de Hollywood. Su actuación era fría, calculada, racional, tendiente a perseguir la oposición o a eliminar a los que él suponía como enemigos del régimen.

Con la condena de veinticinco años de Jorge Noguera, Colombia, o al menos el que escribe estas líneas, no se siente más seguro. El duro golpe que se dice recibe Uribe con esta decisión de la Corte Suprema de Justicia, en realidad es un golpe a los colombianos del común: ahora sabemos de lo que son capaces los funcionarios de confianza de un presidente en quien depositamos como en nadie la confianza.

*Abogado Universidad Externado de Colombia. Doctor en Filosofía Universidad de Bielefeld (Alemania). Profesor Titular Universidad de Antioquia y Universidad Nacional, Sede Medellín. Autor de diversos libros sobre literatura y vida intelectual colombiana y latinoamericana. Traductor del alemán para diversas editoriales españolas y nacionales.

 

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