Nombres de estadios, política y lugares de memoria | Columna Vladimir Montaña

Nombres de estadios, política y lugares de memoria

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La reciente propuesta de nombrar Miguel Uribe Turbay al nuevo estadio de Bogotá, al margen de las diferencias políticas que pudiera tener con este líder de la derecha vilmente asesinado, propone un breve recorrido por la manera en que los estadios (como lugares de memoria) han sido designados históricamente en Colombia.

Designar con nombres y apellidos a lugares de permanente y masiva confluencia (aeropuertos, estadios, bibliotecas) no es en efecto un homenaje de carácter apolítico, sino que determina los modos, las maneras y los sentidos como se construye la memoria histórica de lo cotidiano. A continuación, revisaré brevemente lo ocurrido con los estadios con aforo de más de 5000 personas en el país, y cuyos nombres se repiten cada semana por multitudes y medios de comunicación. Con esto, quizás podamos lograr auscultar algo del mensaje oculto, deconstruir algo del contexto en que fueron generados esos nombres —para muchos— anónimos. No olvidemos que los nombres de los estadios como lugares de memoria tienen significados, son textos y contextos, y deben ser necesariamente interpretados y recontextualizados fuera de la contingencia de los intereses grupales en que fueron nominados.

En los nombres de los estadios convergen homenajes genuinamente consensuados, pero también proyecciones políticas grupales, agrandamiento de mausoleos familiares y, entre otros fenómenos, la propuesta (generalmente inacabada) de erección de nuevos personajes míticos. Veremos, sin embargo, que, contrario a las expectativas de los nominadores, los estadios como lugares de memoria generalmente han sucumbido al paso del tiempo tornándose textos sin sentido y sin contexto, o con un significado tenue que apenas puede recordar algún erudito radial de gestas deportivas.

Empecemos con algunos casos de mero nepotismo. El Estadio Villa Concha, de Piedecuesta (Santander), fue nombrado en honor a doña Concha Nougués de Forero, madre de un connotado periodista. El Estadio Hernán Ramírez Villegas, de Pereira, se nombró en un inusual reconocimiento de su arquitecto y diseñador, quien falleció a los 44 años, a unos cuantos meses de haberse concluido la obra.

El estadio Federico Serrano Soto, de Riohacha, debe su nombre a un directivo que tuvo injerencia en la alineación de un futbolista guajiro que estudiaba en Santa Marta y a quien por ello se le impugnó en su legitimidad como seleccionado guajiro ante el Tribunal de Penas de la Adefutbol; la gesta de Federico Serrano Soto, y que lo llevaría a la inmortalidad, fue comprobar que el jugador Raúl Sánchez era efectivamente guajiro.

El Estadio Arturo Cumplido Sierra, de Sincelejo, por su parte debe su nombre a un ganadero aficionado a las corralejas. El Estadio Bello Horizonte – Rey Pelé, de Villavicencio, que dio su nombre a una extraña recomendación de la Fifa y por tanto remplazó al viejo apelativo de Estadio Manuel Calle Lombana, alcalde de la ciudad en los años de la construcción de la obra. No podría faltar, en este introductorio ejercicio onomástico, el Estadio Tulio Ospina, de Bello (Antioquia), denominado de esta manera en honor a ese minero, político e historiador, miembro de una dinastía de empresarios antioqueños de donde fue hijo, hermano y padre de los expresidentes Mariano Ospina Rodríguez, Pedro Nel Ospina y Mariano Ospina Pérez.

La idea de perdurar en la memoria, gracias a la multitudinaria convocatoria del futbol, y sin mayor consenso, incidencia o legitimidad simbólica, comenzó con donadores de buena voluntad de terrenos, como Pascual Guerrero o Nemesio Camacho, cuyas “piadosas” obras se dieron en los años 30. Lo mismo ocurriría luego con Francisco Rivera Escobar, exconcejal y exalcalde de Palmira, con Arturo Arbeláez en Santa Rosa de Cabal o Hermides Padilla en Ocaña. Todos donaron terrenos (o al menos los gestionaron) a sabiendas que por ello recibirían el honor de una insulsa inmortalidad.

La inversión de capital económico para obtener capital simbólico a perpetuidad pareciera tener alguna legitimidad si se contrasta con aquellos políticos (o sus descendientes) que, a pesar de haber gestionado los estadios en sus obligaciones como funcionarios, creyeron conveniente y oportuno usar su nombre de pila para retumbar políticamente cada domingo en una obra financiada con capital público y por la que fueron nombrados y debidamente remunerados. Por supuesto, este es el caso de Alfonso López Pumarejo, presidente de la república en cuyo ejercicio se erigieron los estadios de Bogotá (Universidad Nacional) y Bucaramanga (luego rebautizado Américo Montanini en honor a esta gloria deportiva). Fiel a una tradición que pareciera haberse inaugurado con los billetes que llegaron en los 30 por la “indemnización” a Colombia por la separación de Panamá, el estadio de Santa Marta, Eduardo Santos, comenzó a gestionarse (y a nominarse) de tal manera desde 1938, cuando este fungió como presidente y “ayudó” a que comenzasen las obras de construcción.

Entre otros políticos que lograron, quizás desde el más allá, que sus nombres perduraran en la memoria tenemos al exgobernador Armando Maestre Pavajeau (estadio de Valledupar) y a los exalcaldes Alberto Buitrago Hoyos (estadio de Florencia) y Alberto Saibis Saker (estadio de Cereté); caso especial es el estadio “dedicado” a Guillermo Plazas Alcid aludiendo al exsenador, exministro, exembajador y, entre otros, exalcalde de Neiva. Plazas Alcid, que entiendo sigue con vida, ha completado entonces otro título a su larga lista de cargos; además de político es, también, un estadio.

Los nombres de los estadios dependen por supuesto de las influencias sociales y contactos políticos, y resultan importantes al momento de gestionar las obras. Pensemos en Daniel Villa Zapata en Barrancabermeja, quien contó con el apoyo de Ecopetrol, o en las relaciones familiares de Hernando Azcárate Martínez, promotor del estadio más antiguo del país: el de Buga. Por otro lado, valdría la pena que nos explicaran por qué el Estadio Luis Antonio Duque Peña de Girardot, inaugurado en 1963, recibió por su parte el nombre de un alcalde (y empresario de varios negocios, entre otros el complejo turístico El Peñón) elegido por voto popular en 1988.

Pero retomemos a los estadios como mausoleos familiares. Ya lo vimos con el Estadio Villa Concha, puesto en honor a la madre de un hijo ilustre de Piedecuesta, Santander. También está el caso del Estadio Orlando Losada Buendía, de Garzón (Huila), excongresista y exdiputado conservador muerto de manera prematura, lo que le valió ser convertido en lugar de memoria.

Como podemos ver, la elección de ciertos nombres (y no de otros) para convertir a los estadios en lugares de memoria es caprichosa, y depende ante todo de un círculo político y músculo económico que lo permita. Esto es diferente con respecto a otro grupo de nombres de estadios, aquellos que evocan a personajes históricos de fácil recordación: General Santander (de Cúcuta), Cacique Tundama (de Duitama), Atanasio Girardot (Medellín), Manuel Murillo Toro (Ibagué) o Manuel Cortés Campomanes (de El Carmen de Bolívar), prócer de la independencia cuyo nombre recientemente reemplazó a Julia Turbay Samur, de la quien no pudimos saber nada de nada, ni sus méritos cívicos ni su espíritu deportivo.

Y si el número de figuras históricas relevantes a nivel nacional es consistentemente mucho menor al de los políticos y dirigentes deportivos, el uso de fechas de memoria tampoco es muy abultado. Tenemos en este caso apenas el Estadio La Independencia (de Tunja), el Centenario (designado así con motivo de los 100 años de Armenia) y el 12 de octubre de Tulúa (en alusión al inicio de los Juegos Panamericanos). Y así, como es posible cambiar el nombre por contradicciones políticas o ideológicas, los estadios que rememoran fechas históricas también son susceptibles al cambio nominal; en efecto, el Estadio la Libertad, de Pasto, y que otrora fuera llamado 13 de junio en honor a la llegada al poder de Rojas Pinilla, se borró de sopetón como lugar de memoria tan pronto cayó el dictador y en consecuencia pasó a llamarse La Libertad.

En medio de tanto político encumbrado por cuenta de los estadios llama la atención los pocos que aluden a terruños, barrios, veredas, pueblos o ciudades. Entre los que hacen alusión a barrios tenemos el San José (en Armenia), el Santa Ana (Cartago), La Esperanza (Villavicencio), el Metropolitano de Techo y el Olaya (que recibe su nombre por estar en el barrio Olaya Herrera, al sur de Bogotá). Ya con características nominales distintas se tiene el Estadio Daitares de Itagüí (vieja hacienda), el Polideportivo del Sur de Envigado, el Palmaseca (corregimiento de Palmira), el Municipal de Mosquera y el Sierra Nevada (de Santa Marta). Tenemos además el Estadio de Palogrande, que reemplazó al nombre de un alcalde y prefiere evocar un viejo árbol derribado en el terreno inicial para dar lugar a la cancha. Por supuesto, debemos tener en cuenta al Estadio de Santiago de las Atalayas (de Yopal) en alusión a la vieja ciudad llanera colonial y el Estadio El Sol, en alusión al templo sagrado de los muiscas destruido por los españoles.

El uso, significado y función de los estadios como lugares de memoria, sin embargo, no tiene tanta relación con líderes sociales o políticos asesinados. Son pocos los estadios nombrados en memoria de estas tragedias, y llama por supuesto la atención que aún en medio de un propósito loable se mantiene ese sesgo y oportunismo político que hemos mencionado anteriormente.

Las primeras víctimas de la violencia que dieron origen a estadios fueron Luis Carlos Galán, en memoria de quien se dio nombre al estadio de Soacha, y Antonio Roldán Betancur, asesinados en 1989. En el caso de Galán, su tragedia dio nombre al escenario deportivo del pueblo donde murió por las balas del Cartel de Medellín. En el caso de Betancur, su memoria ha intentado preservarse en el estadio de Briseño, Antioquia. La violencia de los años 90, y que trajo el asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, llevó por su parte a que el estadio de Floridablanca llevara este nombre un año después de su asesinato, en 1996. De estos tres políticos se tiene que su memoria fue resaltada a través de los escenarios deportivos nominados así a tan solo un año de sus fatídicos asesinatos.

Santiago Santacruz Rambay, concejal liberal quien durante 20 años estuvo vinculado a la política de Apartadó, y quien fue asesinado en 2001 por un comando de las FARC, en tanto líder popular es un caso inusual en la memoria de los estadios.

Entre las víctimas debe tenerse en cuenta dos estadios que recogen ese encomio doloroso entre el deporte, el triunfo y la violencia. El horrendo asesinato de Andrés Escobar inspiró el nombre del modesto estadio del municipio de Jardín, Antioquia, con capacidad de 5.000 espectadores, quizás la misma población que habita en el casco urbano de este pequeño poblado. Caso semejante ocurrió con el estadio Luis Fernando Montoya, director técnico del Once Caldas, y que quedara parapléjico luego de un atraco ocurrido al año siguiente de ganar la Copa Libertadores. En honor a esta víctima de la violencia cotidiana, en el municipio de Caldas, también en Antioquia, se nombró en 2015 a un estadio con capacidad para 10.000 aficionados.

Homenajear a las glorias deportivas dando nombre a los estadios es una característica fundamentalmente del Caribe. Muerto en 2000, en Barranquilla se quiso homenajear a un Roberto Meléndez que, estando aún con vida y cursando más de 80 años, dio nombre en 1991 al Estadio Metropolitano. Más audaz y decolonial fue el renombramiento del estadio de Cartagena, antes llamado Pedro de Heredia en absurdo honor al invasor español, y que desde 2007 se llamó Jaime Morón León, en homenaje al futbolista muerto en 2005. También en la costa caribe se tiene el Estadio Marcos Henríquez, de Sabanalarga, que se llamó de esa forma en honor a aquella gloria local fallecida en 1998.
También en Barranquilla, ocurrió que Romelio Martínez, muerto en accidente en 1947, obtuvo su reconocimiento en forma de estadio casi 50 años después. Caso semejante fue el estadio de Soledad, nombrado en Venancio Pacheco Orta, al parecer exdefensor de la selección Colombia, de quien no hay mayor dato en internet, ni de sus tiempos de futbolista ni de su propio deceso. Más cerca a mi generación tenemos a John Jairo Tréllez, que goza de perfecta salud y da nombre al estadio de su natal Turbo.

Y es que en muy pocas ocasiones se publican las maneras como se elige que tal o cual nombre se vuelve estadio, y es evidente que se trata de decisiones tomadas fugazmente y en privado aprovechando la incómoda situación que nadie quiera hablar mal de un muerto. Haber realizado este recorrido por los nombres de los estadios de Colombia me ha demostrado la ausencia de información sobre la “vida y obra” de tantas personas homenajeadas y al mismo tiempo olvidadas. Son nombres y apellidos verbalizados en unas gargantas que los vociferan por mera necesidad geográfica; nombres sin pasado, y cuyos logros encumbrados a la fuerza no aparecen ni por azar en los sistemas de información contemporáneos.

La determinación y legitimidad de los nombres que deben tener los lugares de memoria es desde luego compleja, y aunque me he referido a estadios, también incluyo a aeropuertos, avenidas, parques, edificios públicos. Los concursos o encuestas, como el que dio el nombre Jaraguay al estadio de Montería, no dejan de ser apenas una intención democratizadora que resulta fútil y algo caricatural en medio de las necesidades políticas de una región tan compleja.

El cuestionamiento reciente y creciente a los monumentos coloniales que homenajean a los invasores españoles, y que ha costado la cabeza a varias hidalgas estatuas, demuestra, sin embargo, que las nuevas ciudadanías hoy en día tienen y requieren más acceso a la memoria histórica, y a la incidencia en el establecimiento de unos lugares de memoria que tradicionalmente han sido gestionados por las élites y familias poderosas encaprichadas por engalanar el nombre de sus apellidos.

El llamado, pues, no es a dejar de nombrar lugares de memoria con nombres y apellidos, sino a cuestionar esos nombres vacíos que por haber sido puestos por mero capricho se olvidan fácilmente y quedan como cascarones sin alma, sin uso, sin significado y sin función social. Si detrás de un nombre no hay una legitimación pública que sobrepase frases cliché (gran impulsor, destacado dirigente, etc.) es necesario entonces, como proponen las ciudadanías contemporáneas, borrar, derribar y dejar que como la corriente de un río sea el uso cotidiano el que nombre a los lugares de la memoria.

La cultura vivida habla sola y la ciudad cotidiana no se impone. Pocos dicen ¡vamos al Nemesio Camacho!; a nadie se le ocurre decir ¡tengo vuelo en el Luis Carlos Galán!; y dudo que a alguien se le ocurra decir ¡hay clásico en el Turbay!

Acerca del autor

Vladimir Montana
vladimirm@razonpublica.org | + posts

Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia.

Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

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Vladimir Montana

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Vladimir Montana

Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia. Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

Comentarios de “Nombres de estadios, política y lugares de memoria”

  1. Hernán Ramírez Villegas diseñó, además del estadio de Pereira, los diferentes escenarios de la Villa Olímpica de Pereira en los que se hicieron los Juegos Atléticos Nacionales de 1974. También participó en la organización de dichos juegos. Ramírez murió semanas después de los juegos; él no falleció «a unos cuantos meses de haberse concluido la obra» porque el estadio se inauguró en 1971. Afectivamente los juegos significaron mucho para los pereiranos quienes buscaron obtener la sede durante años. La muerte de Ramírez impresionó mucho y fue el Concejo de Pereira compuesto por liberales, conservadores y anapistas el que tomó la decisión de hacer honor a su memoria teniendo en cuenta sus aportes a la ciudad.

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