¿De cuándo acá el “chucu-chucu” se convirtió en el villancico andino?

¿De cuándo acá el “chucu-chucu” se convirtió en el villancico andino?

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La entronización del chucu-chucu como villancico andino bien merece ser analizado. ¿En qué momento esta música tropical, que tomó visos montañeros en su lucha por conquistar el otrora remoto mercado andino, terminó constituyéndose en un villancico compartido tanto por los más viejos como por las generaciones de cristal?

Después de haber conversado tanto con amigos como con especialistas en cultura tropical y musicología logramos construir una explicación que, aunque muy preliminar, quisiera compartir en esta columna. 

Como algunos saben, en los años sesenta, y particularmente luego del traslado de Cartagena a Medellín, Discos Fuentes se lanzó a la cruzada de conquistar esos mercados andinos que estaban fuera de todo influjo cultural caribeño. Ello requirió, como es de suponer, la transformación de algunos aspectos del ritmo de la cumbia y específicamente el desplazamiento de la guacharaca medio tiempo atrás; y así, tal y como me lo sugirió el musicólogo Edgar Benítez (Dj. Dr. Tiger) ese chucuchuc- chucuchu-chucuchuc de una raspa que, abandonando el contratiempo, terminó instalada en el primer tiempo de cada compás facilitando tanto la interpretación, como el baile y el morrongueo. Con esta innovación fue sencillo incorporar el bajo eléctrico, y de esta manera la cumbia se convirtió en el ritmo popular latinoamericano por excelencia, presente de sur a norte con excepción quizás de Brasil y las Guayanas. 

Hasta aquí no hemos explicado porque este ritmo terminó instalado en el pesebre, haciendo bailar tanto a las ovejas de plástico como a los felices padres del niño Jesús. La entronización del chucu-chucu como nuevo villancico tuvo sin embargo que esperar la confluencia de varios aspectos contingentes en la transformación de las culturas populares y las industrias culturales. 

Hasta principios de los 90’s la música de fin de año en Colombia había estado monopolizada por los famosos “catorce cañonazos bailables” que, en medio de una poderosa estrategia de mercadeo, repotenciaban los éxitos tropicales del año. Los famoso cañonazos bailables, caracterizados por fotos de mujeres semidesnudas, diseñaban el matiz y carácter de los miles de las de fiestas y rascas de fin de año. Muchas de las obras que hoy categorizamos como chucu-chucu clasificaron en los famosos “cañonazos bailables”, y si bien se bailaron en navidad, no habían sido entronizados como aquellos villancicos andinos que remplazaron –“a-dios gracias”- los melosos valses mejicanos que, con sus ininteligibles retahílas como tutaina-tuturumaina o anton-tirululilu, diseñaron el paisaje sonoro de los diciembres andinos colombianos.

Y digo andino-colombiano porque el chucuchucu no es una expresión navideña tradicional; suponerlo como la “música decembrina colombiana” es una manifestación más del centralismo bogotano. Miguel Abadía, fundador de la fundación Ceviche Atómico, explica que en el Pacífico la navidad se baila con salsa, chirimía, bunde, currulao, aguabajo o tamborito, y no “con esa música navideña que “no nos mueve ni un pelo”. Para el gran conocedor del Carnaval de Barranquilla, Harold Ballesteros, esa música era objeto de burla en las fiestas tanto del norte como del occidente colombiano, constituyendo la sepultura de unas fiestas horas antes memorables. 

El chucuchucu no es, pues, “la” música de fin de año colombiana y tampoco es “la” música navideña simplemente por haber sido implantada como música de diciembre en medio de la arremetida anual de Discos Fuentes en el inconsciente de los colombianos. Hay, desde luego, razones más interesantes y complejas que llevaron a esta invención de la tradición navideña colombiana, como diría el historiador inglés Eric Hobsbawm.

La conversión del chuchuchucu en tradición parece haberse dado en los años 90’s, producto de la convergencia de dos procesos ligados a la industria cultural: 1) la aparición de los “quemadores” de CD’s, que hicieron cada vez más inviable el formato de los cañonazos bailables y su reinado sobre la pachanga navideña colombiana y, 2) el experimento discográfico de Sony Music, que imbuido en una tendencia global de reencauche de tradiciones nacionales, supo aprovechar el éxito de la novela Escalona dando una estética roquera al viejo estilo bigotudo, gordiflón y metal-voice del vallenato de entonces. 

Tanto la aceptación de la novela como el posicionamiento de Carlos Vives como nuevo referente en ventas, desordenó un esquema construido por Discos Fuentes desde los años 30’s. El hecho que, por demás, a principios de los 90’s todo pudieran tener un sonido digital en un CD, sin el perjuicio de calidad que vino con el futuro MP3, hizo que el negocio de los cañonazos bailables estuviera desahuciado. Todo el mundo, en cualquier mini-tk o disco-tk, podría armar su propio salpicón haciendo risible la dependencia a los mencionados cañonazos para tener una celebración de éxito.

Tanto el problema (los nuevos artefactos de reproducción casera) como la “merchandización” de la música vieja (es decir: volver noventero lo viejo) fueron la estrategia de unas industrias culturales cada vez más globalizadas.  En adelante, Vives se convirtió en un referente muy importante de venta estilos musicales y puso a disposición un mercado que antes ni Sonolux o Codiscos habían previsto: Tulio Zuluaga (el de las hamburguesas), Moisés Angulo, Charlie Zaa, los Tri-o, Iván y Sus Ban Band (un mono gomelo y mechudo estilo Carlos Vives, pero acompañado con las modelos empelota de los viejos Discos Fuentes), y otros muchos que puedo -o quiero- recordar se convirtieron en el símbolo de los nuevos éxitos discográficos de cada diciembre.  

Reencauchar se había convertido, pues, en la norma en esos años 90’s; un triunfo fácil y lucrativo (con música de éxito probado) en medio de una crisis donde las industrias culturales apenas podían asimilar el golpetazo de una reproducción ilegal que antes era simplemente imprevisible. 

En medio de ese retorno a las viejas fórmulas, y habiendo sacado de las cenizas a cantautores como Pastor López, el “loco” Quintero o el propio Rodolfo Aicardi, el golpe de gracia se volvió a dar por televisión: Jorge Barón, el curtido presentador y empresario, hizo que esa música de antaño (mezcladita con nuevos “talentos” como Marbelle”) se transmitiera no sólo a cientos de miles de televidentes en la fiesta de año nuevo, sino a miles de personas en conciertos en vivo en las más remotas zonas del país.

El chucuchucu es, pues, no sólo una manifestación del poder de las industrias culturales, sino de la lectura que ellas mismas hacen en medio contextos sociales y coyunturas tecnológicas. Hoy en día, escuchar a Pastor López es casi como dar el año nuevo, el “Belisario”. En medio de las nuevas tendencias, pareciera que no hay mayor interés en conquistar un público de diciembre que antes era el más apetecido… Y mientras que a Maluma no le dé réditos estar en una compilación de fin de año… en los nuevos cañonazos: ¡Chucuchucu, forever!!

Acerca del autor

Vladimir Montana
vladimirm@razonpublica.org | + posts

Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia.

Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

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Vladimir Montana

Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia. Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

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