La Ley platanera y las políticas culturales: ¿tienen algún efecto real?
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La Ley platanera y las políticas culturales: ¿tienen algún efecto real?

Escrito por Vladimir Montana

Se aprobó un proyecto de Ley para volver el plátano patrimonio cultural e inmaterial de la Nación. ¿Qué significa esto?

Vladimir Montaña*

La Nación platanera

Hace unos días se convirtió a Colombia en una nación simbólicamente “platanera”, por iniciativa de congresistas del Partido Liberal.

Se declaró que a partir de ahora el 5 de diciembre sería reconocido como “el día nacional de la memoria y las luchas del trabajador bananero y platanero”, en conmemoración al día de la masacre ocurrida en 1928 en Ciénaga, Magdalena.

La aprobación del Proyecto de Ley 225 en Senado y 029 de 2021 en Cámara, reconoció “los saberes, conocimientos y técnicas comunitarias asociadas a la cultura culinaria del banano y plátano como patrimonio cultural inmaterial de la nación y autorícese al Ministerio de Cultura el proceso de postulación a la lista representativa de patrimonio cultural e inmaterial y el posterior desarrollo del Plan Especial de Salvaguardia”.

Los artículos siguientes establecen que los diferentes ministerios contribuirían a la producción bananera, actividades relacionadas con buenas prácticas agrícolas, creación de empleo, mejoramiento de la soberanía alimentaria, estímulo al consumo y a los productores a través de una dieta platanera en “programas de alimentación escolar, comedores comunitarios, centro de bienestar del adulto mayor o centros día, entre otros”.

Son leyes “líquidas” que comenzaron a fomentar una patrimonialización cuya eficacia simbólica es dudosa en términos de su incapacidad para “preservar” prácticas, usos y funciones de la esfera cultural, material e inmaterial.

Pese a sus aristas vinculadas con la soberanía alimentaria y la vida rural, esta ley tiene un profundo trasfondo cultural.

La patrimonialización líquida

La declaración del banano y plátano como patrimonio cultural inmaterial de la nación es un ejemplo de la intangibilidad de las disposiciones legislativas en torno a la cultura.

Son leyes “líquidas” que comenzaron a fomentar una patrimonialización cuya eficacia simbólica es dudosa en términos de su incapacidad para “preservar” prácticas, usos y funciones de la esfera cultural, material e inmaterial.

Hablamos de pretensiones legislativas sin ningún uso práctico en la vida cotidiana de la sociedad que sin embargo producen réditos de imagen para los políticos ponentes, convirtiéndose en moneda de cambio para las transacciones legislativas.

La hemorragia de la patrimonialización es una manifestación del populismo contemporáneo. Se dan directrices para que diferentes ministerios o instituciones hagan proyectos de ley, pero no hay mayores indicadores de seguimiento o logro.

Por otra parte, las fechas especiales, los acontecimientos y los nombres referenciales como actos fundacionales son una sobrevivencia de una historia cultural que comenzó a desvanecerse de la teoría histórica a partir de la primera mitad del siglo XX. Es el coleteo de una historia hecha a la antigua en medio de agasajos, honores e izadas de bandera.

La negación absurda de la Masacre de las Bananeras por parte de la derecha, y en especial aquella vertiente que representa la senadora Cabal, no justifica la necesidad de promulgar un día platanero.

La conmemoración de la masacre es importante para la construcción de memoria. Pero eso no se consigue con la patrimonialización de una fruta. En ese sentido, el museo puede volverse un muestrario de fotos y testimonios pegados en una pared, a menos que se cree una lógica itinerante de mediación y participación y que incluya otros elementos de la cultura cambiante.

La importancia del plátano

No niego la enorme y oculta importancia de esta planta en la cultura de la colonización. El plátano necesita una reivindicación histórica pues era el único medio de alimentar a una familia de arrendatarios o aparceros en medio de húmedas laderas andinas. De hecho, fue la planta que abrió la frontera agrícola y se convirtió en el alimento de los pobres.

En 1771, el franciscano Juan de Santa Gertrudis dijo que el plátano “en tierra y clima caliente teniendo abundancia de agua, a los 4 meses de plantada la mata ya tiene plátanos maduros. Y no tiene más cultivo que clavar la matita en la tierra, que a los 8 días ya arraizó”.

El economista colonial Antonio Narváez y de la Torre mostraba para su pesar las virtudes y las “miserias” traídas por ese mismo fruto de la tierra: “el plátano, una vez sembrado, es fruto quasi indefectible, y perpetuo, y que exige poquísimo trabajo”. Fue por tanto considerada como la planta de la desidia y la indolencia por parte de las élites de las ciudades letradas de la naciente República.

Este rechazo tenía una justificación en medio de un país que intentaba volverse un referente agrícola: no necesita cultivo, alimentaba a multitudes de personas que vivían de carne de monte, pescaban y tomaban el hacha selva adentro apartados de la cultura imaginaria nacional. Era la planta de las hordas libres de todos los colores. Para Mollien, el contradictor francés de Bolívar, era un alimento que fomentaría a los “beduinos de occidente”: los llaneros.

Foto: Gobernación Meta - Aunque el plátano necesita una reivindicación histórica porque fue el único alimento para muchas familias pobres, entre otras cosas, su reconocimiento hace parte de las patrimonializaciones líquidas.

Fue por tanto considerada como la planta de la desidia y la indolencia por parte de las élites de las ciudades letradas de la naciente República.

Pero la importancia histórica y cultural singular de esta planta y alimento no implica que sea un “patrimonio”, es decir, que conduzca al desarrollo de una política provista de una partida presupuestal para garantizar su existencia.

Pese a su importancia para la cultura material de la nación, al igual que con la arepa, el machete o la ruana, el plátano forma parte de la hemorragia de patrimonializaciones líquidas que ponen en riesgo la credibilidad de las iniciativas legislativas de carácter cultural.

En otras palabras, ponen en riesgo los proyectos que tienen un efecto práctico en las identidades políticas más allá del imaginario nacional. Por el contrario, los patrimonios líquidos cumplen la meta de facilitar transacciones políticas ante la mediocridad legislativa. Les dan visibilidad a políticos grises y dan triunfos pírricos como el que se anotaron los ponentes y defensores de la ley de la cultura platanera.

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