LOS LAMENTOS DE CECILIA Y EL ELOGIO AL TECNÓCRATA - Razón Pública
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LOS LAMENTOS DE CECILIA Y EL ELOGIO AL TECNÓCRATA

Escrito por Vladimir Montana

El activismo no sabe gobernar, quienes ejecutan son los burócratas y los de las ideas somos nosotros, los tecnócratas, manifestó –palabras más, palabras menos- Cecilia, en un discurso donde entremezclaba cierta tristeza por no ser más parte del equipo de “el cambio”. Más específicas fueron las opiniones de Jorge Iván González y del mismo José Antonio Ocampo, quienes de diversa manera expresaron que el problema del gobierno de Petro es una distancia entre las iniciativas de cambio y las posibilidades reales de llevarlas a cabo. Para ellos, lo logrado por el gobierno (hasta que ellos fueron ministros) representa un proyecto responsable y estructural de transformación. Lo venidero, lo ocurrido después de sus aportes -según dicen- es un acabose devenido en medio de un presidente ausente y la invasión de activistas sin credenciales.

Olvidan estos respetables economistas que el proyecto de gobierno que se eligió en 2022, y que les propuso entrar al gabinete, tiene pretensiones mucho más amplias y complejas a los logros obtenidos bajo su gestión ministerial (Reforma Tributaria, Reforma Fiscal, Plan Nacional de Desarrollo y diálogos regionales vinculantes, aumento de presupuesto en diferentes carteras, proyección del catastro multipropósito, entre otros). Estos avances técnicos sin embargo sólo podrán ser verificables en la vida diaria en el mediano plazo y por ello, no es necesario ser politólogo para darse cuenta que el gobierno, en medio de su cada vez más visible ruptura con las mayorías del Congreso, le apuesta a redimir con urgencia esos réditos técnicos como triunfos políticos. La importancia de hacer político lo técnico para Petro es urgente teniendo en cuenta además que tanto la distorsión de su gobierno como los escándalos de sus allegados, son esculcados permanentemente con la más fiera inquina mediática. La reducción sistemática al subsidio de la gasolina, por ejemplo, una reforma en la que hasta los más tecnócratas neoliberales están de acuerdo, si bien sanear las rentas públicas está lejos de ser un triunfo político en el corto plazo y por el contrario está siendo fácilmente resignificado por la oposición como “otro robo más” del gobierno al bolsillo ciudadano.

Esta discusión pareciera el resultado habitual de unos dolidos ministros y funcionarios que, independientemente de su buen desempeño, han sido relevados de sus cargos. Pero el asunto ha tomado ahora un rumbo inusitado que obliga a una reflexión sociológica: la nostalgia por la tecnocracia y la inusual emergencia del tecnócrata izquierdista. Cecilia López, gran economista del progresismo, se ha proclamado defensora de esta causa. Resulta novedoso, en efecto, la vindicación de una inusual “social-democracia tecnocrática”, de la que poco sabíamos, sobre todo porque la centro-izquierda para serlo verdaderamente debe aliarse con los movimientos sociales.  Aliarse quiere decir por supuesto: compartir el poder, como pares. Una socialdemocracia tecnocrática no es, pues, de ninguna manera, una social-democracia sino un gobierno paternal de técnicos de élite cargados –a lo sumo- de “buenas intenciones”.

La tecnocracia, por lo menos en el caso colombiano, fue inicialmente creada como un instrumento por medio del cual, durante el Frente Nacional, intentó ponderar los alcances presupuestales de las clientelas políticas liberales y conservadoras. Con la llegada de Cesar Gaviria estos “técnicos” comenzaron a ocupar puestos de primera línea, no conformándose solamente con el rol de asesores o a lo sumo viceministros. Progresivamente incursionaron de lleno en instituciones jerárquicamente relevantes como @MinAgricultura, @comexcr, y claro el @DNP_Colombia, aspirando siempre a llegar a lo más alto ya fuera de @MinHacienda o @BancoRepublica. Ellos, los tecnócratas, fueron asimilados como la voz de la ciencia en la planificación y ejecución de las políticas y el planteamiento a futuro del Estado. Vivimos entonces el ascenso de un contingente de “yuppies al poder” que, luego de estudiar economía en el mundo anglosajón, y ocupar puestos de relativa importancia en organismos multilaterales, retornaron al país con grandes vaticinios y horóscopos económicos que debían ser seguidos con rigor para no quedar en el “outside” de los estándares neoliberales. Estos sabios grandilocuentes, llevan sin embargo más de treinta años dirigiendo políticas que no han sido capaces de resolver los más importantes problemas de la sociedad latinoamericana; aun así, sienten que pueden (y deben) seguir dando cátedra del manejo económico considerándose los más adecuados para dirigir las riendas de nuestros países.

La nostalgia por el tecnócrata es, con todo y sus nimios resultados, un discurso que cala bastante en los votantes arrepentidos y entre los sectores arribistas de la clase media, quienes ven con horror la intifada de un número no aceptable de sindicalistas y oenegeros en la Casa de Nariño. Les ven cómo los levantados de “Parasite”, llegando con mochilas, cachuchas y megáfonos a comerse el presupuesto nacional en medio de la más indigna voracidad. Esta ficción olvida por supuesto que el ejercicio del buen criterio no necesariamente pasa por las aulas de economía de las universidades de Estados Unidos y que ser senador durante uno o varios períodos legislativos participando de comisiones económicas, por ejemplo, puede dar mucho más sentido de realidad al que tiene un yuppie wannabe que no entiende la diferencia entre el barrio Juan Rey y el Rey Juan Carlos. Convendría recordarle a Cecilia que su contradictor, Alberto Carrasquilla, el más tecnócrata de los tecnócratas, no sabiendo cuanto valía una canasta de huevos, lanzó una terrible reforma tributaria que acabó, en el fondo, eligiendo al gobierno del que -le guste o no- ella formó parte.

Cecilia se equivoca al defender de manera tan vehemente un concepto clasista donde solamente pueden ejercer el poder de las ideas los economistas “más educados”, los formados en las “mejores” universidades; es decir, en las academias renqueadas en lo más alto del mundo anglosajón. Ya sabemos dónde se necesita estudiar y qué capital simbólico tener para acceder allí. Así pues, el tema de la tecnocracia tiene más que ver con las élites y no tanto con el saber.  Tan solo me percato y pienso en Simón Gaviria, y en Luis Alberto Rodríguez (¿recuerdan el director del DNP que desvió plata y se hizo una mansión en Valledupar?); hojas de vida Cum Laude de la tecnocracia al mando de la Dirección Nacional de Planeación. De ninguna manera quisiera decir que Cecilia apruebe la gestión mediocre o delictiva de estos “técnicos”, pero sí que ellos encajaban inicialmente dentro de ese perfil de economistas con la formación, con la experiencia y con los galones necesarios para hacer parte de ese jet set llamado tecnocracia.

Quisiera en este punto recordar algunos apartes del discurso contra la tecnocracia que pronunció el sociólogo Pierre Bourdieu ante una multitud de trabajadores en huelga reunidos en la Gare de Lyon en París en 1995. Bourdieu resaltaba aquel día la imposición de una ideología en donde las necesidades de la vida diaria comenzaron a ser consideradas irracionales y opuestas a los postulados de una élite monopolizadora de las ideas; hablamos de un contexto privatizador donde el Primer Ministro Alain Juppe declaraba la existencia de un «abismo entre la comprensión racional del mundo y el deseo profundo de la gente». 

“Esta oposición entre la visión de largo plazo de la «élite» esclarecida y las pulsiones de corto plazo del pueblo o de sus representantes, es típica del pensamiento reaccionario de todos los tiempos y de todos los países, pero adquiere hoy una forma nueva con la nobleza de Estado, que fundamenta la convicción de su legitimidad en el título escolar y en la autoridad de la ciencia, principalmente económica. Para estos nuevos gobernantes de derecho divino, no solamente la razón y la modernidad, sino también el movimiento y el cambio, están del lado de los gobernantes, de los ministros, de los patrones o de los «expertos». La sinrazón y el arcaísmo, la inercia y el conservadurismo, del lado del pueblo, de los sindicatos y de los intelectuales críticos”

La reivindicación de la casta tecnocrática desde luego no borrará el papel histórico de Cecilia López en la implementación de políticas públicas relacionadas con la economía del cuidado, ni tampoco en la superación paulatina de la brecha entre hombres y mujeres rurales. Escuchando su entrevista este domingo, se nos invita mejor a pensar que su reparo es más contra los lambones de Petro, que pretendiendo obnubilar con lisonjas su conocida megalomanía, le apartan de razonamientos y confrontaciones convenientes. Es difícil en todo caso entender por qué esta señora, incuestionablemente protagonista en la construcción de una sociedad igualitaria y democrática, estando en medio de una tusa comprensible, quiera ficharse en el equipo de quienes entregaron al mercado los derechos fundamentales de casi todos los países del mundo en nombre del desarrollo.

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